The Quarterback Draw (The Four Quarters Collection 2) 10. Capítulo 10 #2
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10. Capítulo 10 #2

La defensa de Covey se alinea rápido, pero un tipo se toma su tiempo. Jackson James.

—Vaya, Evans —dice arrastrando las palabras—. Lanzar un mal pase y que nadie se dé cuenta. Estás viviendo el sueño.

No lo miro. —Alineación —le digo a mi equipo secamente.

Jackson se ríe.

—Relájate —dice—. Tengo envidia. Yo la cago una vez y es una sesión entera de vídeo con el equipo.

Se me tensa la mandíbula.

Jackson adopta su posición, todavía sonriendo a través de los barrotes de su casco. —Buena suerte.

Lo ignoro, pido la jugada y en el segundo en que el center me pasa el balón, entro en trance.

Jackson sale disparado de la línea en cuanto el bolsillo colapsa y yo suelto el balón justo antes del impacto.

Es limpio y preciso, y mientras recibo el golpe y caigo al suelo, oigo de nuevo la voz de Jackson, justo a mi oído.

—Mejor —dice—. Pero no lo suficiente.

Me ruedo sobre la espalda, mirando hacia los focos, con el pecho ardiendo. Inspiro profundamente y me incorporo, soltando el aire y obligando al dolor de mis costillas a desaparecer.

Mejor… pero no lo suficiente.

Tiene razón. Necesito concentrarme. Me pongo en pie y troto de vuelta al corro, ignorándolo todo, incluida a la chica de las gradas que está de pie junto a mi chica.

Las siguientes jugadas se suceden entre pases rápidos y lanzamientos ajustados. Dejo de buscar la jugada espectacular y acepto lo que la defensa me concede. Cinco yardas. Siete. Mover las cadenas. Reiniciar. Reese atrapa un pase inclinado para otro touchdown.

Al llegar al descanso, vamos ganando 21-14. He conseguido anotar tres touchdowns sin intercepciones. Puede que parezca que va bien sobre el papel, pero noto lo descuidado que estoy siendo. Tengo la cabeza en mil sitios y el inicio de la segunda mitad lo demuestra.

En mi primera jugada ofensiva, me interceptan porque Jackson se me echa encima demasiado rápido.

Tumbado en el suelo, veo a Coach a un lado gritándome, pero apenas lo oigo. Todo porque estoy mirando hacia las gradas, donde Jenni tiene el brazo pasado por encima de los hombros de Honey con esa sonrisita de suficiencia plantada en la cara.

Hazlo mejor, Evans.

Cuando tengo mi siguiente oportunidad en el campo, estamos empatados, 21-21, y la presión es máxima.

Lástima que le lanzo a Reese un pase demasiado largo por cinco yardas. La maldita jugada más fácil del libro y la he fastidiado.

Me quito el casco de un tirón en la banda y el resto del equipo me deja espacio. Después de mi actuación hasta ahora, lo necesito.

Cuando convoco al equipo para el huddle, siento su frustración. Sebi tiene la mandíbula tensa, Dax refunfuña entre dientes, incluso Mason parece nervioso.

¿Y yo? Estoy ardiendo vivo dentro de esta camiseta porque Honey sigue ahí arriba, riendo, confiando en la chica equivocada mientras yo estoy aquí, desesperado por una victoria.

—Terminamos esto. Sin errores. Confiad en mí.

De vuelta al juego, avanzamos a duras penas por el campo con pases cortos y carreras improvisadas en terceros downs… No es bonito, pero funciona. Para cuando llegamos al centro del campo, quedan cincuenta segundos.

Coach pide un tiempo muerto y me agarra del brazo. —¿Lo ves?

—Sí —le suelto, ya concentrado al máximo—. Sus DB están demasiado adelantados. Reese puede desmarcarse y podemos terminar con esto.

Él asienta y yo vuelvo a la formación.

Snap.

Retrocedo y, cuando veo que Reese tiene espacio, lanzo el balón con todas mis fuerzas.

Lo atrapa limpiamente y llega hasta el final.

Touchdown.

28 – 21

Quedan 10 segundos en el reloj.

Se acabó el partido. De alguna manera, incluso jugando en mi peor versión, hemos ganado.

El estadio estalla y mis compañeros se amontonan sobre mí, pero todo es ruido de fondo, porque mis ojos están clavados en un solo punto.

En ella.

Ese lanzamiento no ha sido solo para ganar el partido; ha sido una advertencia para Jenni y para cualquier otro lo bastante estúpido como para intentar meterse conmigo.

Yo no pierdo. No aquí fuera. Ni con ella.

Honey salta arriba y abajo, gritando con todas sus fuerzas mientras Jenni aplaude educadamente a su lado y, cuando nuestras miradas se cruzan, ella me guiña un ojo.

Me. Guiña. Un. Ojo.

¿En serio?

Sí, definitivamente es ella, y me está provocando de mala manera.

Una mano se cierra sobre mi hombro, arrastrándome de vuelta a las celebraciones mientras nos dirigimos al huddle de después del partido.

La voz de Coach corta el ruido. —Eso es lo que hacen los campeones. Encuentran la forma de ganar cuando más importa.

—¡Fiesta en Hail Mary’s! —grita Sebi cuando rompemos la formación—. ¡La primera ronda corre a cargo de Evans por ese precioso lanzamiento final!

—Qué va, que pague Dax —rebate Reese, chocando el hombro con Dax—. Ha dudado de Zach durante todo el maldito partido.

Dax pone los ojos en blanco. —Vale, pero Evans paga las pizzas.

—Trato hecho —acepto, sintiéndome ya mejor rodeado de estos idiotas que me mantienen centrado—. Pero dadme un minuto primero. Tengo que encontrar a Honey.

—Ah, le he saludado con la mano desde el campo. Está impresionante con tu camiseta —comenta Sebi, moviendo las cejas.

Mason le suelta un viaje en la nuca con un chasquido satisfactorio. —Ten un poco de respeto, tío.

—¡¿Qué?! ¡Era un cumplido!

Ignorando a mis compañeros, troto hacia el túnel con el casco en la mano y localizo a Honey al instante.

Está apoyada contra la barandilla de la banda. Tiene los ojos clavados en los míos con esa sonrisita de felicidad absoluta en la cara. Su coleta está un poco despeinada de tanto saltar, su lazo dorado sigue sujeto como una corona y, por un segundo, se me olvida cómo respirar.

Está saludando, riendo, jodidamente radiante.

Cuando llego a la barandilla, me agarro al borde y salto hacia ella. Mis pies tocan el suelo a su lado y ella me rodea el cuello con los brazos en un instante.

—¡Zach! —exclama, eufórica y sofocada—. Esa última jugada…

La interrumpo con un beso porque no puedo esperar ni un segundo más.

Victoria y hogar.

A eso sabe ella, y es todo lo que voy a necesitar jamás.

—Te veo fuera —le susurro contra los labios—. Iré lo más rápido que pueda.

Ella asiente, sin aliento, y la beso de nuevo antes de volver a bajar de un salto y trotar hacia los chicos. Cuando me reúno con ellos, Reese me pasa un brazo por los hombros.

Sebi se acerca a su lado con una sonrisa. —¿Vas a convertir en una costumbre eso de lanzar pases ganadores cuando ella está aquí? Porque yo mismo le compraré un abono de temporada.

—Cállate —le corto, captando ya el familiar destello rubio por el rabillo del ojo. Jenni, colocándose al lado de Honey. Sigue aquí. Sigue sonriendo.

El subidón empieza a desvanecerse y una rabia fría se abre paso en mi pecho.

Reese me da un codazo, dándose cuenta de inmediato. —¿Estás bien?

Miento. —Sí. Vamos a prepararnos y larguémonos de aquí.

Necesito respuestas antes de empezar a lanzar acusaciones.

Al salir del estadio, veo a mi chica cerca de la puerta de salida, justo después del control de seguridad, de pie tras una fila de estudiantes y patrocinadores.

Está dando saltitos sobre las puntas de los pies mientras escanea a mis compañeros, buscándome.

Me deslizo por un hueco en la valla y troto hacia allí antes de que ningún reportero pueda pararme para hacerme más preguntas.

Ya he contestado a bastantes en la entrevista postpartido.

Mis pasos se ralentizan al observarla.

La sensación me golpea de la misma forma que siempre. La calma. La certeza. No importa lo ruidosa que sea la noche o lo duro que sea el partido, esta parte nunca cambia.

Nunca. Jamás me cansaré de ella.

Cuando Honey me ve, se le ilumina la cara y todo lo demás se vuelve borroso por un segundo porque ella es todo lo que necesitaré jamás.

Cuando llego a su altura, la rodeo con mis brazos antes de que pueda decir nada. Se funde conmigo como hace siempre. Desliza sus brazos alrededor de mi cintura y levanta la barbilla, esperando un beso.

No la hago esperar y presiono mis labios contra los suyos.

—Has estado increíble esta noche —murmura con los ojos cerrados y una expresión de felicidad absoluta.

—¿Te casas conmigo? —le susurro para que solo ella pueda oírme.

Eso la hace reír y me da un golpecito suave en el pecho. —Para ya.