The Quarterback Sneak (The Four Quarters Collection 1) 11. Capítulo Diez #2
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11. Capítulo Diez #2

—Mmm, creo que me gustaría mucho ir a la fiesta de Eric. —Es una necesidad ahora. Si quiero que la gente se lo crea, tenemos que darles espectáculo.

Sam y Hunter silban.

—No será tan malo. —Mike le da una palmada en el hombro a Zach—. Olivia y yo también estaremos allí.

—Que quede una cosa clara. Si voy a esta fiesta, pasaré toda la noche con mi chica.

Ya sea en una habitación llena de nuestros capullos de amigos o escondidos en uno de los dormitorios, Honey estará a mi lado todo el tiempo.

—Un matiz de posesividad en su voz me envía un escalofrío por la espalda.

Se frota contra mi cuello y su aliento me hace cosquillas en la espalda, relajándome—.

Pero hay una cosa que no hago: disfrazarme.

No me importa que sea Halloween. No va a pasar.

Hunter resopla. —No te preocupes; con tu chaqueta de cuero y tu camiseta blanca, parecerás el mismísimo James Dean.

—Pero la chaqueta de James Dean era roja —señala Olivia antes de mirarnos—. ¿Qué? Rebel Without a Cause es una película increíble.

—Danny, el de Grease, entonces —replica Hunter.

—Pero Zach es rubio —dice Mike, y hace gracia lo mucho que se está molestando Zach con esta conversación inocente. Como señal de solidaridad, apoyo mi mano en su muslo y él se apresura a poner su palma sobre la mía.

—Vale, Kenickie, entonces —sugiero.

—¡Oh! —chilla Olivia—. Eso sería perfecto. Honey, tú podrías ir de Rizzo y ser la pequeña chica mala de Zach. —Con una leve sonrisa pícara, sé que me está provocando.

—No puedo esperar —digo con una sonrisa sarcástica y fingida.

Cuando la camarera deja la enchilada frente a mí, mi estómago vuelve a dar un vuelco, pero esta vez de hambre. El queso fundido gotea por el lateral de la tortilla y me muerden los dedos las ganas de metérmelo todo en la boca.

—Venga. Deberías comértela. —Zach me aprieta la mano.

Es como si supiera la batalla interna que libro en mi mente.

Lástima que no sepa lo del seguimiento diario del peso de mi madre o que no recuerde el sabor del queso fundido.

En las últimas dos semanas solo he conseguido bajar un par de kilos, lo que no ha servido de nada para que me quede mejor la falda, y estoy segura de que me pondrán una dieta aún más restrictiva si no pierdo peso pronto—.

Noto que la quieres. Tienes una pizca de baba en la comisura de la boca.

Sus dedos rozan el borde de mis labios, limpiando la baba inexistente. —Estoy bien, gracias. Cómetela tú. De todas formas, tienes entrenamiento de fútbol esta tarde. —Aparto el plato, sintiendo tristeza mientras el arroz picante se aleja.

Todos los demás se han sumergido en sus propias conversaciones, dejando que Zach observe cada uno de mis movimientos.

—Sabes, si te preocupa la retención de líquidos por la sal, puedo traerte un vaso de agua con limón y puedes volver caminando conmigo a la escuela.

Será como si nunca te la hubieras comido.

Cuando levanto la vista, me está ofreciendo una sonrisa cálida y alentadora.

Sigo pensando que no voy a comer nada porque conozco las repercusiones, pero es dulce por su parte intentar que me sienta mejor por ello.

—Venga —dice, dándome un codazo—. Solo tienes una vida.

Al menos dale un bocado a la enchilada. Deja que tu estómago sea feliz aunque sea dos segundos.

Probablemente olvidó el sabor de la comida de verdad hace años.

Vuelve a poner el plato delante de mí y me muerdo el labio, oliendo la tentadora especia.

Alternando la mirada entre la comida y Zach, no puedo evitar querer verlo sonreír de nuevo.

—Supongo que un bocado no hará daño. —Tras coger el tenedor, doy el bocado más pequeño posible antes de poder arrepentirme.

—Esa es mi chica. —Zach me pasa la mano por el hombro, besándome en la mejilla mientras mastico la enchilada.

Una explosión de sabor llena mi boca y quiero más. Así que sigo comiendo.

Bocado tras bocado, ya voy por la mitad de la enchilada antes de recuperar el sentido y contenerme. Cuando abro los ojos, toda la mesa me mira con los ojos abiertos, confundidos.

—¿Qué? —pregunto, mirando a mi alrededor.

Olivia sacude la cabeza. —Nada. Solo que nunca te había visto comer así.

—Eso es quedarse corto —murmura Mike.

—¿He hecho algo malo? —Mirando entre ellos, suelto el tenedor. Ya no tengo tanta hambre.

—Estás bien, chuletilla. Sigue comiendo. —El ánimo de Zach no me hace cambiar de opinión. He perdido el apetito, así que empujo mi plato hacia él, sabiendo que se comerá el resto.

Arrugando la camiseta de Zach con la mano, llamo su atención antes de que entre en la escuela. —Oye, mira, siento todo lo que ha pasado ahí atrás —digo con inquietud porque no sé cómo reaccionará Zach.

—¿Por qué? —Él inclina la cabeza y sus labios se curvan en una sonrisa pícara—. ¿Por los ruiditos orgásmicos que haces cuando comes algo con sabor?

—¿Perdona?

Me da un toquecito con el codo. —¿Por qué crees que todo el mundo te estaba mirando después de que comieras?

La comprensión me golpea como un bloque de cemento y la vergüenza fluye por mis venas. No sé qué decir.

—No te preocupes, cielito. A mí me ha gustado.

—Me guiña un ojo como si eso fuera a hacerme sentir mejor con todo el asunto.

Menos mal que nadie estaba grabando; de lo contrario, estoy segura de que habría sido otro vídeo viral con el que burlarse de mí—.

Tus ruidos sexuales no me molestan. Pero sí que plantean algunas dudas serias sobre las habilidades de Jamie en la cama.

El tío algo estaba haciendo mal si un trozo de carne cocinada consigue darte placer tan fácilmente.

—Zach habla con autoridad y mi cuerpo late mientras asimilo lo que ha dicho.

Sacudiendo la cabeza, dejo de lado esos pensamientos y me concentro en lo importante. —No, no es eso. Siento que Olivia y los chicos te obligaran a llevarme a la fiesta de Eric. No era exactamente así como quería pedírtelo.

Levanta una ceja, estudiando mi rostro. —¿Pero tenías planeado pedírmelo?

Apretando los labios, me tomo mi tiempo para responder.

Hay mucho que no sé sobre Zach y no quiero ofenderlo.

—Sí, supongo que sí. Sabía que tenía que ir y no quería ir sola.

Pensé que seríamos más creíbles si tú estabas allí.

—Egoístamente, tampoco quería ver a Jamie arrimándose a McKenna mientras yo me quedo en un rincón mirando como la chica espeluznante de The Roommate.

Zach toma mi mano entre las suyas, inclinándose para poder mirarme a los ojos.

Si alguien está mirando —y estoy segura de que todo el mundo está mirando—, pensaría que es un gesto romántico.

Se le da mejor que a mí acordarse de mantener la fachada.

—Tienes razón. Si queremos que esos tíos no se metan contigo, necesitamos más pruebas de que lo nuestro es real.

—Uno por uno, me besa los nudillos, observando mi reacción con una pequeña sonrisa en el rostro—.

Actúa con naturalidad, caramelo. La gente está mirando —dice entre besos y yo me río—.

Eso es. Así está mejor. Ahora, ¿a qué hora me necesitas en la fiesta?

—¿Seguro que quieres ir?

—Estoy tan seguro como veinticinco mil dólares de que quiero que piensen que vamos en serio. Hagámoslo.

—Vale, pues entonces te paso a recoger a las nueve.

Un ceño fruncido estropea su rostro durante una fracción de segundo antes de que una sonrisa falsa tome el mando. —¿Qué te parece si me recoges en la parada del autobús que hay junto a la escuela a las nueve y media?

Eso es raro, pero no lo cuestiono, ya que vive al otro lado de la ciudad y quizá quiera ahorrarme el viaje. —Claro. Me parece genial.