12. Capítulo Once
Capítulo Once
Honey
— Ya hemos llegado. —Zach apoya el codo contra la ventanilla y juguetea con las puntas de su descarado pelo rubio.
No sé cómo se ha peinado ese tupé estilo años cincuenta, pero le queda de maravilla.
No ha dicho ni una palabra desde que lo he recogido en la parada del autobús y empiezo a sentirme culpable—.
No tenemos por qué quedarnos mucho tiempo.
Solo lo suficiente para que la gente nos vea juntos.
—¿Cuántas habitaciones tiene un sitio como este? —pregunta Zach mientras observa la casa de Eric. Baja la mirada hacia su chaqueta de cuero y se la ajusta de modo que asome el blanco de su camiseta.
Dirijo mi atención a la enorme mansión costera que tenemos delante. Decorada con figuras que acechan en el jardín y telarañas extendidas por el porche, es el escenario perfecto para una fiesta de Halloween y el lugar donde Zach y yo pretendemos hacer nuestro debut oficial como pareja.
Los estudiantes de South Point salen de la casa a cuentagotas, disfrazados de cualquier personaje que se te ocurra. La mayoría de ellos están abrazados y borrachos, apenas conscientes de los lujos que los rodean.
—Solo he estado en casa de Eric un par de veces para algunas cenas de negocios, pero creo que tiene nueve dormitorios y probablemente unos once baños.
Gruñendo algo inaudible, niega con la cabeza y se hunde en el asiento. Resisto el impulso de detener el balanceo de su rodilla y maldigo para mis adentros porque es obvio que Zach se siente incómodo rodeado de tanta riqueza. No debería haber sugerido esto como nuestra primera salida.
—Te quedarás a mi lado, ¿verdad? —pregunto, para dejarle claro que lo necesito tanto como él a mí.
Finalmente, se vuelve y sus ojos esmeralda brillan. —Por supuesto —dice, y recupera esa amplia sonrisa de confianza que tanto conozco.
Su mirada se clava en la casa de Eric y luego en mí antes de morderse el labio inferior. —Sí, pero antes de que entremos ahí, creo que tenemos que soltarnos un poco.
—¿Soltarnos? —Me inclino sobre la consola central, esperando a que se explique.
—Sí, después de la actuación más que forzada de ayer, creo que tenemos que empezar a sentirnos cómodos el uno con el otro. —Sus ojos bajan a mis labios, con el rostro inexpresivo—. Tenemos que besarnos.
Silencio.
Se lame los labios y entonces me doy cuenta de que habla en serio. Suelto una carcajada y echo la cabeza hacia atrás contra el reposacabezas. —¿Ahora mismo? —Él asiente—. Pero podemos besarnos dentro. No hace falta que practiquemos.
—Vale. —Encogiéndose de hombros, se apoya contra la puerta del pasajero para verme mejor—.
Pero todos los que están ahí dentro —indica con las cejas hacia la puerta principal de Eric— creen que llevamos saliendo casi tres semanas, lo cual está bien.
Pero solo nos hemos besado una vez en todo ese tiempo.
—¿Por qué es importante eso?
—¿No es obvio? Si saliéramos de verdad, a estas alturas probablemente habríamos llegado mucho más lejos que a un beso en el túnel del campo de fútbol.
Ladeo la cabeza y se me corta la respiración al ver a Jamie entrando en la fiesta de Eric; el pulso me retumba.
McKenna está acurrucada bajo su hombro, aferrada a su camisa como la novia abnegada en la que se ha convertido.
Entonces él le da un beso en la mejilla con una sonrisa de satisfacción y plenitud que me hace sentir triste y algo patética, porque aquí estoy yo, fingiendo que salgo con un chico cuando Jamie ya ha pasado página.
—Si quieres que se crean que somos pareja... —El rostro de Zach está ahora al lado del mío. Debe de haberse acercado para ver qué estaba mirando—. Entonces tenemos que asegurarnos de que no te repugne mi contacto.
Sus palmas rozan mis muslos y sus dedos bailan sobre mi piel.
Me sobresalto por el hormigueo que me sube hasta el vientre, una sensación a la que no estoy acostumbrada.
—Ves —dice con una risita—. Apenas me soportas, y eso no queda precisamente bien si intentamos convencer a la gente de que nos acostamos en mis días libres.
—Lo dice con mucha ligereza, pero las palabras se me quedan grabadas.
No me he sobresaltado por eso, pero no voy a admitir que su contacto me ha gustado.
—No es que no te soporte —digo, bajando la mirada a mi regazo—.
Es que... —Hago una pausa, sin saber cuánto debería contarle.
Él me observa expectante—. Es que solo he tenido intimidad con Jamie.
—Las palabras me salen de la boca como si fueran brea, pero Zach no se inmuta.
Permanece inexpresivo, esperando a que termine—.
Se me hace un poco raro cuando no es su contacto —suelto, y aparto la mirada.
El silencio es tan estruendoso que no puedo ni pensar. No debería haber dicho eso. No debería haber dicho nada. Debería haberme limitado a aceptar la suposición de Zach para no avergonzarme.
—Siento que mis labios te resulten raros. —Percibo la diversión en su voz y, cuando lo miro, está sonriendo de oreja a oreja—. Pero estoy seguro de que, en cuanto me beses un poco más, empezarás a sentirte de otra manera.
Se lame los labios y se me revuelve el estómago, así que suelto un suspiro nervioso. —A ver, hace un par de semanas en el partido de fútbol no pareció importarte besarme. ¿Qué ha cambiado?
Yo he cambiado. He empezado a sentir que esto es una idea estúpida y que debería darme tiempo para olvidar a Jamie en lugar de fingir que salgo contigo.
Me guardo mis pensamientos porque romper falsamente con Zach sería peor que seguir adelante con esto. Además, tener veinticinco mil pavos que mis padres no puedan rastrear podría venirme muy bien.
—Entonces fue diferente. —Es la explicación por la que me decanto.
—¿Por qué fue diferente? Quizá podamos recrearlo y yo pueda ayudarte a que te sientas más cómoda.
—Zach me mira fijamente y sé que, si quiero que esto funcione, tengo que ser sincera, pero cada vez me resulta más difícil.
¿Cómo le digo a mi novio falso que sigo pensando en mi ex, el que me puso los cuernos?
Quizá sea solo porque el pensamiento de Jamie me resulta cómodo.
Estoy acostumbrada a él y, aunque no fuera un santo, me resultaba familiar. Zach es todo lo contrario.
—Supongo que estaba demasiado excitada. Tenía la adrenalina a tope en el cuerpo por aquel entonces, y ahora mismo no me siento así.
Él me recorre con la mirada de arriba abajo y sonríe. —¿Sabes? Conozco otras formas de hacer que te suba la adrenalina, si es con eso con lo que necesitas ayuda.
Arquea una ceja de forma inequívoca, haciéndome reír. —Zach, ¿le estás haciendo una proposición indecente a tu novia falsa?
Él se ríe conmigo. —Oye, tú eres la que ha dicho que necesitaba estar excitada para besarme. Yo solo soy el que ofrece soluciones.
Mirando hacia la mansión, veo a más estudiantes entrar en la fiesta. —¿Y si entramos y vemos qué tal va la cosa?
—¿Te refieres a como cuando intenté cogerte la mano en el pasillo el otro día?
Te pusiste tan nerviosa que casi saltas de tu propia piel.
—Suspiro ante el recuerdo. No es culpa suya que no esté acostumbrada a las muestras de afecto en público—.
¿No sería mejor quitarnos de encima esta incomodidad aquí en lugar de allí dentro?
Tiene razón, pero besarle cuando nadie nos mira me resulta extraño y un poco ajeno. Zach levanta las manos. —Venga, solo un beso para que te relajes. Prometo que me guardaré las manos.
Me muerdo el labio inferior, lo miro a los ojos y sonrío.
Está intentando ayudarme a relajarme, y quizá sea eso lo que necesito...
Dejarme llevar en lugar de estar dándole vueltas a todo constantemente.
Dejándome caer hacia atrás, me desabrocho el cinturón de seguridad y me giro hacia él.
—Vale, pero si te pasas de listo, paramos —le advierto en tono bromista.
—No te preocupes, Albóndiga. Mis manos se quedarán pegadas al cuero rosa de tus asientos.
Gruño, pongo los ojos en blanco y le golpeo suavemente en el pecho. —¿Vas a dejar alguna vez los apodos?
—No hasta que encuentre uno que cuaje. De momento, ninguno te pega.
—¿Y si no quiero un apodo?
No responde, lo que me incita a arquear una ceja.
—Lo siento, Bastoncillo. Vas a tener uno.
—Me dedica una pequeña sonrisa y acaricia un mechón de mi pelo para luego colocármelo tras la oreja.
Para no estremecerme, me concentro en sus ojos verdes, su nariz recta y sus labios de arco.
Es precioso. Su cuerpo se inclina hacia mí y yo me quedo quieta, apartando cualquier preocupación.
Sus labios están a apenas unos centímetros antes de rozarlos contra los míos, atrapándolos en el beso más suave que he experimentado jamás.
Se siente casi como el aleteo de mariposas contra mi piel, y suspiro ante el contacto.
Presiona sus labios con un poco más de fuerza, con cuidado de no tocarme en ninguna otra parte.
Yo le correspondo, haciéndole saber que me parece bien.
Él aprovecha cuando mis labios se entreabren apenas unos segundos y desliza su lengua por mi labio inferior. Su nariz roza la mía y mi cerebro se nubla tanto que no puedo pensar con claridad.
El beso es más corto de lo que esperaba y él me está observando cuando abro los ojos. Profundos y de un verde musgo, sus ojos me atrapan y son tan hermosos como el resto de él.
Nuestros alientos se mezclan; el familiar aroma a menta de la última vez hace que mi cuerpo vibre. Por mi mente pasan los recuerdos de nuestro primer beso y de lo diferente que me sentí después. Quiero esa sensación de nuevo y no quiero que este beso termine.
Inclinando la barbilla, vuelvo a juntar mis labios con los suyos, y ya no hay vacilación. Él me devuelve el beso. Esta vez, sin embargo, es más firme y recuerda más a cuando me besó contra la pared en el túnel del campo de fútbol.