2. Capítulo 2 #3
Mueve sus caderas contra el paño y yo presiono más fuerte, con mis dedos tentando a su clítoris de nuevo.
—No me tientes, Honeycomb. Estoy encendido y siempre listo para empotrarte.
Toc, toc, toc.
—Este es vuestro aviso de cinco minutos —dice una voz engolada desde detrás de la puerta—. Todos los invitados deben estar fuera de la residencia antes de las inspecciones.
Pongo los ojos en blanco y miro a mi novia, que permanece impasible y tranquila.
—Entiendo que quisieras la vida de residencia, ¿pero por qué elegiste la más estricta del campus? Es como si vivieras en un internado.
Ella se encoge de hombros. —No lo sé. Me gustaban las habitaciones porque son mucho más pequeñas que mi habitación de casa. —Hace una pausa de un segundo antes de dedicarme una pequeña sonrisa de felicidad absoluta—. Y... puede que también me guste todo eso de andar a escondidas.
Levanto las cejas con sorpresa. —¿Ah, sí? ¿Te gusta esto?
Se muerde el labio inferior antes de asentar con la cabeza.
Me inclino y la beso lánguidamente.
—A mí también me gusta —admito—. Me recuerda a la primera vez que te hice un cunnilingus y tu madre casi nos pilla. ¿Te acuerdas?
—¿Cuál de las veces? —se ríe, y yo le planto un beso en los labios—. Hueles a sexo —murmura mientras me alejo de ella y busco mi ropa interior y mis vaqueros.
—Algo que podría haber arreglado si hubieras elegido una residencia con ducha. Ahora tengo que cruzar el campus con tu olor por todo el cuerpo. —Levanto la vista, pensándolo un segundo antes de lamerme los labios—. En realidad, no suena tan mal. Que todo el mundo sepa que eres mía.
—Para —gime ella.
—¿Qué? Si no dejas que te ponga un anillo en el dedo, pues tus jugos por toda mi polla y mi cara es lo mejor que tengo. —Me pongo los bóxers y los vaqueros.
—¿Qué pasa con la camiseta? —Tira de la tela que cubre su delicioso cuerpo.
—Eso es temporal. Quiero algo un poco más permanente... como un cambio de apellido.
Me empuja y se ríe.
—Vuelve a decírmelo cuando tengamos al menos veinticinco años. Tengo cosas que hacer antes de convertirme en la «Sra. de Zach Evans».
Bueno. Eso no ha sido un no. Y sí, voy a saco, teniendo en cuenta que acabamos de cumplir nuestro primer aniversario, pero he visto lo fácil que es que las parejas rompan en la universidad.
No quiero dar ninguna oportunidad a que eso pase.
Quiero dejar las cosas atadas ya.
—La próxima vez, me esconderé en tu armario —refunfuño.
Ella sonríe con picardía. —Te encontrarán.
—Y los pegaré un susto de muerte con el empalme gigante que llevaré.
Ella pone los ojos en blanco, pero no intenta moverse del suelo. Bien. La he follado tan a fondo que se pasará toda la noche pensando en mí.
—¿Qué vas a hacer esta noche? —pregunta mientras termino de subirme la ropa interior.
Buena pregunta.
Una que no puedo responder sin delatar algunas cosas.
—Solo ver algunas jugadas con el entrenador. Probablemente también llame a Mike. El tío me ha enviado un mensaje hoy diciendo que me echaba de menos.
Me vuelvo hacia ella cuando ya tengo los vaqueros puestos, y sí, no creo que se mueva de ese sitio en un buen rato.
—¿Y tú, Honeycomb? ¿Qué vas a hacer?
—Tengo algo de trabajo que hacer para mi clase de Escritura Creativa.
—¿Ah, sí? ¿Qué estás escribiendo?
—Nada dramático —dice, encogiéndose de hombros—. Solo un ensayo personal. Me estoy dando cuenta de que no se me da muy bien plasmar sentimientos reales en el papel.
Dejo lo que estoy haciendo y la miro de verdad. —No te valoras lo suficiente —digo en voz baja—. Lo sientes todo profundamente, Honeycomb. Por eso lo que escribes va a calar.
Se acurruca más en las almohadas, tirando de mi camiseta más abajo por sus muslos.
—Zach, literalmente no siento las piernas —murmura, cubriéndose la cara con una mano—. Por favor, no me vengas ahora también con cosas emocionales.
Su voz suena amortiguada tras su mano. Tiene las mejillas sonrosadas y parece destrozada, pero tan perfectamente mía... que me duele tener que dejarla.
Me dejo caer al suelo antes de que pueda decir nada más, apoyo una mano al lado de su cabeza y retiro suavemente su mano de su cara. —¿Cosas emocionales, eh? —susurro.
Entonces la beso, lenta y profundamente. Sus labios se entreabren bajo los míos, se le corta la respiración y siento cómo se relaja contra las almohadas.
Joder. No quiero irme.
Sus dedos se aferran a mi camiseta, manteniéndome cerca. Quizá sí que me esconda en el armario.
¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!
—¡Zach! —grita Grace desde el otro lado de la puerta. Vaya.
Sonrío contra su boca. —Lo siento, Honeycomb, pero tengo que irme.
Ella gime mientras me aparto y me dirijo a la puerta.
—Adiós, Z —dice en voz baja.
Le echo una última mirada y, a regañadientes, dejo a mi novia bien follada, tumbada en el montón de almohadas y todavía radiante.
Mientras camino por el pasillo, las chicas se quedan mirando. Quizá sea porque todavía estoy pringado de Honey. Quizá sea porque hacíamos mucho ruido, joder.
Sea por lo que sea, sonrío.
Porque ella es lo mejor que me ha pasado nunca.
Y no me da miedo que todo el puto mundo lo sepa.