The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 50
96%

Capítulo 50

CAPÍTULO

La Envenenadora

L a rutina era tan estricta que resultaba difícil distinguir los días entre sí.

¿Había pasado una semana o apenas unos días? Lo único que cambiaba era el menú. Todo lo demás era idéntico siempre.

Me seguían limitando al segundo piso. A veces alcanzaba a oír gente debajo; sonidos de celebración, historias, bebida, comida, baile y música.

Así debían sentirse los osos en hibernación. Todos los días eran igual de insulsos, cubiertos por el mismo tono de blanco, sin nada que los diferenciara. Lo único que podía hacer era dormir.

No se me permitía tener ningún objeto; nada que me pudiera reconfortar. Solo me quedaba esperar a mi próximo invitado, aunque era raro que recibiera visitas. Parecía un juego de azar mortal: ¿me tocaría Phoebe, las criadas o una de las dos criaturas que me torturaban?

Ovillada en medio de la cama, la noche era como cualquier otra: tranquila, con un cauce de pensamientos y ensoñaciones hasta que se fundían entre sí.

De vez en cuando, soñaba que había escapado y corría por un largo campo, mis piernas llevándome hacia la libertad y el viento azotándome el cabello contra el rostro.

Entonces despertaba y volvía a dormirme entre llantos. Esto ocurrió muchas noches.

En medio de mi sueño, la cama se sumió de un lado, luego del otro.

Manos, un par… No, dos pares.

Sobre mi costado, un par de cuerpos me apretaban entre ellos.

Podía sentir unos labios contra los míos. Suaves, familiares. Los besé con suavidad, sabiendo que eran los de Silas. Era tan real, se sentía tan cálido. Sus dedos dejaron un rastro ardiente sobre mi piel que me hizo estremecer.

El cuerpo a mis espaldas no podía ser otro que el de Luka. Los suaves rizos de su cabello me hacían cosquillas en el cuello mientras me besaba la piel, dejando que su labio inferior se deslizara hasta mi hombro. ¿Podría ser esto un sueño o solo deseaba que lo fuera?

Silas bajó de mis labios hasta mis pechos, tomando mi pezón con suavidad entre sus dientes antes de envolverlo entre sus labios. Una descarga eléctrica me recorrió el cuerpo en cuanto me mordió.

Las manos de Luka rodearon mi cintura, acercando mis caderas mientras me succionaba el cuello. Su mano bajó hasta tocarme entre las piernas. En ese momento, Silas le soltó a Luka un siseó agresivo.

Abrí los ojos de golpe. No era un sueño.

Sus caricias se volvían más bruscas y posesivas con el paso de los minutos. Era como si ambos estuvieran jugando a ganarle territorio al otro, dejándome atrapada en medio mientras sus manos marcaban lo que era de cada uno.

—Paren… —apenas logré susurrar antes de que Luka hundiera sus colmillos en mi hombro.

El dolor fue como ningún otro. Era como si no tuviera el veneno necesario para adormecerme, o como si no le importara no usarlo. Conociendo lo sádico que era, lo segundo era más probable.

Parpadeé hasta aclarar mi visión borrosa. Miré fijamente a Silas.

¿Cómo has podido dejar que esto ocurra?

—Lo siento. —Silas me sostuvo las mejillas entre las manos con una expresión de lástima en el rostro. Entonces, sus dientes afilados como agujas me perforaron el otro hombro, brindándome un poco de alivio de la mordedura de Luka.

El sonido que salía de mí era lastimero; un gemido similar al que soltaría un gatito herido mientras un par de cuervos picotean sus heridas.

Sentirme completamente indefensa, a merced no de uno, sino de dos animales, bastaba para hacerme llorar.

Mi situación no dejaba de empeorar con el paso de los días.

—¡Quítense de encima! —grité, aunque no me quedaban más lágrimas. Había llorado durante días a solas en mi habitación, que más bien era una celda. Intenté incorporarme.

Las mandíbulas de Luka me apretaron con más fuerza al tiempo que me rodeaba con los brazos.

Aunque me permitieron sentarme, uno se quedó delante y el otro detrás, sin dejarme escapar de su mortal abrazo. Tragué saliva, mirando el techo fijamente; las grietas y hendiduras tenían un aspecto sutil contra el tono cáscara de huevo de la pintura que intentaba cubrirlas.

Mis brazos cubrieron mi pecho desnudo y todo lo que podían.

Ya nada era mío. Ni mi cuerpo, ni mis palabras. Intenté ovillarme; sin embargo, no me dejaban hacerme más pequeña de lo que ya era.

La mano de Luka se acercó demasiado a Silas y este se apartó solo para mostrar esos colmillos ensangrentados, crispándose hacia Luka mientras siseaba. Luka soltó mi cuello para responderle con otro siseo, haciéndome estremecer entre los dos.

Sus ávidas manos me tomaron para sujetarme entre ambos al tiempo que me drenaban. Empecé a ver estrellas en el techo y mi visión se fue reduciendo hasta que solo vi oscuridad. Sin embargo, aún podía oír sus ruidos al consumirme, sus dientes en mi carne, sus manos sobre mí.

Esa mañana, me desperté en la pequeña habitación para descubrir a las criadas afanadas en dejarme limpia y recompuesta.

Todo ese alboroto respecto a los cuerpos de las anfitrionas me pareció más lógico cuando pensé en cómo el ganado enfermo o herido podría perjudicar la salud de los consumidores.

Ahora comprendía que las anfitrionas eran indispensables, así que quizá aún tenía forma de negociar con estos dos animales.

Por lo que pude deducir, en este nido la alimentación no era un derecho, sino un privilegio.

Por eso no les importaba mantenerme alejada de los demás. ¿Para quién me estaban reservando?

Se sorprendieron al ver que estaba despierta. ¿Por qué todas parecían tan asustadas? Cuando intenté incorporarme, las criadas se apresuraron a impedirlo, insistiendo en que me quedara quieta.

Cuando me llevé la mano al hombro, me estremecí; ambos estaban sumamente adoloridos.

Los recuerdos de la noche anterior volvieron a mi mente. Sentí mi rostro ardiendo de vergüenza e ira. Esos animales egoístas .

El crujido de la puerta me devolvió a la realidad.

—No estaré interrumpiendo, ¿verdad? —Un hombre mayor entró en la habitación, tan alto y desgarbado como un espantapájaros.

Sentí ganas de llorar.

—¿Doctor Hayes? —susurré.

—Ah, Alina; ojalá pudiera decir que me alegra volver a verte. —Una sonrisa incómoda le tensó el rostro—. Déjennos solos —les ordenó a las criadas, que salieron una luego de la una.

—Lo sabías —le espeté—. Lo supiste todo este tiempo y no dijiste nada.

—Por favor, controla tus emociones. Sé que es un cambio difícil. —Acercó un taburete, tomando asiento junto a la cama—. Escuché que pasaste una noche complicada .

Lo ignoré.

—¿Por qué no me avisaste? ¿Por qué no me lo dijiste?

—Intenté desviar el curso de tu pensamiento, pero fuiste demasiado obstinada —afirmó con seca naturalidad—.

Incluso intenté contaminar tu pequeño experimento.

Tú eres la razón por la que estás aquí. Tú decidiste husmear donde no debías.

—Me miró con desdén antes de apartarse el cabello para examinar mi cuello—. Veo que te dieron una buena bienvenida.

—Eres tan cruel como ellos. —Aparté su mano—. Trabajas para ellos por voluntad propia.

—Me pagan para asegurarme de que su fuente de alimento no sufra, no resulte herida y goce de la mejor salud posible —explicó, ignorando mis protestas al tiempo que examinaba el otro lado de mi cuello—. Tengo curiosidad por saber qué defines como «cruel».

—Me secuestraron.

—Eres la única, Alina. —Suspiró, inclinándose hacia el frente antes de colocarse los auriculares del estetoscopio en los oídos—.

Estas anfitrionas están aquí porque así lo han elegido —explicó mientras colocaba la fría pieza de su instrumento sobre mi pecho—.

Deberías haber dejado de envenenar a la gente cuando Luka clavó la cabeza de la madame en tu puerta —continuó—.

Ahora toma aire —ordenó con tono rutinario.

Obedecí su instrucción.

—¿Alina? —Una vocecita sonó desde la puerta—. Oh, lo siento. No me había dado cuenta de que el examen seguía en curso —balbuceó la ninfa pelirroja.

—No hay por qué disculparse. Ya terminamos.

—El doctor Hayes se quitó el estetoscopio y tras envolverlo, lo guardó en su bolso médico negro—.

No la pierdan de vista. Sería imprudente dejarla sola, en caso de que reciba más visitas.

Lo mejor es que una criada se quede con ella. —Se levantó de la silla.

—No hace falta. Yo me quedaré con ella. —Phoebe le sonrió con torpeza mientras él se marchaba, cerrando la puerta tras de sí.

—¿Lo encontraste? —Me aclaré la garganta adolorida, frotándome el rostro con frustración.

—Sí —susurró, acercándose a mí. Colocó un pequeño tubo de cristal en mi mano.

—¿Dónde está el resto?

—Los tengo escondidos. Pensé que deberías guardar uno aquí por si acaso. —Tomó mi mano—. ¿Qué hacemos ahora?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes? ¿Qué quieres decir con que no lo sabes? Pensé que tenías un plan —insistió apretándome la mano con ansiedad.

—No lo había pensado tan a fondo. Lo único que sé es que voy a tener que usarlo.

Cuando lo haga, lo sabrás. —Moví los ojos de la tintura a la mano que ella estaba apretando—.

No será seguro para ninguna de las dos. Tendremos una diminuta ventana de oportunidad para salir de aquí.

Tú piensa nuestra ruta. Tú eres la que es buena planificando cosas.

—No sé por dónde empezar.

—Piénsalo. Si eres capaz de organizar bailes y galas tan sofisticadas, también puedes planear una ruta de escape para nosotras. Elige cualquier lugar, con tal de que sea lejos de aquí.

—De acuerdo —dijo en voz baja. Esa mirada de preocupación en su rostro me causaba náuseas. ¿Era capaz de llevar esto a cabo? Solo esperaba que Phoebe pudiera idear un buen plan cuando llegara el momento.