The Woods: El sendero de las sombras Capítulo 3
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Capítulo 3

El chasquido áspero de las botas al golpear el asfalto resquebrajado rebota entre los muros flanqueados por la luz de las pocas farolas que no alcanzan a despejar del todo las sombras, y el olor a óxido se me adhiere a la garganta con cada inhalación.

El metal de un cartel colgante chirría al mecerse por una ráfaga de viento que arrastra envoltorios vacíos por vías que el mundo ha decidido olvidar.

Las fachadas se elevan negras, cubiertas de hollín y moho que devoran cristales rotos y puertas selladas con placas oxidadas; cicatrices viejas que nadie ha intentado cerrar desde que La Cúpula redibujó los límites de lo que merece existir.

Al doblar en una esquina, el olor a orina me golpea de lleno, así que, después de esquivar una montaña de basura quemada que aún humea, me subo la capucha del abrigo rojo y continúo a paso ligero, consciente de que en este tramo la luz ya no se atreve a entrar y que es eso justo lo que necesito.

Hace ya varias calles que el cosquilleo en la nuca no me da tregua, una punzada persistente que me advierte de que estoy en peligro.

No solo por haber cruzado a un territorio que la ciudad prefiere fingir que no existe, sino porque este distrito está tan al margen que ni siquiera figura ya en los mapas.

El Comité de Reordenamiento Urbano —ese nombre limpio y rimbombante que le han dado a los que deciden quién merece atención y quién no— lo eliminó sin pestañear del mismo modo en que mi dedo pulsa la tecla de borrar sobre un fragmento de código defectuoso.

Resulta más sencillo barrer la mierda bajo la alfombra que enfrentarse a los errores de la Reestructuración.

Aquí no queda autoridad ni ley ni nadie que vaya a venir si gritas.

Y, si bien no es la primera vez que entro, nunca será una caminata tranquila porque siempre hay algo que te obliga a mantener la guardia alta.

Esa sensación de estar siendo observada me eriza la piel y se niega a marcharse por mucho que intente tacharla de simple paranoia.

Varios perros ladran a lo lejos. Saco el móvil para comprobar la aplicación que me obligaron a instalar en cuanto acepté la prueba, una interfaz que no ofrece más de lo necesario: unas coordenadas y una cuenta atrás en un fondo negro que parece la marca de la casa.

El primer paso de la misión es recoger un paquete, sin más detalles sobre el contenido o el destinatario, solo una ubicación en un edificio abandonado al otro lado del Cinturón de Hierro: la frontera oxidada que separa lo que aún finge ser ciudad de lo que fue devorado por el olvido.

El cruce de Miravalles está vacío, con una bici tirada junto a una farola rota cuya rueda trasera aún da vueltas, un indicio de que alguien ha pasado por aquí hace apenas unos minutos.

Los edificios con ventanas iluminadas han sido reemplazados por estructuras que apenas se sostienen, fachadas derruidas y muros que parecen mantenerse en pie por puro milagro, aunque el hecho de que estén en ruinas no significa, ni de lejos, que estén vacíos.

Me arrimo más a la pared y acelero el paso.

No falta tanto para llegar al punto marcado.

Dos chicos salen de un callejón con las capuchas caladas hasta las cejas y las mochilas demasiado llenas para ser estudiantes.

Uno de ellos me lanza una mirada rápida y baja la cabeza, mientras que el otro sostiene el contacto visual.

No cruzamos palabra porque en este lugar las reglas están claras: quien no tiene nada que ocultar no camina solo a estas horas.

Paso junto a un túnel grafiteado con símbolos hasta que un ruido seco me detiene.

Contengo el aliento y me giro despacio, agudizando el oído, pero no hay nadie o, al menos, no alcanzo a verlo en la negrura.

Reanudo la marcha pese a que la sensación de acecho me erice la piel, y reprimo el instinto de dar media vuelta hacia lo seguro para no permitirme fallar.

El contador marca cinco minutos y treinta y tres segundos cuando llego a un portón metálico con el logo de The Woods.

No hay candado, así que alargo la mano y empujo.

El metal rechina. El aire en el interior está saturado de una fetidez imposible de identificar que me revuelve el estómago.

Trago saliva y miro el móvil ante un nuevo mensaje.

Piso 4

Avanzo entre cristales rotos y manchas oscuras que trepan por las paredes hasta encontrar la escalera al fondo.

La estructura protesta en cuanto apoyo el pie en el primer peldaño.

Subo despacio y, al llegar al segundo piso, me paro en seco ante un hueco que corta el paso; si salto y cede bajo el impacto de la caída, me iré abajo con todo y nadie vendrá a buscarme.

Estudio la pared agrietada, llena de hierros retorcidos que asoman entre las capas de pintura, y, aunque no es ideal, encuentro puntos de apoyo para empezar a trepar despacio.

Clavo los dedos en cada saliente con la mandíbula tensa y consigo avanzar con relativa estabilidad hasta que un mal apoyo me deja suspendida en el aire.

El corazón me golpea el pecho con tanta violencia que me impide oír cualquier otra cosa.

Ignoro el ardor en los brazos e impulso el cuerpo hacia arriba hasta enganchar la bota en una grieta y alcanzar, con un último esfuerzo, el otro lado del hueco.

Me mantengo inmóvil el tiempo justo para recuperar el aliento antes de seguir el mapa hacia una sala vacía donde el móvil vibra.

El punto marcado está justo aquí. Me agacho junto a un montón de escombros y los muevo sin éxito, hasta que, en la pared, descubro un ladrillo con la marca de unos árboles.

Al tocarlo, se afloja y revela una pantalla incrustada detrás.

No tengo rostro ni cuerpo, pero te sigo a donde vayas. Cuando hay oscuridad me escondo. Cuando hay luz, me hallas. ¿Quién soy?

Trago saliva ante la sencillez analógica del reto y tecleo la respuesta con los dedos todavía temblorosos: «La sombra».

La pantalla se apaga y un compartimento se abre sin hacer ruido para entregarme una caja ligera con el dibujo de una cesta de manzanas.

La guardo en el bolsillo interior del abrigo, cierro la cremallera y vuelvo a encajar el ladrillo.

Justo cuando me doy la vuelta para marcharme, un leve sonido metálico resuena detrás de mí.

El corazón se me dispara al distinguir dos figuras que flanquean la puerta; una lleva una máscara de búho de ojos penetrantes y otra, una de zorro que me apunta con una pistola cuyo brillo bajo la luna se me clava en la retina.

Rendirme no es una opción. Tengo que encontrar rápido una escapatoria, algo que me permita salir de esta madriguera antes de que me salten encima, así que recorro con la mirada el espacio mientras descarto el suicidio de saltar desde un cuarto piso.

Por un instante, dudo de si saldré de esta con vida.

Mi única escapatoria está justo detrás de la pistola que me apunta.

Las dos figuras corpulentas que bloquean el paso no parecen dispuestas a ceder.

La certeza de que estoy jodida no me ayuda a mantener la respiración a raya, la cual se me termina de entrecortar cuando algo se desliza detrás de ellos, apenas una distorsión en la oscuridad que parece beberse la poca luz que queda en la sala.

Un escalofrío me recorre la espalda al darme cuenta de que estos dos no son los únicos cazadores aquí.

En este nido de ratas acecha un depredador más peligroso que no hace ruido y que, según parece, acaba de notar nuestra presencia.