The Quarterback Draw (The Four Quarters Collection 2) 13. Capítulo 13
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13. Capítulo 13

Zach

— ¿A alguien le apetece ver a Sebi fracasar con todo el mundo, incluido el puto banquillo, esta noche? —pregunta Dax desde el otro lado del vestuario, secándose el pelo con una toalla.

Sebi no tarda ni un segundo en responder. —¡Oye! ¡Eso me ofende! El banquillo me adora. Le vuelven loca mis glúteos. Llevamos flirteando desde la pretemporada.

El vestuario se llena de quejidos. Reese me mira y hace un gesto de asco justo cuando Mason le lanza un calcetín a Sebi.

—El banquillo es lo único que se dejará tocar por ti voluntariamente —murmura Mason, pasándose una sudadera por la cabeza.

—¿Tocarme? —bufa Sebi—. Se pega a mí, hermano. La semana pasada me dejó una marca en el culo. Básicamente somos exclusivos ya.

—Tío, estás tan salido que tienes alucinaciones —se ríe Dax—. Lo próximo será que le pidas matrimonio al secador de manos.

—Qué va, esa tía sopla frío y calor. —Sebi le guiña un ojo—. No es de fiar.

—Te lo juro por Dios —gruñe Mason—, como oiga algo más sobre ti y otro mueble, le prendo fuego a tu colchón.

—Bien. A ella le gusta la caña.

Dax hace una mueca de náusea. —Vale, me rindo. ¿Podemos ir a tomar algo ya y hablar de fútbol antes de que Sebi empiece a dedicarle serenatas a su taquilla?

—La primera ronda la paga Mason, ya que falló ese bloqueo en el entrenamiento del tercer cuarto —grita Sebi.

—Vete a la mierda —replica Mason, poniéndose la camiseta—. Esa era la tarea de Dax.

—Mentira —responde Dax, colgándose la bolsa de deporte al hombro—. Que no te acuerdes de las jugadas no es culpa mía.

Suelto una risita y niego con la cabeza mientras me pongo los vaqueros. Una vez subida la cremallera, miro el móvil y veo un mensaje de Honey.

Honey: Espero que no te importe, pero estoy en tu casa. He hecho la cena. Tu favorita. Pollo a la parmesana.

Joder.

Sonrío al instante. Una sonrisa amplia y estúpida porque la Operación: Honey, he reducido la Distancia está funcionando, y creo que ella ni siquiera se da cuenta.

Está en mi casa, cocinándome a mí la cena.

Sin avisar. Sin disculparse a medias. Simplemente: estoy aquí.

Hace dos semanas se negaba por completo a venir a mi casa, y ahora se autoinvita, entra por su cuenta y actúa como si el espacio fuera tanto suyo como mío.

—Evans —llama Sebi, chasqueando los dedos frente a mi cara—. Tierra llamando a Galán. ¿Te has quedado empanado pensando otra vez en las tetas de Honey o estás redactando tu próxima propuesta de matrimonio en Notas?

—Estoy ocupado esta noche —digo, sin levantar la vista mientras le escribo una respuesta.

Zach: Me has ganado con lo del pollo a la parmesana. Voy para allá. Te quiero, Honeycomb.

—Qué sorpresa —murmura Dax, peinándose los rizos—. Evans está dominado. Siempre lo ha estado.

—No estoy dominado —digo, levantando por fin la mirada—. Solo que no soy tan tonto como para elegir vuestros culos mugrientos y cerveza caliente por encima de un pollo a la parmesana casero y una chica a la que de verdad le gusto por algo más que por mis estadísticas.

—Dominadísimo —confirma Sebi—. ¿Pero quién puede culparlo? Si yo tuviera a una chica como Honey cocinando para mí, le pediría matrimonio antes de que el plato tocara la mesa. Dos veces, solo para asegurarme de que me ha oído.

Lo miro con los ojos entrecerrados, preguntándome si sabrá con qué frecuencia le pido que se case conmigo y, por consiguiente, con qué frecuencia ella me da largas.

No se lo he contado a nadie, así que no debería saberlo, pero la verdad es que no he sido nada discreto al pedírselo y él es de los que mejor escuchan a escondidas.

—Eh, tranquilo, Romeo. —Sebi levanta las manos en señal de rendición—. Solo digo que la chica es un bombón. Si alguna vez te deja, yo mismo le compro un anillo.

—Inténtalo —respondo serio—. Te enterraré detrás del campo de entrenamiento antes de que llegues a la tienda.

—¿Lo veis? —dice Reese desde el otro lado, metiendo sus cosas en una bolsa de deporte—. Vosotros creéis que está dominado. Yo simplemente creo que está enamorado. Hay una diferencia.

Dax suelta un suspiro dramático. —Ahorrádmelo. La última vez que eché un polvo, TikTok todavía pensaba que tenía gracia y mi madre aún me decía que era guapo sin que pareciera preocupada.

—Cierto, y no olvidemos que Mason sigue usando su mano como si fuera la noche del baile de graduación —añade Sebi.

—Habla por ti —murmura Mason, sin molestarse siquiera en negarlo. Todos sabemos que está demasiado centrado en el fútbol como para pensar siquiera en la forma adecuada de hablar con las mujeres.

—Aceptadlo, chicos —Dax se pasa la camiseta por la cabeza y luego mira a nuestros compañeros—.

Mientras nosotros andamos por aquí peleándonos por las sobras, Evans se ligó a la mejor chica del campus antes de que cualquiera de nosotros aprendiera a afeitarse.

El tío lleva viviendo el sueño desde el instituto.

Sonrío porque no se equivocan. En eso no.

Sebi se inclina hacia delante, con la curiosidad despertada. —¿Ha estado mucho por tu casa últimamente, eh? ¿Se va a mudar o solo está marcando su territorio después de ver el altar de balones de fútbol que tienes en el porche?

—Ninguna de las dos cosas, pero estoy en ello —admito, atándome las zapatillas—. Ya conocéis a Honey. Es terca como una mula. No quiere ser «solo la novia del quarterback», aunque ha sido mi destino final desde el primer día.

Eso provoca una oleada de quejidos.

—Dios, das asco —dice Dax, lanzándome una toalla a la cabeza—. Ya lo hemos pillado. Estás enamorado. Ella es tu luna, tus estrellas y tu puto pollo a la parmesana. Ahórranos los detalles.

Atrapo la toalla al vuelo y se la devuelvo. —Sigue hablando. Algún día conocerás a una chica que te hará borrar todos los contactos de tu móvil sin dudarlo, y allí estaré yo con una botella de champán y una lista de reproducción llamada « DEP, etapa de golfo ».

—Qué atrevido por tu parte suponer que tiene contactos que valga la pena borrar —responde Sebi con cara de póker—. En su móvil solo están el de comida a domicilio, el de la liga fantástica y su madre. Y ni siquiera ella le devuelve los mensajes.

Dax sonríe, pero antes de que yo pueda contraatacar, sus ojos brillan con un destello de picardía.

—¿Pero qué me decís de la amiga de Honey? Jenni, ¿no? La rubia de la fiesta. Me sentiría honrado de añadirla a mi codiciada lista.

Se me tensa la mandíbula. —Mantente muy lejos de ella.

Dax levanta las manos. —Joder. Vale. ¿Todavía tienes ese muñeco vudú o por fin lo has tirado?

—Es mala pieza —insisto—. Se presenta en mi casa sin invitación, me coquetea y me da su número. Luego actúa como si fuéramos desconocidos cuando Honey está cerca. Rara es poco.

—Puede —se encoge de hombros Dax—, o puede que no supiera que tú y Honey estabais juntos- juntos y se echara atrás en cuanto se dio cuenta. Quizá solo intentaba salvar las formas.

Reese bufa. —Eso es mucho suponer. Todo el mundo en el campus sabe que Zach está pillado. Lo ha dejado bastante claro.

—¿Lo ha hecho? —Sebi enarca una ceja—. Nuestro chico se dedica a lanzar corazones con las manos hacia la grada, pero ¿cuándo fue la última vez que pronunció su nombre de verdad?

—No hace falta. Todo el mundo sabe que es Honey —digo tajante.

—Los veteranos, claro, ¿pero las nuevas? —señala Sebi—. Las de primero. ¿Esas que aparecen con camisetas dos tallas más pequeñas? Esas no saben una mierda, y apuesto a que Honey tampoco va por ahí anunciando vuestra relación precisamente.

—Estoy con Sebi en esta —dice Dax, lanzando despreocupadamente una botella de agua al aire antes de atraparla mejor de lo que atraparía cualquier pase mío—.

No todo el mundo está aquí jugando al ajedrez, Evans.

Hay gente que es simplemente... tonta. La chica probablemente cometió un error estúpido y se arrepiente de todo corazón.

—¡Evans! —brama la voz del entrenador desde la puerta.

La habitación se queda en silencio y la energía cambia.

—A mi despacho. Ahora.

Asiento y se me encoge el estómago. Miro a mi alrededor, pero nadie quiere cruzar la mirada conmigo porque saben que debo de haberla cagado de verdad si el entrenador quiere verme después de una victoria.

—Huy, huy —susurra Sebi—. Alguien está en problemas.

—Cállate —murmuro, cerrando mi bolsa—. Probablemente sea por el vídeo del partido.

—O a lo mejor van a darte otro premio —sugiere Reese—. Ese pase del segundo cuarto fue bastante espectacular.

—O a lo mejor por fin se ha enterado de que has estado colando a Honey en el vestuario a altas horas de la noche —añade Dax.

Me quedo helado, lanzándole una mirada a Dax.

Eso no es de dominio público, así que ¿cómo coño lo sabía?

Dax me señala triunfante. —¡Ja! ¡Lo sabía! Perro asqueroso. Un consejo de amigo: sus lazos del pelo son básicamente su marca registrada. Si aparece uno por aquí abajo, todos sabemos quién ha estado en el vestuario.

Pongo los ojos en blanco, sin dignarme a responderle, y salgo dedicándole un gesto con el dedo corazón. Eso provoca una ronda de risas entre el equipo mientras avanzo por el pasillo, pasando por delante de las fotos de los antiguos quarterbacks.

Carter Briggs... Beckett Slade... Jett Wallace...

Luego hay un espacio antes de Jacob Miller. No estoy seguro de para quién era, ni de por qué cambiamos a nuestros colores de uniforme alternativos después, pero no tengo tiempo para que me importe. Lo más importante es que mi foto será la que vaya después de la de Jacob.

Llamo suavemente a la puerta del despacho del entrenador.

—Adelante, Evans.

No levanta la vista cuando entro; está demasiado ocupado tachando algo con tanta agresividad que casi rompe el papel. Me dejo caer en la silla frente a él y miro de reojo la foto enmarcada de su hija, Bella, en la esquina de su escritorio, con lo que parece el Big Ben de fondo.

—Buen partido hoy —dice, dejando por fin el bolígrafo. Su tono es neutro, pero viniendo del entrenador, eso es básicamente una ovación de pie—. Tu precisión ha mejorado desde la semana pasada.

—Gracias, entrenador.