The Woods: El sendero de las sombras Capítulo 9
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Capítulo 9

Los edificios se vuelven ruinas a medida que avanzo.

La fábrica aparece a lo lejos, situada en esa franja intermedia donde la seguridad oficial ya no patrulla, pero los carroñeros aún no se han adueñado por completo de ella.

Estoy a punto de conseguir la siguiente parte de las coordenadas para estar un paso más cerca de cerrar por fin mi primera gran misión y, aun así, en lo único que puedo pensar es en ese maldito mensaje.

No sé cuántos minutos me quedé quieta con la vista fija en la pantalla hasta que al fin reaccioné, conecté el móvil al portátil y usé dos herramientas que no suelen fallar con números enmascarados para rastrear quién lo envió, sin éxito.

Las palabras se repiten una y otra vez en mi mente: «Cuidado con lo que riegas. Hasta las flores más bonitas esconden veneno».

A pesar de que se parece a la línea que usó The Woods, estoy segura de que no pertenece a ellos, sino a alguien más; alguien que me ha estado siguiendo todo este tiempo.

Mi primer impulso es pensar en BigBad. También puede ser el usuario que me sacó de la red de WonderLab y me vendió, otra sombra de la que no tengo ni idea de quién es.

Lo que sí está claro es que es una amenaza.

Llego al perímetro de la antigua fábrica textil, donde las cámaras cuelgan arrancadas de los postes y las verjas están corroídas por años de abandono.

Camino entre escombros y maleza, evitando pensar en cada una de las personas que aparecían en ese archivo.

Gente real con historias rotas. Puede que lo que hice sea justicia.

Puede incluso que haya abierto la puerta a una cacería.

Y, sin embargo, no consigo sentirlo así.

Aunque el interior está en penumbras, distingo algunas paredes cubiertas de grafitis desgastados y esquivo los cristales rotos para no delatar mi presencia, por si hay alguien más.

Avanzo entre restos de lo que debió ser una línea de producción interminable.

El olor a óxido y humedad es intenso. Saco el móvil y vuelvo a leer el objetivo de la misión:

Activa el Dispositivo #009 y deja la marca.

Debajo, una cuenta atrás avanza. Ocho minutos. No hay margen para errores.

Al fin llego a una sala con servidores encajados en las paredes.

Me muevo despacio, compruebo uno a uno los paneles hasta que doy con el que no encaja: una tapa apenas sujeta.

Detrás, el Dispositivo #009 no parece gran cosa.

Paso los dedos por la superficie. Saco el codificador del bolsillo lateral de la mochila y lo conecto a uno de los puertos ocultos.

El sistema está encriptado, por supuesto, aunque no lo suficiente.

Las líneas de código bailan unos segundos hasta que emite un zumbido.

La consola confirma la validez del usuario y solicita la marca, un procedimiento que ya conozco por las instrucciones en la aplicación.

Guardo el aparato, me quito el guante izquierdo, saco una navaja del bolsillo y me corto la yema del pulgar. Aprieto hasta que brota una gota densa y oscura. La dejo caer sobre la superficie metálica, justo donde el sensor espera. La sangre se desliza y se funde igual que si algo la absorbiera.

Durante un segundo, lo único que escucho son mis propios latidos. Luego la superficie se ilumina con una imagen en forma de fénix proyectada en rojo, con las alas abiertas y la cabeza alzada hacia el cielo. Mi móvil pita y compruebo que han dado la misión por cumplida. Hora de volver a casa.

Un crujido detrás de mí me congela. Giro la cabeza, despacio, y sufro un maldito déjà vu.

En el umbral hay alguien con ropa táctica, la cabeza rapada y una cicatriz que le parte la mejilla derecha y baja hasta su cuello.

Lleva un bastón eléctrico plegado en la espalda.

No pienso quedarme a comprobar si lo sabe usar.

—Eres Redhood, ¿no?

Aprieto los dedos alrededor de la empuñadura de la navaja.

Da un paso. Yo retrocedo, sin apartar la vista, y localizo una puerta de servicio a mi izquierda.

Rezo en silencio por que no esté cerrada.

No espero a su siguiente movimiento. Echo a correr y, al abrirla de un golpe, el estruendo retumba en toda la fábrica.

El eco de mis pisadas es una puta baliza que delata mi posición.

Doblo al llegar a una vieja línea de maquinaria y lanzo una estantería desvencijada detrás de mí.

Gano unos segundos. Un zumbido metálico me avisa justo antes del impacto de una descarga contra el suelo, tan cerca que siento el calor en los talones.

Me cuelo por una puerta que cuelga de una sola bisagra. Ruedo al otro lado. En cuanto me pongo de pie para tomar otro desvío, algo me embiste desde un lateral y caigo de espaldas con un golpe que me quita el aire. El bastardo me ha alcanzado.

Trato de clavarle la navaja, pero me sujeta la muñeca y la estampa contra el suelo oxidado. Me revuelvo, le araño el cuello, pataleo con la fuerza de quien sabe que no tiene más oportunidades. No basta. Me inmoviliza con una rodilla en el pecho y el bastón alzado.

—Nunca debiste llegar tan lejos.

Una chispa recorre la punta del arma. Las lágrimas me corren por las mejillas, mientras mis fuerzas se apagan con cada forcejeo.

El cuerpo ya no me responde. Estoy jodida.

No voy a salir de esta. En lo único que puedo pensar es en mi madre, sola, en quién la cuidará si no vuelvo.

Cierro los ojos e intento reunir las últimas fuerzas que me quedan.

El cuerpo del atacante sale disparado y se estrella contra una columna de hormigón. Me incorporo a medias con el pulso desbocado, la respiración entrecortada y, al alzar la vista, me encuentro con unos ojos verdes bajo una capucha. BigBad.

—Joder, esta vez tardaste —murmuro, arrastrándome hacia una puerta lateral.

Me recorre con la mirada. Por un momento, juro que hay preocupación en sus ojos. Luego parpadea y desaparece.

—Lárgate —espeta, con la mirada clavada en el tipo que empieza a levantarse.

Apoyo la espalda en la pared y me pongo en pie con las piernas temblorosas.

—¿Y tú? —La pregunta se me escapa. Él me regala una de sus sonrisas ladeadas.

—No es la primera vez que le parto la cara.

En un pestañeo están uno encima del otro. El tipo consigue darle un golpe en el costado a BigBad, que ni se inmuta. Luego un puño envuelto en un guante negro impacta en la mandíbula del atacante con tal fuerza que lo lanza contra el suelo.

Eso basta para hacerme reaccionar y echo a correr por el pasillo de salida entre restos de maquinaria.

Las costillas me duelen con cada zancada.

Al salir por la puerta de servicio, que chirría al cerrarse detrás de mí, las botas resbalan un momento sobre el barro.

Cruzo el terreno, salto una valla medio caída y no disminuyo la velocidad hasta el Cinturón de Hierro.

Los pulmones me arden cuando paro en seco al llegar a una calle mal iluminada, con algún coche que pasa y un par de peatones que caminan sin prestarme atención.

Me echo la capucha sobre la cabeza y me pierdo entre ellos.

Doy un rodeo por unas callejuelas secundarias.

Si bien sigo en alerta, el pulso se me desacelera al reconocer mi distrito.

Acabo de girar en una esquina, a solo un par de bloques de la entrada trasera de mi edificio, cuando una mano me agarra del brazo con fuerza.

No alcanzo a gritar. Me estrello contra la pared del oscuro callejón, la capucha se me cae hacia atrás y, cuanto más intento soltarme, más aumenta la presión. Las farolas apenas llegan hasta aquí. Lo único que distingo es el brillo de una hoja que se alza.