The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 51
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Capítulo 51

CAPÍTULO

La Envenenadora

S er vigilada como una mascota era peor que la soledad.

Bajamos las escaleras, donde varios hombres y mujeres, vestidos con sus mejores trajes de té y atuendos informales, estaban sentados a las mesas o descansando en las áreas comunes.

Sus voces se acallaron en cuanto me vieron.

Al mirarlos, sus ojos me parecieron llenos de voracidad.

Me miraban como si fuera un animal de circo por el que habían pagado una fortuna para ver.

Tuve que hacer un gran esfuerzo para no gritarles, ya de por sí presa de la irritación.

Lo único bueno de todo esto era que habían tenido la gracia de concederme un poco de ropa. Me permitieron ponerme un sencillo vestido blanco de té; sin embargo, dejaron el abrasivo collarín dorado en su lugar.

Antes de que me sentaran en una silla en la esquina, hice un inventario mental de cuántas botellas de vino había esparcidas por la sala de estar.

También me fijé en dos criaturas en específico que se encontraban en mi proximidad.

Ambas parecían sorprendidas de que estuviera ahí; probablemente se preguntaban qué había hecho para convencer a mis captores de que me dejaran salir de mi ordenada cajita.

Sus miradas me dieron comezón en la piel.

Necesitaba tomar algo. Con nostalgia, miré cómo el resto de las figuras bebían y reían juntas en aquella reunión informal.

Vacilante, me acerqué con sigilo a una pequeña mesa decorativa en la que se habían colocado bocadillos de fruta y queso para las anfitrionas.

Las otras anfitrionas llevaban el mismo vestido blanco, aunque sin mis elaboradas restricciones.

Miré fijamente la variedad de frutas. Tomé una rodaja de manzana, la inspeccioné.

—¿Necesitas algo más fuerte? —Una mano con una copa apareció frente a mí.

Tomé la copa con lentitud, mirando al hombre a mi lado; no podía ser otro que Silas.

—¿Crees que mi perdón se puede comprar con alcohol? —le pregunté con desdén. Podía sentir cómo se me crispaba el ceño por la ira. Empezaba a detestarlo; era egoísta e insaciable por encima de todas las cosas.

—Es posible. —Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, evaluando el daño de la noche anterior.

—¡Oh, qué alegría que me lo preguntes! ¡Estoy mucho mejor después de que el médico me cosiera las heridas que me hicieron esos dos animales cuando me atacaron en mi propia cama!

¡Qué amable y caballeroso de tu parte preguntarlo!

—dije con sarcasmo, apartándome de él para observar lo que ocurría en el salón.

—Alina —comenzó él.

—Te odio, Silas. Quiero que sin importar qué pase a continuación, lo sepas. —Dejé que el vino afrutado desapareciera por mi garganta antes de decidir que era momento de volver a respirar.

—Sé que me odias. —Se inclinó hacia mí—. Luka no me habría dejado entrar en la habitación a menos que él también viniera.

—¿Has pensado que quizá no deberías haber venido? —le espeté—. ¿Has considerado que si no hubieras sido tan egoísta, yo no estaría aquí? —alcé la voz.

—Alina, por favor, baja la…

—¿La qué? ¿La voz? ¿Ahora nos asusta la opinión pública? ¿Como si me diera miedo que me vieran contigo? —le grité.

Luka se asomó por el rabillo de mi ojo.

—¡No! —grité, lanzándole la copa a la cabeza, aunque se apartó a tiempo y esta se rompió en la pared a sus espaldas.

Los invitados al salón se quedaron boquiabiertos, murmurando. ¿Cómo se atrevían a mostrarse sorprendidos? ¿Por qué nadie me ayudaba? ¿Por qué no les alarmaba que una mujer maltratada, apresada con un collarín, estuviera encerrada en el piso de arriba?

—Ya fue suficiente —dijo Luka en voz baja mientras me tomaba del brazo.

—¡Discúlpenos! ¡Lo tenemos todo bajo control! —dijo Silas a la concurrencia mientras me tomaba del otro brazo.

Los dos me arrastraron hacia la parte trasera de la finca y me llevaron al jardín.

El jardín era una especie de laberinto de setos altos. Un lugar perfectamente privado para hacer pedazos a estos dos.

—¿Qué? Lo siento, ¿acaso esto les da vergüenza? ¿Cómo creen que me siento al ser tratada como ganado en cautiverio? —grité, liberando mis brazos de sus manos al tiempo que retrocedía. Me quedé en medio del césped mientras las dos criaturas me miraban con cautela.

—Alina, el nido está lleno de víperas más viejos y más fuertes que no dudarán en matarte si te comportas de esa forma. Si no hubiéramos estado ahí, quién sabe lo que te habrían hecho —dijo Silas con calma, acercándose a mí.

—¡No estaría aquí si tú tampoco lo estuvieras! ¿Entiendes cómo funciona? Ustedes dos son la fuente de todos mis problemas.

—Bueno, técnicamente, yo solo estoy involucrado porque tú estabas envenenando al nido —corrigió Luka—. Y tú estás aquí porque era un castigo menor que asesinarte .

—No puedes atacar así, sin más. Creen que eres una salvaje. Si una anfitriona se vuelve peligrosa, la eliminan —me reprendió Silas—. Tienes que cooperar.

—¿Como lo hice anoche? ¿No fue eso suficiente cooperación? ¡Incluso cuando confío en ti, te alimentas de mí durante tanto tiempo que casi me matas! —les espeté—. Los dos son unos imbéciles.

—La cena valió toda la pena. —Sonrió Luka.

—No estás ayudando —soltó Silas.

No podía soportarlos. Su sola presencia hacía chirriar cada uno de mis sentidos. Tomando una profunda respiración, solté el grito más terrible que pude arrancar de mi garganta.

Silas corrió hacia mí. Me cubrió la boca con la mano.

—Ve a calmar al nido. Yo me encargo de esto —le ordenó a Luka mientras me arrastraba hacia el laberinto de setos.

Me sacudí entre sus brazos. Tiré de él con violencia, mordiendo su mano hasta que me soltó, colocándome contra un seto espinoso.

—Alina, no puedo ayudarte si sigues comportándote así —me suplicó.

—¿Cómo? ¿Como un animal? —Lo miré con ira.

Había algo en sus ojos que parecía sincero, como si estuviera preocupado por mí. Sin embargo, no me creía ni una sola de sus palabras.

—Necesito más tiempo. Por favor, confía en mí —susurró, recargando su cabeza contra la mía.

—¿Cuánto tiempo más? ¿Cuántas horas de tortura piensas hacerme soportar mientras espero a que mi caballero andante venga en mi rescate? —Me burlé—. ¿Vas a dejar que Luka me coja de nuevo o vas a alimentarte de mí mientras te miras las manos preguntándote qué hacer? Ya estoy harta de esperar.

—Es complicado.

—Quizá para ti —respondí con desdén—. Voy a salir de aquí y cuando lo haga, no quiero volver a verte nunca más.

—No lo dices en serio.

—Ah, pero claro que sí —Me eché a reír—. Me suicidaré si esa es la única forma de alejarme de ti y de este horrible lugar.

—No lo harías.

—Haría lo que fuera necesario. —Me aparté de él—. Lo sabes.

Él tiró de mí hacia atrás.

—Solo dices estas cosas porque estás enojada.

—¡Suéltame, bestia antinatural! —le grité—. No voy a aceptar órdenes de una criatura tan abominable que tiene que mantenerme encadenada para que no me marche.

—No lo dices en serio —dijo apretando la mandíbula—. Di que no lo dices en serio.

—Debí haberte diseccionado para venderle tu cadáver a los museos. —La furia hirvió en mis palabras—. Me habrían aplaudido por matar a semejante bestia. El mundo, a su vez, habría sido un lugar mejor si hubiera eliminado tu mancha antes. Ahí empezaron mis errores en lo que a ti se refiere, Criatura.

El dolor en sus ojos era diferente a todo lo que había visto antes.

Así solía imaginar que se vería si le clavaba la espada en el corazón.

Esto era tanto por su bien como por el mío.

Simplemente no podíamos existir juntos mientras mi propósito fuera acabar con estas cosas, que sin duda eran antinaturales.

Nosotros dos juntos éramos antinaturales.

Si salía con vida de ese sitio, tenía que alejarme por completo .