17. Capítulo Dieciséis #3
—¿Pero sexo en público? Hasta yo sé que eso no es realista. Al fin y al cabo, es una Sanderson —interviene Brett, mirándonos a los dos con incredulidad—. Tiene una reputación que mantener. Su padre la mataría.
Jamie ignora a Brett y sigue hablando. —Cada vez que hagas algo en público que un jugador de fútbol pueda verificar, añadiré otros cinco mil pavos al bote yo mismo.
—Jamie me tiende la mano, y ese dinero extra me intriga—.
¿Tenemos un trato? —Me lo está lanzando a la cara, y el competidor que hay en mí no puede evitar aceptar el desafío.
—Como quieras. —Pongo los ojos en blanco, estrechándole la mano. Los cien mil pavos son más que suficientes para mí. No necesito demostrarles nada públicamente a ninguno de ellos.
—¿Qué demonios estás haciendo, tío? —dice Mike entre dientes, forzando una sonrisa.
—Está demostrando exactamente quién es —responde Jamie por mí—.
Un estafador de pacotilla. En cuanto Honey se entere, se quedará sin todo su dinero y empezará su beca en St. Michael’s con fama de cabrear a los donantes más ricos.
Veamos cuánto dura. —Jamie se pasa la lengua por los dientes, observándome con un brillo perverso en los ojos.
—No te preocupes, Jamie. Estoy más que seguro de que puedo mantener a Honey ocupada hasta el baile, teniendo en cuenta que tú la tuviste a tu lado más de cinco años sin provocarle ni un solo orgasmo.
—Jamie traga saliva y luego hace algo inesperado.
Me empuja con fuerza contra el banco, con el rostro nublado por la rabia.
Es curioso lo posesivo que es con una chica por la que, al parecer, no siente nada.
Supongo que si él no puede tenerla, nadie más puede.
—Tío, ¿a qué coño ha venido eso? —le desafía Mike, devolviéndole el empujón a Jamie y luego revisando cómo estoy. Como si un empujón de ese tirillas pudiera hacerme daño.
—Estoy bien, Mike. —Me levanto, devolviéndole la mirada a Jamie—.
A Jamie simplemente no le gusta compartir sus juguetes y odia aún más que Honey cuente sus secretos.
Solo tiene miedo de que yo adiestre a la pequeña Honey y que luego ella no quiera volver a pedir su polla flácida nunca más.
—La adrenalina se ha apoderado de mí. No me creo lo que estoy diciendo, y nunca trataría así a una chica, pero quiero que Jamie se lo crea. Se merece sentirse avergonzado.
Se lanza hacia mí; ni parpadeo porque Mike y Brett están a su lado, sujetándolo. —Soltadme —dice Jamie entre dientes, y yo suelto una carcajada corta y sarcástica.
—Para ser alguien que dejó a Honey como si no fuera nada, te estás comportando como si fuera mucho.
—Camino alrededor de su cuerpo retenido y luego digo por encima del hombro—: Sabes, creo que todas tus fantochadas sobre Honey eran pura fachada.
Quizá has estado intentando ocultar el hecho de que Hunniford es un tesoro escondido.
Me daré una vuelta con ella y te diré si es mejor con un tío que de verdad le gusta en lugar de uno con el que la obligan a estar. —Ay, la ironía de esa última frase.
—Cálmate, tío —dice Brett, y oigo un forcejeo a mi espalda pero no me molesto en mirar. Ya he dejado claro mi punto. Jamie no puede afectarme con sus palabras—. Zach está diciendo gilipolleces para provocarte. Te meterás en líos si le pegas.
—No, no lo haré —suelta con rabia—. Mi nombre está en el maldito estadio. Si alguien va a ser suspendido antes de que acabe la temporada de fútbol, será él. Entonces perderá su beca y cualquier oportunidad de ganar dinero.
—Qué miedo me das, Jamie —digo con un tono divertido. Si cree que una amenaza así me va a asustar, es que no ha salido de South Point en mucho tiempo. Parece olvidar que ya me he comprometido con St. Michael’s, y el entrenador no me suspenderá ni harto de vino. Valgo demasiado para el equipo.
—Se aburrirá —grita Jamie, y eso me hace detenerme, más que nada porque su desesperación por alejarme de Honey es intrigante—. Siempre lo hace. Tiene la capacidad de atención de un mosquito, y solo te está usando para darme celos.
Giro sobre mis talones. —Otra vez con esa frase. Qué va, ella me usa por mi polla y yo la uso a ella por el dinero, así que somos la pareja perfecta. —Dicho esto, me doy la vuelta y abro la puerta, dejando atrás a Jamie y al resto de los chicos.
—Z —llama Mike, viniendo detrás de mí. Deja caer su bolsa en el banco de madera e intenta por todos los medios cruzar su mirada conmigo.
Yo prefiero concentrarme en la combinación de mi taquilla—.
¿A qué ha venido eso? —Niego con la cabeza porque no me importa cómo haya parecido; tengo cosas más importantes de las que preocuparme que el ego de un niño rico.
—¿A qué te refieres? —pregunto con un toque sarcástico.
—Sé que nunca os habéis caído bien, pero ahora parece que se está pasando de la raya.
Me encojo de hombros. —Es todo cosa de Jamie.
Sigue queriendo a Honey, y si hay algo que puedo hacer para ayudar a Honey en todo esto, es vengarme de su ex.
Parte de eso consiste en señalar lo mucho que la desea.
—Es mentira, no estaba pensando tan a largo plazo.
Solo me importaba ver cómo se desmoronaba la cara de Jamie al descubrir que yo tenía algo que él seguía queriendo, aunque intentara negarlo.
Algo en toda la situación me dio un pequeño destello de satisfacción. Por Honey, por supuesto. No por mí.
—¿Así que me estás diciendo que todo ese numerito de ahí dentro ha sido por Honey? —El escepticismo de Mike es evidente, pero lo ignoro.
—Ajá —suelto con desparpajo.
—Me parece mucho para alguien que supuestamente solo hace esto por el dinero.
Tras sacar mi bolsa de la taquilla, la cierro de un portazo y sonrío.
—Bien. Eso es exactamente lo que quiero que piensen todos.
Por el bien de Honey. —Sin decir ni una palabra más, salgo del vestuario y trato de calmar los nervios que me roen el estómago.
Odiaba mentir al único amigo que tengo en el instituto, pero dado que existe la complicación añadida de que su novia es la mejor amiga de Honey, necesito aclarar mis ideas antes de soltarle ninguna bomba.
Dirigiéndome al aparcamiento, intento dejar a un lado todas estas tonterías infantiles. Lo mejor de mi día está por llegar, y debería centrarme en eso. Ver la cara de Ella cuando cruzo la puerta siempre hace que todo mejore.
Aminoro el paso al ver a Honey apoyada en su desastroso coche de color rosa chillón, observándonos con los brazos cruzados. Parece despreocupada con una ligera sonrisa y, de repente, esa tensión en mi estómago desaparece.
—¿Vas a contarle lo que ha pasado? —pregunta Mike.
—No. No necesita saber nada de eso. —Oír cómo habla Jamie de ella solo le disgustaría, y estoy harto de ver a chicas llorar, especialmente por capullos como él.
Antes de haber tomado la decisión, mis pies ya se dirigen hacia ella, y reprimo una sonrisa cuando viene hacia mí dando saltitos.