20. Capítulo Diecinueve
Capítulo Diecinueve
Honey
Olivia: Llámame lo antes posible.
M e río, sabiendo exactamente de qué quiere hablarme.
Han bastado dos horas para que el colegio se enterase de lo de Zach y yo en el cuarto de la limpieza, y ni siquiera me da vergüenza.
Todo el mundo ha conseguido lo que quería.
Yo me he vengado, Zach se ha llevado otros cinco mil y Jamie ha recibido su merecido.
Cómo desearía haber estado allí cuando se enteró.
Zach ha hecho que me corriese solo con sus caderas, que es más de lo que Jamie logró en varios años.
Vuelvo a meter el móvil en el bolso y me bajo del coche. Por mucho que quiera hablar con Olivia, necesito estar en mi habitación para sentirme cómoda hablando del tema.
Caminando a saltitos hacia la puerta principal, no puedo evitar sentir el corazón ligero. Por primera vez me siento despreocupada y lista para enfrentarme a cualquier cosa.
¿Por fin se están arreglando las cosas para mí?
Desde luego, eso parece. Puede que haya sorprendido a Zach con mi propuesta, pero no me ha dicho que no. En su lugar, me ha hecho ver las estrellas.
Al entrar en casa, me detengo en seco al verla.
—Hunniford. —El pie de mi madre golpea impaciente el suelo de mármol mientras me fulmina con la mirada, ataviada con un impecable traje de chaqueta blanco para un trabajo que no tiene.
Sinceramente, me pregunto qué hace en todo el día.
Ni siquiera es una de esas madres influencers que pierden el tiempo haciendo fotos de su casa para compartirlas.
Se queda en el club, cotilleando sobre South Point Prep con otras madres mientras se bebe su gin-tonic.
—Buenas tardes, madre. —Mi voz es plana e intento esquivarla para subir las escaleras hacia mi cuarto—. ¿Has tenido un buen día? —pregunto como si me importara.
Suelta una carcajada seca y niega con la cabeza. Es entonces cuando sé que he hecho algo mal y que no está simplemente intentando sacarme información. —¿Cuánto tiempo pensabas que te saldrías con la tuya?
Abro los ojos de par en par y me quedo inmóvil un momento. ¿No sabrá lo del cuarto de la limpieza? No hay pruebas en vídeo y todo el mundo sabe que esas cosas no se comparten con los padres. Me doy la vuelta y un escalofrío me recorre el cuerpo mientras pregunto: —¿Salir con la mía con qué?
Pone los ojos en blanco y suspira. —No te hagas la tonta.
—Ah, Dios. Lo sabe—. ¿Cuándo pensabas decirme que has faltado a las clases de elocución de todo un mes?
—Los latidos de mi corazón se ralentizan, agradecida de no tener que explicar lo del cuarto de la limpieza, pero no tengo ni idea de cómo justificar mi ausencia.
No lo sé; es solo que desde que Zach llegó a mi vida, todo lo que hacía para complacer a mi madre me parecía inútil.
Ya tenía la aceptación anticipada en St. Michael’s y he estado sacando sobresalientes en todas mis asignaturas, así que pensé en saltarme alguna que otra clase.
—¿Mis clases de elocución? —Mi voz se vuelve agudísima mientras intento estrujarme el cerebro en busca de una excusa.
Mi madre deja escapar un gruñido bajo. —¿Te imaginas mi sorpresa al enterarme de que también has faltado a las prácticas de equitación y a las de debate?
—La única señal de molestia es una ceja arqueada con irritación.
Aparte de eso, su cara está congelada, casi como si acabara de retocarse el bótox.
Vaya, mierda. Uno de los profesores a los que soborné me ha delatado. Al parecer, no hay dinero suficiente en el mundo para ir en contra de Hayley Sanderson. Debería haberlo sabido. Por mucho dinero que yo tenga, ella siempre tendrá más.
Abro la boca intentando inventar una excusa, pero mi madre levanta la mano para mandarme callar.
—Ahórratelo. No quiero oírlo. Tu padre y yo estamos muy decepcionados contigo.
—Suelto un chasquido de frustración. Mi padre solo recuerda que existo cuando estoy en sus cenas elegantes—.
He hablado con tus profesores y he organizado un fin de semana de clases para recuperar las que te has saltado.
—Pero tendría que estar en clase todo el fin de semana para recuperar todo eso. —Mi madre me mira fijamente, dejando que la realidad cale en mí—. Oh. —Suspiro. Supongo que me he quedado sin fin de semana, entonces.
—Tus clases de elocución empiezan mañana a las siete y media de la mañana —afirma mientras subo las escaleras, negándome a mirarla—. Ah, y tu padre y yo hemos acordado que estás castigada. —Me detengo y me agarro a la barandilla.
Suelto una risa sin pizca de gracia, mirando por encima del hombro. —No puedes castigarme. Tengo dieciocho años.
—Puedo hacer lo que me plazca. Soy tu madre y soy yo quien paga tu estilo de vida de cuatro mil dólares al mes.
¿Cuatro mil dólares? ¿Qué narices hago yo que cueste cuatro mil dólares al mes? Tiene que estar incluyendo las cuotas del colegio y el coche para llegar a esa cifra.
—Está bien. —No me apetece discutir con ella porque me niego a dejar que su mezquindad me arruine el día—. Si me necesitas, estaré en mi cuarto.
Mientras subo las escaleras, mi madre tiene que soltar una última pulla.
—Es curioso. Nunca tuvimos este problema cuando salías con Jamie.
—Aprieto los puños y me muerdo el interior de las mejillas porque todavía me saca de quicio que mis padres lo tengan en tan alta estima—.
Aguanté que salieras con Zach porque queda mejor que verte lamentándote por tu ex, pero creo que es una mala influencia para ti.
En un mes, ya has perdido los buenos modales y estás descuidando tus responsabilidades.
—Zach no tiene nada que ver con esto. —Él no tenía ni idea de que me estaba saltando las clases.
Nadie lo sabía. No sé por qué faltaba a esas clases tan a menudo.
La mitad del tiempo simplemente conducía por ahí, escuchando música.
Supongo que me gustaba ser dueña de mi tiempo por una vez—.
Jamie es el que me trató como a un tampón usado, no Zach.
Inspirando bruscamente, me mira con el labio fruncido. —Honey, no uses ese lenguaje.
—¿Por qué no? Es la verdad. Mientras yo estaba ocupada en el debate, él estaba ocupado de líos con todas las chicas del colegio menos conmigo. Jamie es el que me convirtió en el hazmerreír de South Point. Zach es el único que está salvando el apellido Sanderson ahora mismo.
Sus labios forman una línea tensa. Al fin, algo de emoción. —Dame el móvil y vete a tu cuarto. —Por primera vez suena como una madre de verdad, lo que me da ganas de reír. Solo le importa ahora porque, por primera vez en dieciocho años, voy en su contra.
—Con mucho gusto —digo, dejando caer el móvil en su palma—. Quizá quieras ver los cientos de vídeos que me han mandado de Jamie poniéndome los cuernos. A lo mejor no te has enterado, pero me los envían a diario. El código es 1998, pero eso ya lo sabías, ¿verdad?
Se mete mi móvil en el bolsillo y no responde. No me importa si llama al FBI para que escaneen el contenido. No hay nada ahí que me avergüence porque Zach y yo nos llamamos de todos modos. Lo único incriminatorio que hay es sobre Jamie, y quizá eso por fin la haga entrar en razón.
Cuando llego a mi dormitorio, me desplomo sobre la cama y me río. ¿Acabo de enfrentarme a mi madre? Puede que me toque trabajar como una burra el fin de semana, pero por fin le he dicho lo que pienso, y creo que se ha quedado impactada... aunque su cara no lo haya registrado.
Después de todo lo que ha pasado hoy, no me importa no tener móvil o estar encerrada en este cuarto en el futuro próximo. Ha pasado algo más entre Zach y yo, y eso es lo único que me importa.