The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 49
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Capítulo 49

CAPÍTULO

La Criatura

T odos los métodos de tortura olvidados por el tiempo desfilaron frente a mis ojos. Cortarle los dedos o el pene no bastaría para saciar la rabia que sentí cuando vi lo que había hecho con ella.

Mi pobre Alina fue obligada a soportar a esa bestia . Me estremecí físicamente al recordar la mezcla de sus olores llenando la habitación, ardiendo como si hubiera corroído mi nariz y garganta.

Quería causarle la sensación de estar muriendo una y otra vez, sin posibilidad de alivio; al igual que Prometeo, con el ave de presa que devoró sus entrañas cada día de aquel miserable sufrimiento eterno al que llamaba su existencia.

Sin importar qué tan violenta imaginara la muerte de Luka, no me sentía satisfecho. Nada lograba calmarme. Veía rojo; esto no iba a terminar hasta que la realidad coincidiera con el filtro color ira con que la estaba mirando.

—Todo esto me parece bastante romántico. ¿Seguro que no estás coqueteando conmigo? —bromeó Luka mientras salía al jardín desde detrás de un seto cuidadosamente recortado.

Descubrí mi puño golpeando el costado de su cara. Oí un crujido que pudo ser su mandíbula o mi nudillo; me encontraba demasiado aturdido para diferenciarlo. Ahora, mis extremidades se movían solas, casi por instinto.

Lo golpeé de nuevo, pero esta vez él levantó los brazos y mi puño se estrelló contra sus antebrazos.

—Qué temperamental. —Se rio Luka.

—Te voy a arrancar las extremidades y te voy a golpear a muerte con ellas —gruñí—. ¿Me escuchaste? Me aseguraré de que estés lo suficientemente vivo como para sentir todo lo que te haga.

—Ahora sí me estás emocionando. Esto es un poco más mi estilo. —Sonrió con aire burlón—. ¿Qué demonios te ha molestado tanto? No será nuestra nueva mascota, ¿verdad?

—No es una mascota —dije entre dientes, tomándolo por el cuello antes de empujarlo contra el seto. Podría arrancarle la cabeza y dejarla aquí mismo, regando el jardín con su sangre.

—Uh-uh. —Chasqueó la lengua en señal de desaprobación. Me tomó de las muñecas, apretando—. Te olvidas de quién eres, Silas. —Me apartó las manos de su cuello y me dio un empujón alejándome de él—. ¿Por qué te alteras tanto por un simple bocadillo?

—No te la habrías cogido si realmente la consideraras un simple bocadillo —le espeté.

—Tienes razón. Admito que me he encariñado bastante con nuestro pequeño cuervo.

Pero yo no fui tan idiota como para aparearme con ella.

—Se burló—. ¿En qué estabas pensando? ¿Que vivirían felices para siempre?

¿Que ella te prepararía el desayuno por la mañana y la cena cuando volvieras a casa por la noche?

—Por supuesto que no, pero tiene el potencial de ser más poderosa que nosotros dos juntos.

Sé que tú también lo ves. —Caminé en círculos a su alrededor mientras él imitaba mis movimientos—.

Su sangre es más potente que la de cualquier cosa que mi padre haya guardado aquí en secreto.

¿Te imaginas en qué se convertiría si se transforma?

—Es posible, pero ¿con qué propósito? Se rumorea que desde hace tiempo planeas quedarte con el nido de tu padre. ¿Pensabas empezar por ella? —preguntó divertido—. ¿Querías crear un ejército desde cero?

—No finjas que le tienes lealtad a mi padre. Irás a donde sea que el dinero te llame —dije con desdén. Me abalancé de nuevo hacia él, encajándole los nudillos en el estómago.

Me tomó de los hombros y se arrojó hacia atrás. Luchamos sobre el césped bien cortado, levantando tierra y hierba al forcejear.

—Aunque eso sea cierto, tampoco tengo por qué serte leal a ti. —Tras tomarme del cabello, me dio una mordida en el cuello.

Siseé, le mostré los colmillos e intenté morderlo de vuelta. Sin embargo, una vez que sus dientes me soltaron, me sujetó a un brazo de distancia.

Lo arañé. Él me mordió la mano y me dio otra patada.

Mordiscos, rasguños, patadas, arañazos… Íbamos a destrozarnos el uno al otro.

Ninguno de los dos podía ganar; poseíamos la misma fuerza, el mismo vigor.

Al final, nos quedamos en el suelo, ensangrentados y cubiertos de golpes.

El sol se había escondido para entonces.

Lo único que podíamos hacer era mirarnos con odio, observando las heridas que nos habíamos infligido.

Nos sentamos en silencio en extremos opuestos del jardín, rodeados por el follaje que temblaba con la brisa fresca, sin energía para continuar con esta lucha inútil.

—Me aseguraré de que nunca conozcas la paz —le prometí.

—Nunca he conocido tal cosa —respondió Luka.

Aquella mañana fui a verla, aunque ella no estaba lo suficientemente consciente como para percatarse de ello.

Nunca la había visto tan abatida, tan distante.

Incluso mientras descansaba, era evidente que había perdido algo.

Algo se había roto en su interior. Las criadas me dijeron que no estaba comiendo, lo cual parecía ser cierto, a juzgar por su palidez.

El suave rosa de sus labios y mejillas se había tornado en una tez apagada.

Este lugar la estaba envenenando. Necesitaba sacarla de ahí.

Sin embargo, Luka no dejaba de vigilarme, esperando tener la excusa para destrozarme justo como yo tan desesperadamente quería destrozarlo a él.

Me senté en el borde de su cama mientras la luz matutina se colaba por la ventana, arrastrándose lentamente por el suelo con el paso de las horas.

Solo quería verla, asegurarme de que estaba viva, de que no iba a desaparecer; aunque, sin duda, de cierto modo estaba desapareciendo.

No podía aguantar mucho más en un lugar como este. Era antinatural.

Tras recostarme frente a ella, le acaricié el cabello con los dedos. Aunque no se despertaba, todavía estaba respirando. Lo que fuera que Luka le había hecho la había agotado lo suficiente como para sumirla en un sueño profundo.

Atesoraba cada instante a su lado, incluso uno como este. Quizás algún día podríamos recordar este momento con orgullo por haberlo dejado todo atrás. Irnos a algún lugar lejano, donde nadie nos pudiera encontrar. Quería vivir en paz el tiempo que me quedaba con ella. Esos serían mis años favoritos.

Luka no tardaría en darse cuenta de mi ausencia en las plantas principales de la construcción. Tenía que volver cuanto antes.

—Todo terminará pronto, te lo prometo —le susurré, acariciando su rostro antes de besarle la frente—. Solo un poco más… Todos van a sufrir por esto.

Las plantas bajas del nido eran sofocantes; cada día era idéntico a una reunión de primavera.

Todos vestían prendas tan caras como ligeras, dando una impresión de pureza a pesar de la morbosa realidad de la congregación.

¿Qué tan frívolos tenían que ser para llevar puesto su mejor traje de domingo mientras aún quedaba carne humana entre sus dientes?

Había flores en cada rincón; elaborados arreglos en las mesas, jarrones a lo largo de los pasillos, junto a la puerta. Todo para enmascarar el olor metálico de la sangre.

El aroma era peor que si se hubieran dejado el hedor de los fluidos corporales ser. Además, no había necesidad de guardar las apariencias ante nadie. Era inútil fingir ser criaturas civilizadas.

Los sirvientes se afanaban en preparar la comida, aunque gran parte de esta no era para los vípera.

Además de las anfitrionas, se preparaban otros productos importados.

La carne humana era un negocio en auge para los paladares menos refinados, pero las anfitrionas eran el platillo básico del menú.

Sospechaba que debían haber unas veinte chicas repartidas por toda la propiedad.

La casa era luminosa; sus tonos crema y colores claros le daban un aspecto casi estéril.

Este nido albergaba a veinte familias, incluida la mía, aunque mi padre era el único que permanecía entre sus muros.

Por más que les gustara aparentar modernidad, los nidos funcionaban como cortes de la época romántica.

Quizás me gustaría más la idea de un nido si no fuera tan insensible.

Fingían que el trato que le daban a las anfitrionas era justo, incluso progresista, pero hacían la vista gorda ante las crueldades habituales de mi padre.

Cobardes . Se suponía que todos estaban del mismo lado, pero el único lado que de verdad tomaban era el propio.

Entré en la cocina con la intención de prepararme una taza de café. Sin embargo, cierto salvaje de cabello oscuro ocupaba toda la estancia.

—¡Silas! ¿La riña de anoche te abrió el apetito? —Luka sonrió; las heridas en su rostro le brindaron un instante de alegría al amargo momento.

—Sí, ahora muévete —murmuré, pasando a su lado para servirme café del sifón sobre la barra. Al mover el brazo, todavía podía sentir los arañazos y mordiscos que me había dejado en el hombro.

—¿Cómo estaba ella esta mañana? —preguntó con una sonrisa burlona—. ¿Viste todas esas bonitas marcas que le dejé? Deberías haberla visto. Estuvo magnífica.

—Si vuelves a mencionar su nombre, te arranco la lengua de la boca.

—¿Quieres hacerme qué en la boca? —Levantó la voz, causando que algunos ojos se tornaran hacia nosotros.

—Cállate —susurré, dándole un empujón en el pecho.

Algunos de los otros vípera miraron en nuestra dirección con recelo.

—Ten cuidado; aquí nadie te profesa lealtad. Estás rodeado por algunos de los vípera más antiguos que has conocido. No les des motivos para deshacerse de ti. —Levantó las manos en señal de rendición.

Di un paso atrás, volviendo a mi taza de café. Me recargué en la barra mientras daba un sorbo. Concentrarme en el sabor amargo era más fácil que intentar interrogar a Luka con tantos ojos posados sobre nosotros. Mientras el nido permaneciera concentrado e intacto, él también estaría a salvo.

—¿Cuándo volverá mi padre?

—Dentro de un par de semanas, posiblemente. —Luka se encogió de hombros, recargándose en la barra junto a mí—. ¿Por qué? ¿Nervioso de ver a papá?

—No —me limité a responder, sumiéndome en mis pensamientos.

—Sin duda le encantará saber que su hijo se acostaba con su anfitriona y con la Envenenadora al mismo tiempo. Eso debería hacerte ganar algunos puntos con él —dijo con sarcasmo.

—No puede esperar que lleve un registro de todas las cosas que él cree que son suyas.

—No, pero ahora tiene más sentido que no la hubieras encontrado antes. —Luka se rio—. Quizá la escondió para protegerla de ti .

—Tonterías.

—La escondió a plena vista, justo al lado de tu hermosa hermana.

—Si vuelves a hablar de cualquiera de ellas, no dudaré en hacer una escena. —Mis ojos se hundieron en él—. Phoebe está fuera de los límites. Mi padre te cortará la cabeza si te metes con su favorita.

—Estoy seguro de que el gran señor lo entenderá. Si te mato ahora, quizá me la conceda como recompensa.

—A ella no le gusta la compañía de los hombres —dije con franqueza—. Sus gustos son menos ortodoxos; es bastante bostoniana. No encontrarás tanta alegría en esa conquista como piensas.

—¡Ah! Yo que pensaba que nunca visitabas a tu hermana menor porque en todo este tiempo no habías visto la joya que llevaba a su lado.

—Eso no es cierto. Conozco bien a mi hermana y la visito a menudo, a solas. Me prohibió asistir a sus fiestas porque no le gusta que «persiga a sus invitadas», como ella dice. Además, es fácil pasar por alto una sombra como Alina, que rara vez decide asistir.

—¿Pensabas que tu hermana no tenía amigas?

—Sabía que tenía una amiga —suspiré—. Me dijo abiertamente que me la había ocultado.

¿De cuántos hombres se alimentó Phoebe solo porque molestaban a su amiga?

Mi hermana tardó años en dejar el hábito de entrometerse en su vida amorosa.

Se parecen más de lo que quieren admitir.

No supe que Alina era esa misma amiga sino hasta después.

—Lo único que he oído es que tú y tu hermana tienen los mismos gustos en cuanto a mujeres.

Rodé los ojos con desdén antes de alejarme. No tenía sentido permitir que se burlara de mí. Solo estaba ahí para provocar, en espera de que algún tipo de conflicto le diera la excusa para destriparme. Tenía un nuevo plan para salir de este desastre; uno en el que podía utilizar a Luka.