The Quarterback Sneak (The Four Quarters Collection 1) 18. Capítulo Diecisiete
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18. Capítulo Diecisiete

Capítulo Diecisiete

Honey

A l saltar a los brazos de Zach, el viento me levanta un poco la falda, pero sus manos atrapan la tela, manteniéndome cubierta.

—Honey —susurra mientras apoya el rostro en mi cuello, dejando el más leve de los besos contra mi piel.

El gesto me provoca un suave hormigueo que me recorre hasta la médula.

Entre risitas, intento apartarme para verle mejor, pero Zach me aprieta un poco más, pareciendo querer que me quede cerca. Accedo, dejando que me derrita su contacto mientras sus músculos se relajan al volcar todo lo que tiene en nuestro abrazo.

Cuando por fin suelta las manos y mis pies tocan el suelo, le miro. —¿Qué ha pasado? —Sus ojos se encuentran con los míos y enarca una ceja con curiosidad—. No me mires así. Sé que pasa algo. Eres fácil de leer y, te lo juro, si te haces crujir los nudillos una vez más, se te van a romper.

Sus ojos recorren el aparcamiento, pero es temprano, así que solo estamos nosotros y Mike, que ha retrocedido para darnos algo de espacio.

Los dedos de Zach se tensan contra mis caderas y dice: —Nada de lo que podamos hablar aquí.

Vámonos al coche. —Con la mandíbula tensa, asiento, porque todo tipo de pensamientos empiezan a rondarme la cabeza.

¿Quiere terminar el trato antes de tiempo?

Ya hemos cabreado a Jamie lo suficiente para que yo esté satisfecha, pero la idea de volver a ser una extraña para Zach me resulta imposible.

Pero si eso es lo que Zach quiere, ¿quién soy yo para negárselo? Es un lobo solitario y no quiere a nadie a su lado, aunque yo creo que le vendría bien alguien. Alguien como yo.

Guiándole hacia el coche, abro la puerta trasera para que podamos dejar nuestras bolsas y me dirijo al lado del conductor. Empezamos el trayecto en silencio, y hay tanta calma que oigo el bajo zumbido del motor eléctrico.

—Tenemos que prolongar la apuesta.

Típico de Zach. Sin contexto ni información adicional, solo una breve declaración de hechos. Está tan absorto en sus pensamientos que no se da cuenta de que me paso el desvío de la parada del autobús, dirigiéndome directamente a la autopista para llevarle hasta su casa.

—¿Ah, sí? —Le miro de reojo antes de volver a centrarme en la carretera; él mira fijamente por la ventana, no a mí—. ¿A qué se debe?

—Jamie ha dicho que doblaría el bote si conseguía seguir saliendo contigo hasta el baile de promoción.

—¿El baile? ¿De aquí a abril? —suelto con esfuerzo, sorprendida por lo mucho que Jamie quiere que esto dure. Sin embargo, no puedo negar que hay una parte minúscula de mí que está emocionada por pasar más tiempo con Zach.

Con los labios apretados, asiente. —Jamie parece creer que, en cuanto acabe la temporada de fútbol y te hartes de probar mi polla de pobre, volverás arrastrándote con él.

Zach no dice nada cuando pasamos por delante del 7-Eleven.

Sabe que me he pasado la parada del autobús pero no se molesta en mencionarlo, pareciendo saber que nunca tuve intención de dejarle allí.

Siento sus ojos sobre mí. —¿Qué demonios le hace pensar que volvería con él alguna vez?

—bufo. Jamie es un imbécil arrogante, pero ese razonamiento es una clase especial de estupidez.

Me quedo sin aliento porque en ese momento caigo en la cuenta. —El baile de debutantes.

—Cielo santo, Honey. No jadees así mientras conduces. Casi me das un infarto. —Zach se aferra al cinturón de seguridad y respira hondo.

—Lo siento, pero ya sé por qué Jamie cree que habré vuelto con él para el baile de promoción. Mi madre me obliga a participar en ese estúpido baile de debutantes, y es dos semanas antes de la promoción. Nuestras madres ya acordaron que él sería mi acompañante sin consultarme.

—¿Y vas a aceptarlo?

—En realidad no tengo elección. No es que tenga una fila de hombres que no estén involucrados en una apuesta esperando para pedírmelo.

El coche queda en silencio; mi tono amargo es evidente. No es que quiera que Brett, Kyle o cualquier otro chico me invite a salir, pero me gustaría sentirme un poco especial.

—¿Por qué no me lo has pedido a mí? —Lo dice en voz baja, pero le oigo.

Me encojo de hombros, centrando toda mi atención en la calle. —Habríamos terminado la apuesta, así que no quería molestarte con mis problemas.

Pone su mano en mi muslo, un poco más arriba de lo que lo habría hecho hace unas semanas. —Honey, siempre deberías molestarme con tus problemas. —Quizá no sea tan lobo solitario como pensaba—. Deja que te lleve yo al baile.

—No podría pedirte que hicieras eso.

—No me lo estás pidiendo. Te lo pido yo. Quiero llevarte.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—Pero tendrás que llevar frac e ir a una cena elegante con mis padres.

—Suena genial. Puedo pedirle un traje a Mike, y tu padre me adora después de tu fiesta de cumpleaños.

—No estoy tan segura de que se alegrase contigo si se enterara de lo que estuvimos haciendo en mi pasillo.

—Lucho para que la mueca no se refleje en mi cara, porque he querido mencionar el beso desde hace muchísimo tiempo, pero no sabía de qué otra forma sacarlo.

Él no lo ha mencionado ni una vez, pero necesito aclarar las cosas por mi propia cordura.

Aquel beso fue alucinante, y lo único que quiero es repetirlo una y otra vez. La forma en que me ha estado tocando y besando desde entonces también se siente diferente. Se muestra más posesivo y protector, y casi parece como si esa fuera su manera de dejar que todo el mundo sepa que soy suya.

—¿Puedo preguntarte algo? —Aquí está. Me va a preguntar cómo me sentí con aquel beso, y tal vez por fin podamos resolver esta tensión subyacente que hierve entre nosotros.

—Claro que sí. —Mi voz es demasiado aguda y alegre para que se considere normal, pero él no lo cuestiona.

—¿Elegiste tú el color de tu coche?

El ambiente se desinfla. ¿El color de mi coche? ¿En serio? ¿Eso es lo que quiere preguntarme?

Le quito importancia, actuando como si no me molestara la pregunta. —¿No te gusta el rosa Barbie? —Le lanzo una pequeña media sonrisa mientras me concentro en conducir.

—Siento que, después de todo, podemos ser sinceros el uno con el otro y, Honey, si te soy sincero, tu coche parece una vagina.

Suelto una carcajada. —¿En serio? Yo siempre he pensado que parecía un consolador.

Abre mucho los ojos, con la sorpresa reflejada en el rostro. —Hunniford Sanderson. Nunca pensé que dirías esa palabra, y mucho menos que supieras qué aspecto tiene uno.

—Oh, por favor. Lo sabes todo sobre la poco estelar vida sexual entre Jamie y yo.

Tenía que hacer algo. —Juraría que Zach se atraganta con su propia saliva—.

El coche era blanco cuando mi madre lo compró.

Pensé que se quedaría así, pero al parecer ella tenía otros planes.

Me desperté una mañana con este despropósito color Pepto-Bismol y no pude quejarme porque no fue mi dinero el que lo pagó.

—Ya me lo imaginaba. No va contigo.

—¿Y qué crees que va conmigo? —pregunto con curiosidad.

Me mira de reojo, tomándose un minuto para responder. —Creo que elegirías algo menos llamativo. No te gusta llamar la atención, aunque la gente no pueda evitar mirarte.

Sonrío, y el estómago me da un vuelco ante el cumplido; cuando dirijo mi atención a Zach, me está observando.

—Entonces, eso significa que el rojo queda descartado.

—Continúa con naturalidad—. El negro y el plateado son ambos sexis.

—Sigo mirándole; su mirada se desliza hacia mi falda, que apenas me tapa los muslos, y la blusa ajustada bajo la chaqueta—.

Como tú lo eres, pero son demasiado genéricos para una chica como tú.

Puede que no quieras llamar la atención, pero eso no significa que te guste ser como todo el mundo.

—Lo estás analizando demasiado, ¿sabes? —suelto una risita, pero siento una calidez entre nosotros.

—Verde —afirma con sencillez.

—¿Verde?

—Verde de coche de carreras. Ese es tu color. Un poco peligroso, no demasiado chillón, pero lo suficiente para que la gente sepa que eres especial.

—También es el color de tus ojos —señalo—. ¿Sugieres el verde porque soy la niña de tus ojos? —Le guiño un ojo con picardía, preguntándome hasta dónde podemos llevar esta pequeña sesión de flirteo, porque me gusta.

—Si eso es lo que quieres, Galletita de Azúcar.

Gruñendo, golpeo ligeramente el volante. —Siempre tienes que arruinar el momento, ¿verdad? —Él sonríe—. Esos apodos son terribles.

—Tienes razón. Ninguno te pega, pero acabaremos encontrando el adecuado. Hasta entonces, tendré que persistir intentando cada uno que se me ocurra, Dunkin’ Donut.

—Por favor. Si vas a ponerme nombre de dónut, al menos llámame Krispy Kreme. Los mejores dónuts del mundo.

Zach se ríe entre dientes. —Se me ocurren un montón de definiciones del Urban Dictionary que podrían hacerte dudar sobre ese apodo.

—Ahórrame los detalles. —Salgo de la autopista, bajando por la calle familiar hacia la casa de Zach—. ¿Tienes ganas de empezar la universidad? —pregunto para cambiar de tema.

—Por supuesto. Fútbol y salir de este agujero infernal que es South Point. ¿Quién podría pedir más? —Bromea, pero las palabras me escuecen porque yo formo parte de eso, y es un recordatorio demoledor de los mundos contrastados de los que venimos.

—¿Tan malo es esto?

—No es genial. Prueba a ser el chico becado en una escuela preparatoria llena de idiotas ricos y arrogantes que creen tener la respuesta para todo.

Me muerdo el labio inferior. —Prueba a ser la heredera del bufete de abogados más famoso del país y a perder tu matrimonio concertado por culpa de McKenna Bryan.

Una pequeña sonrisa asoma a sus labios y me bajo las gafas de sol para que nuestros ojos se conecten.

—El dinero no elimina tus problemas, Zach.

Solo crea otros distintos. Aún tienes que aprender a navegar entre ellos.

Al menos las expectativas de la gente consisten en que hagas lo que amas.

Yo tengo que seguir el destino que mis padres planearon antes incluso de que yo naciera.

—¿Supongo que entonces no quieres ser abogada?