Capítulo 6
Cierro la puerta con cuidado para no despertar a mi madre, que duerme en la habitación después de la sesión de diálisis y la consulta con el médico. La luz tenue de una lámpara crea sombras suaves en las paredes. Arrastro los pies hasta el sofá y me siento frente al portátil.
Abro The Woods y, apenas se carga la interfaz, un mensaje nuevo salta en letras nítidas:
Próxima misión: entregar la caja a La Abuelita. ¿Quieres aceptar? [S/N]
La Abuelita. ¿Quién es esa? La palabra me suena a apodo o código. Quizá sea una pieza clave en este juego oscuro, o tal vez solo otra sombra más en esta maraña de secretos. ¿Una aliada? ¿Una trampa? Tampoco importa; la urgencia por conseguir créditos no me deja espacio para dudar.
Pulso «sí» sin titubear y, al instante, el mensaje cambia:
La Abuelita no abre la puerta a desconocidos. Demuestra que eres de fiar
Si quiero avanzar, debo ganarme su confianza. Y eso, en un mundo donde nadie regala nada, puede significar cualquier cosa.
Antes de poder entender el significado de esas palabras, aparecen los detalles de la misión: debo robar un archivo cifrado del servidor de WonderLab.
Tener que infiltrarme en la corporación donde trabajé hace cuatro años parece una broma pesada.
No quiero volver a poner un pie en los dominios de ese gigante que dicta las reglas de un sistema sanitario diseñado para convertir los tratamientos de mi madre en un lujo inalcanzable.
El mismo depredador que me escupió y que, ahora, por una carambola del destino, se convierte en la caja fuerte con la única oportunidad de salvarla.
Según me explican, el archivo es la llave para conseguir las coordenadas y, a partir de ahí, llegar hasta esa «abuelita» misteriosa que espera la caja.
El miedo ya no tiene espacio. Pulso «iniciar misión» y la información necesaria para acceder a su sistema empieza a desplegarse frente a mí en líneas familiares.
The Woods me da indicios precisos: WonderLab está implicada hasta el cuello en medicamentos experimentales e incluso en ensayos fallidos que fueron barridos bajo la alfombra.
Se me enciende el cuerpo al pensar que, de alguna forma, yo también fui un engranaje de esa maquinaria y que el fármaco de mi madre depende de ellos.
Ese tratamiento que, con un precio razonable, le devolvería el futuro, es hoy el motivo por el que estoy dispuesta a cometer este sabotaje; y me da igual si lo llaman espionaje industrial o justicia poética.
No tengo tiempo para debates éticos ni remordimientos; voy a entrar en esos servidores y voy a salir con el archivo. Haré lo que haga falta.
Creo un programa según las recomendaciones dadas por The Woods: un software complejo capaz de fracturar el cortafuegos de WonderLab y abrir una brecha en su muro digital.
El único inconveniente es que el acceso remoto está vetado, lo cual me obliga a tener que colarme en una de sus oficinas para conectarme a la red interna.
Al menos cuento con la ventaja de conocer el edificio; todavía conservo los planos mentales de cada pasillo y los protocolos de acceso.
Una vez que lo he creado, guardo el equipo en la mochila y compruebo que mi madre sigue dormida en su habitación, ajena a la tormenta a punto de estallar. Me ajusto el abrigo rojo, subo la capucha y salgo.
El camino hacia las oficinas de WonderLab, ubicadas en la zona más pudiente de la ciudad, transcurre sin sobresaltos.
Calles relucientes, tiendas de lujo y cámaras por doquier conllevan sus desventajas: la vigilancia aquí es más intensa.
Evitar a la Brigada de Control Neural resulta sencillo si sabes cómo moverte.
Logro esquivar a esos perros guardianes de La Cúpula que patrullan tanto la red como las calles, siempre al acecho de cualquier rastro de insurrección tecnológica capaces de desafiarlos.
El edificio se alza imponente. Me cuelo por uno de los callejones laterales, hasta una de las puertas de emergencia.
Entrar es menos complicado de lo previsto.
Desactivo el panel de seguridad utilizando un dispositivo de mano y, mediante un clonador de frecuencias, consigo un código de acceso de alto rango.
Las cámaras podrían haber sido un problema, si no las hubiera manipulado antes de salir de casa.
Las programé para reproducir un bucle de imágenes grabadas durante una hora, tiempo suficiente para llegar hasta aquí y cumplir mi objetivo.
Subo por las escaleras de emergencia hasta el piso quince donde, según las instrucciones, debo encontrar el despacho 1515. Un número capaz de gritar «mala suerte» a cualquier supersticioso o evocar viejas leyendas de la rebelión. Yo hace tiempo dejé de creer en cuentos de hadas.
Una vez allí, agazapada bajo el escritorio con el portátil en el regazo, accedo al sistema y pongo en marcha el programa. Sin embargo, me encuentro con un cortafuegos mucho más sofisticado de lo que esperaba. El sudor me recorre la espalda y la paranoia me sube por el cuello.
Aparece un usuario anónimo dentro de la red. No es un simple firewall o un script automático. Es alguien con la intención y la capacidad de detenerme. Me lanza barreras digitales y trampas diseñadas para encerrarme en un laberinto sin salida.
No puedo permitirme perder. Contraataco, rompo los bloqueos y le lanzo un par de virus.
Mis balas en esta guerra virtual. Empiezo a descargar el archivo cifrado mientras el combate digital se intensifica.
Cuando alcanzo el 99%, algo externo sabotea mi conexión.
Una alerta roja aparece en mi pantalla y, en un parpadeo, me echa fuera del sistema.
Con la vista fija en el portátil, la rabia toma el control.
Joder, estaba cerca de conseguir el archivo.
Ahora no solo volveré a entrar para terminar la descarga; también voy a joder al cabrón responsable de haberme sacado.
Antes de lograr apretar la primera tecla, una alarma estridente me destroza los oídos.
Maldigo entre dientes, saco a trompicones unos auriculares del bolsillo de la mochila y me los coloco con dificultad, porque el pitido es tan fuerte que casi no puedo moverme.
Es uno de los últimos avances en seguridad tecnológica: un pulso sónico diseñado para paralizar los músculos e inmovilizarte.
Pero no contaban con mi as bajo la manga: la música que creé para neutralizar ese efecto.
La pongo a todo volumen y, poco a poco, siento cómo el hormigueo vuelve a mis extremidades.
Sin perder un segundo, guardo rápido todo en la mochila, me acerco hasta la puerta, la abro despacio y me asomo con el corazón a mil.
Por suerte, el pasillo está desierto, sumido en esa oscuridad que siempre es una aliada.
Ahora solo queda cruzar los dedos para que el personal de seguridad no se haya dado cuenta de que los dispositivos de vigilancia están comprometidos.
Me agazapo, avanzo con pasos sigilosos, retrocedo hacia la escalera de emergencia y empiezo a bajar. Aprovecho cada sombra para ocultarme. La alarma sigue sonando, amortiguada por la música reproducida a todo volumen en los cascos.
Varios haces de luz rasgan la penumbra y recorren los muros tratando de dar conmigo. Acelero el descenso. Salto escalones. Las luces se acercan. Joder, los tengo casi encima y todavía me faltan demasiados pisos para poder salir.
Una nube densa de humo estalla delante de mí. Continúo guiada por el instinto. Las piernas me responden por inercia, mientras se me cierra la garganta. Toso. Me arde el pecho. La visibilidad se reduce a sombras y destellos sueltos.
En el siguiente tramo, una mano me agarra el antebrazo con fuerza y me arrastra hacia la oscuridad.
No veo quién es, tampoco tengo tiempo de gritar.
Solo alcanzo a registrar el tirón brusco, el vértigo que me sacude el estómago y el zumbido agudo de la alarma, capaz de colarse por encima de la música para mezclarse con mi respiración.