The Quarterback Sneak (The Four Quarters Collection 1) 17. Capítulo Dieciséis #2
53%

17. Capítulo Dieciséis #2

Se muerde los labios con una sonrisa, reprimiendo las ganas de darme la réplica.

Puedo leer su cuerpo como un libro, y esta mañana me ha estado mirando como si yo cagara flores, lo cual resulta un poco desconcertante.

Solo sonríe así para fastidiar a Jamie. No tiene nada que ver con los fuegos artificiales que se encienden en mi pecho cuando nos besamos o la electricidad que salta entre nosotros.

A ella solo le importa la venganza, y eso es lo que me tiene que importar a mí también.

Y el dinero, por supuesto. Esa es la razón por la que empezamos todo esto en primer lugar.

—Veintitrés. Veinticuatro. Veinticinco. Ya está.

Has terminado, Z. —Mike me da una palmadita en el hombro, indicando que puedo soltar la barra en sus manos, que ya están esperando.

Mientras retira el peso de encima de mi cuerpo, me incorporo y bebo un trago antes de limpiarme la cara con una toalla.

Normalmente no vendría al gimnasio después de comer un burrito, pero necesitaba un poco de espacio de todo esto.

De Honey, para ser específicos. Me tiene la cabeza dando vueltas, desde cómo se ríe hasta cómo mastica su maldita ensalada, y levantar pesas parece ser la única forma de desahogarme un poco.

—Ahora te vigilo yo —me ofrezco, poniéndome en pie y cargando las pesas de Mike en la barra.

Me sorprende que no me haya preguntado por qué me he unido tan de buen grado a su sesión de pesas, teniendo en cuenta que está llena de compañeros de equipo a los que odio, pero de momento lo está dejando pasar.

Se me erizan los pelos de la nuca cuando las voces de nuestros compañeros resuenan en el gimnasio. No les dedico ni una mirada, pero Jamie me roza el hombro con el suyo.

Puedo sentir el hervor de la ira que emana de él cuando nuestras miradas se cruzan.

Para alguien a quien aparentemente no le importa Honey, parece excepcionalmente amargado por el hecho de que yo haya logrado cautivar su atención por más tiempo del que él jamás pudo.

Puede que llevaran años juntos, pero esa relación era más falsa que cualquier cosa que estemos haciendo Honey y yo, y él sabe que poco a poco está perdiendo su influencia sobre ella.

—Eh, Jamie —llama Brett desde el otro lado de la sala, claramente de buen humor—.

Ayúdanos a zanjar algo. ¿Quién es mejor?

—levanta la barbilla—. ¿Honey Sanderson o McKenna Bryan?

—Los jugadores a su alrededor se burlan y le dan codazos a Brett, que saca la lengua con una sonrisa burlona.

Aprieto la mandíbula y me tiembla un poco el dedo meñique, pero intento ignorarlo y centrarme en mi respiración.

No puedo evitarlo. Miro para ver la reacción de Jamie.

Se pone rígido pero ignora a Brett, agitando la mano en el aire y caminando más hacia el interior de la sala.

Nunca he tenido mucho respeto por Jamie, pero al menos hoy no se va de la lengua, para variar.

Por lo que tengo entendido, tiene poco que contar sobre Honey.

Parece que él solo se preocupaba por sí mismo, lo cual no es sorprendente.

—Vamos, tío —insiste Brett, sin soltar el tema—.

Es solo entre tú y el equipo. No se lo diremos a nadie.

Jamie le lanza una toalla a su amigo y pasa por su lado sin dedicarle una segunda mirada—. Si de verdad quieres saberlo, Brett, quizá deberías descubrirlo por ti mismo.

Brett echa la cabeza atrás con un bufido—.

Ni en broma va a pasar eso. Te pasas el día encima de McKenna en las fiestas, y la apuesta está prácticamente terminada ahora que Honey se ha liado con el caso de caridad del instituto.

—Brett señala con el pulgar en mi dirección, pero ni se molesta en mirarme.

Gilipollas—. He palmado diez mil pavos para nada —dice con amargura.

Retorciendo la toalla en mi mano, establezco contacto visual con Jamie sin querer, y algo perverso brilla en su mirada. Después de lo de hoy, quiere hacerme saltar.

—Sí, sobre eso —empieza Jamie, sin apartar los ojos de los míos—.

Yo también he estado pensando en ello. —Sonrío porque apuesto a que lo ha hecho.

Apuesto a que no puede dejar de pensar en lo que Honey y yo hacemos a puerta cerrada—.

La apuesta tal como está es demasiado fácil.

—Mira a su alrededor en el vestuario, captando la atención de los otros chicos que participan—.

Honey solo sale con el muerto de hambre este porque está en pleno despecho y cree que así me molesta.

Mike se inclina a mi lado. —Tranquilo, Z. Solo se están portando como unos gilipollas.

—Estoy tranquilo.

Mike me echa un vistazo de arriba abajo, mirándome con los ojos muy abiertos. —Díselo a tu cara, hermano. ¿Y podrías sujetar esa toalla con un poco más de fuerza?

Aflojo los dedos y relajo la mandíbula, haciendo crujir el cuello para disimular.

Tengo el cuerpo tenso porque hoy he levantado más peso de lo habitual.

Mis músculos siempre sufren pequeños espasmos después de un día duro de entrenamiento.

Esa es la única razón por la que estoy tenso. No tiene nada que ver con Honey.

Los chicos se mofan por todo el vestuario, mirándome y esperando una reacción, pero no se la doy.

—¿Estás seguro de que no echas de menos a Honey? —Brett parpadea rápidamente, burlándose de Jamie, quien le da un empujón con una sonrisa.

—Qué va. Me alegro de que me deje en paz por ahora. Ya volverá bastante pronto, así que me limito a disfrutar de mamadas sin remordimientos sin que ella esté lloriqueando porque quiere mi polla.

—¿Sin remordimientos? —cuestiona Brett—. ¿Cuándo te has sentido culpable por recibir mamadas de otras tías?

Jamie levanta la barbilla, asintiendo. —Tienes razón. Quizá la culpa era más bien porque mi polla no podía estar en más de un sitio a la vez.

Jamie observa cómo trago saliva, y sé que me está provocando, pero esa forma de pavonearse por la habitación como si fuera un rey presidiendo a sus sirvientes me saca de quicio.

¿Se ha olvidado de que es uno de los peores quarterbacks que tenemos, y que la única razón por la que está en este equipo es que nuestro estadio lleva su apellido? Gilipollas.

—Honey no estaba por ti. —Es una afirmación sencilla, pero no necesito decir nada más. Él sabe que escuché aquella conversación sobre sus dedos gordos y sus manos torpes.

—Eso no es lo que dicen sus mensajes. Dime, Zach. ¿Alguna vez has recibido un mensaje de Honey suplicándote que la hagas correrse?

Me pone el móvil delante de la cara, pero estoy demasiado furioso para leer el mensaje. ¿Cómo se atreve a hablar así de Honey?

—No me hace falta un mensaje para recordarme lo que tengo que hacer.

Se corre cada vez que me ve. —La sala se queda en silencio, sorprendida por mi réplica.

Qué más da. Voy a seguir—. Es curioso que siempre pienses que Honey te suplicaba sexo.

¿No has pensado nunca que quizá tu polla de pacotilla no era suficiente para satisfacerla, y por eso no paraba de pedir?

Un fajo de billetes en el banco no compensa la falta de fajo en tus pantalones cuando estás con una chica como Honey.

—Levanto una ceja, viendo cómo su sonrisa flaquea cuando le planto cara.

El equipo se ríe, y me alegro de estar aquí para ver cómo el rey se convierte en el bufón. Jamie me lanza una mirada asesina y sé que he provocado algo, pero disfruto viéndolo tambalearse.

—Si tan seguro estás de ti mismo, Becario, ¿por qué no lo demuestras? Vamos a subir la apuesta.

—¿Y yo qué gano? Ya tengo prácticamente cincuenta mil pavos en el bolsillo gracias al resto de vosotros.

—Sí, yo tampoco estoy dispuesto a poner más dinero —añade Brett—. Honey ha dejado muy claro que no tengo posibilidades.

Jamie dirige su atención a Brett. —¿Y si tuvieras hasta el baile de graduación para conseguirla?

Para entonces, ya se habrá cansado de chupar la polla barata de Zach y querrá algo con un poco más de parné en la cartera.

Esta vez, se trata del Ave María. Quién va a entrar en juego y arrebatarle la victoria al Muerto de Hambre este.

Una sonrisa maliciosa crece en la cara de idiota de Brett.

Os digo ahora mismo que Jamie no está ampliando la apuesta por nadie más que por sí mismo.

—Otros diez mil cada uno. —¿Diez mil? No hay forma de que consiga que Honey me preste más dinero—.

Y como me siento generoso con el chico de la beca, no haré que ninguno de vosotros lo pague hasta después del baile.

—¿Después?

—Sí, si tanta confianza tienes en ti mismo y en conservar a Honey, no deberías tener problemas con ese acuerdo, ¿verdad? Déjame hacer las cuentas por ti. Si mantienes a Honey hasta el baile de graduación, te llevarás cien mil pavos, recuperando incluidos tus veinte mil de inversión.

—Hecho. —No tengo que pensarlo. Cien mil pavos te cambian la vida, aunque tenga que dividirlos con Honey. Es más de lo que Tiff, Ella y el resto de mi familia necesitan, y nos servirá para ir tirando hasta que pueda conseguir esos contratos de patrocinio.

Jamie suelta una carcajada. —Vaya, eso ha sido más fácil de lo que pensaba.

—Eso es lo que pasa cuando le agitas dinero delante a un chico pobre —respondo, sabiendo que es exactamente lo que todos están pensando—. Una apuesta es una apuesta, y voy a ganar.

Me observa con el labio torcido. ¿Soy la primera persona que lo desafía?, porque eso es lo que parece todo esto. —Si tan seguro estás de ti mismo, ¿por qué no hacemos esto interesante?

—¿En qué estás pensando?

—Sexo en público.

Esa frase corta y directa me hace reír, pero cuando sigue mirándome fijamente, levanto las cejas. —Tío, sé que tienes un fetiche con asegurarte de que todo el mundo vea tus conquistas, pero eso no es algo que le vaya a Honey. —Ni a mí, para el caso.

—Exacto. Si tanto control tienes sobre ella, demuestra que puedes hacer que haga cualquier cosa.