The Quarterback Draw (The Four Quarters Collection 2) 23. Capítulo 23
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23. Capítulo 23

Zach

E l peso del pase impacta en mis manos con un golpe seco y satisfactorio, y el conocido escozor me muerde las palmas.

El campo huele a césped recién cortado y a sudor, y todos los sonidos resultan demasiado fuertes: los tacos desgarrando el terreno de juego, el choque de los cascos y los silbatos chillando por todo el campo de fútbol americano.

Pero mi cabeza no está en el juego.

Mientras el resto de los chicos se reposicionan para el siguiente ejercicio, yo me quedo en la banda con el casco bajo el brazo mientras leo de nuevo el mensaje de Jenni.

Jenni😈: ¡Oye! ¿Podemos quedar el jueves por la noche sobre las ocho? Necesito repasar los detalles finales de la fiesta de Honey. Luego te mando la dirección del bar. ¡Si invitas a tus amigos del fútbol y Chris trae a sus compañeros, esto debería convertirse en una buena noche!❤️

Mi cuerpo retrocede ante la mera idea de tener que pasar más tiempo con Jenni, pero después de lo de anoche, necesito saber qué pasó y qué cojones le dijo a mi chica para que se encerrara así en sí misma.

Sí, la ayudaré a planear esta fiesta, por el bien de Honey, porque ella se merece ver a cuánta gente la quiere, pero eso no significa que no vaya a interrogar a fondo a su supuesta mejor amiga.

—¡Evans! —la voz del entrenador Summers desgarra el aire del campo—. ¿Te unes al entrenamiento o solo estás aquí para grabar tu cara bonita para TikTok?

—Lo siento, entrenador —murmuro, tiro el teléfono al banco, me encajo el casco de nuevo y echo a correr hacia la piña.

Hacemos otra serie. Mi técnica es correcta.

Mi cabeza no está ni cerca del campo. La cajita de terciopelo escondida al fondo de mi bolsa de deporte quema como un hierro al rojo vivo.

Lleva ahí semanas; esperando, esperando, esperando.

Esperando a que ella deje de parecer que se mantiene en pie solo por pura fuerza de voluntad.

Esperando a que recuerde quién es sin que yo tenga que recordárselo cada día.

Pensé que su cumpleaños podría ser el momento, pero después de lo de anoche y de haberle enseñado mi idea del tatuaje esta mañana…

entregarle ese regalo ahora se sentiría como lanzarle un ancla a alguien que ya está intentando no ahogarse.

Lo vería como si intentara atraparla, cuando lo único que quiero es evitar que se aleje más.

—Cielo santo, Evans —jadea Dax cuando terminamos un ejercicio de pase—. Parece que acaban de pegar un tiro a tu perro.

—Estoy bien —mascullo, apartando a Dax.

—¿Seguro? —dice Reese en voz baja, apareciendo a mi lado—. Sí, y yo soy célibe. Has lanzado, ¿qué?, ¿tres pases horribles en diez minutos? Algo tienes en la cabeza.

No respondo. No puedo. Si abro la boca, todo saldrá a borbotones: la forma en que Honey temblaba en mis brazos como si se mantuviera entera por puros hilos, lo frágil que sonaba su voz cuando dijo que no sabía quién era sin mí, cómo Jenni se ha metido de alguna manera entre nosotros y ni siquiera sé cómo.

Mi silencio es respuesta suficiente, porque Reese baja la voz.

—¿Ha pasado algo con Honey? —pregunta Reese con cautela, usando el mismo tono que el entrenador cuando intenta sacarle una confesión de lesión a alguien demasiado testarudo para admitir que le duele.

Fuerzo un encogimiento de hombros, apretando la botella hasta que el plástico cruje. —Simplemente… apareció anoche.

Reese inclina la cabeza, esperando a que continúe.

—Borracha —añado, sintiéndome como una mierda al admitirlo—. Apenas podía mantenerse en pie. No quiso decirme qué había pasado, solo…—

Me interrumpo, tensando la mandíbula porque no voy a contarle cómo me suplicó que la tocara y que, si no lo hacía, se desmoronaría por completo.

Reese exhala un suspiro largo y profundo. —Joder, tío.

—¿Crees que es… el ruido? —pregunta, e imagino a qué se refiere. Es la presión, los trolls, las especulaciones. Todo el mundo lo sabe, pero es difícil hacer algo físicamente.

Eso es lo que más duele. Tengo que ver cómo lastiman al amor de mi vida porque nadie la comprende.

—Tal vez —admito, porque no puedo decirle la verdad; que es más que eso. Que es su padre, es la pasantía que se siente obligada a aceptar, es Chris demostrándole que existe el silencio si es lo que busca. Y lo más importante… es Jenni.

Antes de que pueda decir nada más, Sebi y Dax se acercan dando saltos como un par de cachorros de labrador que no han conocido la sutileza en su vida.

—¡Eh, Evans! —Sebi me golpea las hombreras con la fuerza suficiente para hacerme castañear los dientes—. ¿Te acuerdas de aquella morena que conocí en Míchigan? ¿La del bar?

—No —digo tajante.

—Estaba de puta madre.

—¿Y se supone que eso me importa por qué…?

—Porque me jodiste la oportunidad, hermano —responde Dax, dándome un empujón en el hombro—. Pensé que estaba interesada en mí hasta que no paró de preguntar por el quarterback titular. Cuando le pedí su número, ella me pidió el tuyo. —Dax sacude la cabeza—. Puta decepción.

—¿Le habéis dado mi número? —gruño, todavía cabreado por la última vez que hicieron eso.

—Relájate —dice Sebi, restándole importancia con un gesto—. No le dimos nada. Solo dijimos que estabas pillado. Pero se la veía muy decepcionada.

—Con el corazón roto, sinceramente —coincide Dax con falsa compasión—. Preguntó si estábamos seguros de que no estabas disponible para «solo una noche». Tuvimos que darle calabazas con suavidad.

—Genial —murmuro.

Otra historia. Otra chica. Otro rumor esperando ser usado como arma contra mi destrozada Honey.

—Vosotros dos sois idiotas —dice Mason, dándoles un golpe en la cabeza tan fuerte que sus cascos chocan.

—¡Ay! ¡Qué cojones, Mas!—

—Sabéis perfectamente —Mason corta a Dax— que Evans tiene planes para su carrera que no incluyen irse tirando a todo lo que se mueve en cada bar desde aquí hasta Canadá.

—Solo nos estamos divirtiendo —protesta Sebi, frotándose la cabeza cubierta por el casco como si eso fuera a servir de algo.

—¡A trabajar, chicos! ¡Evans, suicidios, hasta que vea algo de esfuerzo real!

Asiento y salgo disparado por el campo. Me arden los pulmones, me gritan las piernas y la voz rota de Honey todavía persigue mis pensamientos.

Para cuando el entrenador hace sonar el silbato final, mi cuerpo funciona con lo justo. Me quito las protecciones en el vestuario mientras los chicos intercambian planes para el fin de semana y chistes malos.

Me seco con la toalla y cojo mi teléfono, obligándome a hacer lo único que he estado evitando durante todo el entrenamiento.

Le escribo al diablo… quiero decir a Jenni.

Zach: Allí estaré

Le doy a enviar antes de que pueda cambiar de opinión. Si ayudarla a organizar esta fiesta hace que Honey se sienta celebrada, entonces apretaré los dientes y lidiaré con ella.

Un nuevo mensaje ilumina mi pantalla antes de que pueda guardar el teléfono.

Tiff: ¿Cómo está Honey? Y no mientas, porque antes tenías ese tono de «todo está bien, totalmente bien».

Tiff: Además, Ella quería que te dijera que ya tiene todo preparado para nuestro vuelo. Le ha estado diciendo a los desconocidos que se muda a la «mansión del tío Zach», así que… nada de presión.

Me río con su mensaje, emocionado de que ella también esté aquí para el cumpleaños de Honey. Con suerte, tener a alguien como Tiff cerca ayudará a Honey a abrirse más.

Zach: Estoy impaciente por veros, prima.

Antes de guardar el teléfono, decido escribir a Honey, ya que no me ha enviado ningún mensaje desde que la dejé en el campus. No es que esperara mucho. Me dijo que se sentía humillada, así que quiero darle tiempo, pero al mismo tiempo, quiero ayudarla a superarlo.

Zach: ¿Cenamos en mi casa esta noche? Puede que mañana no esté por aquí, pero quiero verte.

—Zach —llama Reese desde el siguiente banco, metiendo los pies en sus zapatillas—. ¿Vienes a clase?

—Eh. Creo que voy a faltar —digo, guardándome el móvil en el bolsillo.

—¿Qué? —Se ríe, sacudiendo la cabeza—. ¿He oído bien que vas a faltar?

—Sí. Tengo que empapelar una sala de juegos.

—¿Sala de juegos? —interviene Sebi—. Zach, ¿hay algo que debas compartir con los presentes? ¿Estás construyendo una mazmorra sexual? Y si es así, ¿puedo alquilarla?

—¿Con quién ibas a usarla siquiera? —pregunta Reese con un gesto de asco.

Eso hace callar a Sebi.

—Es una sala de juegos de verdad. Mi prima y su hija se mudan conmigo este fin de semana.

La cabeza de Dax asoma por detrás de la puerta de su taquilla, con el pelo goteando y una sonrisa salvaje. —¿Está buena?

Ni siquiera levanto la vista. —Tiene una niña de cuatro años y absolutamente cero interés en ti.

—A los niños les encanto —dice Dax, sin inmutarse.

—Eso es porque tenéis la misma capacidad mental —suelta Mason, atándose los tacos.

—Eso es ofensivo —digo con suavidad—. Para mi sobrina de cuatro años.

Los chicos se ríen, y la tensión del entrenamiento se disuelve para ellos, aunque no para mí. Cuando mi móvil vibra, lo saco del bolsillo para ver que Honey ha respondido.

Honeycomb🍯: Me encantaría, pero no creo que pueda. Tengo que ir a la pista de hockey esta noche. Te lo explicaré luego.

Mi pulgar se queda suspendido sobre la pantalla mucho después de que el mensaje deje de vibrar en mi mano.

La pista de hockey.

No hay duda de a quién va a ver mientras esté allí.

Aprieto el teléfono con fuerza hasta que los bordes se me clavan en la palma. Va a ver a Chris. No es nada, probablemente solo estén terminando ese estúpido proyecto en el que trabajaban juntos, pero después de lo de anoche, no sé qué demonios está pensando.

No es nada. Por supuesto que no es nada. Me habría dicho algo si estuviera pasando algo más.

Excepto que… no lo hizo.

No me dijo cuándo su padre le destrozó el ánimo.

No me dijo con quién estuvo anoche ni qué pasó para que se desmoronara hasta el punto de aparecer en mi puerta temblando como si hubiera olvidado cómo sostenerse.

Y yo no presioné porque estaba demasiado concentrado en recomponerla como para preguntar quién la había roto en primer lugar.

¿Y si fue Chris?

¿Y si está obteniendo lo que necesita de él ?

Un sabor amargo me sube por la garganta y se me oprime el pecho hasta que siento como si alguien estuviera apretando un cinturón alrededor de mis costillas, agujero tras agujero, robándome el aire.

Anoche me dijo que no sabía quién era sin mí.

Esta noche elige estar con alguien que no soy yo.

Mi mente da vueltas sobre el tema, atormentándose. Si puede reír con Chris cuando se ha estado desmoronando conmigo, ¿en qué me convierte eso? ¿En la tormenta de la que quiere escapar o en el ancla que está desesperada por soltar?

—¿Estás bien, Z? —la voz de Reese atraviesa débilmente la niebla.

Fuerzo la cabeza a levantarse, pero mi mandíbula está tan tensa que me duele. —Sí.

Me lanza una mirada escéptica pero no insiste, simplemente se echa la bolsa al hombro y se dirige a la puerta. El resto de los chicos van saliendo tras él, bromeando y empujándose como si el mundo siguiera siendo sencillo.

Cuando la puerta se cierra tras ellos, el silencio se cuela en el vestuario.

Me guardo el teléfono en el bolsillo antes de lanzarlo contra la pared y me paso una mano por la cara, intentando quitarme el pánico de encima. Se pega como el aceite.

Si la pierdo a ella, lo pierdo todo.