3. Capítulo 3 #2
La sonrisa de Zach se ensancha. —¿De verdad querrías hacerlo? —La forma en que lo pregunta casi me rompe el corazón.
No es ningún secreto que he intentado mantenerme en un segundo plano tanto como ha sido posible en lo que respecta a la carrera futbolística de Zach. No voy a la mayoría de los partidos en casa o los veo desde el palco de marketing, bien lejos de la zona de estudiantes.
No es culpa de Zach; son solo... los susurros y los comentarios. Me devuelven directamente a la época del instituto, y lo odio.
—Sin duda —digo, sabiendo lo mucho que esto significa para él.
—Entonces me encantaría tenerte allí. —Sonríe de oreja a oreja y no puedo evitarlo. Mi corazón da un pequeño vuelco. Se muerde el labio inferior antes de mirar directamente a la cámara—. Voy a decir esto, pero no me opondría a que llevaras una de mis camisetas.
Suelto una pequeña carcajada, mirando la camiseta de entrenamiento blanca y azul que llevo puesta ahora mismo. —Sí, no creo que eso vaya a pasar. Necesita un lavado antes de que pueda pasearme por el campus con ella.
—No hace falta limpiarla —dice él, despreocupado.
—Zach, apesta a sexo.
—Corrección: apesta a sexo conmigo .
Asiento, dedicándole una sonrisa divertida. —¿Cuándo te has vuelto tan posesivo?
—En el momento en que Jamie me ofreció el coste total de la apuesta para que te dejara en paz.
Frunzo el ceño. —¿De qué estás hablando?
—¡Ah!, ¿se me olvidó contarte ese detalle sobre tu ex?
—No mencionaste eso en absoluto.
—Ya, bueno, supongo que él vio lo que se avecinaba antes que nosotros —dice Zach, con voz más baja ahora—. No quería que yo le quitara su billete dorado a la dinastía familiar.
Hace una pausa, con la mandíbula tensa, y luego mira directamente a la pantalla.
—No es que importe. Nos encontramos de todos modos, y te quiero allí . Con mi camiseta. —Su tono cambia—. No para aparentar. No para demostrar nada. Simplemente... porque es tuya, y siempre lo será.
—Veré qué puedo hacer.
—Perfecto. Muy bien, voy a buscar a Reese. Te veo luego, Honeycomb.
—Te quiero. —Le lanzo un beso, que él finge atrapar con los dientes, y da un sorbo presumido a su bebida antes de colgar.
Saliendo a duras penas de la cama, cojo mi neceser de ducha y me dirijo al pasillo. La música suena a todo volumen desde el baño compartido mientras paso por las filas de cubículos.
Ocupado.
Ocupado.
Ocupado.
Por fin, la última cabina de la esquina está libre.
Me meto dentro, cierro la cortina tras de mí y me quito de encima el sueño, el cansancio y el aroma persistente de Zach con el agua. Me tomo mi tiempo, dejando que el agua me golpee la espalda, con la esperanza de que alivie el dolor del colchón.
No lo hace. Nunca lo ha hecho, pero persisto en creer que algún día podría ocurrir.
Escurriendo mi cabello, termino y cierro el grifo antes de envolver mi cuerpo con una toalla. A estas alturas, la música ha parado y el único ruido que oigo son unos pasos más allá en el baño.
—Sí, los oí otra vez anoche —susurra una de las chicas, con la irritación destilando de su voz. Se me eriza el vello de la nuca porque sé que están hablando de mí. Lo sé.
Me acerco a la cortina, con cuidado de no hacer ruido.
—Hay tantos gruñidos, y los golpes... uf. Es como si un tambor desquiciado me golpeara el cráneo.
—Es asqueroso —añade otra chica—. En serio, ya le hemos dicho algo. ¿Cuántas veces más tenemos que decírselo antes de que deje de permitir que él venga y, bueno, se corra por todas partes ?
Tomo aire bruscamente, haciendo todo lo posible por quedarme quieta porque la humillación escuece más cuando se oye sin querer.
—Creo que lo hace a propósito.
—¿Por qué iba a hacer eso?
¿Sabes qué? Quizá debería dejar de escuchar. Puede que no se trate de mí. No han dicho mi nombre. Nadie lo ha hecho. Quizá se trata de otra persona y solo estoy siendo paranoica.
—Porque quiere presumir de que tiene al QB1 comiendo de su mano.
Se me encoge el corazón.
—Por ahora —la otra chica se ríe—. ¿Viste la foto que le mandó Sarah la semana pasada? Me pregunto si ya le habrá contestado.
—Seguro que pronto nos enteramos de que han cortado, ¿y te imaginas lo delicioso que va a sonar oírla llorar a solas?
—Aun así, eso no compensará todo lo que hemos tenido que aguantar. Sinceramente, es asqueroso. Nadie quiere oírla gritar.
Me arden las mejillas. Yo no estaba gritando. No podía porque tenía unos malditos calzoncillos en la boca. Se lo está inventando para darle dramatismo, y el corazón me va a mil porque, de alguna manera, me he hecho una fama sin pretenderlo, que es exactamente lo mismo que me pasó en el instituto.
¿Qué me pasa?
¿Por qué las chicas siempre están esperando a que fracase?
Las únicas personas que parecen soportar estar cerca de mí aquí son Zach y sus compañeros de equipo. E incluso en ese caso, creo que la única razón por la que son amables conmigo es porque no les queda otra.
¿Habría sido diferente si hubiera ido a Southern Collegiate con Olivia? Al menos allí no sería simplemente la novia de Zach Evans ; un título que la gente susurra como si fuera a la vez un logro y un pecado. Allí nadie conocería mi nombre, y quizá podría descubrir qué quiero hacer en paz.
Suelto una risa suave y amarga porque, seamos sinceros, Southern Collegiate tampoco habría sido un nuevo comienzo.
No con Jamie allí.
Mi ex, el padre del hijo de la prima de mi novio, y mi recordatorio personal de que me robaron la vida que ni siquiera pude decidir si quería porque él no la quería. Su elección siempre era la que prevalecía. No la mía.
Me apoyo contra los azulejos y respiro hondo mientras espero a que las chicas se vayan antes de atreverme a asomar la cabeza fuera de la ducha. Cuando confirmo que está vacío, vuelvo a hurtadillas a mi habitación, solo para encontrarme con una pequeña nota adhesiva rosa pegada en mi puerta.
« La habitación de Honey Sanderson. La buscavidas definitiva».
Me quedo mirando las palabras y la vergüenza me recorre las mejillas como si acabara de recibir una bofetada. Buscavidas. Lo mismo que decían en el instituto cuando Jamie me engañó y todo el mundo asumió que era culpa mía por ser el tipo de chica a la que alguien engaña.
Supongo que piensan que Zach es el mismo tipo de tío.
Arrugo el Post-it en la mano y lo tiro al suelo.
Que les den.
Zach no es un traidor. Lo sé. Le conozco y no voy a dejar que definan nuestra relación de esa manera.
Al cerrar la puerta tras de mí, suelto un suspiro y me apoyo en ella, dejando que las mismas preguntas vuelvan a mi cabeza.
Me niego obstinadamente a mudarme con Zach, pero ¿está mal?
Si viviera allí, ¿serían las cosas diferentes?
¿Sería amiga de esas chicas en lugar de ser el último recurso en sus chats de grupo?
No.
Porque entonces no sería solo la chica que se acuesta con él, sino la que lo tiene . La que vive con él, la que se despierta con él. ¿Ese tipo de cercanía? Eso habría sido incluso peor.
Al menos aquí, puedo fingir que soy una chica más en una residencia, aunque nadie se lo crea.
Me cambio rápido, me pongo unos leggings y una sudadera genérica de St. Michael’s, con la esperanza de pasar desapercibida, porque necesito aire y espacio para pensar.
Me tiemblan las manos al coger el cuaderno y el portátil, pero reprimo esa sensación porque me niego en redondo a dejar que me vean llorar.
En lugar de eso, hago lo que siempre hago: fingir que estoy bien e ir a clase.
El profesor termina la clase, pero no estoy lista para moverme.
Me quedo ahí sentada, sonriéndole a la pantalla de mi portátil, con la cabeza llena de ideas para este trabajo.
Incluso mi cuaderno está cubierto de notas garabateadas, y acaricio la página con la mano, admirándola.
Por una vez, hoy no he dejado que nada —ni nadie— se me metiera en la cabeza.
Me he mantenido concentrada. He escuchado. He anotado cada idea que me ha pasado por la mente.¿Y lo mejor? De verdad me hace ilusión escribir algo. Eso no me había pasado nunca.
Los estudiantes empiezan a recoger a mi alrededor, las sillas chirrían, las cremalleras de las mochilas suben, pero yo me tomo mi tiempo. Por primera vez en mucho tiempo, siento que he encontrado una asignatura en la que podría estar realmente interesada.
Cuando el aula se vacía, recojo mis cosas y camino hacia el final del pasillo. Una rubia alegre con una sonrisa deslumbrante y un chico alto de pelo castaño claro están allí de pie. Aunque intento rodearlos, de alguna manera me las apaño para chocar con ellos.
—Lo siento —murmuro, pasando de largo, pero la chica se pone frente a mí, bloqueándome la salida.
—No pasa nada —dice la chica antes de aclararse la garganta e invadir mi espacio personal—. Soy Jenni —todavía sonriendo, me tiende la mano.
Me fijo en su manicura azul y blanca al darle la mano.
Con la otra mano, usa el pulgar para señalarlo a él—. Y este es Chris. Se acaba de trasladar desde Southern Collegiate para jugar en el equipo de hockey.
Levanto la mirada y me encuentro al chico, de mejillas ligeramente sonrosadas y pelo castaño claro revuelto.
—Hola —dice con un gesto de barbilla, y luego vuelve a centrar su atención en Jenni.
—¿Eh, hola? —respondo, sorprendida por su entusiasmo.
—Hemos pensado en saludarte —continúa ella—, ya que te hemos visto sentada sola en clase un par de veces.
—Ah —miro de uno a otro, sin saber qué decir. ¿Se han dado cuenta de que me siento sola tantas veces que se han sentido obligados a hablarme?
Vaya, he alcanzado un nuevo nivel de patetismo.
—Bueno, ha sido un placer conoceros a los dos. Probablemente os veré en la próxima clase.
Doy un paso atrás, encogiéndome instintivamente, pero Jenni no capta la indirecta. Da un paso adelante, con los ojos brillantes y una energía invasiva.
—¿Y tú eres? —pregunta, dejando la frase en el aire con un tono curioso.
La miro un segundo, esperando la broma. El insulto. Cualquier cosa que suelo recibir de chicas guapas como ella, pero su rostro permanece inexpresivo.
Espera, ¿no sabe quién soy?
Dios mío. ¿Acabo de pensar eso?