The Quarterback Draw (The Four Quarters Collection 2) 11. Capítulo 11
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11. Capítulo 11

Zach

L as paredes del Hail Mary prácticamente vibran por los vítores y las risas.

Las camisetas azules y blancas se mezclan entre sí.

Los cuerpos están pegados y las voces suenan altísimas.

Todo el mundo está eufórico por nuestra victoria...

y por la cerveza que hayan conseguido colar a pesar de la prohibición a los menores de edad.

Seis victorias. Cero derrotas. Somos intocables ahora mismo.

Excepto que yo no lo siento así.

Ni de lejos.

Mientras mis compañeros se regodean en la gloria, yo estoy plantado en el reservado de la esquina más oscura, medio repantingado y tomándome una cerveza sin alcohol, fingiendo que es algo más fuerte.

No puedo emborracharme; necesito tener la cabeza despejada porque al otro lado de la sala, Jenni sigue aquí.

Está sentada al lado de Honey, riendo con mis amigos como si se hubiera ganado un puesto en esa mesa.

No se lo ha ganado, y desde luego que no se ha ganado la amistad de Honey.

¿A qué coño está jugando?

—¿Planeas quedarte aquí sentado solo toda la noche?

—Mason se desliza en el reservado frente a mí con las cejas arqueadas en señal de desaprobación—.

¿Y deberías estar bebiendo eso? Sabes que media sala tiene los móviles fuera.

Una foto tuya bebiendo cualquier cosa de color ámbar y el entrenador te destripará el lunes.

Levanto la botella lo justo para enseñarle la etiqueta. —Sin alcohol. Soy un idiota, pero no soy un puto imbécil.

—Hola, chicos. —Reese se deja caer en el asiento al lado de Mason y yo solo levanto la vista un segundo, apenas saludándolo—. ¿A qué viene esa mirada asesina, Z?

Antes de que pueda responder, Dax se hace un hueco a mi lado con nulo instinto de supervivencia.

—Déjame adivinar, ¿problemas en el paraíso?

—Sonríe, mirándonos a ambos—. Este hombre ha estado dominado desde el instituto.

Solo ella o una derrota pueden convertir a nuestro líder de confianza en un neandertal gruñón.

—¿Ha pasado algo? —Reese escanea el bar siguiendo mi mirada—. Honey parecía feliz hace un rato.

—Y lo sigue siendo —mascullo—. Ese no es el problema.

No. El problema es la rubia que tiene al lado. La mano de Jenni está ahora en el hombro de Honey. Se inclina hacia ella, susurrándole algo que hace que Honey se ría, y yo aprieto el cuello de mi botella, intentando no imaginarme que es el suyo.

—Oh, joder. —Sebi aparece con una porción de pizza doblada por la mitad como un taco y un refresco—.

¿Por fin se arrepiente el pequeño Zachy de su política de «solo una chica»?

—Le da un mordisco enorme pero de alguna manera se las apaña para seguir hablando—.

En realidad no te culpo. Esa rubia con la que anda tu chica es un sueño húmedo con patas.

Quién sabe, si lo pides, igual están dispuestas a un trío.

Giro la cabeza hacia él de golpe y estoy a medio salir del reservado cuando Dax me pone una mano en el pecho.

—Tranquilo, tigre —dice—. Ya sabes que el cerebro de Sebi sufre un cortocircuito en algún punto entre su boca y su ego. Todos sabemos que tu estúpido corazón tiene tatuado un nombre y solo un nombre. Honey Sanderson.

Sebi se lame la salsa del pulgar. —Exacto.

Sin ofender a la reina. Si no quieres a la amiga, yo estaré más que encantado de entretenerla.

Quizá le gusten los tíos con un historial de ligues peligrosamente alto y trágicos problemas maternos.

—Luego, como el masoquista que es, levanta una mano y saluda—. ¡Eh, Honey! ¡Aquí!

Le lanzo una mirada asesina, pero él solo se encoge de hombros. —¿Qué? Le habrías hecho un agujero en la cabeza con tus rayos láser si no venía de todas formas.

Honey me ve y se le ilumina la cara. Coge la mano de Jenni y empieza a caminar hacia aquí.

Puto perfecto.

Dax se quita de en medio, abriendo los brazos mientras hace una reverencia hacia Honey. —M’lady —dice, haciendo que mi novia suelte una risita mientras se escabulle junto a él para entrar en el reservado a mi lado. Le paso un brazo por la cintura, aferrándome a su calor para calmarme.

—Has hecho que ese último avance pareciera fácil —dice, dándome un beso en la mejilla. Sus dedos se deslizan por debajo de la mesa, rozándome el muslo. Ese contacto es el último hilo de autocontrol que me queda.

—Evans no sabe lo que es difícil —dice Sebi, con una sonrisa burlona—. Bueno, excepto cuando él se...

—Termina esa frase y te juro por Dios que... —empiezo, pero Dax ya me está cortando.

—No le hagas caso a Sebi. El tío solo está cabreado porque alcanzó su punto máximo en el instituto —dice Dax, robándole una patata frita del plato a Sebi.

—Ya te gustaría —le espeta Sebi.

Mason y Reese se hacen a un lado, dejando espacio para Jenni, que ocupa el asiento sin siquiera dar las gracias. —Entonces, ¿qué se siente al estar invictos? Debéis de estar acostumbrados ya —dice con entusiasmo, con los ojos demasiado abiertos. Demasiado ansiosa—. Nunca he visto nada igual.

Entorno los ojos y la observo. Sí, definitivamente es ella la del porche, ¿pero de verdad va a sentarse aquí y fingir que no tiene ni idea de quién soy?

—¿Ves mucho fútbol americano, Jenn? —pregunto, incapaz de evitar el tono cortante.

Honey me da un codazo en las costillas, un silencioso « ¿pero qué te pasa? ». Pero Jenni se limita a reírse, totalmente impasible ante mi brusquedad.

—En realidad no. Soy más de béisbol o hockey.

Entorno los ojos, estudiándola. Ni siquiera se inmuta.

—¿Ah, sí? —Levanto mi bebida y tomo un sorbo lento—. ¿Entonces por qué estabas tan interesada en esos recuerdos de fútbol la semana pasada?

La mesa se queda en silencio y noto que Honey se tensa a mi lado. Puede que no sepa de qué estoy hablando, pero sabe que solo me quito la máscara de quarterback amable cuando estoy dispuesto a quemarlo todo.

—¿La semana pasada? —Honey se yergue en el asiento mientras se gira hacia mí.

Dejo el vaso en la mesa y señalo a Jenni. —¿Quieres explicarlo tú?

Jenni traga saliva y duda. —Me encontré con Zach hace unos días.

—¿Dónde te lo encontraste? —insiste Honey.

—Cerca de su casa.

Dax suelta un suspiro brusco y se rasca la nuca. —Esto es incómodo.

—¿Cómo sabías dónde vive? ¿Pensaba que no sabías quién era?

A Jenni se le drena el color de la cara.

—No lo sabía. No es tan malo como parece —se apresura a decir—.

Estaba pasando por allí, vi los balones de fútbol en el porche y me acordé de que me habías hablado de ellos.

Fue entonces cuando me di cuenta de que era la casa de Zach.

Intenté escribirte un mensaje, pero no se envió, así que subí y cogí un balón para mirarlo.

—Levanta la palma de la mano hacia mí—. Entonces Zach apareció de repente, me entró el pánico y le pedí que me firmara el balón.

Mira hacia abajo, claramente avergonzada, pero yo no me lo trago. A juzgar por la cara de mis compañeros, piensan que estoy siendo un capullo por sacarlo a relucir. Me da igual. Lo único que me importa es Honey y si alguien está intentando usarla.

Observo la cara de Honey mientras procesa la información. Primero confusión. Luego incomodidad.

Se me tensa la mandíbula.

—¿Pero entonces por qué me diste tu número?

Honey gira la cabeza bruscamente hacia Jenni. —¿Le diste tu número?

Jenni tiene ahora la cara carmesí y los ojos se le llenan de lágrimas. —Sí, se lo di, pero solo porque mencionaste que habías cambiado el tuyo hace poco. No estaba segura de si todavía lo tenías y esperaba que él pudiera pasártelo.

Arqueo una ceja, me inclino hacia atrás y observo cada una de sus pequeñas reacciones. —Mhm. ¿No dijiste «Guárdalo. Por si lo necesitas»?

—Sí. Para Honey. —Cierra los ojos y se tapa la cara un segundo—. Lo siento. No me expliqué bien. Estaba nerviosa y avergonzada. Muy parecida a como estoy ahora mismo.

—Y una mierda. —Las palabras salen antes de que pueda frenarlas.

—¡Zach! —El tono de Honey atraviesa mi enfado y me da un golpe en el pecho—. Para ya —masculla entre dientes, y miro a mi novia dándome cuenta de que tiene las mejillas tan rojas como las de Jenni.

La mesa está en silencio ahora. Incluso Sebi se ha quedado a medio bocado, dejando su pizza en el limbo, con los ojos muy abiertos como si estuviera presenciando un accidente de coche a cámara lenta.

Y es entonces cuando me doy cuenta de que he ido demasiado lejos.

No solo he presionado. He soltado el tema delante de todo el mundo. Ese no soy yo y me odio por ello. Odio haberla puesto a ella en esta posición y haber dejado que Jenni me provocara para que enseñara los colmillos cuando Honey necesitaba que confiara en ella.

—Voy a por una bebida —mascullo, saliendo del reservado por mi lado—. ¿Alguien quiere algo? —pregunto, negándome a establecer contacto visual.

Silencio.

Sí. La he cagado a lo grande.

Me alejo y me dirijo a la barra. Le pido otra cerveza sin alcohol al camarero con la mandíbula tan apretada que oigo cómo me rechinan los dientes.

—Muy fino, Evans —dice Reese con sorna mientras se acerca a mi lado—. Jodidamente fino.

—Miente —gruño, apenas manteniendo la voz bajo control—. Y Honey se lo está tragando todo porque es la primera persona que está siendo amable con ella aquí.

—Puede que sea así —dice él, bebiendo lo que sea que tenga en su vaso—. ¿Pero hacer explotar tu relación delante de medio equipo y de tu grupo de amigos? No es exactamente lo que yo llamaría una demostración de poder.

Miro de reojo hacia el reservado.

Honey habla animadamente con Dax y Sebi, intentando mantener la paz mientras su amiga me lanza puñales con la mirada. Ya no es la chica avergonzada o herida que acabo de dejar atrás, pero eso no quita que yo no debería haber actuado así.

—Lo sé —murmuro, más para mí mismo que para cualquier otro—. La he cagado.

—Mira, no digo que te equivoques con ella —dice Reese, inclinándose más cerca—. Definitivamente pasa algo raro. No hay duda, pero tienes que ser más inteligente con esto. Busca a Honey a solas. Explícale la situación. Con calma.