The Quarterback Draw (The Four Quarters Collection 2) 9. Capítulo 9 #2
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9. Capítulo 9 #2

—Me han ofrecido unas prácticas —suelto de golpe—. En un bufete de abogados, lo cual contaría para mis créditos de este año.

Jenni se anima al instante. —¡Madre mía! Eso es increíble. La gente mataría por una oportunidad así.

—Mjm.

Quizá lo harían. Puede que lo merezcan más que yo también. Yo no me lo merezco. Ni siquiera sé si lo quiero, pero aquí estoy, planteándome vender una parte de mí solo para proteger a la gente que quiero.

Zach lo haría sin pensárselo y, sin embargo, aquí estoy yo, todavía dándole vueltas más de una semana después.

—¿Por qué parece que es un problema?

—Porque es complicado. —Miro hacia mis manos, sintiéndome inútil de nuevo—. No se trata solo del trabajo. Es por todas las implicaciones que conlleva.

—Espera. —Sus ojos se entrecierran un poco, sus labios se tuercen en un gesto pensativo—. ¿Significa esto que te vas a... trasladar?

—¿Qué? —Parpadeo—. No.

—Quiero decir, tendría sentido —dice con un leve encogimiento de hombros—. Una gran oferta de trabajo, algo de drama con Zach, quizá necesites empezar de cero...

—No me voy a trasladar —digo con firmeza y, tal vez, con más brusquedad de la que pretendía—. El trabajo es una buena oportunidad, solo que aún no he decidido si es lo correcto para mí , ¿entiendes?

—Lo pillo, pero suena un poco a que lo estás descartando antes de intentarlo siquiera.

—Es que Zach...

Jenni levanta la mano. —Hala, espera. ¿En serio me vas a decir que Zach no quiere que lo hagas? ¿Que no te está apoyando? —Hace una pausa y me mira fijamente—. El tío al que le ha caído del cielo una de las mayores oportunidades y no es capaz de alegrarse por ti.

—No es...

Me detengo antes de divulgar más detalles de mi vida personal. Por eso debería haber hablado con Olivia. Ella conoce a Zach. Entiende nuestra dinámica.

—Vale, mira, lo siento. No conozco a tu novio ni vuestra relación.

Me he pasado de la raya, pero solo digo que si alguien te ofrece un puesto que podría ayudarte a construir tu propio futuro, vale la pena considerarlo.

No le des tantas vueltas. Pruébalo y, si es un asco, déjalo.

—Se encoge de hombros como si no fuera gran cosa—.

Al menos así podrás decir que lo has intentado.

Asiento, mordiéndome el labio inferior. Tiene razón, aunque no conoce a mi padre ni lo difícil que me pondría salir de un contrato de cinco años, ¿pero eso me importa? Intercambiar cinco años de mi vida para que Tiff y Ella sean libres me parece un trato bastante bueno.

—Me lo pensaré —digo, sabiendo que no tengo mucho tiempo para tomar una decisión ya que mi padre ya me ha llamado tres veces esta mañana.

—Bien.

—Yo, esto, debería irme ya. —Recojo mis cosas, sintiéndome por alguna razón peor que antes. Menuda forma de aclarar las cosas.

—Yo también —suelta Jenni distraída—. Chris termina el entrenamiento en una hora. Hemos quedado en ese café de gatos que hay fuera del campus. Deberías venir si estás por allí. Tómate algo. Acaricia a un gato atigrado rescatado y triste. Escapa de tu crisis existencial.

Mi móvil vibra.

No miro. Ya sé quién es. Mi padre.

—Hoy no puedo —murmuro—. De verdad que tengo que hablar con alguien del bufete sobre el trabajo.

Jenni arquea una ceja, con los labios temblando como si intentara no sonreír de más. —Mírate, toda responsable y madura. Actúas de una forma tan adulta que casi me da náuseas —bromea, pero hay algo en su tono que no alcanzo a descifrar—. ¿Lo dejamos para la próxima, entonces?

—Sin duda.

—Muy bien, bueno, me tengo que ir, pero buena suerte, amiga. Espero que lo soluciones todo.

Amiga.

Hacía mucho tiempo que no escuchaba eso de alguien que no fuera Olivia.

Jenni se echa el bolso al hombro y, tras un gesto de despedida con la mano, me quedo sola en la mesa del almuerzo con un teléfono que no deja de vibrar.

Abro mis mensajes, ignorando las llamadas de mi padre, y busco el nombre de Olivia. Nuestro último mensaje es de hace tres días. Solo fue para ponernos al día rápidamente. Nada profundo, porque no hemos tenido tiempo de hablar de verdad en unas cuantas semanas.

Le envío un mensaje rápido.

Honey: Te echo de menos. Las cosas se están volviendo locas.

Cuando no aparece el visto inmediatamente, bloqueo el móvil, solo para que se ilumine de nuevo.

Papá llamando

La foto de mi padre me devuelve la mirada desde la pantalla del teléfono, observándome como si ya supiera que soy de su propiedad.

A la mierda.

Sé lo que voy a hacer. Solo hay una cosa que puedo hacer ante una oportunidad como esta. Tengo que aprovecharla, pero será bajo mis condiciones.

Acepto la llamada.

—Hunniford. —Sin saludo. Sin calidez. Solo mi nombre, despojado de todo afecto como un juego de poder emocional.

—Padre —respondo con calma, tragándome la amargura que me cubre la parte posterior de la garganta.

—¿Por fin respondes para aceptar mi oferta, Hunniford? Si no es así, no sé cuánto tiempo más podré mantener el trato sobre la mesa.

Suelto una risa breve e incrédula.

—No acepto tu oferta. Estoy aquí para negociar.

Silencio.

Luego le oigo moverse; probablemente esté sorprendido de que su querida hija contraataque con una petición. Es algo muy poco propio de una Hunniford, pero últimamente intento ser un poco más directa con lo que quiero.

—Estás negociando. —Suena casi... ¿impresionado?

—Aprendí del mejor.

—Está bien. Bueno, ¿qué es lo que quieres?

—Te daré tres años, no cinco —digo—. Haré prácticas durante toda mi etapa universitaria, veranos incluidos. Una vez que me gradúe, decidiré si quiero continuar.

Otra pausa. No es larga, pero sí lo suficiente para hacerme saber que está procesando mi propuesta. Esto no es una conversación. Es una partida de ajedrez.

Él suelta una risita, un sonido tan inesperado que por un momento me descoloca. —Tres años apenas es tiempo suficiente para formarte adecuadamente...

—Es tiempo suficiente para ver si tengo algún interés en ser formada —replico—.

No voy a comprometer todo mi futuro a algo que ni siquiera he probado todavía.

Tres años es tiempo suficiente para que hagas...

lo que sea que planees hacer con Jamie, y así obtienes tu preciado legado Sanderson sin que yo tenga que vender mi alma en este mismo instante.

Sigue en silencio.

Aprovecho mi ventaja. —A cambio, retiras la demanda contra Tiff inmediatamente. Custodia total para ella, sin condiciones.

A través del teléfono, oigo el golpeteo de un bolígrafo sobre el escritorio.

—¿Unas prácticas este verano, y luego un último verano después del año que viene? —aclara él.

—Exactamente —confirmo—. Dos veranos en total, pero tres años universitarios de compromiso y luego volvemos a evaluar.

—¿Y si decides no quedarte? —Su tono es casi de curiosidad.

—Entonces me iré con una experiencia valiosa, tú habrás obtenido tres años de mi tiempo y ambos seguiremos adelante.

Más golpeteos. Contengo la respiración.

—Supongo que podría presentar esto a los socios como una... fase de prueba —dice finalmente—. Una oportunidad para preparar a la próxima generación sin precipitarse en acuerdos permanentes.

Exhalo lentamente. —¿Es tu forma de decir que tenemos un trato?

—Tenemos un trato —confirma—. El caso de Tiffany se retirará en el minuto en que firmes el contrato, y te unirás a nosotros para un programa de prácticas de tres años, tras el cual... reevaluaremos tu futuro en el bufete.

Una oleada de alivio me invade con tanta fuerza que casi me expulsa el aire de los pulmones. Por un momento, me quedo ahí sentada, parpadeando hacia la pared, dejando que la realidad cale en mí.

¿Acabo de hacer esto? ¿Acabo de eliminar años de estrés para Zach y su familia?

Tiff y Ella serán libres.

No «quizás». No «con suerte». No «algún día».

Ahora.

Libres para hacer las maletas, despedirse de Connecticut para siempre y empezar de cero en Indiana sin la sombra del nombre Nicks respirándoles en la nuca. Libres de las amenazas judiciales y de los juicios susurrados.

Zach por fin podrá descansar y centrarse solo en la universidad y en el fútbol. Como debería haber sido siempre para él.

—Trabajarás con algunos de nuestros mejores asociados —continúa mi padre, cambiando de tema con fluidez—. Aprendiendo el negocio desde la base.

—¿Qué pasa con Jamie? —pregunto, incapaz de contenerme—. ¿Estará él allí?

No he visto a Jamie desde que nos graduamos en el instituto. Ahora está en Southern Collegiate y, por lo que sé, debe de estar dejando embarazada a media universidad.

Hay una breve pausa. —No tendrás que preocuparte por Jamie —dice con desdén—. Vuestros caminos no se cruzarán.

Lo cual es mentira, obviamente. Jamie siempre fue el futuro príncipe heredero de la mitad Nicks del imperio. Siempre en el centro de todo. Siempre demasiado encantador por su propio bien.

—Entonces... ¿le parece bien este acuerdo? —insisto, queriendo saber más sobre lo que mi padre tiene planeado—. ¿Que yo me una al bufete?

—Los preparativos ya están hechos, Hunniford —dice mi padre, con un tono que indica que ha terminado de hablar de Jamie—. Céntrate en tus prácticas. Deja el resto en mis manos.

Quiere a Jamie fuera, de eso no hay duda, pero sigo sin tener claro cómo voy a ayudarle con eso.

—¿Qué haré exactamente durante estas prácticas? —pregunto, decidiendo cambiar de enfoque por ahora.

—Rotarás por los departamentos. Investigación jurídica, preparación de casos, atención a clientes, lo habitual. —Su tono es cortante y clínico—. Pero si eres tan capaz como creo, hay margen para más. Este podría ser tu legado... si así lo decides.

La palabra «legado» queda suspendida en el aire entre nosotros.

Mi padre lleva hablando del legado Sanderson desde que tengo uso de razón.

Siempre se presentó como mi derecho de nacimiento, mi deber.

Nunca como una elección. Es lo que me empujó hacia Jamie en primer lugar, lo que casi me atrapa en una vida que nunca quise pero que creía desear.

—Tres años —le recuerdo—. Ese fue nuestro trato. Después de eso, yo decido lo que quiero.