The Quarterback Draw (The Four Quarters Collection 2) 3. Capítulo 3
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3. Capítulo 3

Honey

— Cállate —le gruño a mi teléfono, tirando de la sábana por encima de mi cabeza y enterrándome en la oscuridad. Se detendrá, y entonces podré volver a sumirme en mi perfecto coma postcoital.

Ahora vibra más. De hecho, cada vez suena más fuerte.

—Uf —gruño y, de mala gana, saco uno de mis doloridos brazos de entre las mantas, tanteando a ciegas hasta que siento el objeto vibrante en la palma de la mano. Lo arrastro bajo las sábanas para poder apagarlo, solo para darme cuenta de que es una llamada.

La cara sonriente de Zach aparece en la pantalla con un botón verde y otro rojo debajo.

No está enviando un mensaje. Está llamando; probablemente para regodearse de lo mucho que me destrozó anoche.

—Hola —respondo con voz ronca, quitándome la sábana de la cabeza porque cualquier posibilidad de volver a dormirme y soñar con todas las cosas deliciosas que me hizo anoche está más que muerta.

—¿Sin FaceTime? ¿Qué he hecho para merecer semejante maltrato? —Su voz suena algo distorsionada a través de la línea, pero aun así percibo su tono burlón.

—Me has arruinado —respondo, lo que le vale una carcajada sonora a mi novio.

—Ni de broma. Vamos, Honeycomb. Deja que te vea.

No puedo decirle que no. No cuando usa mi apodo.

Rodando los ojos, cambio a vídeo y espero a que aparezca su cara.

Cuando lo hace, me doy cuenta del error que he cometido.

Vestido con una camiseta blanca y una gorra de béisbol hacia atrás, Zach parece la personificación de alguien «despierto».

Con un café helado grande en la mano, va paseando por el campus como si no hubiera desmantelado todo mi ser en menos de veinte minutos anoche.

—Ah, ahí estás. Preciosa como siempre.

Me paso una mano por la cara, fingiendo que no parece que me haya pasado por encima una apisonadora de sexo y almohadas baratas, y le gruño a mi novio: —Por qué estás siempre tan animado por la mañana?

—¿Por qué no habrías de estarlo tú? Es el comienzo de un nuevo día. Nuevas oportunidades y sueños nos esperan.

—¿Por una vez podrías no ser todo alegría y rayos de sol?

—Vaya. Qué humor. Está claro que dos orgasmos anoche no fueron suficientes. Quizá debería haber ido a por el tercero. Eso siempre mejora las cosas.

—No. Por favor. Mi cuerpo no aguanta más de dos. Me duelen los músculos y estoy agotada. No quiero salir de esta cama en todo el día, pero tengo clase en una hora.

—Ves, por eso necesito que vengas al gimnasio conmigo. Más entrenamiento de fuerza aumentará tu resistencia. —Da un sorbo a su bebida para dar énfasis.

—Mi fuerza no es el problema —murmuro entre dientes, lo suficientemente bajo como para que no pueda oírme.

La verdadera razón de mi dolor es la terrible cama en la que duermo.

Los moratones en mi espalda demuestran que al menos tres muelles están asomando, y cambiar el colchón tres veces distintas no ha servido de nada.

Eso solo puede significar que el problema es el somier.

Ya he enviado una solicitud para que lo cambien, pero, para mi sorpresa, todavía no han respondido.

Los ojos de Zach brillan y sacude la cabeza, chasqueando la lengua mientras da otro sorbo a su bebida.

—¿Cómo puedes estar siquiera levantado, vestido y así de animado a las siete de la mañana?

Él se encoge de hombros. —He ido al gimnasio a las cinco.

Suelto un largo gemido, recordando la razón principal por la que no voy al gimnasio con él. Las mañanas temprano no son lo mío. —¿Es un requisito o algo así?

—Nop —dice, acentuando la «p»—. Simplemente me gusta ser el primero en llegar. Todas las máquinas están recién limpias y no hay nadie allí para grabarme.

—Ah, sí. ¿Cómo he podido olvidar lo difícil que es para ti, el Rey de los Quarterbacks, caminar por este campus? —bromeo, pero ambos sabemos que hay mucha verdad en ello.

—Me alegra que lo entiendas. Jacob sugirió lo de las mañanas temprano, y realmente hace que empiece el día con buen pie.

—¿Jacob? —le pico.

—Sí, te acuerdas: el QB1 antes que yo. Vivía con Reese. Me enseñó el campus cuando llegué. Viste su foto y lo único que dijiste fue «vaya».

—Lo siento, sigo sin caer —miento. Todo el mundo conoce a Jacob Miller.

Es guapo. No al nivel de Zach, por supuesto, pero lo suficiente como para conseguir un contrato de modelo con una de las marcas de vaqueros más grandes del país.

Es el tipo de jugador que incluso los que no son fans reconocen. Aun así, me hago la tonta.

—Venga ya. Es el único compañero de equipo que te ha parecido atractivo.

—Eso no es cierto —tarareo, haciéndome la inocente—. Dax y Sebi son absolutamente adorables, ¿y Mason? Bueno, tiene ese aire de tipo duro de «necesito que me bajen los humos».

—Auch. —Zach se lleva una mano al pecho, entornando los ojos con fingido dolor—. Me has herido.

—Por favor. Sabes que eres el hombre más sexy que he visto en mi vida.

—Y que lo digas —dice con una sonrisa.

—Solo quiero asegurarme de que todos esos mensajes provocadores en tus mensajes directos no se te suban a la cabeza.

—No lo hacen —dice con voz baja y firme, ya que ambos sabemos que no es del todo una broma. La atención que recibe Zach en St. Michael’s es ridícula. Cuando entra en una habitación, la gente prácticamente deja de respirar.

Le echo la culpa al acuerdo de derechos de imagen que consiguió. Mi novio es un millonario hecho a sí mismo a los veinte años, y eso ha salido en todos los medios de comunicación del país. Solo la importancia de eso ha sido suficiente para captar la atención de todo el mundo.

Me alegro por él. De verdad. Se ha esforzado muchísimo durante años y se merece toda la atención que recibe.

Solo que a veces echo de menos el tiempo que pasamos al final del instituto, cuando solo éramos nosotros dos.

Ahora siento que lo comparto con el resto del mundo.

Todo el mundo quiere un pedazo de él, y soy yo la que tiene que recordarse constantemente que es a mí a quien quiere.

—Ya no gestiono mis redes sociales, ¿te acuerdas?

—Lo sé —digo en voz baja mientras el elefante en la habitación se sienta a los pies de mi cama. La universidad y sus patrocinadores le exigen estar activo en las redes sociales, lo cual está bien. Las fotos subidas de tono que le llegan por privado no lo están.

En el último recuento, tiene doscientas cuentas dedicadas a él.

Algunas se centran en el fútbol americano, pero la mayoría son casi de locos.

Esas están llenas de clips a cámara lenta de mi novio haciendo pases, levantando pesas o simplemente existiendo, con filtros de corazones puestos sobre su cara como si fuera una maldita estrella del pop.

Si alguna vez aparezco yo, solo es para ser el remate del chiste. El último pensamiento. La chica molesta que arruina su fantasía.

No he tenido presencia en internet desde el incidente con Jamie, pero eso no quita que gente anónima que encuentra mi número o mi correo me envíe clips.

—Además, las chicas se han calmado ahora —dice Zach suavemente, intentando restarle importancia.

Está siendo amable. Yo sé la verdad. Las chicas siempre lo vigilan.

Lo graban a mitad de una repetición, a mitad de una sonrisa, a mitad de lo que sea , luego lo montan con música de ensueño y ponen clips de sus propias miradas anhelantes.

No hablamos mucho de eso. Él suele ignorarlo y, aunque intento fingir que no me afecta, lo hace.

¿Cómo no voy a empezar a cuestionar mi propia valía cuando todos los demás a mi alrededor lo hacen? Especialmente cuando hay tantas chicas que llevan su camiseta y le lanzan el tipo de mirada que hace que se me revuelva el estómago.

Chicas sin equipaje.

Chicas que no han sido humilladas públicamente antes.

Chicas que no temen que la historia se repita.

No puedo negar que hay una vocecita en mi cabeza que siempre me recuerda que mi primer novio me engañó. ¿Quién dice que no perderé al segundo de la misma manera?

—Los chicos del gimnasio son mi verdadero problema —admite—. Me graban y lo publican para que la gente se burle de mi técnica. Me da igual, gajes del oficio, supongo.

—Eso no significa que siente bien.

Se acerca más a la cámara. —Afortunadamente, no me importa su opinión. Tú eres la única persona que importa. Todo lo demás es solo ruido.

Le dedico una pequeña sonrisa.

—En fin, como es temprano y tengo entrenamiento esta noche, me preguntaba si podría llevarte el desayuno a la cama.

—Por mucho que me encante la idea, voy a tener que pasar. —Él frunce el ceño y yo suspiro—. Ambos sabemos que si vienes, vas a encerrarme en esta habitación y me vas a destrozar hasta que tenga que salir corriendo a clase.

—Correcto. ¿Qué tiene eso de malo?

—Estaré jadeando todo el rato.

Bebe de su vaso mientras las comisuras de sus labios se curvan en una sonrisa. —Entonces no vayas. Estoy hambriento y tu chichi es lo único que hay en el menú.

Me atraganto con el aire. —Zach.

—Hablo en serio.

—No. No todos tenemos una futura carrera en la NFL esperándonos. Necesito graduarme; por lo tanto, no puedo faltar a clase para que mi novio me coma entera.

Él gruñe, y siento la vibración a través del teléfono.

—Primero: es nuestro futuro. No tengo intención de dejarte atrás nunca. Segundo: no me des mala suerte.

Ruedo los ojos. —No hay nada que gafe. Eres lo más increíble de este lugar.

—Y que lo digas, Honeycomb.

Me río. —Vale, vale. Hora de la ducha. Si no voy ahora, me quedo sin ella.

Vuelve a sorber, de forma odiosamente ruidosa. Entorno los ojos y él se limita a sonreír con suficiencia, plenamente consciente de que lo ha hecho para provocarme.

—¿Cuándo es la próxima vez que nos vemos? Tengo que revisar vídeos esta noche, pero tampoco puedo pasar mucho tiempo sin estar dentro de ti.

—Qué clase tienes. Bueno, puede que no podamos ponernos indecentes, pero estaba pensando que quizá podría ir a verte a tu entrenamiento más tarde.

Lo suelto para tantear su reacción.

—¿De verdad? —Zach se acerca más a la pantalla, entornando los ojos—. ¿He oído bien?

—Sí.