The Woods: El sendero de las sombras Capítulo 2
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Capítulo 2

La pantalla del portátil es la única fuente de luz estable en el apartamento, junto con el resplandor rosa del exterior. El sofá parece más duro que de costumbre y la puerta del dormitorio de mi madre es un recordatorio de todo lo que podría perder.

El clic aún hace eco. Me echo hacia delante, acerco los dedos al teclado y me dejo guiar por esa parte de mí que sabe qué buscar incluso cuando no tengo claro lo que espero encontrar.

The Woods.

A pesar de haber pulsado en el «sí», aún no he creado ningún perfil. Antes de dar otro paso, necesito averiguar todo lo que pueda. Algo en mí —esa punzada constante en la base del cuello— me grita que no confíe tan rápido, porque puede ser justo lo que necesito o lo que lo arruine todo.

Como era de esperar, no hay ningún rastro en la superficie, así que profundizo un poco más en los canales que suelo frecuentar, donde las cosas están un poco más ocultas. Después de un buen rato sigue sin aparecer nada concreto: solo una mención suelta en un foro con acceso limitado casi borrada.

«Nunca sabes dónde te metes».

Demasiado genérico, aunque lo suficiente para seguir tirando del hilo.

Abro conexiones cifradas, salto entre nodos y fuerzo accesos a servidores que cambian de máscara cada pocas horas.

Cruzo pasillos virtuales que se volatilizan si te detienes demasiado, rastreo archivos que no deberían pesar tanto si de verdad estuvieran vacíos, compilo fragmentos inconexos: testimonios anónimos, comentarios que se autodestruyen en cuanto los abres.

«Acepté. Durante semanas creí que había ganado».

«El precio es caro».

«Es un sitio oscuro».

Me concentro para establecer un patrón. Rastreo uploads, firmas digitales manipuladas y códigos que se camuflan dentro de líneas que redirigen a loops infinitos si no sabes cómo escapar.

Y salgo. Porque nací para esto. Aunque hay algo que me inquieta.

Por norma general soy yo quien persigue; sin embargo, tengo la sensación de que cada búsqueda, cada comando, cada uno de mis saltos está registrado por algo o alguien.

Me froto las manos, más por necesidad de hacer algo físico que por frío.

Desvío la mirada hacia la habitación donde duerme mi madre, respiro hondo sin conseguir que el aire me llene y, por un segundo, todo lo que estoy haciendo parece una locura, hasta que la imagen de ella —vencida en un colchón que ya no la sostiene, pidiéndome que no me preocupe— me devuelve a la realidad.

No puedo parar ahora. Quizá sea una trampa, pero si existe aunque sea una sola oportunidad para salvarla, la voy a aprovechar.

La interfaz para crear el perfil se desdibuja mientras los recuerdos me arrastran a otro tiempo: a aquella niña, obsesionada con su abrigo rojo, acurrucada en el regazo de mi madre mientras me contaba historias que me transportaban a mundos mágicos donde todo parecía posible y que ahora suenan irreales.

Me río con amargura al elegir el nombre de usuario: Redhood.

Porque la obsesión con aquella prenda se convirtió en la primera pieza de una armadura que he forjado a golpes con los años, una identidad que inventé para protegerme de los villanos de mis cuentos, que en mi historia resultaron ser demasiados y mucho más reales de lo que me gustaría admitir.

En la ventana emerge un nuevo mensaje:

Comenzaremos un cuestionario. Debes responder con lo primero que te venga a la mente, solo tendrás tres segundos para cada respuesta.

En cuanto el temporizador parpadea en el monitor, leo la primera pregunta:

¿Rojo o azul?

Respondo «rojo» sin titubear.

¿Luz o sombra?

La prisa me obliga a dejar de lado la lógica. «Sombra».

Las preguntas se suceden, absurdas y sin relación entre ellas.

¿Pájaro o jaula?

«Pájaro».

¿Escalera o abismo?

«Abismo».

¿Risa o silencio?

«Silencio».

No entiendo qué sentido tienen o qué buscan medir, no obstante, la urgencia me aprieta el pecho.

Sin previo aviso, la imagen cambia a algo más técnico: un código alfanumérico junto a una serie de instrucciones que parecen una prueba para evaluar mis reflejos y mi habilidad. Tengo que reordenar símbolos en un tiempo límite y encontrar patrones que no son evidentes a primera vista.

Tecleo a toda prisa. La concentración me consume porque sé que no puedo fallar. El desafío es un juego con trampas escondidas y tengo que esquivar cada una.

Superado el reto, vuelven las preguntas, solo que con un matiz diferente.

¿Salvarías a uno a costa de muchos?

«Sí».

¿Verdad que duele o mentira que da esperanza?

«Verdad».

¿El fin justifica los medios?

«Depende».

Respondo sin detenerme, sin darles demasiadas vueltas. Sé que cada respuesta es un pedazo de mí que dejo ver, un sacrificio que debo hacer para entrar en un juego que parece ir más allá de lo que había imaginado.

La pantalla se torna negra y se materializa una línea de texto blanco, como si alguien tecleara en una vieja terminal DOS.

Para entrar al bosque, debes dejar algo atrás. Todo lo que consigas tendrá un precio. No estás sola. Nunca lo estás.

Luego, aparece una prueba final para activar el perfil y desbloquear las misiones que me otorgarán créditos.

La vuelvo a leer y tardo unos segundos en asimilar que lo que me pide es que le destroce la vida a alguien real.

Basta un clic malintencionado para que su mundo se venga abajo.

Más que una prueba, esto se siente como un ritual de iniciación.

Antes de que pueda decidir si seguir adelante o no, otra cuenta atrás comienza a correr en la esquina, un recordatorio brutal de que el tiempo se acaba.

El peso de que no es una suposición ni un simulacro, de que estoy a punto de hacer algo irreversible, hace que me tiemblen las manos.

Dudo. El sudor me baja por la espalda y el corazón me late desbocado.

Nadie nos ha salvado a mi madre o a mí. Nadie se ha preocupado por nosotras.

El reloj no espera; me obliga a tomar una decisión, así que, sin pensarlo más, derribo las barreras.

No hay margen de error. Si fallo, estoy fuera.

Y estar fuera no es algo que pueda permitirme.

Pulso la última tecla con firmeza y me dejo caer contra el respaldo del sillón con una exhalación larga. Sin embargo, el alivio no llega del todo. El monitor se queda en negro. Un segundo. Dos. Tres. El silencio me taladra los oídos.

¿Lo he conseguido? ¿He fallado? ¿Estoy fuera?

Justo cuando el pulso me empieza a tamborilear en la garganta, el cursor parpadea una vez. Otra. Y otra más. Contengo el aliento, atrapada en esa oscuridad, hasta que, letra a letra, las palabras empiezan a formarse.

Has despertado al bosque.

Me quedo con la mirada fija en el portátil sin parpadear, a la espera de que algo en mí se fracture de repente, con la violencia de lo irreversible.

No hay júbilo, ni alivio, ni vértigo. Solo una extraña lucidez que se asienta despacio.

He pasado la prueba. Estoy dentro. Y eso significa que acabo de arruinarle la vida a alguien que no conozco, alguien que podría ser inocente; no obstante, el golpe de la culpa no llega.

Tampoco el sobresalto. Y, aunque me asusta lo que eso dice de mí, lo que acabo de comprender con una nitidez brutal es que haré lo que sea necesario por salvarla, por conseguir que vuelva a sonreír como lo hacía cuando me abrazaba entre cuentos fantásticos y me hacía creer que todo era posible.

Un nuevo mensaje aparece.

¿Estás preparada para tu primera misión?_

Esta vez no tengo ninguna duda.