The Woods: El sendero de las sombras Capítulo 1
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The Woods: El sendero de las sombras

The Woods: El sendero de las sombras

Por Eleo Gaydou

© inepub.com

Capítulo 1

«Si el bosque te impide contemplar el cielo, no olvides que las estrellas siguen ahí, solo tienes que encontrarlas en la oscuridad».

Eso decía mi madre antes de que sus riñones se tomaran vacaciones permanentes y pasara a existir más que a vivir, envuelta en mantas baratas y pastillas que no podemos permitirnos y que el Comité de Acceso Ético nos niega un mes sí y otro también.

Me aferro a esa frase como a un salvavidas, aunque hace tanto que dejé de ver el cielo que ya casi he olvidado cómo buscar las estrellas.

Llevo mucho tiempo con la mirada clavada en el suelo, esquivando charcos de incertidumbre y miedo, esperando que alguien me señale el camino de vuelta a casa.

Pero no logro encontrarlo y aquí sigo, con los ojos agotados, atrapada en un bosque que no deja de crecer y se cierra a mi alrededor sin tregua.

La única certeza que me queda es que perderme no es una opción.

La puerta suelta su chirrido de siempre, el pasillo huele a humedad, a sopa instantánea y juro que, si Benny no ha arreglado ya el…

Tic. Tic. Tic.

…maldito grifo del fregadero, voy a meterme en su wifi, reiniciar su router cada cinco minutos y bloquearle el acceso a la Red Central hasta que me devuelva la tranquilidad.

Le he dado la brasa con llamadas y mensajes para que me suelte una y otra vez la misma excusa barata: «Esta semana lo arreglo».

Pues no sé qué clase de «semana» es la suya, pero la mía lleva tres meses con ese goteo insoportable y la paciencia por los suelos.

Me saco las botas embarradas en la entrada y dejo el abrigo rojo mojado en el perchero.

—¿Mamá?

El salón está sumido en penumbras, con las paredes apenas iluminadas por el brillo rosa neón del cartel del club de abajo que entra por la ventana.

La puerta de la habitación está entornada y la luz apagada, revelando su silueta tumbada de lado y envuelta en la misma manta en la que la dejé esta mañana, lo que me confirma que no se ha movido en todo el día.

—¿Has comido? —pregunto, a pesar de que ya sé la respuesta.

Abre apenas los ojos y esboza una sonrisa débil que me estruja el pecho.

—Hola, cariño.

—Voy a preparar algo, te aviso cuando esté listo.

Debería decir algo más, sin embargo, las palabras se me quedan atrapadas en la garganta. Al final, me doy la vuelta y me dirijo a la cocina.

Reviso los armarios con la esperanza de dar con algo decente.

Lo único que encuentro es un bote de lentejas precocinadas cuya fecha de caducidad venció hace unos días, así que solo me queda esperar que no nos caigan mal mientras las caliento en la olla del mango chamuscado.

Relleno la jarra del filtro. Hace años que las autoridades alertaron sobre el peligro de beber del grifo tras la contaminación de las Guerras por Recursos, aunque para nosotras el agua embotellada sea un lujo tan inalcanzable como la ropa nueva o hacer más de una comida al día.

Echo la mayor parte de las lentejas en un plato, lo coloco en una bandeja junto a una cuchara, sirvo el vaso y cargo con todo hasta su cuarto.

—Hecho con amor y carencias.

Le dejo la bandeja en el regazo y me siento a los pies de la cama. Ella sonríe y me dedica esa mirada que me transporta directo a los cinco años, cuando me curaba las rodillas raspadas con besos y tiritas de dinosaurios que ya no existen más que en mi memoria.

—Estás trabajando demasiado —dice después de soplar la comida—. Tienes ojeras.

—Solo estoy resolviendo unos asuntos para conseguir lo que necesitamos.

—Rouge…

—Mamá.

Suspira.

—No quiero que te pierdas en todo esto.

—Estoy bien —miento—. Come, no dejes que se enfríe.

Me desplomo contra la pared al tiempo que reprimo un suspiro. Apenas prueba un par de bocados y enseguida aparta el plato.

—Me pesa el cuerpo; creo que voy a dormir un poco más.

Asiento sin fuerzas para fingir porque no me queda nada que decir que no suene a mentira. Coloco la bandeja a un lado para que pueda acostarse antes de apagar la luz y quedarme un rato mirándola, más frágil que esta mañana. Cada día le arranca una capa de vida.

Cierro la puerta tras de mí, dejo la bandeja sobre la encimera y como un par de cucharadas de pie, con la vista fija en la estancia minúscula que hace las veces de cocina, salón y, cuando cae la noche, también de dormitorio.

Un sabor metálico me revuelve el estómago mientras meto el plato con las sobras en la nevera y cruzo hasta el sofá.

Me dejo caer contra los cojines vencidos y abro el portátil, el único objeto con valor real entre estas paredes, además de la mujer en la otra habitación.

La pantalla se ilumina, devolviéndome un reflejo cansado antes de dar paso al refugio digital que he ido construyendo bit a bit, un espacio encriptado donde las leyes de La Cúpula no llegan y donde, por una vez, las reglas del juego las dicto yo.

Encuentro un mensaje nuevo: el cliente está satisfecho, el exploit que le diseñé funcionó sin dejar rastro y ya ha depositado el dinero en la cartera virtual.

Aunque no sea gran cosa, es un paso más hacia el tratamiento que mi madre necesita, una pequeña grieta en la muralla que nos tiene atrapadas.

Me crujo los nudillos, me recuesto y, mientras acomodo la espalda entre los muelles, mi cabeza vuela a aquella consulta médica de hace unas semanas donde nos dijeron lo que sabíamos de sobra y que, aun así, me niego a aceptar.

El médico hablaba con esa voz plana que usan cuando ya han dado esta noticia innumerables veces, como si la neutralidad fuera una forma de suavizar el golpe, como si decir el diagnóstico igual que un robot hiciera menos evidente la verdad de que la enfermedad avanza deprisa, de que cada día cuenta y ninguno juega a nuestro favor.

No titubeó al decirnos que no quedan muchas opciones.

Nos habló de una medicación que podría frenar el deterioro, solo que cuesta más de lo que podríamos reunir en tres vidas, porque nuestro seguro —ese que apenas cubre un antibiótico genérico—, por supuesto no lo incluye.

Aparte, hay listas, papeleo, esperas infinitas y una probabilidad microscópica de que algo cambie a tiempo.

Mi madre bajó la mirada, como si por fin le hubieran dado permiso para rendirse.

Yo, con los puños apretados dentro del abrigo, me tragué el miedo y la rabia para dejar que la determinación ocupara su lugar, porque no pienso aceptar que esta sea la única salida.

No voy a rendirme. Tiene que haber una rendija, una maldita línea de código que me lleve a una solución.

Siempre la hay. Soy experta en localizarlas.

Así que, aunque el bosque se haga cada vez más espeso, la luz se filtre con dificultad entre las ramas retorcidas y el cielo parezca desaparecer, voy a encontrar las estrellas.

Porque alguien tiene que hacerlo. Porque ella ya no puede. Y porque perderla no es una opción.

Un parpadeo en la pantalla llama mi atención. Un comando que no he escrito yo.

01110100 01101000 01100101 00100000 01110111 01101111 01101111 01100100 01110011

Al ejecutarlo, una ventana emergente se abre con un logo simple donde se lee «The Woods» sobre una pregunta que me deja sin aire:

¿Quieres ganar dinero fácil? [S/N]

Calculo las probabilidades a la velocidad de un procesador sobrecargado.

Con lo que saco de los clientes que encuentro en la dark web, puede que no llegue a tiempo para reunir todo el dinero que hace falta para pagar el fármaco que mencionó el médico.

¿Qué pierdo con echar un vistazo? Quizá solo sea un cebo más, una trampa disfrazada.

Aunque también podría ser la última oportunidad para salvarla.

Tecleo «S» con los dientes apretados y pulso «Intro». El nombre del sitio, The Woods, me llama; parece casi una señal.

Cada latido me retumba en las sienes, la garganta se me seca, las manos me tiemblan.

Miro de reojo hacia la habitación de mi madre.

Un pensamiento fugaz me hiela la sangre: ¿y si es una estafa?

¿Y si al otro lado solo hay más oscuridad?

Pero llevo tanto tiempo perdida entre sombras que dudo que pueda existir algo peor.

Contengo el aliento. Un segundo, dos… y pulso el botón.

El clic hace eco contra las paredes. Ya no hay vuelta atrás.