The Woods: El sendero de las sombras Capítulo 8
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Capítulo 8

No es que me fíe de él. Ni siquiera sé su verdadero nombre. Sin embargo, hubo algo en su mirada que me hace pensar que la memoria USB en mi mano contiene el archivo, ese botín inalcanzable que alguien no quería que tuviera.

Sentada en el suelo, con la espalda apoyada en el sofá y las piernas cruzadas, doy vueltas al pequeño objeto entre los dedos, aún con el corazón acelerado.

No sé si por el viaje en moto, por la adrenalina que todavía me sacude por dentro o por la certeza de que estoy a punto de dar un paso más hacia el interior de un bosque que no conozco.

El casco descansa sobre la mesa, testigo mudo de que, por segunda vez, el depredador pudo haberme matado y, aun así, no me comió.

El zumbido de mi portátil es lo único que rompe el silencio. Lo primero que hice al llegar fue comprobar cómo estaba mi madre; le llevé una sopa caliente y, tras unas cucharadas a medio forzar, volvió a quedarse dormida. Ni siquiera se dio cuenta de que me había ido.

Coloco el portátil sobre mi regazo, conecto la memoria USB al terminal y, tras unos segundos eternos, aparece el archivo.

No tengo ni idea de cómo BigBad lo consiguió ni de qué gana con todo esto.

Me resulta imposible adivinar sus intenciones y la verdad es que poco me importa lo que mueva sus hilos, salvo en la medida en que eso pueda afectarme.

Lo único claro sobre él es su misterio, envuelto en capas de sombra y arrogancia.

Está claro que es un tipo acostumbrado a jugar con fuego, indiferente a si quema a quien se cruce en su camino.

Aunque ahora mismo me haya sacado del incendio, no olvido su capacidad para haberlo provocado.

Así que, en vez de perderme en teorías o buscarle un sentido al gesto, me quedo con lo único que me importa: esto es solo una ficha del tablero y soy yo quien decide cómo moverla.

Sé cuál tendría que ser mi siguiente paso: subir el archivo ahora mismo, dar la misión por concluida y seguir adelante. Es lo que debería hacer. En lugar de eso, arrastro el cursor y le doy doble clic.

Un listado aparece en la pantalla al instante. Hay nombres, números de identificación, edades y diagnósticos ordenados por código de riesgo. Solo hay una cosa que tienen todos en común: fueron rechazados.

Me deslizo hacia abajo. Hay cientos. Tal vez miles.

Tecleo el nombre de mi madre, letra por letra, con los dedos tensos y el corazón en vilo.

Nada. Pruebo con su número de identificación sin obtener resultado.

Luego un par de búsquedas más, todas con la misma respuesta.

El vacío en el estómago me toma por sorpresa.

No sé si es alivio, rabia o una mezcla de ambos.

Que no esté significa que no es uno de los casos olvidados, que todavía hay opciones.

También significa que esta información no me sirve para ayudarla.

Cierro los ojos un instante y me paso las manos por la cara, arrastrando el escozor del humo que aún me arde. No quiero pensar, pero pienso. No quiero dudar, pero dudo.

¿Qué harán con esto? ¿A quién condenará esta información?

Me repito que no es mi problema. Que solo cumplí con mi parte porque necesito ese dinero; mi madre no tiene tiempo para que yo me ponga moralista.

Abro la interfaz de The Woods y le doy a subir. Una vez cargado, pulso «Misión cumplida», aunque mis dedos tardan un segundo más de lo necesario.

Un nuevo mensaje aparece:

✅ Archivo subido correctamente.🔓 Coordenadas de entrega: 1 de 3 desbloqueadas.📍 Distrito Este

No tengo tiempo ni de respirar cuando salta otra notificación:

Nueva misión disponible.Haz que la verdad florezca donde todos puedan verla. Dos brotes. Dos raíces que regar.

¡Qué poéticos se ponen en ese intento de disfrazar órdenes con metáforas cutres!

Leo las instrucciones: debo filtrar la lista del archivo en los dos canales de información más visibles de la ciudad, esos que todos consultan antes de salir de casa, los que dictan el clima de la jornada mejor que cualquier aplicación del tiempo, los que fabrican héroes de papel y arrastran reputaciones por el barro con un solo titular.

Me indican incluso el encabezado con el que debo publicarlo: «Estas personas fueron consideradas «inviables» por el Comité de Acceso Ético. Esta es la realidad del sistema que se esconde tras las promesas de salud».

Un disparo directo al corazón de un sistema que lleva tiempo eligiendo quién merece vivir y quién desaparecer sin dejar rastro.

Se me revuelve el estómago. Publicar esto no solo le va a doler a los de arriba, también va a golpear de lleno a todas las personas cuyos nombres aparecen en esa lista, con sus historias expuestas, su intimidad reducida a un dato público, su miedo servido en bandeja.

Controlo las náuseas y me obligo a no mirar hacia otro lado, a recordar lo que intentan esconder, a repetir que no fui yo quien empezó esta guerra.

Y agradezco que el nombre de mi madre no esté en esa lista, ya sea por pura suerte o porque alguien se tomó la molestia de borrarla y evitar que llegara a mis manos.

Mi madre, que sigue viva con una cuenta atrás marcándole el pulso, sin tiempo para esperar a que el sistema decida si merece o no una oportunidad.

Si ellos no dudan al decidir quién merece vivir, yo tampoco voy a dudar ahora.

Esto es solo una forma de devolverles su propio veneno mientras consigo más créditos para alcanzar el verdadero objetivo.

Además, esta vez no tengo que subirme a una moto ni esquivar disparos, solo quedarme aquí, sentada en el suelo, con el portátil sobre las piernas y los dedos en el teclado, haciendo lo que mejor sé hacer.

Abro la plataforma del primer medio de comunicación, me cuelo por una rendija vieja que todavía no han parcheado, incrusto el archivo en su sistema de publicación, disfrazo la IP, altero la metadata para que parezca una filtración —así nadie puede decir de dónde vino— y programo su publicación para dentro de media hora.

La segunda resulta más complicada. El sistema de seguridad está mejor blindado, lo que significa que tardaré unos minutos más. Entro por una puerta trasera, repito el proceso con dedos firmes y, en cuestión de segundos, queda programado.

Me echo hacia atrás y respiro hondo, sin dejar de preguntarme si acabo de hacer justicia o de traicionar a un montón de desconocidos.

No tengo respuesta. Tampoco estoy segura de querer saberlo.

Lo que sí sé es que algo ha cambiado y que el bosque, ese al que dije que me acercaría con cuidado, acaba de tragarse otra parte de mí.

El brillo de la pantalla de mi móvil llama mi atención. Alargo la mano y se me hiela la sangre al leer el mensaje de un número desconocido.

Cuidado con lo que riegas. Hasta las flores más bonitas esconden veneno.