Capítulo 48 #2
—¿Cómo pedimos las cosas? —canturreó, levantándose de su asiento. Me rodeó hasta quedar delante de mí, arrodillándose frente a mi rostro. Su fusta recorrió suavemente las marcas rojas de mis muslos, haciendo que mi piel se estremeciera.
—Por favor —logré articular con voz entrecortada.
—¿Por favor qué? —preguntó, inclinando la cabeza como si hubiera algo que lo confundiera en mis palabras.
Me removí en mi lugar con desesperación.
— Por favor , déjame pararme del arroz. —Mi voz temblaba.
—¿Crees que te lo has ganado?
—Sí. —Asentí con la cabeza—. ¡Por favor, he hecho todo lo que me has pedido!
—No todo. —Sonrió—. Te recompensaré, pero te quedarás encima del arroz.
—¡No! —Temblaba—. Por favor, haré lo que sea. ¡Solo déjame levantarme!
—Palabras peligrosas, Alina —me advirtió y poniéndose de pie, caminó alrededor de mí hasta quedar a mis espaldas—. Te pediré una cosa más. Y entonces podrás levantarte.
—Lo que sea —espeté temblando y apretando las manos contra los muslos.
Oí dos rodillas posándose en el suelo. Entonces él me empujó hacia el frente.
Mi voz se entrecortó cuando mis palmas golpearon la madera cubierta de arroz.
—¿Luka? —pregunté con voz temblorosa—. ¿Cuál es la última cosa?
Un objeto duro y cálido empujó entre mis piernas, moviéndose entre mis muslos con caricias constantes y provocadoras.
—No… —Sollocé.
Se inclinó hacia el frente, colocando sus manos sobre las mías mientras su cuerpo se cernía sobre mi espalda por detrás. Todo mi cuerpo estaba perdiendo el control, temblando como un animal acorralado.
—Déjame entrar —me susurró al oído—. ¿No quieres tu recompensa por haber sido tan buena conmigo?
Temblé con más fuerza. Sentí mareos; solo podía concentrarme en el arroz esparcido bajo nuestras manos, sobre la madera.
Pasó su lengua por mi cuello; parecía estar saboreando mi sudor, el regusto de las endorfinas que recorrían mi cuerpo.
—Prométeme… que no habrá más —susurré.
—No habrá más después de esto, lo prometo —dijo contra mi piel, deslizando el calor entre mis piernas. Hizo presión contra mi vulva—. Dime cuando estés lista.
Asentí con la cabeza, tragando saliva con dificultad al tomar conciencia de la fricción que me rodeaba. El calor de sus manos, el arroz rozando mis rodillas y sus suaves labios recorriendo mi piel… Todo era demasiado.
—No, necesito que lo digas —bajó la voz, dándome mordiscos en el hombro donde antes había dejado su marca.
—Estoy… Estoy lista.
—¿Para qué?
—Tu pene —dije con voz entrecortada—. Por favor, solo ponlo dentro.
—Buena chica —sus palabras sonaban ansiosas, hambrientas.
Al empujarse hacia el frente, entró en mí. Tanto el calor sofocante que emanaba de su cuerpo como la fricción por estar totalmente desprevenida me hicieron sentir algo diferente; era como si en comparación con la dureza que había estado soportando, este tipo de dolor fuera casi dulce.
Apreté los puños. Él entrelazó sus dedos con los míos, apretando mis manos con más fuerza todavía. Era demasiado íntimo. Todo esto estaba mal . Sin embargo, estaba dispuesta a llorar en los brazos de quien fuera que pudiera detenerlo.
Me dio suaves besos en la nuca y esa ternura me hizo sonrojarme con un estremecimiento. En cuanto mis codos cedieron, bajé el pecho hasta el suelo. Solté las manos de Luka, tratando de recuperar un poco de control.
Él se rio entre dientes. Se inclinó hacia delante, acariciándome la espalda con las manos para luego descansar una en la nuca y la otra en la cintura mientras empujaba.
Cada vez que entraba en mí, hacía que mi cuerpo se sacudiera.
Mis rodillas y mi pecho rozaron el suelo y los granos se me clavaban en la piel.
—¿Qué tal se siente, Alina? ¿Es lo que esperabas o preferías que siguiera actuando inocente? —bromeó.
Sacudí la cabeza, negándome a darle una respuesta.
Su mano se deslizó a lo largo de mi cuello, peinando mi nuca con los dedos antes de tomar un puñado de mi cabello; tiró de él hasta que mi espalda chocó contra su pecho.
—Te hice una pregunta —susurró—. Pero como no quieres responder en voz alta, deja que lo haga por ti.
Movió su otra mano sobre mi cintura y la llevó hacia delante, posándola sobre la parte inferior de mi estómago.
—En estos momentos, te odias a ti misma porque sabes que te gusta.
Me sientes muy adentro de ti. —Presionó mi abdomen, empujándose más profundamente en mi interior—.
Lo peor es que me quieres tener justo aquí, enterrado en tu vientre.
Y me suplicarías que me apareara contigo si pudieras, que lo soltara todo adentro de tu cuerpo, pero eres demasiado terca para dejar que ese pensamiento tome la forma de una súplica en tus dulces labios.
—Jadeó, empujando más rápido al tiempo que se estampaba contra mí.
Grité, clavándole las uñas en los muslos mientras me cogía como si fuera un animal.
Me tiró del cabello con más fuerza, presionando su mejilla contra la mía e impidiendo que me despegara de él.
—Oh, Alina…, eres tan suave. Tu carne es tan blanda, tan dulce por dentro y por fuera.
Me causará un gran placer destrozarte. —Gimió y mordiéndome el cuello, empujó mi abdomen con más violencia.
Luego de recargarse en sus rodillas, me hizo sentarme sobre él.
Lo sentía palpitar, llenándome con su semilla.
Temblaba más que nunca en mi vida. Aunque las lágrimas caían sin cesar de mis ojos, no me atrevía a emitir sonido alguno.
Cuando bajé la mirada, pude ver sus espinas estirándose cerca de mis muslos, ansiosas por entrar, mi carne apenas fuera de su alcance.
Me tranquilizó que me hubiera ahorrado ese dolor tan vergonzoso; sin embargo, me sentí culpable por agradecerle algo tan mínimo después de lo que me había hecho pasar.
Me soltó en cuanto terminó, dejándome caer de su regazo.
Me ovillé en el suelo. La vergüenza de sentir siquiera una pizca de placer por lo que acababa de ocurrir me dio la impresión de estar viviendo una experiencia fuera de mi cuerpo.
Cada parte de mí me resultaba repugnante y al mismo tiempo, vibraba con una intensa emoción.
Era como vivir lo de Isaac de nueva cuenta. No podía soportarlo. Todo era mi culpa.
—Qué vista tan encantadora. —Sus brazos rodearon mis piernas y mi cintura, recogiendo mi cuerpo inerte para acercarlo a su pecho.
Nos llevó a la cama, acomodándose contra el cabecero; ahora se portaba con delicadeza.
Volví a sentir esa sensación familiar que solía tener cuando estaba cerca de…
, bueno, de Viktor. Sentí como si hubiera muerto; un amigo que nunca fue real, ahora relegado a mi memoria.
En mi cabeza, era como si Luka hubiera asesinado a Viktor, lo cual me hizo extrañarlo aún más.
Pero mi cuerpo no sabía esto, lo cual volvía todo aún más confuso.
Me quedé mirando un hilo suelto de la manta mientras Luka… ¿me lamía?
Me dobló la pierna hacia arriba, lamiendo los cortes y rasguños de mis rodillas.
Conforme recorría mi cuerpo, su lengua provocó un entumecimiento en mis heridas.
Besó mis palmas con suavidad antes de lamer los cortes en forma de rejilla que me irritaban la piel.
Era extraño encontrar consuelo en ese gesto mientras me acunaba contra su cuerpo.
Mi cabeza se recargaba contra su pecho. Era como si hubiera estado corriendo; me sentía completamente agotada, mental y físicamente. Mi cuerpo ni siquiera tenía energía suficiente para temblar, estremecerme o apartarme de su tacto.
Ni siquiera el crujido de la puerta logró llamar del todo mi atención. Lo único que quería era cerrar los ojos. Y eso fue lo que hice.
—Ah, llegas un poco tarde. Pero quizá la próxima vez.
Hubo una larga pausa. Sin embargo, no hicieron falta palabras para que supiera quién había entrado a la habitación. Oprimida por el peso de la humillación, me dieron ganas de hundirme en el colchón, como si este fuera arena movediza.
—Tienes… exactamente treinta segundos… para explicarte. —Las palabras sonaban dolorosas en la garganta de Silas, como si estuviera conteniendo una furia tan formidable que podría tener proporciones bíblicas.
—Entrenando a la nueva mascota, por supuesto. Lo pasamos de maravilla, ¿no es cierto, Alina?
Negué con la cabeza. Sentí cómo el calor subía por mi cuello hasta las orejas.
—Veinte segundos…
—No seas tonto, Silas. Ambos sabemos que no me pondrías un dedo encima mientras tenga a tu preciada posesión entre mis manos.
Me basta un movimiento de la muñeca en su cuello para terminar con ella —dijo Luka con tono alegre, como si estuviera contando una broma sin importancia.
Luego me cambió de posición en su regazo, de tal modo que mi espalda quedó contra su pecho.
Apreté los ojos con fuerza mientras él me separaba las piernas, abriéndolas para mostrarle a Silas lo que había hecho. Temblé cuando sentí el semen caliente derramarse entre mis muslos. Lo único que pude hacer fue soltar un quejido. Luego, me tapé la boca con las manos para ahogar el sollozo.
—El jardín, en diez minutos.
—Suena como una cita —ronroneó Luka, cerrando mis piernas de vuelta.
Una vez que terminaron sus palabras, el ambiente quedó cargado de una espesa tensión.
O no tenían nada más que decir o no querían decirlo delante de mí.
El tiempo que pasó me pareció una eternidad.
Quería estar sola. Quería que los dos me dejaran en paz, en lugar de utilizarme para sus estúpidos juegos.
Mi deseo se cumplió cuando mi mente se sumió en la oscuridad. Ni siquiera alcancé a escuchar el portazo antes de sumirme en lo más profundo de mi mente.