Capítulo 5
La luz del hospital es de ese blanco triste que convierte todo en una especie de reflejo opaco y sin vida, donde hasta los colores parecen haberse rendido. Incluso el rostro de mi madre se ve aún más pálido, si es que eso es posible, bajo estos fluorescentes.
Tiene la cabeza apoyada en mi hombro, una bufanda envuelta al cuello y los labios entreabiertos. Podría parecer que duerme en paz si no fuese por la arruga que le cruza el entrecejo, profunda como una grieta que lleva años creciendo.
Yo no puedo dormir. Ni aquí ni en casa ni en ninguna parte.
Los nervios por volver a hablar con el médico sobre el tratamiento que aliviaría el dolor de mi madre son solo la punta del iceberg, porque el verdadero problema es el precio, una cifra tan absurda que ni en dos vidas podría pagar.
Todo cambió cuando WonderLab me echó a la calle con una mano delante y otra detrás, solo porque las horas que pedía para llevarla al hospital o cuidarla en sus peores días empezaron a estropear sus gráficos de productividad.
Al perder el empleo perdí el seguro que la mantenía a flote y, por supuesto, ninguna otra compañía quiso cubrir a una enferma crónica, obligándome a fundir los ahorros de casi veinte años de vida laboral en un abrir y cerrar de ojos.
Si bien en un principio la traje a vivir conmigo para recortar gastos, cuando el dinero escaseo, tuvimos que mudarnos a pisos cada vez más baratos hasta terminar en ese agujero, ya que compaginar sus cuidados con un trabajo que pague bien resultó ser imposible.
Así fue como acabé en la dark web, aceptando encargos de hackeo de difusa legalidad.
Tener muros éticos claros me condenaba a trabajos mal pagados que nunca alcanzaban para cubrir unas facturas clínicas desorbitantes.
Sin embargo, llegó un momento en que rechazar un encargo se convirtió en un lujo que no podía permitirme; aun así, había líneas que no estaba dispuesta a cruzar.
O eso creía, porque rompí una de mis reglas el día que entré en The Woods y expuse a alguien sin pensarlo dos veces.
No voy a justificarme diciendo que no tenía otra opción, por mucho que eso sea verdad.
En esta jodida ciudad no existe ningún tipo de ayuda.
El Gobierno se encargó de borrar cualquier posibilidad para los enfermos sin recursos y así quitárselos de en medio de manera legal, una forma de lavarse las manos al limpiar la sociedad de «débiles».
Para ellos solo hay cifras; para nosotros solo puertas que se cierran si no tienes la llave adecuada, algo que yo, por supuesto, no tengo.
Pero con los nudillos ya hechos a fuerza de golpear, encontraré la forma de que esa maldita puerta se abra, porque no voy a permitir que para este sistema seamos solo datos irrelevantes. No otra vez.
Cambio de postura con cuidado para no despertarla.
El asiento cruje, tengo el hombro entumecido y los ojos secos.
No voy a quejarme. Lo único que puedo hacer ahora es pensar.
Pensar en otra de las causas que me mantiene despierta, porque por mucho que anoche cruzara la puerta de casa con la esperanza absurda de sentirme a salvo, lo único que encontré fueron más preguntas sin respuesta.
Pasé horas sentada junto a la ventana, con la capucha aún puesta y el móvil entre las manos sin desbloquear, observando la oscuridad con los músculos en tensión por si el tal BigBad decidía aparecer de la nada para terminar lo que había empezado.
Si soy sincera, estoy casi segura de que me dejó escapar.
No soy tan rápida. Ni tan lista. Y él… él parecía saber demasiado como para no atraparme si de verdad hubiera querido.
No me creo nada de lo que dijo. Ni sus advertencias, ni esa amabilidad envenenada, ni esa oferta que olía a trampa.
Por muy bien que me viniera su promesa de acceso, información o protección, no puedo permitirme confiar en nadie.
Mucho menos en alguien que aparece de la nada con voz de lobo disfrazado de salvador.
Esto tengo que hacerlo sola. Como siempre. Como todo.
Aunque anoche no fue del todo en vano; descubrí algo que no puedo sacarme de la cabeza: The Woods es más que un juego. No es una plataforma de misiones simples, donde entregas paquetes o robas datos y te vas a casa con unos créditos más en la cuenta. No. Es algo más oscuro.
Incapaz de dormir, me senté frente al portátil, abrí el sistema y empecé a buscar fallos.
Intenté forzar las defensas de la plataforma, encontrar un cortafuegos débil, alguna grieta por donde colarme para mirar lo que hay detrás del telón.
Lo único que encontré fue una pared de titanio, perfectamente blindada.
Tal vez, si programo una herramienta específica desde cero, consiga abrirme paso y pueda crear un canal para espiar desde dentro. Sin embargo, eso me llevará tiempo, que es justo lo que no tengo.
Lo único que conseguí fue comprobar que el sistema había dado por completada la misión.
Me había olvidado por completo de la cuenta atrás.
Entre las pistolas, la pelea con los tipos de las máscaras, BigBad y mi huida, mi cerebro había borrado todo lo demás, pero debió bastar con abrir el compartimento y sacar la caja, porque cuando llegué a casa y abrí la aplicación, el botón de «completar misión» estaba disponible.
Al pulsarlo, la interfaz mostró una nueva pantalla con mis datos:
Saldo actual: 450 créditosRanking: 1.295 de 8.209Penalizaciones: 0
Y nada más. Ni lista de usuarios, ni forma de saber quién más está dentro o algún foro. Solo mis datos.
Palmeo la cajita que guardo en el bolsillo interno del abrigo. Está segura. Mi pasaporte para intentar conseguir el dinero de los fármacos de mamá. No pienso dejarla en ningún sitio. Es demasiado valiosa para perderla.
Mamá se remueve a mi lado, parpadea un par de veces y luego me pregunta con voz ronca y cansada:
—¿Ya nos han llamado? —Niego con la cabeza—. Cariño, ¿vas a contarme dónde estuviste anoche?
Evito su mirada, aprieto la cajita contra el pecho y respondo rápido para que no insista:
—No tienes que preocuparte. Todo va bien.
Se incorpora hasta que su cuerpo deja de tocar el mío.
—Te quiero y siento no ser la madre que te mereces.
Sus palabras tienen el mismo efecto que la lluvia helada de anoche: me calan hasta los huesos. Le sostengo la mirada.
—Tú no tienes que protegerme, mamá. Bastante haces con levantarte cada día, con seguir luchando.
Ella sacude la cabeza y se lleva una mano temblorosa al rostro.
—Odio ser una carga para ti.
—No lo eres —respondo al instante. Porque no lo es—. Me criaste para ser fuerte, ¿recuerdas? Me enseñaste a pensar por mí misma, a no rendirme y es eso lo que estoy haciendo.
—Nunca pensé que tendrías que cargar con todo este peso. —Aunque se le humedecen los ojos, las lágrimas no terminan de formarse. Mi madre nunca llora delante de nadie, ni siquiera delante de mí. Le tomo la mano y se la aprieto con suavidad.
—Yo tampoco —susurro—. Pero es lo que hay. Y si tengo que pelear con medio mundo para que estés bien, lo haré. Así de sencillo.
El ruido de una máquina expendedora y el murmullo del pasillo se cuelan entre nosotras. Me inclino hacia ella, apoyo la frente contra la suya y cierro los ojos.
—Te prometo que voy a sacarnos de esta. Lo juro.
—Solo prométeme que no vas a perderte en el intento.
No le contesto. No puedo prometerle eso. Para sobrevivir en este mundo, a veces hay que dejar trozos de una misma por el camino. Y por ella, cualquier cosa vale la pena.