7. Capítulo 7 #3
Claro. Bailey. Acaba de hacer pública su relación con algún jugador de béisbol. Sam Brennon, creo. Internet prácticamente implosionó con la noticia y el mundo descubrió el béisbol de los Carolina Catfish de la noche a la mañana.
—Bueno, nunca se sabe cuánto hay de verdad en los tabloides.
—Mjm. Sí. —Sube la mirada y luego se queda petrificado—.
Eh, Honey, hay un hombre de traje mirándote.
Y cuando digo mirándote, quiero decir fulminándote con la mirada.
Al principio pensé que tal vez se había olvidado las gafas o que tenía cara de asesino por naturaleza, pero no, definitivamente está planeando la muerte de alguien. Posiblemente la mía.
—¿Por qué iba Zach a llevar traje?
Chris señala con la barbilla hacia el edificio de ciencias. Sigo su visual e inmediatamente me quedo inmóvil.
Oh, no.
—¿Papá?
¿Qué demonios hace aquí?
Suelto un bufido y cierro los ojos, recomponiéndome.
—Eh, lo siento, Chris. Tengo que ir con él, y no te preocupes, no es tu muerte la que está planeando. Es la mía.
Chris me hace un gesto para que vaya, sin inmutarse, mientras recojo los restos de mi comida y los tiro a la basura. Mi padre observa cada uno de mis pasos lentos y deliberados mientras me acerco, con la mandíbula tensándose ligeramente.
Debe de haber venido en el jet privado, lo que hace que esto sea aún peor.
Mierda, tal vez debería haber respondido al teléfono.
—¿Papá? —digo cuando llego a su altura, manteniendo la voz neutra.
No sonríe ni se mueve. Solo me observa. La hija a la que no ha visto en dos meses. —Hunniford, me alegra volver a verte. —Se ajusta los gemelos—. ¿Ese es tu nuevo novio? Sabía que acabarías aburriéndote del futbolista tarde o temprano. Este parece menos problemático. Aunque sigue sin ser un Nicks.
Me trago la rabia. Nunca le he gritado realmente a mi padre, pero en momentos como este, desearía de verdad tener el valor de hacerlo.
—No. Está en mi clase y, a diferencia de Jamie, yo sí puedo hablar con alguien del sexo opuesto sin estar saliendo con él.
Mantengo la educación. Por poco. Si me permitiera hablar con total libertad, le recordaría que Jamie, su chico de oro, se había acostado con media Nueva Inglaterra cuando estábamos en el último año.
Ni siquiera se acordaba de la chica a la que dejó embarazada, pero eso no debería ser un problema para mí.
Mi felicidad nunca ha sido su preocupación. Solo la imagen de la familia.
—Mjm. Veo que sigues guardando algo de resentimiento —responde con la misma frialdad.
—Sí —digo, calmada y cortante—. Obviamente.
—Bien. ¿Significa eso entonces que te interesará mi oferta?
Arqueo las cejas. —¿Qué oferta?
No pierde el tiempo. Nunca lo hace.
—¿En resumen? Como te niegas a casarte con Jamie, quiero que él se vaya y quiero que tú lo sustituyas.
Se me escapa una risa seca. Este hombre no me ha querido cerca de la firma a menos que tuviera un anillo del tamaño de los Nicks en el dedo.
No dice nada más. Se queda ahí parado, observándome.
—¿Hablas en serio?
Su expresión no flaquea. —Totalmente.
—¿Por qué demonios iba siquiera a considerar eso?
Está loco si cree que me interesaría convertirme en un peón de su juego.
—Porque te asegurarás el futuro. El sueldo por sí solo significa que no tendrías que depender de mí, ni de tu novio propenso a las conmociones cerebrales, pero mejoraré la oferta. La firma también cubrirá tu vivienda, la matrícula y los gastos de manutención.
Me cruzo de brazos, entornando los ojos. —Tú eres la firma, lo que me sigue haciendo dependiente de ti.
Inclina la cabeza. —Te haría socia entonces. De ese modo, tus pagos no tendrían nada que ver conmigo.
—¿Socia? Tengo dieciocho años.
—Yo tenía tu edad cuando me uní a la firma. Empezarás como socia júnior, pero te daremos vía rápida.
Niego con la cabeza y lo miro con incredulidad.
—Tu madre me dice que todavía no has elegido una especialidad. Con una oportunidad tan grande, estoy seguro de que esto ayudaría a tu decisión.
—¿Has volado hasta aquí para esto? —pregunto secamente.
—He volado hasta aquí por ti —responde, dispuesto a incorporarme allí mismo.
Levanto la mano, no queriendo oír nada más de él. —No me interesa —digo, girando sobre mis talones. Mi espalda se endereza con cada paso. Me sienta bien alejarme de él. Por una vez.
—Hunniford.
Sigo caminando.
—Hay algo más —exclama—. Algo a lo que no podrás decir que no.
Me detengo. Maldita sea. La curiosidad ha podido conmigo.
—Si es un poni, no me interesa. Tienes cinco y no me dejas ver ninguno.
—Incluiré las visitas —dice con suavidad—. Pero esto es otra cosa. Algo que sé que te importa mucho más.
Me giro lentamente, entornando los ojos.
No suplicará. Manipulará. Siempre lo hace. Esa sonrisa de suficiencia y sabelotodo aparece en sus labios y hace que se me revuelva el estómago de la peor manera posible.
—Te doy cinco minutos —digo, levantando una mano—. Eso no significa que esté aceptando nada, pero si eso hará que dejes de acosarme al teléfono, adelante.
Sonríe como si ya hubiera ganado, y sé, con cada fibra de mi instinto, que estoy a punto de hacer un pacto con el diablo.