Capítulo 4
La voz grave y áspera surge de un rincón en la oscuridad.
—Decepcionante, esperaba algo más de vosotros.
Los tres permanecemos quietos unos segundos. Luego, los dos tipos se giran hacia la silueta casi invisible mientras corro hacia la ventana.
La abro de un tirón. Ignoro la altura del cuarto piso, los diez metros de caída libre y el salto al vacío. No voy a quedarme a mirar lo que va a suceder ahí dentro.
Me aferro al marco, coloco una bota en el alféizar y me asomo al exterior, donde el aire frío me araña la cara.
Aplasto el cuerpo contra la pared y busco la cornisa estrecha, sucia, resquebrajada; perfecta para romperse en cuanto dé el primer paso.
No tengo otra opción. Apoyo un pie, luego el otro y comienzo a moverme, pegada a los ladrillos con los dedos agarrotados.
El corazón me martillea en los oídos y abajo solo hay oscuridad.
Si resbalo, si la cornisa cede, si el mundo decide que ya he tenido suficiente suerte por hoy…
no quedará nada de mí. Y entonces, ¿quién cuidará de ella?
La imagen de mi madre en su cama me atraviesa el pecho.
Si yo desaparezco, no le queda nadie. ¿Por qué se me ocurrió aceptar esta locura?
Aprieto los dientes. No es el momento para compadecerme.
Ya estoy metida en esto. Ahora solo queda seguir hacia delante.
Doy otro paso. Desde la habitación a mis espaldas llegan ruidos sordos, un forcejeo brutal, un grito ahogado y, luego, el crujido de algo al romperse.
No sé quiénes eran los de las máscaras ni quién es el desconocido.
Tampoco me importa. Solo quiero salir de aquí.
Necesito llegar a un lugar seguro. Un fragmento de cornisa se suelta, cae y rebota contra los muros. Trago saliva y sigo.
Al llegar a la siguiente ventana, agradezco la ausencia de vidrio.
Paso una pierna hasta quedar a horcajadas.
Más de la mitad del suelo de la estancia está derrumbado, dejando parte del piso de abajo a la vista.
Termino de entrar y, en cuanto mis pies tocan el suelo, una figura aparece en la puerta.
Aunque soy incapaz de distinguirla del todo, sé con certeza que es él: el hombre que peleó con el zorro y el búho.
Su voz vuelve a resonar:
—¿Adónde vas, Redhood?
La forma en que arrastra cada sílaba de mi nombre de usuario me eriza cada centímetro de la piel. ¿Cómo coño sabe quién soy?
Doy un paso atrás. La idea de saltar al piso inferior no suena precisamente atractiva, pero quedarme tampoco lo es. Pelear no es una opción. Si el zorro y el búho no duraron ni un minuto contra él, yo no tengo ni media oportunidad. Soy una presa fácil. Y él… él está de caza.
—No quiero hacerte daño. —Casi suena sincero.
Querrá ayudarme a reestructurar mis huesos, como hizo con los otros dos.
—¿Quién eres? —pregunto, sin quitarle la vista de encima.
Al dar un paso al frente, la luz que entra por la ventana me deja verlo mejor.
Su presencia impone todavía más, con un cuerpo preparado para cazar, vestido de negro, sin ningún adorno, tal vez para poder desvanecerse entre las sombras cuando le venga en gana.
Tiene el rostro anguloso, el cabello negro le cae sobre la frente y sus ojos verdes me atrapan.
Es un depredador, uno de verdad, y me está mirando a mí.
Inclina la cabeza, apenas unos grados, con esa calma exclusiva de los hombres conscientes de su capacidad para destruirte sin pestañear.
—Puedes llamarme BigBad.
La forma en que lo dice tiene algo casi seductor, un deje cálido y protector, como si se preocupara por mí. No me lo trago. He pasado por demasiada mierda para caer en sonrisas bien colocadas y promesas vacías. En este mundo nada es gratuito. Nadie mueve un dedo sin esperar algo a cambio.
—Puedo ayudarte —sigue—. No tienes por qué hacerlo sola. Todo esto puede ser más fácil si sabes a quién escuchar.
—¿Y tú eres ese alguien?
Una sonrisa torcida y controlada se dibuja en su rostro perfecto.
—Digamos que conozco los atajos. Los caminos fuera del mapa. A veces es peligroso correr sin mirar; puedes tropezar, perderte… o encontrarte con un ser de dientes muy muy grandes.
El estómago se me encoge y el miedo me sube por la garganta. Da un paso hacia el interior.
—¿Qué quieres de mí?
—Nada que no quieras darme —responde con suavidad y se adentra un poco más—. Te ofrezco una salida.
Intento no retroceder, aunque todas las células de mi cuerpo me piden hacerlo. Si me ve dudar o si huele el miedo, estoy jodida. Levanto un poco la barbilla, le mantengo la mirada y finjo calma.
—¿Y qué clase de trato sería ese?
Mi voz suena firme, mejor de lo que esperaba. Necesito hacerle hablar un poco más y ganar tiempo para idear la huida. Los tipos como él suelen disfrutar del sonido de su voz.
Él entrecierra los ojos, divertido; no le cuesta adivinar mi juego. Aun así, decide seguirlo.
—Uno capaz de mantenerte viva. Y, lo más importante: libre. Este mundo devora a quienes caminan sin compañía.
Intento estudiar el espacio con disimulo. El hueco del suelo se extiende más de lo que había calculado. En un rincón del piso inferior distingo una vieja estantería apoyada contra la pared. Si llego hasta ella, podría usarla para que el salto no sea tan alto.
—¿Y qué ganas tú con eso?
—Digamos que me interesan las piezas con pensamiento propio. Las capaces de mantenerse en pie al aparecer las sombras. Me gusta ver hasta dónde pueden llegar estimuladas por el incentivo adecuado.
Empiezo a moverme poco a poco. Él solo observa.
—Podría matarte ahora mismo, si quisiera. Pero no quiero.
—Qué considerado.
—Llámalo… curiosidad.
Doy medio paso lateral en dirección a la estantería. Él levanta una ceja. Eso me pone más en alerta. Tiene demasiado control, demasiada paciencia.
—¿Y si te dijera que no me interesan tus atajos?
Su risa rebota en las paredes.
—Entonces seguirás corriendo a ciegas. Y ya te lo he dicho, Redhood, es peligroso hacerlo sin mirar.
Solo necesito unos pasos más. Sea cual sea la intención de este tipo, no pienso quedarme para averiguarla.
—Prefiero tropezar que deberte nada.
No espero su reacción. Uno, dos, tres y salto.
Contengo la respiración cuando me lanzo hacia la estantería del piso de abajo.
El impacto me arranca un quejido. La madera cruje bajo mi peso, se tambalea y caigo.
El golpe contra el suelo me saca el aire de los pulmones y, a pesar de que me duele todo: las costillas, los codos, cada músculo, me levanto y, sin mirar hacia arriba, huyo.
Encuentro la escalera a la izquierda y bajo los escalones de dos en dos.
El hueco de antes se acerca demasiado rápido.
Salto sin calcular, con los ojos cerrados y el corazón en la garganta.
El impulso basta, aunque aterrizo mal y mi rodilla se estrella contra el cemento.
Aprieto los dientes, me obligo a levantarme y desciendo los últimos peldaños a trompicones.
No oigo pasos tras de mí. Ni golpes ni respiración.
Parece que no me sigue. Tampoco voy a girarme para comprobarlo.
Empujo la puerta por la que entré. La lluvia me embiste y, al aspirar hondo, el aire helado me araña la garganta.
Corro.
No es la opción más inteligente. En esta zona del mapa, llamar la atención es invocar monstruos peores que el que me acaba de ofrecer un trato.
No obstante, la sensatez es un lujo inalcanzable ahora mismo.
Tengo un objetivo: llegar al Cinturón de Hierro y cruzarlo.
Pensar, temblar, respirar… todo eso puede esperar.
Solo me queda escapar. Escapar convertida en una presa en medio del bosque.