8. Capítulo 8
Zach
M ike: ¿Has visto a Hailey?
Hago una pausa al leer el mensaje de mi amigo. Luego miro por encima del hombro, asegurándome de que nadie pueda verlo antes de atreverme a responder.
Zach: Sí, justo después del entrenamiento.
Mike: ¿Honey no se ha enterado?
Zach: No, y así va a seguir siendo.
Mike: Esto no me gusta.
Zach: ¿Qué es lo que no te gusta?
Mike: Guardar secretos. No solo a Honey, sino a mi propia mujer. Olivia me matará si se entera de que sabía esto y no se lo dije.
Zach: Por eso no se va a enterar. No pasa nada. Nadie necesita saberlo, de todos modos.
Mike: Lo que tú digas, tío. Solo no vengas llorándome cuando esto te estalle en la cara.
Me guardo el móvil en el bolsillo con una mueca. Mike es un dramático. No es tan malo.
Doy un paso hacia la casa y me detengo en seco al ver a una chica con la cara pegada a la ventana delantera.
—¿Puedo ayudarte? —pregunto lo bastante alto como para hacerla saltar.
Sinceramente, ¿qué cojones está haciendo?
La chica se da la vuelta, y su coleta rubia casi le azota la cara por el movimiento. Vestida con el verde del St. Michael, abraza un balón de fútbol contra su pecho como si en él residiera su último ápice de dignidad.
Genial. Otra fan invadiendo mi propiedad porque se cree que soy de dominio público.
Exactamente por esto necesito una verja, o un puto foso… con cocodrilos.
Me apoyo en el poste del porche con los brazos cruzados. —Estás en mi propiedad.
—¡Hola! —dice con voz cantarada, animada a más no poder—. Zach. He oído hablar mucho de ti.
Sí, me lo imagino. Casi puedo ver los hashtags en sus ojos. #CrushQB #MaterialDeEsposa #PasabaPorElBarrioDeCasualidad
No me muevo. No sonrío. Dejo que el silencio haga el trabajo pesado.
—Estás en mi porche —repito, esta vez más despacio, por si tiene problemas de oído o está drogada de ilusión.
Ella contiene el aliento, intentando recomponerse. Recorre mi cuerpo con la mirada sin ningún pudor. Podría estar sin camiseta o llevando una bolsa de basura y daría igual; ya está imaginando la versión de fantasía de mí que cree que se merece.
—¡Cierto! Lo siento —dice con una risa nerviosa, echándose la coleta por encima del hombro—. Es que… no quería parecer una psicópata dejando esto sin saludar primero.
Demasiado tarde.
Miro el balón, arrepintiéndome de haber firmado aquel primer balón que dejaron en mi porche.
—Debería haber imaginado que aún no estarías en casa —continúa, dando vueltas al balón entre sus manos—. Tu sesión de entrenamiento ha terminado hace solo una hora. Tienes que ducharte, cambiarte y probablemente hacer cosas en el campus antes de volver aquí.
—¿Te conoces mi horario?
Me dedica una sonrisa divertida. —No tu horario, pero conozco el horario del equipo.
—Vale.
Alerta por acosadora: Nivel Naranja.
Sus ojos recorren mi cuerpo de una forma que me revuelve el estómago, no porque no lo haya visto antes, sino porque ya sé lo que quiere.
A diferencia de las chicas de South Point, que me miraban como una forma de cabrear a sus papis, esta quiere el derecho a presumir.
Influencia. Un puto bocado de la NFL, como si yo fuera algún contrato de patrocinio en el que pudiera meterse a base de follar.
Gira lentamente el balón en su mano, acercándose a mí, e instintivamente doy un paso atrás.
—Solo esperaba que me firmaras esto. —Lo levanta, ofreciéndome una sonrisa agradable.
—Claro. —Alargo la mano para coger el balón, asumiendo que cuanto antes lo firme, antes se marchará—. ¿Tienes un rotulador?
—¡Ah, sí! —dice, tan animada que me provoca migraña. Se arquea, literalmente se arquea, para meter la mano en su bolsillo trasero, haciendo que sus pechos cobren todo el protagonismo. El Sharpie que saca bien podría estar empapado en desesperación.
Lo firmo rápido y luego le devuelvo el rotulador y el balón de un toque antes de que pueda acercarse más.
Se queda mirando la firma, pasando el pulgar por encima como si imaginara tatuársela en el culo. —Tu letra es tan… varonil —se ríe tontamente—. ¿Firmas todos tus balones así?
No. No voy a reaccionar. La única persona que puede decir cosas vagamente sexuales sobre mis balones es Honey.
Preferiblemente mientras está de rodillas en el suelo, masajeando dichos balones.
De cualquier forma, cualquier esperanza de librarme de ella rápido salió volando por la ventana con su comentario, porque ahora me está mirando, esperando que le responda.
Señalo la puerta. —¿Necesitas algo más? Tengo que entrar y llamar a mi entrenador.
Es mentira, pero diré cualquier cosa para sacarla de aquí.
Su sonrisa flaquea. ¿De verdad pensaba que iba a invitarla a entrar?
Se recompone rápidamente y vuelve a esbozar una amplia sonrisa. —No hay problema. Sé que eres un hombre ocupado, pero antes de irme, también quería darte algo.
Aquí viene. El pase desesperado del último minuto.
Saca una tarjeta de su bolsillo y me la tiende. Tiene las uñas hechas con un brillo color carne, y su mano tiembla lo justo para que se note.
No quiero cogerla, pero lo hago. Por hábito. Por puta cortesía, algo en lo que realmente tengo que trabajar para eliminarlo.
No me molesto en darle la vuelta, sabiendo de sobra que tendrá su nombre, su número y probablemente un corazoncito dibujado para rematar.
Se la devuelvo con una sonrisa forzada. —Agradezco el ofrecimiento —digo, con la voz gélida y sin calidez alguna—, pero no voy a necesitar esto. Tengo una relación estable con mi novia de hace mucho tiempo.
Honey odia que la use como excusa de esta manera, pero es la verdad, y estoy harto de que todas estas tías me adulen porque creen que voy a ser su primer marido rico.
No soy tan estúpido.
Fui a South Point Prep, después de todo. Aquella beca valió para algo.
Ella se encoge de hombros, rechazando mi mano y dejando la nota en la mía. —Tengo la sensación de que hablaremos pronto, quieras o no. —Sus ojos se desvían a la tarjeta—. Guárdala por si la necesitas.
Apretando los dientes, arrugo el papel en mi mano porque es la única forma de evitar tirárselo a la cara.
¿De verdad pensaba que Honey era reemplazable?
—Nos vemos —suelto con brusquedad antes de pasar por su lado y abrir la puerta de un empujón porque he terminado con esta conversación.
En cuanto se cierra tras de mí, tiro la tarjeta a la basura.
Con fuerza. Por esto estoy tan empeñado en casarme con Honey.
No es porque quiera poseerla o controlarla.
Me da igual si lo único que quiere hacer el resto de su vida es criar cabras pigmeas.
Quiero un anillo en su dedo para que todas las tías como esa sepan que estoy pillado, y se alejen de una puta vez.
Toc. Toc. Toc.
Se me tensa la mandíbula y la frustración me recorre los huesos porque si es esa chica otra vez, no voy a poder ocultar mi lado capullo. Le he firmado el balón y le he dejado muy claro que no me interesaba. Abro la puerta de un tirón, dispuesto a mostrarle mi lado menos amable.
Pero no es ella.
Es ella.
—¿Honey?
Así, sin más, mi enfado se disipa. Está aquí. Ya la estoy estrechando entre mis brazos, mis labios buscando los suyos como si fuera un instinto natural. Cuando ella no me corresponde, me quedo helado.
Con las manos en sus hombros, me separo y la observo. Está pálida. Sus ojos están más oscuros de lo habitual. Algo va mal.
—Honey, ¿qué pasa?
No responde de inmediato. Solo me mira, pero veo el miedo en sus ojos.
—¿Esas chicas han vuelto a hacer algo?
Mis dedos se aprietan ligeramente mientras mi cuerpo se pone en alerta máxima, dispuesto a cargarme una residencia entera si hace falta.
Entonces, por fin dice: —Es mi padre. Ha venido a verme.
Todo dentro de mí se detiene mientras intento procesar esto.
—¿Lo ha hecho? ¿Cuándo?
—Mmm, hace un momento. Me ha encontrado en el campus.
Así que aquellas llamadas no eran solo amenazas. Se ha presentado de verdad. Sin invitación. En su terreno.
—¿Ha venido en avión?
—Sí —dice con una risa amarga, pasando a mi lado antes de dejarse caer en el sofá. La sigo de cerca, pero no la toco. Necesito dejar que ella tome la iniciativa.
—Y me ha ofrecido un trabajo.
¿Un trabajo?
¿Por qué la idea me llena de pavor?
—¿Dónde? —pregunto, intentando ocultar la incertidumbre en mi voz.
Le tiemblan un poco las manos. Juguetea con el dobladillo de su camiseta y yo alargo la mano, cubriendo las suyas con las mías, haciendo que se centre en mí.
—¿Dónde si no? —susurra—. Sanderson y Nicks.
Se me hiela la sangre.
Sigue intentando que trabaje en el bufete familiar. La dinastía. El altar en el que planeaban sacrificarla justo al lado de Jamie Nicks.
Esto no me gusta nada.
—Pero ¿no habías rechazado ya el trabajo porque no querías casarte con Jamie? —Pongo los ojos en blanco ante la idea.
Si alguien pensaba que Honey y yo íbamos a estar con otras personas, se había equivocado de historia.
Ella asiente despacio. —Sí. Lo rechacé. Jamie aceptó su puesto y está de prácticas en este momento.
Claro que lo hizo. El puto niño de oro con mandíbula de fondo de inversión.
—Entonces, ¿es esta la forma rara que tiene tu padre de intentar que vuelvas con Jamie? —Intento sonar calmado, pero cada fibra de mi ser piensa que esto es una trampa. Aun así, necesito escucharla antes de decir nada.
Ella niega con la cabeza. —No. Esta es una oferta diferente. Al parecer, ahora odia a Jamie. Lo quiere fuera de la empresa por completo.
—¿Lo quiere fuera de la empresa por completo? ¿Se ha olvidado de que el nombre de la empresa es Sanderson y Nicks ? Seguramente sea un poco difícil deshacerse de la persona que posee literalmente la mitad.
—No estoy segura, pero ha dicho que si entro, si me gano la confianza suficiente, podría inclinar la balanza. Ayudarle de alguna forma a conseguir la participación mayoritaria.
Suelto una carcajada, cortante y amarga. —O sea que el compromiso forzado no funcionó, ¿y ahora quiere que seas su caballo de Troya corporativo? Joder. Los ricos realmente hacen del terrorismo emocional una forma de arte.
Ella se encoge de hombros, un movimiento que es apenas un susurro. —Sí.
—Has dicho que no, ¿verdad?