17. Capítulo Dieciséis
Capítulo Dieciséis
Zach
L as uñas de Honey me arañan el brazo, dejando pequeñas marcas hasta la muñeca. Deslizando los dedos por mi palma, me coge la mano y noto su mirada ardiente quemándome el lateral de la cara.
El sudor se me acumula en la nuca, pero no la miro, porque me preocupa que vea mi evidente incomodidad. Estiro los dedos tratando de liberarme de su agarre, pero ella no me suelta. No mientras caminamos por el pasillo y la gente pueda vernos.
¿Cuándo demonios ha pasado esto?
¿Por qué, joder, tengo estos pensamientos?
¿Estaré sufriendo el síndrome de Estocolmo?
Las preguntas me asaltan la mente, pero desafortunadamente, las respuestas se me escapan. Lo hacen desde que cometí la estupidez de ir a la fiesta de cumpleaños de Honey.
—¿Estás bien, Zach? —Su voz suave atrae mi atención hacia sus ojos color whisky.
Unos ojos ámbar con motas oscuras me devuelven la mirada con sinceridad, y se me encoge el pecho.
Es hora de admitir que no tengo ni idea de cuándo cambió todo o por qué, de repente, mirar a Honey hace que me dé un vuelco el corazón...
y otras cosas. Claro, siempre he pensado que Honey era la chica más cañón del instituto, pero ahora, cada vez que me mira, no puedo evitar tener pensamientos.
Pensamientos indecentes que estoy seguro de que, si se enterara, mandaría a mi falso culo a paseo en un instante.
Me da un toquecito en el hombro intentando que responda, pero está frunciendo los labios y en lo único que puedo pensar es en lo mucho que se le oscurecerían los ojos si esos labios estuvieran envueltos alrededor de mi...
—Estoy bien —respondo antes de que pueda terminar ese pensamiento.
Nadie quiere una erección mientras camina por el pasillo con público—.
Solo pensaba en el partido de esta semana.
—Sí, sonaría más convincente si no se me hubiera quebrado la voz al final.
No es como si pudiera soltarle a Honey así como así que de repente me cuesta pensar en otra persona que no sea ella y que, la mayoría de las veces, está desnuda en esos pensamientos.
¿Cuándo me he vuelto tan blando? Aquí estoy, pensando en una chica que finge ser mi novia por venganza y que solo sabe mi nombre porque me acerqué a ella en el aparcamiento. Y sin embargo, no puedo detener mis pensamientos inapropiados y no correspondidos.
Honey saca la lengua, dispuesta a decir algo, pero se detiene.
En su lugar, juguetea con el collar que le regalé.
El sonido del colgante deslizándose por la cadena me resulta casi atronador en este contexto.
Noto que le encanta, aunque no sé por qué.
Me costó mis últimos cincuenta pavos, pero lo que para mí es joyería cara para ella es baratija; aun así, lo luce con orgullo como si costara más que el collar de Tiffany de oro macizo que le regaló Jamie el año pasado.
Un pequeño tarareo de incredulidad sale de su boca y echo un vistazo al pasillo.
Nadie nos dedica una segunda mirada, pero ¿por qué iban a hacerlo?
Llevamos haciendo esto el tiempo suficiente como para parecer la pareja perfecta.
Tan enamorados que da asco. Todos me vieron con su pintalabios rojo emborronado por toda la cara.
Todos sabían exactamente qué estábamos haciendo juntos en aquel pasillo.
Ahora, si tan solo yo pudiera entender qué estábamos haciendo, entonces estaríamos bien.
Me besó por lo que pareció un impulso, pero no puedo estar seguro.
Cuando Olivia abrió la puerta, los estudiantes podían vernos, y lo único que pude pensar fue que Honey lo había planeado.
Lo hizo para que la pillaran en el acto lúbrico de enrollarse con el chico de la beca.
Mientras tanto, yo estaba a punto de meter la mano bajo su falda.
Menos mal que Olivia nos interrumpió cuando lo hizo.
—¿Estás bien? —Estoy seguro de que no capta la implicación en mi voz. Hoy es lo más cerca que he estado de querer preguntarle por aquel beso, pero hay dos cosas que me detienen.
La primera es que si solo lo hizo para aparentar y yo pregunto, parecería que albergo sentimientos profundos por mi novia falsa.
La segunda y más importante es que me preocupa albergar sentimientos profundos por mi novia falsa. Sí, es un pensamiento que he intentado controlar los últimos días, pero no puedo negarlo.
Honey es sexy, y tocarla ha hecho que piense en ella de forma un poco distinta, aunque sepa que está mal en todos los sentidos.
—Estoy bien —dice ella canturreando con una sonrisa pequeña y dócil dibujada en la cara.
Joder. Ojalá dejara de sonreírme así. Ese hoyuelo en su mejilla me provoca con su presencia.
¿Por qué tiene que ser tan mono? ¿Por qué me entran ganas de morderlo?
¿Por qué todo lo que hace me hace pensar de repente cosas que no debería?
Maldito beso. Maldito beso fingido.
Un beso fingido que llegó demasiado lejos, pero ella parecía algo más que una participante dispuesta. Qué narices, ella me empujó contra la pared y levantó la pierna para facilitarme el acceso. No es culpa mía que mi mano tuviera vida propia y empezara a subir por su muslo terso.
Intento desconectar estos pensamientos y recordarme que solo sale conmigo porque quiere fastidiar a su ex. No está interesada en acostarse conmigo, y mucho menos en salir conmigo de verdad.
Entonces desvío la mirada al suelo porque una dosis extra de culpa se me instala en el estómago al ver a Olivia caminando por el pasillo.
La chica que nos pilló. La que detuvo todo antes de que llegara demasiado lejos.
No sé si debería estar enfadado o agradecido, pero sea como sea, ahora me siento incómodo mirando a la novia de mi mejor amigo.
Hablando de él, seguro que ella también se lo ha contado a Mike, así que supongo que me dará una paliza pronto.
Por suerte, he mantenido mi vida familiar en privado; de lo contrario, también estaría en un buen lío por ese lado.
—Mira quién es. —Honey me da un codazo, arrugando la nariz, y ahí es cuando sé que estoy perdido.
Es jodidamente adorable. Inclina la cabeza y me doy cuenta de que Jamie nos está mirando desde el otro lado del pasillo.
El tío de verdad pensó que no aparecería en la fiesta de Honey después de que prácticamente me retara a hacerlo.
Me acorraló después de un entrenamiento y me dijo que era un cagado y que no me atrevería a conocer a los padres de Honey.
Quería que fracasara, pero por desgracia para él, sé cómo causar una buena impresión.
—Bésame —murmura ella—. Quiero recordarle a Jamie exactamente a quién pertenezco. —Hay un desafío en su voz y me gusta. Además, ¿quién soy yo para negarme a besarla cuando es lo único que quiero hacer?
Honey suelta un chillido cuando la agarro por las caderas y la empujo contra las taquillas.
Sujetándola por los codos, sus manos se aferran a mi camiseta mientras pego mi frente a la suya.
Hay un momento, un silencio tácito cuando estamos tan cerca que nuestras narices se rozan y nuestros alientos se mezclan.
No decimos nada, pero la pregunta silenciosa está ahí, comprobando si esto es lo que ella quiere de verdad.
Ella levanta la barbilla y sus labios rozan los míos.
Sentir la piel suave y dócil de sus labios es suficiente, y no me contengo.
Empiezo donde lo dejamos, besándola con fuerza y pasión, de la forma en que llevo pensando desde el sábado.
Sus labios se curvan en una sonrisa mientras se abre, deslizando su lengua en mi boca y provocándome sin descanso.
Debo de ser un masoquista, porque me estoy torturando con todo lo que la estoy dejando hacer.
Sus manos se apoyan en mis brazos y me atrae para pedir más.
Acepto con avidez, dejando que la sensación de su cuerpo contra el mío se apodere de mis sentidos.
—Eeeh, perdón, pero estás sobre mi taquilla —suelta una voz tímida.
Solo lo oigo porque me recuerda a Tiff. Al separarme de Honey, ella me mira con los ojos empañados y los labios hinchados.
Si el plan era marcar territorio, lo he hecho, pero no es que me entusiasme mucho cuando la realidad de Tiff y Ella empieza a calar en mí.
Aquí estoy, actuando como si estuviera coladito por Honey mientras Tiff está en casa con Ella. Soy un capullo y solo debería centrarme en ayudarlas, pero mi entrepierna parece tener otros planes.
—Lo siento —gruño, sin quitarle los ojos de encima a Honey. Ella mira por encima de mi hombro y una sonrisa maliciosa crece en su rostro al ver a Jamie pasando por allí. Los insultos molestos de él resuenan por el pasillo, así que al menos hemos cumplido nuestra misión.
—¿Estás lista para ir a clase? —le pregunto, y ella asiente. Luego, entrelazando su mano con la mía, la guío hacia nuestra clase de historia.
Algo se me revuelve en el estómago cuando el pulgar de Honey me acaricia la palma, pero lo ignoro, prefiriendo centrarme en la fachada que estamos creando para todos los demás.
Ignoro la punzada en mi cuerpo que me dice que esto se siente bien y que es correcto, porque todo es falso, al fin y al cabo, y así es exactamente como Honey quiere que sea.
—¿Puedo llevarte a casa esta noche? —pregunta ella, y hace que todos mis pensamientos sobre ella se detengan.
—Puedes dejarme en la parada del autobús —rebato, todavía no estoy listo para que vea más de mi vida de lo necesario. Especialmente ahora que mis pensamientos sobre ella se están intensificando. Cuanto más tiempo paso con ella, más tiempo quiero pasar con ella, y eso no es bueno para nadie.