The Quarterback Draw (The Four Quarters Collection 2) 12. Capítulo 12
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12. Capítulo 12

Honey

M e despierto y me estiro, sintiendo el brazo de Zach apoyado sobre mi cintura. Todavía está oscuro y no tengo ni idea de qué hora es, pero no me importa. Durante un momento, me quedo ahí tumbada, escuchando su respiración acompasada, sintiendo el calor de su aliento contra mi espalda.

Hogar.

Así es como llamé a este lugar anoche. Así es como se siente ahora mismo, y ese es el problema, ¿no?

Porque cuando estoy aquí, no tengo que pensar.

No tengo que preocuparme por mi carrera, ni por las expectativas de mi padre, ni por quién podría o no estar aprovechándose de mí.

Puedo simplemente existir en la órbita de Zach.

Es agradable… por un tiempo. Hasta que esa voz en el fondo de mi cabeza pasa al primer plano de mi mente, haciéndome sentir tan insignificante y pequeña.

No es la intención de Zach, pero a veces es inevitable cuando él es tan grande.

Su presencia, su determinación, su capacidad para hacer que todo parezca fácil.

Es difícil explicar la sensación que tengo, y es aún peor porque Zach no lo ve.

Me muevo con cuidado, intentando no despertarlo, pero su brazo me rodea con más fuerza por instinto. Incluso dormido, quiere protegerme. Cuando su brazo se relaja, me deslizo fuera de la cama y cojo su camiseta de anoche, pasándomela por la cabeza. El tenue olor de Hail Mary’s me inunda.

Suspiro solo de pensar en lo de anoche, y la ansiedad se me revuelve en el estómago ante el recuerdo de Zach interrogando a Jenni delante de todo el mundo.

El modo en que se le puso la cara roja. El modo en que toda la mesa se quedó en silencio.

Sé que intentaba protegerme, pero Dios, fue humillante.

Para las dos. Jenni es mi amiga —mi única amiga de verdad aparte de Olivia, que está a estados de distancia— y él la trató como si fuera algún tipo de amenaza, y como si yo fuera demasiado ingenua para ver que me está utilizando.

Tal vez sea ingenua. Quizá eso es lo que todos piensan.

La pobre y pequeña Honey Sanderson, tan desesperada por tener amigos que no ve cuándo la están engañando; pero Jenni me defendió aquel primer día.

Ni siquiera me conocía y dio la cara por mí.

Eso tiene que significar algo, ¿verdad? Y anoche, incluso después de que Zach la avergonzara, siguió siendo dulce.

Siguió enviándome mensajes para asegurarse de que había llegado bien a casa.

Odio que haya una pequeña parte de mí —una parte que no quiero reconocer— que se pregunta si Zach vio algo que yo no vi.

Si su instinto con la gente es mejor que el mío porque ha tenido que lidiar con muchos interesados y oportunistas.

Pero no puedo pensar así. No puedo dejar que su paranoia se convierta en la mía, o nunca confiaré en nadie. Nunca tendré nada que sea solo mío.

Camino hacia su cómoda buscando una goma para el pelo, intentando alejar los pensamientos de anoche.

El cajón superior está ligeramente abierto y, mientras rebusco entre los calcetines blancos de Zach, encuentro un papel allí, notando la caligrafía claramente femenina.

Probablemente sea otra nota de una de las chicas que dejan balones de fútbol en su puerta. Veamos qué dice.

Z,

No olvides el sábado a las 14:00 en el taller. Come antes, ya que voy a necesitarte toda la tarde.

H.

Se me encoge el corazón porque eso no es lo que esperaba leer. ¿Quién coño es H y por qué va a verse con Zach el sábado?

—¿Honeycomb?

Doy un salto y me doy la vuelta para encontrar a Zach apoyado en un codo, con el pelo alborotado y los ojos todavía pesados por el sueño. —¿Qué estás haciendo?

Levanto la nota. —¿Qué es esto?

Él se incorpora, pasándose una mano por el pelo, y su expresión cambia por un segundo antes de que se dé cuenta de lo que tengo en la mano. —Solo una nota.

—¿De quién? ¿Quién es H?

—Nadie por quien debas preocuparte. —Cruza la habitación en tres zancadas, me quita la nota de la mano, le echa un vistazo, la arruga y la tira por encima del hombro como si no fuera nada. —En serio, nena.

—¿Una sorpresa? ¿De otra mujer con una caligrafía muy bonita?

Sus labios se curvan. —¿Crees que su letra es bonita?

—Zach.

—Honey. —Me acuna el rostro con las manos, acariciándome los pómulos con los pulgares—. ¿Confías en mí?

La pregunta queda suspendida entre nosotros, cargada con todo lo de anoche. Yo le pedí que confiara en mi criterio sobre Jenni. Ahora él me pide lo mismo.

—Sí —digo en voz baja—. Pero…

—Entonces confía en que todo lo que hago es por ti. —Inclina la cabeza, rozándome la oreja con los labios—. Déjame recordarte cuánto me vuelve loco que lleves mi ropa, y por qué quiero que estés aquí conmigo todo el tiempo.

Sus manos se deslizan bajo el dobladillo de la camiseta que llevo puesta, y debería protestar, debería exigir respuestas, pero el modo en que me está tocando hace que sea imposible pensar en otra cosa.

Me hace retroceder hacia la cama y, cuando la parte posterior de mis rodillas golpea el colchón, me dejo caer. Él me sigue, cubriendo mi cuerpo con el suyo, presionándome contra las sábanas con su peso de una forma que me hace sentir segura y atrapada al mismo tiempo.

—Honeycomb —murmura contra mi cuello, mientras su mano se desliza entre mis muslos—. Joder. Me encantas así.

—Zach —susurro.

Levanta la cabeza lo justo para mirarme. —Estás pensando demasiado —dice en voz baja—. Déjame ayudarte con eso un momento.

Me quita la camiseta y yo le dejo. Siempre lo hago, porque cuando me toca así es imposible no sentirse deseada.

Me planta un beso entre los pechos y luego otro por las costillas. —Sabes que soy tuyo —murmura—. ¿Verdad?

Se me cierra la garganta. —Zach…

—Lo soy —insiste suavemente, levantando la cabeza para encontrar mis ojos—. No importa lo que tengas en la cabeza. No importa lo que te dé miedo. Estoy aquí mismo.

Desliza un dedo dentro de mí, luego dos, curvándolos justo como me gusta.

Me arqueo contra su mano antes de que pueda evitarlo, dejando escapar un sonido suave y desvalido mientras sus dedos se mueven con ese ritmo pausado y experto que siempre me desmorona.

Observa mi rostro todo el tiempo, con los ojos oscuros y concentrados, como si estuviera memorizando cada ráfaga de placer que lo cruza.

—Eso es —jadea contra mi piel, rozando con los labios la parte inferior de mi pecho.

Añade su pulgar, rodeando mi clítoris con la presión perfecta, y mis caderas dan una sacudida. Mis manos buscan sus hombros, clavando las uñas mientras intento anclarme, pero él ya está en todas partes: dentro de mí, sobre mí, rodeándome.

—Zach —exhalo—. Se siente…

No puedo terminar la frase porque, en cuanto su pulgar rodea mi clítoris, me pierdo en esa bruma de cansancio mezclado con deseo. Me hundo en el colchón justo cuando mis muslos empiezan a temblar, y puedo sentir su atención centrada en mí.

Sabe que estoy cerca.

Me aferro a las sábanas, gimiendo su nombre con un grito roto y necesitado.

—Así, Honeycomb —gruñe contra mi cuello, con su voz retumbando a través de mí—. Deja que te oiga.

Mis caderas se frotan contra su mano, buscando el roce de sus dedos golpeando justo en el punto exacto.

Cuando su pulgar presiona y hace círculos, la presión aumenta hasta el punto de ebullición.

Intento que dure más, retorciéndome debajo de él, pero en cuanto sus dientes me muerden el cuello, sé que estoy perdida.

El orgasmo me atraviesa, feroz y absorbente. Mi espalda se arquea despegándose de la cama mientras me rompo alrededor de sus dedos, gritando su nombre hasta que se me irrita la garganta y la visión se me oscurece por los bordes.

Para cuando vuelvo en mí, me siento sin fuerzas y completamente deshecha.

Está oscuro y no tengo ni idea de qué hora es, pero eso es lo que pasa cuando vengo a casa de Zach. Pierdo el sentido de todo.

Aún jadeando, siento cómo saca lentamente sus dedos de mi interior antes de deslizarlos por mi cuerpo hasta llegar a mis labios.

—Prueba.

Mis labios se abren por instinto y él desliza sus dedos dentro.

Nuestras miradas se cruzan mientras succiono, pasando la lengua por cada gota de mí que impregna su piel.

Se le tensa la mandíbula, sus pupilas están dilatadas y, cuando gimo alrededor de sus dedos, él suelta un gruñido profundo en el pecho.

—Joder —jadea—. Vas a acabar conmigo.

Antes de que pueda recuperarme, me da la vuelta sobre el estómago en un movimiento fluido. Sus manos sujetan mis caderas y me levantan hasta que estoy de rodillas con la cara hundida en la almohada. Estoy totalmente abierta, temblando y ya rendida ante él.

Es entonces cuando siento la punta de su polla rozándome. Provocando. Atormentando.

No es suficiente.

—Por favor… —lloriqueo.

Se inclina sobre mí, con el pecho caliente contra mi espalda y su boca contra mi oreja. —Dilo, Honey. Dime qué quieres.

—Te quiero dentro de mí —suelto, con la voz quebrada por la desesperación—. Ahora.

Eso es todo lo que hace falta. Con una estocada fuerte, me llena por completo y me olvido de cómo hablar.

De cómo pensar. Todo lo que conozco es a él: cómo se siente cuando está dentro de mí, cómo se mueve.

Su ritmo es implacable, cada movimiento envía ondas de placer por mi cuerpo que siento hasta en la punta de los dedos.

Mi segundo orgasmo llega sin previo aviso, rompiendo sobre mí en oleadas que me dejan jadeando su nombre contra la almohada. Él lo sigue poco después, con su gemido de placer llenando la habitación.

Durante un momento, ninguno de los dos se mueve. No podemos. Es demasiado intenso.

Zach me planta un beso suave entre los omóplatos antes de salir de mí con delicadeza, rodando fuera de la cama y desapareciendo en el baño.

Cuando regresa, me presiona una toallita caliente en mi centro antes de masajearme para limpiarme. Con los ojos cerrados, suspiro contra las almohadas, en paz con el mundo cuando estoy aquí.

No me importa nada más. Solo estamos él y yo.

Retira la toallita y oigo cómo la tira a la cesta de la ropa sucia antes de deslizarse de nuevo en la cama y atraerme hacia él.

Cuando abro los ojos, lo primero que veo es la nota arrugada en el suelo donde Zach la tiró. Solo una pequeña bola blanca posada contra la madera oscura.

Se me revuelve el estómago, pero me obligo a respirar.

Tengo que confiar en él.

Eso es lo que le pedí que hiciera con Jenni, ¿no? Confiar en mi criterio. Confiar en que sé lo que hago. Y ahora él me pide lo mismo. Si no le doy eso —si analizo cada nota, cada mensaje, cada momento en que no está a mi lado—, ¿qué clase de relación tenemos entonces?

Zach no me engañaría. Lo sé. Lo conozco.

La nota no es nada, y tengo que dejar que sea solo eso.

—Tu padre vuela pronto, ¿verdad? —pregunta Zach en voz baja, mientras sus dedos dibujan formas perezosas en mi columna.

Parpadeo, apartando la vista del papel arrugado.

—Sí. La semana que viene —digo, acomodándome más profundamente en su calor—.

Quiere que vaya a la oficina de Indianápolis dos veces al mes hasta que empiecen las prácticas de verano.

—Se me encoge el estómago ante la perspectiva—.

Lo bueno es que St. Michael's ha aceptado que cuente para mis créditos, lo que significa que son flexibles para que mueva un par de mis clases optativas.

—Eso es genial, Honeycomb. ¿Cuáles son las clases optativas?

Lo pregunta con tanta calma y sutileza que me hace sonreír a pesar de que conozco la implicación tras esas palabras.

—Todavía no he declarado mi especialidad —digo, sintiéndome pequeña de nuevo; esa misma sensación de antes vuelve a aparecer—. Mi padre quiere que me decida por Derecho. Tengo que decidirme antes de fin de año, pero todavía no sé qué quiero hacer —admito en voz baja.

Me levanta la barbilla, obligándome a mirarle a los ojos. —No pasa nada —dice con dulzura—. No tienes por qué tenerlo todo claro ya.

—Pero tú sí. Tú sabes lo que quieres desde los, ¿qué?, ¿doce años? Vas a ir a la NFL. Tienes un plan. Un camino. Y yo solo soy… —Me callo.

—¿Y si nunca lo descubro? —susurro. Suena débil, frágil y patético, pero Zach es la única persona ante la que me sentiría cómoda diciendo algo así.

La sonrisa de Zach es tierna. —Entonces supongo que tendrás que casarte conmigo y ser mi mujer trofeo —bromea, intentando aligerar el ambiente—. No te preocupes. Te compraré todas las cosas brillantes y te besaré los tobillos antes del desayuno.

Me río a mi pesar, dándole un manotazo en el pecho. —Ya te gustaría, Evans.

—Cada maldito día —dice él, y aunque su tono es juguetón, veo la sinceridad en sus ojos—. Pero ya en serio, Honeycomb. No necesitas saber qué quieres hacer todavía. Explora. Descúbrelo a tu ritmo. Conmigo no hay límite de tiempo.

Me besa de nuevo, más profundamente esta vez, y dejo que sus palabras y su contacto me envuelvan. No hay límite de tiempo. Dejo que me abrace, sabiendo que su implacable seguridad en nosotros es lo único que ha tenido sentido jamás.