32. Capítulo Treinta y Uno
Capítulo Treinta y Uno
Honey
L a música atruena en mis auriculares mientras me limpio las lágrimas de las mejillas y me desplomo sobre la almohada.
Ni siquiera sé por qué lloro por esto. Debería estar feliz.
Zach no es padre y Tiff solo es su prima.
Después de que ganara, debería haber salido corriendo a ese campo para felicitarlo y decirle lo que sentía, pero ahora no sé qué pensar.
Me abrí a él. Encontró partes de mí que nadie había estado dispuesto a ver antes.
No me juzgó ni me hizo sentir como la chica borde que todo el mundo retrataba.
La puñalada en el estómago es que no tuvo la suficiente confianza en mí como para hablarme de su familia.
Mintió, me dijo que su prima era su hermana y dejó que creyera que era padre.
En última instancia, no confió en mí de la misma manera que yo confié en él, y eso duele.
No puedo negar que algo estaba surgiendo entre nosotros, incluso si Zach no estaba interesado en ser mi novio de verdad.
Hicimos cosas que no haces con alguien a quien ves solo como un amigo, y la forma en que me besó después de pedirme que lo esperara me tiene la cabeza dando vueltas por la estratosfera.
No sé qué pensar ni cómo sentirme, y he llegado a un punto en el que necesito hablar con él.
—Hunniford. —Mis ojos se abren de golpe cuando mi madre me quita los auriculares con una sonrisa maquinadora en el rostro—. Llevo cinco minutos llamándote y me has estado ignorando —dice con brusquedad.
Entornando los ojos, la miro a ella y luego a los auriculares, esperando que haga la conexión. Siento los ojos en carne viva y me retumba la cabeza—. ¿Qué hora es?
—Tarde, pero hay alguien aquí para verte. —Su rostro está congelado en una sonrisa y no sé si está feliz o triste por mi inminente visita.
Me incorporo, me siento en la cama y empiezo a sonreír porque solo una persona me viene a la mente.
—Date prisa. No querrás hacerlo esperar.
Apartando las mantas de mis piernas, salto de la cama y voy dando brincos hacia el albornoz de rizo rosa que cuelga detrás de la puerta. Cuando voy a cogerlo, la voz de mi madre me detiene en seco—. Hunniford. No vas a bajar así.
Pongo los ojos en blanco porque mi madre se sentiría decepcionada conmigo si bajara a recibir a los invitados con algo menos que un vestido de gala y el pelo peinado a la perfección.
Inclino la cabeza en su dirección y digo: —O me ve así o no me ve.
—A Zach no le importa cómo vista y no quiere que sea la princesa perfecta que el resto del mundo cree que soy.
Descolgando el albornoz del gancho, abro la puerta de un tirón y salgo antes de que pueda protestar.
Mientras bajo las escaleras, me retoco el pelo.
Debería haberme mirado en el espejo antes de bajar.
¿Y si tengo un hilo de baba por la mejilla?
Me limpio la cara, bastante segura de que mi madre no me dejaría pasear por el pasillo con tan mala pinta, y se me corta la respiración cuando veo quién está allí.
Debería haberlo sabido.
¿Cómo he podido ser tan ingenua de pensar que mi madre dejaría entrar a Zach voluntariamente en nuestra casa a estas horas de la noche?
Jamie es la única persona a la que dejaría cruzar el umbral para intentar reconquistar mi corazón. El imbécil infiel solo intenta recuperarme para ganar una apuesta y no voy a permitir que eso ocurra. Pase lo que pase con Zach, Jamie no será el ganador de esta historia.
—¿Qué haces aquí? —Con los brazos cruzados, evalúo en silencio su figura nerviosa.
De pie en nuestro amplio vestíbulo, lleva su camiseta de fútbol limpia y su pelo sigue tan perfectamente peinado como antes del partido.
No haber jugado ni un minuto es una buena forma de evitar la ducha tras el encuentro.
Su boca se curva en una sonrisa mediocre y se pasa la mano por el pelo—. Hola, Honey. Yo, esto... te he comprado estas. —Mira el ramo que sostiene y empuja las rosas rojas de tallo largo en mi dirección.
Son las favoritas de mi madre.
Se me tuerce el gesto y no hago ademán de aceptarlas. Francamente, no las quiero ni a ellas ni nada de lo que él pueda ofrecerme.
Cuando ve mi reticencia, asiente chasqueando la lengua—. Ya, me imaginaba que tendría que hacer algo más que aparecer con rosas para volver a caerte bien.
Cruzándome de brazos, me apoyo en la barandilla—. Todavía no te has disculpado por besarme en Nochevieja y luego difundir la foto por el sistema de mensajería del instituto.
La comisura de su labio se eleva—. Eso es porque no me arrepiento del todo. Como dije antes, te quiero a ti. Siempre se supuso que íbamos a enfrentarnos a todo esto juntos, y no pienso dejarlo pasar por un error estúpido.
Sujetando la barandilla, doy media vuelta y me dirijo hacia la cocina, esperando que me siga.
Conociendo a mi madre, probablemente tenga la cámara de la entrada puesta en el móvil y esté escuchando toda nuestra conversación.
Al menos en la cocina puedo llegar al interruptor de apagado... y a un par de cuchillos.
Siento la presencia de Jamie detrás de mí y su aliento me roza el pelo cuando dice: —Hemos ganado.
Algo en su tono petulante me da ganas de señalar que ha ganado nuestro equipo, que él y yo no hemos tenido nada que ver con el resultado de esta noche, pero no lo hago. ¿Para qué? De todas formas, estoy a punto de echarlo.
—Lo sé.
Una vez en la cocina, Jamie rodea la isla, pasando la mano por el mármol frío, y observa cómo me relajo al otro lado—.
No estaba seguro de si lo sabías, ya que te fuiste temprano.
—Hace una pausa y creo que está esperando que diga algo, pero en su lugar me quito una mota de polvo del albornoz—.
Te fuiste más o menos cuando viste a la familia de Zach.
Mantengo el rostro inexpresivo ante su poco sutil sondeo—. Supongo que estar en el banquillo tiene sus ventajas. Puedes acosarme a mí en lugar de concentrarte en el partido.
Jamie frunce el ceño—. Estabas llorando.
—Es una afirmación pura y simple que flota en el aire, cimentando mi vergüenza.
Pensé que había sido discreta al marcharme, pero al parecer, nada se le escapó a mi instituto.
Con mi suerte, volverá a compartirse en las redes sociales—. ¿Por qué estabas disgustada?
Él hace su jugada, soltando las rosas sobre el mármol y rodeando la isla para situarse a mi lado. Su mano cae en la parte baja de mi espalda y yo me aparto del contacto.
—¿A qué has venido? —Vuelvo a hacer la pregunta.
—Quería ver cómo estabas. He visto que Zach tenía público por primera vez. Ha tenido que ser un palo ver a la hija del Becado en carne y hueso. —Ha ido a la yugular, pero no duele porque todo son mentiras, y ahora me pregunto cuántas mentiras me habrá contado antes—. Es una cría mona, ¿verdad?
Echo la cabeza hacia atrás, arrugando la nariz—. Estoy bien. —No voy a dar detalles. Quiero demostrarle a Zach que puede confiar en mí, pero la arrogancia de Jamie es más que repulsiva. ¿Cómo no vi esto antes?
—¿Estás segura? Porque no parece que estés bien.
—Sí.
—¿Entonces por qué no estás celebrándolo con él ahora mismo?
—Esa es una buena pregunta. He descubierto la verdad y seguimos fingiendo que salimos.
Salir corriendo del estadio llorando no habrá ayudado a nuestra causa, pero eso es algo que no puedo cambiar—.
Lo que yo decía. —Sonríe con suficiencia, como si mi silencio respondiera a su pregunta.
Levantando las rosas, las estudia un fugaz segundo—. Mira, lo entiendo. Las rosas no son lo tuyo. Nunca lo han sido. —Se ríe entre dientes para sí—. Solo las he comprado para que tu madre me dejara entrar.
—Me alegro de que tu relación con mi madre vaya bien, porque tu relación conmigo es de todo menos buena.
—Venga, Honey. No te pongas así.
Levanto la barbilla, sintiéndome algo combativa—. Tú eres el que puso los cuernos, no yo.
—Lo sé y es el mayor error de mi vida. Créeme, las repercusiones que ha tenido me han abierto los ojos —masculla, y me contengo para no darle un puñetazo en la cara. Repercusiones que estoy segura de que tienen algo que ver con perder su fondo fiduciario si no se reconcilia conmigo.
—¿En serio no esperarás que sienta lástima por ti?
—No, pero de verdad me gustaría empezar a compensarte.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo piensas hacerlo?
Se rasca la punta de la barbilla, dedicándome una sonrisa fácil—. Tenía la esperanza de que fueras al baile de debutantes conmigo.
Suelto una carcajada de incredulidad. No puede hablar en serio—. No. —Corto, simple y al grano.
—¿Quién va a llevarte? —me desafía, ladeando la cabeza—. ¿Zach?
—Sí. —Trago saliva.
—¿Zach? —pregunta con las cejas arqueadas—. ¿Crees que tus padres estarán de acuerdo con aceptarte en nuestra vida de la alta sociedad con Zach como tu acompañante? —Se ríe, sacudiendo la cabeza—. Zach te está usando. Eres un trofeo que ganar y te quedarás sin nada cuando haya terminado contigo.
—Me suena de algo.
—¿Sabe siquiera bailar el vals? —Frunzo los labios porque tiene razón. No le he explicado exactamente a Zach en qué consiste el baile de debutantes, y falta una semana. —Zach es tu clavo para sacar otro clavo y estás pasando por una fase de chico malo. En un mes estarás fuera de escena.
Dándome la vuelta, rodeo la isla de la cocina para irme—. Piénsalo, Honey. Él no es para nuestro mundo. Meterá la pata a cada paso, nunca llegará a impresionarte y ambos empezaréis a odiaros.
—¿Quieres decir como nos pasa a nosotros ahora?
Salgo de la habitación y subo las escaleras, sin molestarme en despedirme. Si mi madre lo dejó entrar, ella puede dejarlo salir.
—Hunniford. —Su voz chillona me atraviesa el alma—. No deberías tratar así a los invitados.
—No era mi invitado.
—¿Qué quería Jamie?
—Seguro que lo sabes. Me ha preguntado si podía llevarme al baile de debutantes. —Se cruza de brazos, con aspecto de estar satisfecha consigo misma—. Le he dicho que no.
Eso hace que frunza el ceño—. Pero si ya he acordado con la madre de Jamie que él te llevaría. —Y ahí reside la verdadera razón por la que Jamie ha venido esta noche. Sus padres lo obligaron. Lo sabía.
—¿Y? Que lleve a McKenna. Si es lo suficientemente buena para tirársela públicamente, lo es para que lo vean con ella allí.
—Hunniford. Vete a tu habitación. —Se le tensan los hombros y es raro verla actuar como una madre de verdad—. No hables así de Jamie.
Camino con un ligero brinco por el pasillo—. ¿Por qué no? Solo digo la verdad. Quizá si vivieras en la realidad, estarías más inclinada a escucharla. —La estoy provocando ahora, pisoteando con altivez en mi albornoz. Sus hombros suben y aprieta los labios.
—Deberías vigilar lo que dices, Hunniford.
—¿Por qué? No cambia nada. Diga lo que diga o haga lo que haga, siempre intentarás controlar mi vida y mis decisiones. Las cosas serían muchísimo más fáciles para todos si solo me dieras un poco de espacio para respirar.
Caminando hacia mi cuarto, cierro la puerta de un portazo y echo la llave.
Una pequeña risa escapa de mis labios y no puedo dejar de sonreír.
Una mezcla de ira y emoción corre por mis venas, sabiendo que mi padre probablemente habrá oído eso, pero será demasiado cobarde para intervenir.
Siempre se lo ha dejado todo a mi madre y a un pequeño grupo de au pairs extranjeras.
Por fin siento que ya no pueden controlarme y no saben qué hacer al respecto. Incluso si Zach no aparece en el baile de debutantes, prefiero estar allí sola que ceder a pasar más tiempo con Jamie.
Desvío la mirada hacia mi móvil, que está en la mesita de noche, y lo compruebo.
Sigue sin haber nada de Zach, pero sí un montón de mensajes de Jamie suplicando.
Lo tiro a un lado y mis sentimientos empiezan a calar.
Zach no confió lo suficiente en mí como para decirme la verdad sobre Tiff, y no me ha llamado desde su gran victoria de esta noche.
Sé que no está celebrándolo por ahí con nadie, porque yo soy la única persona con la que lo celebraría en este instituto.
Quién sabe dónde terminaremos Zach y yo después de esto, pero al menos me ha ayudado a darme cuenta de la importancia de defenderme.