The Quarterback Sneak (The Four Quarters Collection 1) 31. Capítulo Treinta
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31. Capítulo Treinta

Capítulo Treinta

Zach

E n cuanto suena el silbato final, aprieto los puños y grito con tanta fuerza que se me sale el protector bucal. ¡South Point! ¡South Point! ¡South Point!

La multitud corea y mis compañeros me dan palmadas en el casco para felicitarme.

Tras varias inspiraciones profundas, cierro los ojos y grabo este momento en mi memoria.

El césped hincándose en mis tacos, el aire frío golpeándome la piel y la multitud coreando nuestro nombre por mi culpa. Es esto. Vivo para esto.

Hemos ganado el campeonato estatal y, aunque es la tercera vez, ninguna victoria se compara con esta. La última de mi carrera en el instituto y el primer paso para mi rendimiento en St. Michael’s.

Mi corazón late con fuerza mientras la adrenalina recorre mis venas.

Quitándome el casco de un tirón, miro a la grada y sonrío.

Por primera vez en mi carrera en South Point, mis padres están en primera fila, animando junto a Ella y Tiff.

Los saludo con la mano, dedicándoles una sonrisa mientras celebro con mi equipo, pero hay algo que me impide ser tan feliz como los demás.

Honey. No está aquí, y es culpa mía. Sigo sin hablar con ella. He sido un egoísta. Tiff y este partido han sido mi prioridad, pero ella siempre ha estado en un rincón de mi mente, y sé que tengo que compensárselo de alguna manera.

Cuando paso por el lado de Jamie, me da un fuerte empujón en el hombro.

Tengo la intención de ignorarlo, pero cuando me empuja por la espalda, se me nubla la vista por la rabia.

—¿Qué te pasa? —le grito, encarándome con él. Jamie no parece inmutarse; se queda allí con aire desafiante y una sonrisa caballuna.

—No pasa nada. Pero tengo curiosidad, ¿qué se siente al ser un chico de alquiler?

—¿De qué estás hablando? —Mi mente vuela inmediatamente a Honey, pero él no sabe nada de nuestro trato.

—Solo estás aquí ganando porque mi familia te está pagando por ese privilegio. No eres más que un crío de mala muerte del lado equivocado de la ciudad, y me muero de ganas de recuperar algo de ese dinero.

—¿Y cómo piensas hacerlo? —Estamos llamando la atención y tengo que contenerme para no decir lo que realmente quiero.

—La apuesta. Ya has perdido.

—La apuesta no ha terminado. Aún quedan un par de semanas y Honey sigue siendo mía —lo digo con una confianza inquebrantable, pero por dentro no estoy tan seguro. Supongo que todavía quiere que la acompañe al baile de debutantes y a la fiesta de graduación, pero no lo sé.

—Oh, créeme, la apuesta ha terminado. A Honey no le interesas ni tú ni tu drama de bebés.

—¿Y crees que eso significa que le vas a interesar tú? —Arqueo una ceja con curiosidad, mordiéndome la lengua—. Créeme, Jamie. Tienes más posibilidades de acostarte con Zendaya que de volver con Honey.

Sin decir una palabra más, me alejo de él a grandes zancadas. Me niego a dejar que me arruine la noche. Aunque mis padres están demasiado absortos en su propia emoción para notar nuestra interacción, Tiff nos observa a su lado con el ceño preocupado.

—Estoy tan orgullosa de ti, cielo. —Mi madre sonríe y me estrecha en un abrazo. Se le saltan las lágrimas porque sabe lo que esto significa para mí. He logrado todo lo que me había propuesto.

—Gracias, mamá. —Le beso la mejilla, sintiéndome completo cuando me abraza. Las cosas están encajando para nuestra familia, y saber que casi hemos pasado la parte más difícil hace que esta victoria sea aún más dulce.

Echo un vistazo a la multitud que celebra, esperando ver a Honey. Nada.

—Estoy orgulloso de ti, hijo. —Mi padre me aprieta el hombro, sonriéndome con aprobación—. Sabía que podías hacerlo; solo siento que hayamos tardado tanto en venir a verte ganar.

—Za Za —exclama Ella, y su vocecita me hace reír.

—Hola, pequeña —digo con ternura, cogiendo a Ella de los brazos de Tiff y abrazándola. Susurrando para que solo ella pueda oírme, digo: He hecho todo esto por ti. —Ella suelta una risita cuando le hundo la nariz en la mejilla y le dejo un beso.

—Enhorabuena, Z —dice Tiff, dándome una palmada en la espalda—. Estoy muy orgullosa de ti.

—Yo también lo estoy de ti —respondo. Todavía no me puedo creer que haya decidido venir esta noche, pero cuando traté de convencerla de que se quedara en casa, se negó—. ¿Estás bien? —pregunto con vacilación. Cierra los ojos brevemente y luego sonríe.

—Sí. Necesitaba verlo todo por mí misma.

—¿Te ha ayudado a verlo más claro? —Hablo de forma críptica porque sé que alguien podría oírnos.

—Creo que sí. Aún no sé muy bien cómo seguir adelante, pero ya lo resolveré.

—Bien. —Mordiéndose el labio inferior, mira a su alrededor—. ¿Por qué tienes esa cara de que alguien ha intentado robarte el desayuno esta mañana?

Ella no se ríe, solo responde con una sonrisa forzada.

—Creo que he hecho algo malo.

Inmediatamente, me preparo para actuar y empiezo a mirar por todo el estadio.

—No te has enfrentado a él, ¿verdad? Ya te dije que deberíamos esperar a que tuviera algo más de dinero ahorrado para un abogado antes de hacer nada.

—No. No soy tan tonta. —Inclinándose para susurrar, dice—: Pero he hecho algo que no creo que te guste.

—Escúpelo.

—Se lo he dicho.

Tiff hace una mueca, esperando el estallido, pero yo me quedo en blanco.

—¿Le has dicho a quién qué?

—A Honey —dice simple y llanamente. Se me revuelve el estómago.

—¿A Honey? Ella no está aquí. —Busco unos ojos de color ámbar entre las celebraciones, pero sé que no está allí. Puedo sentirlo.

—No, no está. Pero ha estado. Ha estado viendo el partido hasta hace unos diez minutos.

Solo siento arrepentimiento, porque Honey estaba aquí para verme. Me esperó como le pedí, pero no se quedó lo suficiente para celebrar.

—No me puedo creer que le dijeras que yo era tu novia. —Tiffany hace un gesto de asco y Ella se ríe ante la expresión facial de su madre.

—Yo no se lo dije. Fue Jamie. —Aprieta los labios y se queda callada—. ¿Qué le has dicho tú?

—La verdad. Que eres mi primo pesado y sobreprotector y que Ella es mi hija, no tuya. Normal que se fuera corriendo del partido, llorando a moco tendido cuando me vio.

—¿Estaba llorando?

—Sí. Pensé que era porque te echaba de menos, así que fui tras ella, pensando que podría echaros una mano. No me di cuenta de que era porque pensaba que era una rompehogares.

—¿Por eso lloraba? —Tiff asiente. Como si no pudiera hacerme sentir peor. Sé que he sido un mal novio falso y que debería haberlo explicado todo, pero no pensé que le importara. Pensé que solo me veía como un fajo de billetes.

Dirigiéndome a mis padres, digo:

—Siento acortar las celebraciones, pero tengo que ver a alguien, así que ya nos vemos en casa.

Apenas pestañean mientras me dirijo al aparcamiento, buscando el coche rosa clítoris de Honey para ver si todavía sigue aquí.

Me subo a la moto y conduzco hasta casa de Honey, esperando que esté allí.

Hora y media más tarde, apoyo el pie en la calle frente a la finca de Honey.

Solo vive a quince minutos del instituto, pero no sabía qué decir cuando llegué por primera vez, así que di un rodeo.

Recorrí la zona en moto, mirando todos los edificios ostentosos antes de darme cuenta finalmente de que tenía que decirle la verdad.

Me quedo mirando su habitación, notando que la hortensia trepadora ha desaparecido. Nunca he sido el tipo de tío que se plantea escalar una casa para colarse por la ventana de una chica, pero Honey lo ha cambiado todo. Lástima que hayan podado el arbusto hasta hacerlo imposible.

Sacudiendo la cabeza con diversión, observo cómo arrastro la bota por el cemento. ¿Qué me ha hecho Honey? Me tiene fingiendo salir con ella, ofreciéndome a llevarla a bailes pijos y enfrentándome a su ex celoso. Todo para que vuelva a besarme.

Moviendo el pie contra la acera, miro a través de las puertas. Tendré que llamar al timbre si quiero entrar, pero ¿quién va a responder?

Justo cuando reúno el valor para acercarme, veo el Range Rover de Jamie aparcado en la entrada con el número de su equipación en vinilo en la parte trasera. Está aquí para ganársela; ¿por qué si no iba a estar aquí tan tarde después de un partido? O tal vez ya lo ha hecho.

Alcanzo a distinguir su sombra mientras camina por el sendero hacia la casa y observo con atención cómo llama al timbre. Tras comprobar los alrededores, me meto en un arbusto, preguntándome si las cámaras de seguridad me estarán grabando.

La madre de Honey abre la puerta con una sonrisa de sorpresa y lo invita a entrar.

Así, sin más, lo han aceptado. Sin preguntas sobre qué hace allí tan tarde o por qué engañó a Honey.

Tal como él dijo. No tiene que hacer nada para que lo inviten a su casa.

Puede que sea un gilipollas, pero su familia piensa que es perfecto para Honey y hará lo que sea para que eso ocurra.

Y luego estoy yo.

El chico pobre y andrajoso que desea formar parte de una vida a la que nunca debería haber tenido acceso. Somos como el aceite y el agua. Nuestros caminos nunca deberían haberse cruzado, y yo nunca debería haber intentado tomar lo que no era mío.

Dando un paso atrás, me ajusto la chaqueta de cuero sobre los hombros y me dirijo a mi moto. Sus padres no dejarán de meterle a Jamie por los ojos y, por mucho que quiera creer que Honey es una rebelde, no se saldrá del guion por mí.

Todo lo que pensaba decirle a Honey desaparece de mi cabeza. ¿He llegado demasiado tarde?

Jamie diseñó la apuesta sabiendo que yo nunca ganaría. Esta vida no es la mía, y quizá debería dejar de pensar lo contrario.

Suspirando, quito el caballete de un golpe y conduzco hacia casa. Honey y yo tenemos que hablar. Seguimos saliendo a todos los efectos, y necesito saber en qué punto estoy antes de que esto termine, pero no hablaré con ella esta noche porque me niego a quedar en segundo plano después de Jamie.

La charla, por desgracia, tendrá que esperar.