Capítulo 7
Corro a ciegas por un pasillo inundado de humo mientras alguien tira de mí. Entre las lágrimas y los ojos que me arden no consigo distinguir nada, solo que quien me arrastra va completamente de negro y que, por algún motivo, no me suelta.
Al salir a una terraza, el aire helado me golpea la cara y el picor de los pulmones se alivia un poco.
El hombre —por el tamaño, la fuerza del agarre y su forma de moverse— no afloja el paso hasta llegar al borde.
Deben de ser al menos siete pisos del suelo.
Sujeta a un anclaje metálico, hay una cuerda con un sistema de poleas.
Mi acompañante, oculto tras un pasamontañas que solo deja ver un par de ojos verdes insondables, se engancha un arnés con precisión, me rodea la cintura con un solo brazo y, sin darme tiempo a protestar, se lanza al vacío conmigo justo cuando dos sombras aparecen tras nosotros.
El silbido del viento atraviesa la música que todavía suena en los auriculares mientras la tirolina nos desplaza de un edificio a otro.
Me aferro a él con las uñas clavadas en su chaqueta de cuero.
El abismo bajo nuestros pies me corta la respiración.
Si bien no tengo miedo a las alturas, saber que mi vida depende del agarre de este extraño me encoje el estómago.
El destino se acerca demasiado deprisa. Al aterrizar me suelta y ruedo.
—Joder —digo, sin saber si me oye.
Él está de pie, se desengancha el arnés, me coge del brazo otra vez, obligándome a levantarme, y volvemos a correr.
Entramos por una puerta lateral y avanzamos a toda prisa por un corredor hasta unas escaleras por las que descendemos.
Se desvía, abre una ventana. Ni siquiera alcanzo a comprender qué planea cuando toma carrera y salta.
Al asomarme, el espacio entre los edificios es brutal.
Dudo. Él me observa de pie. Trago saliva, retrocedo varios pasos para tomar impulso y me lanzo.
Al aterrizar, un dolor punzante, que ni siquiera puedo permitirme sentir ahora, me irradia por el tobillo.
Paseo la vista por el lugar mientras me pongo de pie, me saco los auriculares y los guardo en un bolsillo del abrigo.
Estamos en un aparcamiento. Parado junto a una moto negra, me lanza un casco que atrapo al vuelo con las manos aún temblorosas.
Se sube y se pone el suyo. Yo me coloco el mío, me monto detrás y apenas llego a colocar las manos en su espalda cuando arranca.
Descendemos por las rampas a una velocidad de vértigo y, al salir a la calle, el aire me sacude el abrigo. La ciudad se convierte en un borrón de luces y sombras. No tengo idea de quién es ni adónde me lleva, pero, ahora mismo, lo único importante es seguir viva.
Giro la cabeza para comprobar si nos siguen justo cuando dos coches doblan la esquina a toda velocidad. Derrapan y encienden sus luces naranjas. Los emblemas de la Brigada de Control Neural brillan en los capós.
—¡Nos siguen! —grito, aunque no sé si me oye.
Él lo sabe. Lo sabe porque acelera de golpe y me lanza hacia atrás. Me aferro a su cintura, los dedos se me enganchan en su chaqueta y pego la cabeza a su espalda para ganar un poco de aerodinámica.
Zigzaguea entre el poco tráfico de la avenida, pasando a escasos centímetros de retrovisores y parachoques. Una de las patrullas se acerca por un lateral y se coloca a nuestra altura. No sé si intentan cerrarnos el paso o sacarnos de la carretera.
—¡Cuidado, cuidado! —susurro con los dientes apretados.
Él no frena. Gira el manillar con brusquedad, esquiva por milímetros a un taxi que cambia de carril sin verlo venir y se mete entre dos vehículos.
El rugido del motor me retumba en las costillas.
El coche de la Brigada intenta seguirnos, pero se retrasa unos metros.
Al segundo lo perdemos gracias a un semáforo en rojo que cambió justo tras nuestro paso.
Da un giro inesperado y nos metemos en un callejón tan estrecho que las rodillas casi me rozan contra los muros de ladrillo.
Contengo el aliento y tenso cada uno de mis músculos como si eso ayudara en algo.
Si hay un contenedor, una rejilla levantada o una maldita rata gorda en medio, saldremos disparados.
Derrapamos en una curva cerrada al fondo del callejón.
Nos acercamos a la pared a toda velocidad y, por un segundo, creo que no vamos a lograrlo.
Temo estamparnos y acabar desparramados por el suelo con todos los huesos rotos.
Me aferro aún más fuerte, deseando no ser una de esas historias idiotas de mártires rebeldes con un final trágico, hechos puré contra un muro.
Por suerte, el cabrón parece haber nacido sobre dos ruedas.
Salimos a una calle más amplia donde ya no se escuchan sirenas, solo el ruido de la máquina y mi respiración, que se entrecorta empañando el casco.
Empieza a reducir la velocidad. Al prestar atención a mi alrededor, reconozco un cartel rojo, luego un mural a medio borrar. Estamos en mi distrito, no muy lejos de mi apartamento. Doblamos una última vez y se detiene detrás de un bloque abandonado.
Mi corazón sigue enloquecido y me mantengo aferrada a él hasta que me da unas palmaditas suaves en los brazos.
El gesto me hace reaccionar, me bajo con las piernas aún temblorosas, me quito el casco y me paso una mano por el pelo empapado de sudor.
Él también se quita el suyo y, con otro gesto rápido, el pasamontañas.
—¿Tú? —La pregunta se me escapa.
Por supuesto, es él. BigBad sonríe de lado y apoya el casco en el asiento.
—Esperaba un agradecimiento más cálido.
—No te debo nada. No necesitaba que me rescataras.
—Claro que no. —Se pasa una mano por el pelo—. Solo te saqué de un lugar en llamas, esquivé a la Brigada, me jugué el cuello y te traje hasta casa sana y salva. Pero, oye, no me debes nada.
—No me vengas con tu pose de héroe de armadura brillante. No te pega. —Me cruzo de brazos sin apartar la vista de la suya.
—¿Héroe? —Arquea una ceja—. Por favor. Si tuviera una armadura brillante, ya la habría empeñado. Mucho peso, poco margen de maniobra.
—¿Por qué lo hiciste?
—Porque alguien más te ha rastreado, sabía tu objetivo y te estaban esperando.
Eso explica el usuario que me sacó del sistema.
—¿Quién?
—No lo sé aún, solo que ha usado un protocolo antiguo y buscaba algo muy específico.
—¿Qué buscaba?
—A ti.
Se me hiela el cuerpo.
—¿Por qué a mí? Acabo de entrar y solo estoy en mi primera misión.
Su risa no tiene rastro de humor. Saca algo del bolsillo interior de su chaqueta y me lanza un pequeño objeto que atrapo: una memoria USB.
—Ahí está el archivo que no pudiste robar. —Aunque su tono es neutro, sus ojos verdes brillan con algo que no logro descifrar—. Considera esto una demostración de buena fe. O, si lo prefieres, una invitación.
—¿A qué?
—A que aceptes mi propuesta. —Se pone de nuevo el casco, se monta y, justo antes de arrancar, añade—: Estás en esto, te guste o no.
Desaparece dejándome allí, con el casco en una mano, la memoria USB en la otra y la certeza de que mi vida acaba de volar por los aires.