The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 48
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Capítulo 48

CAPÍTULO

La Envenenadora

L as paredes se cerraban cada día más.

Juraría que la habitación era mucho más grande cuando llegué.

Habían pasado siete días desde entonces.

Era como si cada vez que dejaba caer los párpados, alguien moviera las paredes un par de centímetros.

También habían pasado siete días desde la última vez que vi un rostro conocido.

A las criadas, las únicas que me hacían compañía, les tomó varios días confiar en mí lo suficiente como para dirigirme la palabra.

A lo largo del día me hacían alternar entre tres cuartos distintos: la habitación, una pequeña sala con una mesa para comer y un cuarto de baño. Esa mañana me sirvieron granada, bayas, queso añejo, galletas y unos huevos.

Aún no me habían dado ropa.

—¿Entonces estás diciendo que los puestos de anfitriona son voluntarios? —Picoteé la granada de mi plato, frotándome la piel del cuello, irritada por el collarín.

—¡Sí! Se contrata a las anfitrionas para que sirvan a un nido o

a una persona. Se les paga muy bien y pueden vivir cómodamente —respondió la criada.

—Entonces, ¿qué hago aquí? —pregunté mientras observaba a la criada rubia sentada frente a mí.

—Por desgracia eso no lo puedo responder. No porque no quiera, sino porque simplemente no lo sé. Es algo inusual.

Era tan amable como para acompañarme a comer cuando se lo pedía. Ninguna de ellas parecía al tanto de lo que ocurría. Era como si estuvieran recitando de memoria un manual sobre cómo responder a mis preguntas.

—¿Por qué no he visto a nadie? Ya ha pasado una semana.

—Nos dijeron que no podíamos dejar que nadie te viera mientras te recuperabas y te acostumbrabas a la rutina. —Sus palabras sonaban como si las hubiera estado practicando.

Asentí con la cabeza en señal de aceptación, como si me hubiera convencido.

—Ya no tengo apetito. Estoy lista para volver. —Le sonreí, sosteniendo el pequeño cuchillo de queso en la palma de mi mano mientras lo posaba sobre mi regazo.

Me llevaron de vuelta a la habitación. Una vez que cerraron la puerta con llave, metí el cuchillo dentro de la funda de la almohada. Me tranquilizó saber que no estaba completamente indefensa, aunque sabía que si me mantenían encerrada ahí, era tanto por mi seguridad como por la de ellos.

Por lo que había averiguado a través de las criadas, tanto las anfitrionas como los víperas tenían horarios sumamente estrictos.

Se hacía sonar una campana para indicar cuándo podían alimentarse de las anfitrionas y, si alguno resultaba dañado, eso podía significar el exilio del nido o la pérdida de uno o dos dedos, dependiendo de la gravedad.

Me tranquilizaba saber que, aunque seguía siendo un rehén, mi título de anfitriona me proporcionaba cierta protección.

Aunque hacía tiempo que había desaparecido, el efecto del veneno que había usado en mí misma me dejó con la sensación de estar hundiéndome en un vacío.

Hasta ahora, nunca me había visto obligada a confrontar las consecuencias de mi dependencia a las sustancias.

La vida era extremadamente dura cuando no se usaba nada para suavizar sus golpes.

Me tiré sobre la cama, hundiendo el rostro en su suavidad.

Un grito desgarró mi garganta, amortiguado por la almohada mullida.

Todo lo que podía hacer era seguir la rutina, tan simple como era.

Estaba confinada entre cuatro paredes durante las horas que hicieran falta hasta la siguiente vez que me dieran de comer, me dieran un baño y así sucesivamente.

Un ruido agudo rasgó el aire y me despertó con un sobresalto.

—¡Bienvenida de nuevo al mundo de los vivos! —exclamó Luka.

Con un chirrido, arrastró una silla de madera por el suelo hasta la esquina.

—No deberías estar aquí. —Me incorporé rápidamente—. Sé que no te está permitido. Las criadas me lo dijeron.

—¿Ah, sí? —No me prestó atención alguna; se imitó a examinar la posición de la silla. En su mano tenía una fina fusta trenzada. La balanceó hacia arriba y esta silbó al cortar el aire. Inspeccionó la lengüeta plana de piel en su extremo.

—No puedes alimentarte de mí. Ni siquiera puedes tocarme sin permiso. Ahora soy una anfitriona, ¿no es cierto? Te vas a quedar sin un dedo.

—¿Y quién crees que es el encargado de cortar dedos, eh? —Se giró sobre sus talones para mirarme. Me di cuenta de que su atuendo también era un tanto ecuestre. Botas altas de montar de piel brillante con pantalones oscuros y una camisa holgada.

—¿Estás jugando conmigo?

—¿Qué te hace pensar que estoy jugando? Es hora de una lección.

—¿Una lección?

—Bueno, tenías razón a medias sobre lo de ser una anfitriona. También eres un rehén. Un rehén al que quizá haya que… quebrar un poco. —Sonrió con aire burlón.

—Estás enfermo. ¿Por qué sonríes cuando dices eso?

—Porque esto será más divertido para mí que para ti. —Se acercó al borde de la cama, hundiendo la rodilla en el borde del colchón antes de arrastrarse con lentitud hacia mí.

—Eres un sádico.

—Lo dices como si fuera algo de lo que debiera avergonzarme —dijo lentamente. Sus movimientos se detuvieron por un momento antes de abalanzarse.

Saqué la hoja de debajo de la almohada. Le corté la mejilla mientras me tropezaba hacia el otro lado de la cama.

Se quedó quieto, acariciando el corte reciente con el dedo. La sangre formaba una línea nítida; él inspeccionó las gotas frescas en su mano. Una lenta sonrisa se posó en su rostro antes de que sus ojos se clavaran en mí, entornándose hacia su presa.

—Hoy estás tomando las decisiones más terribles y deliciosas.

Volvió a lanzarse, saltando por encima de la cama. Me tomó por el cuello, haciendo que las puntas afiladas del collarín se clavaran bajo mi mandíbula.

—Luka, no…

—Muy tarde para eso. —Sonrió con malicia, empujándome hacia la esquina junto con la silla.

Se oyó un suave chasquido. Sentí cómo se aliviaba la presión de mi cuello al tiempo que el collarín caía al suelo. Lo miré a través de mis pestañas mientras me frotaba el cuello con la mano.

—No pongas esa mirada esperanzada —dijo con tono seco—. Necesito que te concentres en este ejercicio. No puedo permitir que te distraigas con nada además de tu tarea.

—¿Qué quieres decir?

Tomó un tarro de cristal del suelo y vació su contenido delante de la silla.

Cientos de granos de arroz se esparcieron por el suelo, imitando el sonido de una lluvia suave. Sospeché que ese sonido sería lo único reconfortante de la actividad.

—Arrodíllate.

—¿Arrodillarme?

—Sí, Alina, me has oído bien. De rodillas sobre el arroz —ordenó Luka.

Miré el arroz esparcido por el suelo. ¿Qué era eso?

Antes de que pudiera pensarlo más, Luka me dio una patada en la parte posterior de las rodillas, luego otra, hasta que estas se fueron a posar sobre la superficie rugosa.

Grité, temblando por el impacto del movimiento. Los pequeños granos de arroz se clavaron en mi piel con la fuerza de mi propio peso.

Luka me rodeó, sentándose en la silla. En esa posición, no estaba frente a él; desde donde estaba sentado, tenía una buena vista de mi perfil lateral. Recargó la larga fusta sobre sus rodillas y me miró.

—Ponte de rodillas, derecha —ordenó, dándome un ligero golpecito en el trasero con el extremo de la fusta.

Al ponerme recta, sentí cómo el arroz rozaba contra los huesos de mis rodillas. Tropecé ligeramente hacia el frente y mis manos tocaron el suelo.

¡Fwip!

Su fusta golpeó mi mano. Me aparté del suelo con un susto.

—He dicho derecha; no hacia delante ni hacia atrás. —Me miró con malicia, ladeando la cabeza. Era como si esperara que hiciera todos los movimientos equivocados, sin decirme cuáles eran estos en primer lugar. Yo tenía que averiguar las reglas sobre la marcha.

—No puedes castigarme cuando no sé qué quieres que haga —espeté, apretando los dientes y mirando fijamente a la pared, negándome a verlo de frente.

—Te di instrucciones bastante claras.

Me puse de rodillas lo más recto posible; sin embargo, el arroz me impedía mantenerme firme. Me incliné ligeramente hacia atrás para ajustar mi posición sobre la superficie rugosa.

¡Fwip!

Me azotó la parte posterior de los muslos, arrancándome un grito. Podía sentir el ardor marcando una línea recta justo donde me había golpeado la fusta.

Lo mismo ocurriría si me inclinaba demasiado hacia delante.

¡Fwip! ¡Fwip!

Me golpeaba tanto la parte posterior como la anterior de los muslos para mantenerme recta. Cuando bajé la mirada hacia mis muslos, pude ver líneas rojas surgiendo en los lugares donde me había golpeado, grabándose en mi piel para que lo recordara.

Al cabo de un rato, me volví bastante buena.

Me mantenía recta, quieta, en calma. Si me concentraba en la pared al frente, dejándome llevar, olvidaba el dolor que se incrustaba en mi piel, quemándome la carne.

El control de la respiración era fundamental si quería desconectarme de todo lo demás.

Dejó de golpearme con la fusta. No había nada que criticarle hasta que decidió cambiar las reglas de nuevo.

Aunque conseguí que dejara de golpearme con la fusta, eso no detuvo las punzadas en mi cabeza.

El dolor era lo único en lo que podía concentrarme, a menos que me disociara de él, lo cual ponía en riesgo mi postura.

Lentamente, el mareo se apoderó de mí. Ya no pude ignorar el dolor y con él, llegó otra sensación.

Era como si mi cuerpo estuviera compensando mi situación inundando cada rincón con endorfinas.

A medida que esperaba, el dolor y el entumecimiento parecían florecer, haciéndose más intensos.

Tal vez al comienzo era la adrenalina lo que me mantenía en pie, pero ahora todo se mezclaba.

No podía distinguir el dolor de lo que fuera que estaba sintiendo.

—Lo estás haciendo muy bien, Alina —me felicitó Luka.

Lo miré. Se veía borroso, mi vista nublada. No podía hablar: si lo hacía, perdería la concentración.

—¿Quieres que nos detengamos con el arroz? —me preguntó, casi con amabilidad.

Asentí lentamente.