22. Capítulo 22
Honey
S uelto un gemido, hundiendo la cara en la almohada mientras mi cerebro intenta partirse por la mitad. Cada latido se siente como garras clavándose en mi cráneo, y lo único que lo mitiga es el retumbar grave de la voz de Zach que sube desde la planta de abajo.
Estoy en casa de Zach, pero ¿cómo he llegado hasta aquí?
Cada vez que intento recordar, siento como si me dieran un puñetazo desde dentro.
¿Qué demonios bebí anoche?
Los recuerdos regresan en oleadas rotas. La foto. El bar. Jenni… Chris… la puerta de Zach, y yo apareciendo aquí, borracha y desesperada.
—Dios mío. —Me cubro la cabeza con el edredón, deseando poder desaparecer en el colchón para siempre—. ¿Qué he hecho?
Todavía puedo oír la voz de Zach abajo y, patéticamente, intento descifrar su tono. ¿Está enfadado conmigo? Porque si los papeles se invirtieran —si él apareciera borracho y me pusiera la polla en la cara rogándome que se la chupara—, yo estaría furiosa.
La humillación me quema la piel porque eso es literalmente todo lo que recuerdo.
Ni palabras. Ni sentimientos… solo su boca en mí.
No sé qué dije, ni por qué vine siquiera aquí, y cuanto más intento recordarlo, más me cierra la puerta mi mente.
El cálido aroma del café flota escaleras arriba y, por mucho que quiera esconderme en su cama, la cafeína podría ser lo único que me mantenga con vida en este momento.
A regañadientes, retiro las mantas y me incorporo despacio. Hago una mueca cuando mi cabeza grita en señal de protesta.
—No vuelvo a beber nunca más —mascullo para mis adentros, molesta por haber pensado siquiera que salir a tomar algo ayudaría a resolver alguno de mis problemas.
Cojo una de las camisetas de Zach, me la pongo y me levanto de la cama para dirigirme al pasillo; mis piernas apenas cooperan.
En cuanto abro un poco la puerta, oigo la voz de Zach con mucha más claridad.
—Sí. Dile a Ellie-bear que ya le he puesto unas sábanas de Iced Out en su cama esperándola.
Tiff. Está hablando con Tiff, y de repente me siento aún peor por haberme presentado en su puerta con lo que siento que es mi vida hecha pedazos. Zach ya tiene bastante con lo suyo —el fútbol, la universidad, su familia—, no necesita añadir a la lista a una novia que se desmorona.
—Para ya. No es para tanto. Es lo que hace la familia —dice Zach—. Además, la casa es enorme y se siente muy vacía sin gente dentro.
Vacía.
No está hablando directamente de mí, pero no puedo evitar tomármelo de esa manera.
Aquí está él, construyendo una vida, ganándose el sustento incluso antes de terminar la carrera, y yo estoy demasiado ocupada ahogándome en mi propio fracaso, aferrándome a cualquier cosa para sentir que mi vida tiene sentido.
—Sí, ella también está emocionada. Tengo muchas ganas de veros a las dos. Está arriba durmiendo.
Sujetándome a la barandilla, me quedo paralizada. Están hablando de mí.
—La estoy dejando —dice Zach suavemente—. Anoche estaba muy alterada.
Me acerco más a la barandilla, desesperada, con la esperanza de que esta conversación rellene los huecos que dejó el whisky.
—No lo sé. Había estado bebiendo. —Hay una pausa y luego—: Sí, lo sé. Lo sé. No sé con quién estaba ni qué pasó, pero apareció completamente destrozada.
Se me entrecorta la respiración y me hundo en el último escalón.
—Estoy preocupado por ella, Tiff.
Se me cierra la garganta mientras me invade la vergüenza. Me cala perfectamente. Siempre lo ha hecho, pero ¿por qué ese hecho me hace sentir aún más como un fracaso?
—Lo he intentado, T —suspira—. He intentado con todas mis fuerzas que vea lo que yo veo, pero ella o no puede o no quiere.
Las lágrimas empiezan a nublarme la vista mientras me cruzo de brazos, encogiéndome hacia delante.
—Ya la conoces. Le cuesta mucho aceptar ayuda y no quiere que nadie sienta que le debe nada.
—Espera, ¿él te lo dijo ? —pregunta Zach, sorprendido.
Se me corta el aliento. ¿ Él? ¿Quién es él?
—No. No. No hables con ella de eso. Deja que yo lo solucione. Lo único que ella quiere es que tú y Ella estéis aquí y a salvo.
Me tapo la boca con la mano, ahogando un sollozo.
No sé de qué están hablando, pero puedo imaginarlo.
Mi padre le contó lo que hice y estoy segura de que piensan que es demasiado, pero no lo es.
Es todo lo que tengo para ofrecer y tal vez, si hago algo lo suficientemente bueno con el privilegio que me han dado, por fin se llene esa sensación de vacío que tengo en el pecho.
—Sí, probablemente debería ir a ver cómo está.
Trago saliva con dificultad, presa del pánico.
Después de lo de anoche, no puedo dejar que me encuentre aquí, escuchando a escondidas como una novia desesperada y paranoica. Ya hice bastante el ridículo anoche. Me pongo en pie a toda prisa y vuelvo al dormitorio, metiéndome bajo las sábanas justo cuando sus pasos empiezan a subir las escaleras.
Cierro los ojos con fuerza, forzando mi respiración para que se ralentice, y cuando la puerta cruje al abrirse, me estiro como si me acabara de despertar; rezo para que parezca sueño en lugar de la miseria de mi resaca.
—Buenos días, Buttercup —dice suavemente, mirándome con una sonrisa lenta—. ¿Cómo te encuentras?
—Como si hubiera hecho el ridículo anoche —admito, llevándome una mano a la sien, que me late con fuerza, y ofreciéndole la mejor sonrisa que soy capaz de fingir.
El movimiento me provoca un dolor punzante en la cabeza y al instante me arrepiento de haber intentado sonar tan despreocupada por todo esto.
—No hiciste el ridículo —me asegura, acercándose a la cama con un vaso de agua y lo que supongo que son un par de analgésicos en la mano.
Cojo el vaso con gratitud, evitando el contacto visual mientras lo hago.
Su presencia en la habitación me trae recuerdos que preferiría olvidar.
Como que la verdadera razón por la que estaba perdiendo el control eran los mensajes de texto anónimos y que Jenni evitaba mis preguntas a pesar de que yo sabía que no había nada que responder.
Se sienta a mi lado con la distancia suficiente para no hacer que la cama tiemble y me agrave más el dolor de cabeza.
—Por muy feliz que me haga despertar contigo aquí… ¿qué pasó, Honey? ¿Qué te hizo aparecer así?
Mantengo la mirada baja, evitando la suya. La verdad me parece demasiado cruda para admitirla ahora mismo. —Solo te echaba de menos —digo, lo cual no es del todo mentira.
—Yo también te echaba de menos —dice, y la calidez de su voz hace que me duela el pecho—. ¿Quieres desayunar? Puedo hacer tortitas.
Se me revuelve el estómago ante la idea. —Dios, no. Solo café, por favor.
—Te traeré el café —dice, desapareciendo de nuevo escaleras abajo.
Regresa unos minutos después con una taza de café humeante.
—Cuidado —murmura, pasándomela.
Envuelvo mis manos alrededor del calor y lo aspiro antes de dar un pequeño sorbo. La cafeína baja quemando por mi garganta, reconfortándome un poco.
Zach se apoya en la cómoda en lugar de la cama esta vez, dándome espacio mientras me observa.
—¿Es esto… por algo que dijeron tu padre y el de Jamie? —pregunta en voz baja.
Levanto la vista hacia la suya, con la vergüenza creciendo en mi pecho. —¿Tú… sabes de eso?
Me dedica una pequeña sonrisa de comprensión. —Me lo contó Jenni.
Jenni.
Solo la mención de su nombre me pone nerviosa y paranoica.
Le lanzo una mirada fulminante. —¿Desde cuándo habláis de mí así Jenni y tú?
Él frunce el ceño. —Lo sacó en el partido de hockey. Dijo que estaba preocupada por ti. Pensó que yo debería saberlo.
Algo feo se retuerce en la boca de mi estómago. Jenni, confiando en él, informándole de las partes de mí que intento ocultar. Pensé que solo estaban mirando fotos de vacaciones en la pista. Eso es lo que dijo que estaban haciendo.
Aparto la inquietud de mi estómago porque sé que me equivoco. Sé que no hay nada entre ellos.
—Claro —digo con voz débil y frágil—. Por supuesto que lo hizo.
Zach me estudia por un instante. —Entonces… ¿es verdad? ¿Lo que él te dijo?
Me encojo de hombros, concentrándome en mi café en lugar de mirarlo a los ojos. No puedo. ¿Cómo le explico que no quería contarle lo que pasó porque me daba vergüenza? Que me preocupa que, si me ve como realmente soy, deje de quererme. —No importa.
—A mí sí me importa.
—Voy a seguir trabajando con él —digo antes de poder contenerme—. Sé que no te gusta, pero es… es importante.
La mandíbula de Zach se tensa. No habla de inmediato y el silencio entre nosotros se alarga.
Finalmente, lo rompo yo. —No he dicho que no me guste.
—Quizá no. —Su boca se contrae y algo ilegible cruza su rostro—. Simplemente… no me gusta lo que te hace a ti.
No tengo respuesta para eso porque yo también lo siento. Sé que me está volviendo distante y nada parece ayudarme con lo que siento sobre quién soy ahora mismo, pero ¿qué se supone que debo hacer? No puedo arreglarlo, y vivir con ello está claro que tampoco funciona.
En lugar de hablar, bebo mi café, intentando no inmutarme bajo el peso de su mirada. La habitación se siente demasiado inmóvil, demasiado silenciosa —solo el pesado latido de su preocupación presionando a mi alrededor.
Zach se aparta de la cómoda, cruza la habitación y aparta suavemente un mechón de pelo de mi frente antes de colocármelo detrás de la oreja.
—Está bien —dice en voz baja, como si yo hubiera dicho algo que le hiciera jurar que no se opondría—.
Si es importante para ti, encontraré la manera de aceptarlo.
Asiento, aunque no me siento lo suficientemente firme como para creerlo de verdad.
Duda un momento y luego coge su teléfono de la mesilla.
—En realidad... hay algo que quería enseñarte.
—Busca una foto y se sienta de nuevo a mi lado, inclinando la pantalla para que pueda verla—.
Sé que has estado preocupada. Por si te ocultaba cosas, pero no es así.
¿Recuerdas esa nota que encontraste en mi cajón de los calcetines hace un par de semanas?
—¿Sí?
—Se trata de esto.
Me quedo mirando el intrincado diseño de un panal en su pantalla. Es precioso, el patrón está delicadamente entrelazado con una pequeña abeja escondida en una esquina.
—¿Qué es?
—Un tatuaje. He estado hablando con la artista, Hailey, para crear el diseño perfecto para ti.
—¿Para mí? —suelto de golpe—. No piensas hacértelo de verdad, ¿no?
Se encoge de hombros, pero no me mira a los ojos. —Quería hacerlo. Quería conmemorar tu cumpleaños. Pensé que sería bonito tenerte siempre conmigo, ¿sabes? —Hace un gesto vago hacia su antebrazo izquierdo—. Aquí mismo.
El gesto es tan tierno que hace que me duela el corazón, pero lo único en lo que puedo pensar es en lo permanente que es eso. En lo mucho que significa. —Zach...
—Lo sé. —Bloquea su móvil y lo deja a un lado—. Quizá sea demasiado. Yo solo... quería que supieras que no te oculto nada. Solo era eso.
Se me aprieta el nudo de la garganta porque se está esforzando mucho por tranquilizarme, por demostrarme algo en lo que yo ya debería creer, y aquí estoy yo, haciendo que sienta que tiene que hacerlo.
Se inclina para besarme la parte superior de la cabeza, quedándose ahí un segundo antes de apartarse.
—Dejaré que te vistas —dice suavemente, dirigiéndose a la puerta—. Baja cuando estés lista. Te llevaré al campus para que no pierdas tus clases.
Cuando desaparece por el pasillo, me quedo mirando la taza entre mis manos e intento convencerme de que todo irá bien.
Porque irá bien… ¿verdad?