Capítulo 52
CAPÍTULO
La Envenenadora
-A lina, despierta —susurró Phoebe, dándome suaves golpecitos en el rostro.
Con un quejido, me di vuelta en la cama, rodeando entre mis brazos su cálido cuerpo junto al mío. Se había negado a permitir que una criada se quedara conmigo, haciéndome compañía para así evitar más cenas desastrosas.
—¿Estás bien? —preguntó, dejando caer la cabeza sobre mi pecho.
—Por ahora, sí, estoy bien —murmuré, frotando mi rostro contra la almohada mullida.
—Pareces un muerto viviente. —Phoebe retiró las sábanas para examinarme.
—Creo que ese es el mejor cumplido que me has hecho en los veinte años que te conozco. —Me reí débilmente.
No había visto mi reflejo, aunque estaba segura de que tenía un aspecto tan sombrío como lo describía Phoebe. Cansada, fatigada, adolorida, golpeada y con una herida que nunca terminaba de curar. Había soportado mucho estos últimos meses. Esta era la recta final. Podía sentirlo.
—Te esperan abajo esta noche. —Phoebe recorrió el moretón de mi hombro con el dedo —. Creo que será el mejor momento para actuar. Todos estarán borrachos, alimentándose o bajo los efectos de alguna sustancia.
—Si tú lo dices, te creo —respondí mientras ella me estudiaba con un gesto de preocupación—. Estaremos bien. No me mires así —dije para tranquilizarla, aunque no estaba tan convencida de ello.
Había una inmensa variedad de frutas y verduras de colores.
Granadas, bayas, camotes cocidos y vegetales de hortaliza.
También había dos bandejas de carne: una con merlán al limón y la otra con carne roja cortada en láminas.
Olía de maravilla. Entonces, mis ojos se posaron en la preciosa pila de naranjas dispuestas en un cuenco.
Entendí por qué las chicas no querían marcharse.
Realmente era el paraíso, si venías por tu propia voluntad.
También había una gran jarra de vino tinto en el centro.
Por fin, algo con lo que adormecerme.
Hasta ese momento, no me había percatado de lo hambrienta que estaba.
Antes de comer, vertí una generosa cantidad de vino en mi copa.
Había tantos alimentos a mi alrededor que me sentí abrumada a la hora de decidir qué comer primero.
Elegí quedarme con la carne roja y el vino.
Dejaría la naranja para el final. Me bebí el vino a toda prisa; la ligereza en mi cabeza me golpeó como un tren a toda velocidad.
Sin embargo, me hizo sentir un poco más animada.
En general, mi cuerpo se sentía relajado: había descansado mejor y, sobre todo, estaba listo para abandonar ese horrible lugar.
Bajé la mirada con lentitud hasta el profundo color púrpura de mi copa. El vino era un anticoagulante: me di cuenta de que todo lo que teníamos delante estaba compuesto por ingredientes que aumentaban el volumen sanguíneo.
Tomé unas rodajas de naranja de la mesa. Un cosquilleo en la nuca me advirtió de que me estaban observando.
Al mirar por encima de mi hombro, descubrí a Silas rodeado de tres anfitrionas, pero sus ojos estaban puestos solo en mí. Había tanto odio en ellos. Lo podía comprender.
Se hallaba sentado con una chica en cada uno de sus muslos, así como una tercera entre sus piernas, tocándole el pecho. Le adulaban, suplicándole que les diera una mordida.
Conforme se desarrollaba la escena, me pregunté qué pretendía: ¿se suponía que eso debía hacerme sentir algo?
Me dedicó una sonrisa pícara antes de centrar su atención en una de las mujeres que tenía en su regazo. La tomó del cuello, obligándola a exponerlo ante él. Se humedeció los labios y sin apartar la mirada de ella, miró en mi dirección mientras hundía los dientes en su piel.
Ella jadeó, aferrándose a él.
¿Qué pretende?
Miré al otro lado de la sala, donde mi otro admirador secreto observaba divertido mientras bebía una copa de vino.
Los dos podemos jugar este jueguito estúpido.
Tomé un cuenco de cerezas de la mesa y me dirigí al otro lado de la habitación.
—¿Está ocupado este asiento? —le pregunté a Luka con dulzura.
—Depende. ¿Llevas algo afilado encima? —Me miró de arriba abajo antes de notar mi cuenco de fruta. Sus ojos regresaron a los míos con una mirada de curiosidad.
—Lo tomaré como un no —murmuré, sentándome en su regazo.
Luka me miró antes de echarle un vistazo a Silas, en el extremo opuesto de la habitación.
—¿Qué quieres?
—No finjamos que te importa la respuesta a esa pregunta, si es que puedes obtener algo a cambio. —Arranqué una cereza de su tallo con los dientes. No tenían hueso, lo que hacía que su intenso sabor fuera aún más delicioso.
—En eso tienes razón —dijo riendo—. ¿Entonces eres del tipo exhibicionista?
—¿Eso te parecería menos excitante? —pregunté, llevándome otra cereza a la boca.
—Todo lo contrario. —Se inclinó hacia mí, atrapando la cereza entre mis labios con los dientes. Deslizó su lengua bífida hacia afuera antes de acortar la distancia entre los dos. Hizo rodar la pequeña fruta roja entre nuestras lenguas.
Desde el otro extremo, podía sentir cómo cierto par de ojos azules se hundían en mí. Silas no era precisamente sutil. No tenía a nadie más a quien culpar: él había empezado todo esto.
Si conseguía provocar una pelea entre los dos, sería como matar dos pájaros de un tiro. Podría librarme de ambos; solo tenía que aguantar un poco más.
Luka soltó una risita ahogada mientras me arrebataba la cereza, apartándose para masticarla. Miró a Silas y al ver su cara, se rio divertido.
—Tenías razón. Es más divertido cuando hay un voyeur .
—No suelo equivocarme —le susurré, dándole mordiscos juguetones con la oreja.
—No seas arrogante —me advirtió, mirándome de nuevo—. Ya estás agitando dos panales a la vez.
—Bueno, ¿qué gracia tiene estar secuestrada si no puedes jugar con tus secuestradores? —pregunté con fingida inocencia.
—La diferencia es que uno solo de nosotros puede convertirte en una pila de pedazos de carne si así lo quiere. Imagínate lo que haríamos los dos —replicó. Sus ojos se estrecharon de forma amenazante, aunque mantuvo una agraciada sonrisa en el rostro.
Lo ignoré, poniéndome otra cereza en la boca al tiempo que echaba un vistazo a lo largo de la habitación. Silas se había ido. Me dejé caer del regazo de Luka y le quité la copa de vino de las manos para beber.
—No respondo bien a las amenazas —murmuré—. Donde hay humo, hay fuego también.
Por suerte, descubrí a Phoebe junto a una pequeña barra de cocteles, de espaldas a mí.
—¡Phoebe! —susurré mientras me acercaba, girándola por el hombro.
Ella se sobresaltó. Mis ojos se abrieron por completo.
Tenía marcas rojas alrededor del cuello, así como una fila de moretones que desaparecían bajo el dobladillo de su vestido rosa.
—Él lo sabe —dijo Phoebe con voz entrecortada, los ojos enrojecidos—. Encontró las otras muestras. —Intentaba contener el llanto.
—Shh … —La abracé, recargando su cabeza contra mi pecho. Por el rabillo del ojo, noté que Luka se acercaba. Me apresuré a girar el rostro hacia ella.
Mientras mi rostro estaba escondido, saqué de mi manga el diminuto tubo de media pulgada que ella me había dado antes. Me lo metí en la boca.
—Pero qué conmovedor.
Estiré el cuello para ver a Luka de pie frente a nosotras.
—Ya conoces las reglas —le advirtió Silas, recargándose en el umbral del área común.
—No finja que le importan las reglas ahora, señor Forbes —Se burló.
Cerré los ojos. Necesitaba cerrarlos por un minuto. Me aferré a Phoebe. Dudé en soltarla, disfrutando de su perfume, la suavidad de su cabello y la temperatura de su cuerpo contra el mío. No sabía si sería la última vez que la vería.
—¡Por aquí! —Luka me tiró bruscamente del brazo hacia la otra habitación y se dejó caer en el sofá rojo con ribetes de caoba—. Siéntate ahí. Ya conoces las reglas, uno a la vez —le ordenó a Silas.
Silas se sentó frente a nosotros. Phoebe se quedó junto a la puerta.
El resto de los invitados se encontraban absortos en sus anfitrionas, demasiado ocupados para darse cuenta de cualquier conmoción, aunque sospechaba que este tipo de descaro no era nada nuevo en una fiesta donde el alcohol se servía junto a la sangre.
—Te has estado portando mal, ¿no es cierto?
—Luka me sentó en su regazo, colocando mis piernas a cada lado de sus caderas.
Lo miré en silencio—. ¿Te ha comido la lengua el gato?
—Jugó con un mechón de mi cabello entre sus dedos—.
Parecías muy feliz de estar en esta misma posición hace un momento. ¿Qué cambió?
Aparté el rostro.
—Es decepcionante. Creí que estábamos fortaleciendo nuestros vínculos. ¿Qué tal si compartimos algunas cosas sobre nosotros mismos? —dirigió su vista a Silas—. ¿Te contó lo que pasó en su casa de campo?
Me quedé en silencio, mirando hacia Silas. Aunque parecía intrigado, su expresión revelaba algo más. ¿Desprecio? ¿Celos? ¿Algo peor?
—Sí —dijo Silas.
—¿Incluso la parte sobre su padre?
Silas se quedó en silencio.
—Debo ser el portador oficial de malas noticias —Luka pareció retorcerse—. ¿Qué decía el informe del forense de tu padre? ¿Arsénico?
Dejé caer una mirada furibunda sobre Luka. Debía mantener la compostura. Solo tenía que esperar un poco más. Mi labio inferior temblaba; negué con la cabeza.
—Fue interesante descubrir que envenenaste tanto a tu padre como a su asistente.
¿Estabas celosa de que finalmente tuviera un hijo?
—Me provocó Luka—. También me pareció interesante lo que escribiste en tu diario ese día: «Treinta y cinco horas, veintinueve minutos y quince segundos».
¡No podía creer que hubieras cronometrado cuánto tiempo tardó en morir! Pero qué mórbida.
Clavé los ojos en la distancia. Sin embargo, no pude evitar ver la expresión del rostro de Phoebe; estaba completamente petrificada, inmóvil, en un estado que nunca antes había visto. No quería averiguar qué expresión había en el rostro de Silas.
—Jugar con veneno antes de una tormenta no fue muy inteligente de tu parte, ¿verdad?
Bastante descuidado, Alina. Aunque supongo que fue un error de principiante.
—Se rio—. Ah, sí; encontré tu pequeña colección.
Tu amiga no supo ocultarlos tan bien. —Sus ojos se clavaron en mí, interrogándome—.
Dime, ¿a cuál de nosotros habrías envenenado primero? ¿A Silas o a mí?
Sentí cómo la ira se apoderaba de mí. El llanto nublaba mi visión.
—Oh, no te pongas tan triste. Deberías estar agradecida de que no te rompa ese bonito cuello después de tu travesura. —Sonrió, subiéndome el vestido al tiempo que se desabrochaba los pantalones.
—¡Luka! —gritó Silas, poniéndose de pie—. ¡Ya basta!
—¡Eh, eh! ¡Tú quédate quieto! —Luka me tomó de la nuca para llevarme hacia su pecho.
Negué sutilmente con la cabeza hacia Silas. Nuestras miradas se cruzaron.
Entonces, él se percató de que yo estaba en silencio .
—¡Ah! —me reprendió Luka, tomándome del rostro para que lo mirara de nuevo. El fuego ardía en las brasas de sus ojos; su sonrisa mostraba esos dientes afilados como garras letales—. No lo mires a él. Mírame a mí.
Silas se sentó de nuevo con vacilación, mirándome nervioso.
—Tengo que saber cuáles son tus métodos, Alina. Lo has vuelto bastante obediente —dijo Luka con aire presuntuoso, sosteniendo mi rostro con más suavidad que antes—. Ahora, ¿en qué estábamos?
Me subió la falda del vestido, dejando al descubierto los moretones que la fusta me había dejado en la parte posterior de los muslos. Todo esto era un espectáculo repugnante pensado para provocar a Silas; Luka sabía que estaba a salvo detrás de mi carne, que esta le servía de escudo.
Su ansia de poder sobre los demás era un vicio desafortunado; eso lo volvía la víctima perfecta para lo que estaba a punto de hacer.
Me incliné hacia el frente, sujetando la tela de su camisa entre mis dedos. Mis labios rozaron su pecho con timidez, luego la parte delantera de su garganta y al final, la curva de su cuello.
—Eso está mucho mejor. —Sonrió con aire lascivo, convencido de que había obtenido su enfermiza victoria. Sin embargo, sabía que toda su atención estaba puesta en Silas. Podía suponer que el dolor que le infligía al otro le excitaba más que el cuerpo en su regazo.
Predecible .
Apreté los dientes contra el minúsculo tubo, causando que este reventara en mi boca con un crujido.
—¿Qué fue eso?
Hundí los dientes en su cuello y apreté mi mandíbula con fuerza, dejando que el cristal y el veneno se mezclaran con la herida fresca que estaba abriendo. Su sangre me llenó la boca al tiempo que me aferraba a él.
Dejó salir un chillido animal a la vez que me empujaba al suelo, arrancándome un trozo de piel en el proceso.
El aire escapó de mis pulmones. Luchaba por recuperar el aliento, escupiendo los trozos de cristal mezclados con la carne a la vez que sangre negra goteaba de mis labios.
Luka soltó un grito lleno de angustia. No sonaba ni remotamente humano. Se abalanzó sobre mí antes de que el cuerpo de Silas se interpusiera. Ambos se mostraron los dientes, desgarrándose el uno al otro con violencia.
El ardor en mi boca me indicaba que no me quedaba mucho tiempo; se me cerraba la garganta, me costaba respirar. Intenté concentrarme en estabilizar mi cabeza, que no dejaba de dar vueltas.
En medio del alboroto, otros invitados se agolparon a nuestro alrededor, sobre todo cerca de los dos animales en medio de la sala.
Lo último que vi mientras me arrastraban por el suelo fue a las dos figuras atacándose mutuamente.
El rostro de Luka parecía estar ardiendo.
La sangre inundó sus ojos, deslizándose por sus mejillas en forma de lágrimas.
La piel cerca del lugar donde lo había mordido agonizaba, tornándose roja a medida que se extendía por su rostro.
Nunca me había preguntado cómo olía la carne quemada, pero después de esa noche, sin duda lo recordaría.
No estaba segura de si era la falta de oxígeno en mi cerebro, las toxinas que restaban en mi cuerpo o la satisfacción de que mi veneno hubiera funcionado, pero sentí consuelo al pensar que esa monstruosidad ardiendo podría ser mi última obra maestra.