Capítulo 47 #2
Con la habitación para mí sola, finalmente miré a mi alrededor.
Parecía más apropiada para una mascota mimada que para un ser humano.
Había pocos muebles, entre ellos una silla frente a la amplia ventana, la cual no parecía que se pudiera abrir.
Aparte de eso, había una cama, así como un montón de almohadas y mantas de lana dobladas cuidadosamente sobre la tumbona.
Ni siquiera se me concedió la decencia de un espejo.
Las paredes eran grises y vacías, con algunas grietas en la pintura, testimonio de su estado de abandono. Esta era una prisión dispuesta de improviso.
Me acerqué con timidez a la ventana. Mirando hacia el exterior, descubrí un campo que rodeaba la finca hasta llegar a la línea de árboles.
Luka salió por la puerta principal acompañado de alguien mientras fumaba.
Reconocí al otro hombre como Nikolai, su supuesto compañero.
Este me descubrió por el rabillo del ojo, saludándome con un gesto inocente antes de volver a su conversación.
Al verlo, mi rostro se contrajo con repugnancia.
Me volví hacia la habitación. Tomé una de las mantas de lana dobladas en la tumbona para envolverme con ella.
Mi mente intentó reconstruir mis pasos. ¿Dónde estaba mi ropa?
Necesitaba mi bolso con el veneno. No sabía cuál sería mi plan, pero no podía permanecer desarmada por mucho tiempo.
Tras arrastrarme hasta la cama, me quedé mirando las pequeñas grietas de la pintura mientras intentaba pensar.
¿Qué es real? ¿Qué es lo que realmente sé ahora?
El verdadero nombre de Viktor era Luka. Luka era un psicópata a sueldo.
Silas y Phoebe eran hermanos. Phoebe había sido una vípera todo este tiempo, aunque era más joven que los otros.
Me habían sumado a una colección de anfitrionas en su nido.
Ahora mismo me encontraba en un nido. Estaba en el campo, en una de las propiedades del señor Aston, que también era su padre.
El señor Aston también me había estado preparando para este destino, ya fuera por misericordia o por malicia.
Dejé salir un quejido, sosteniendo mi cráneo que latía con fuerza. Era demasiado para asimilarlo de golpe, pero estaba haciendo lo posible por aclarar mis ideas antes de enfrentarme de lleno a la realidad.
Lo único que me tranquilizaba era saber que no iban a matarme, según lo que me había explicado Luka. Aunque eso no significaba que no fueran a turnarse para hacerme pedazos. Lo peor de todo, era que no podía confiar en ninguna de las personas que hubiera esperado que vinieran a rescatarme.
Todas las personas en mi vida me habían estado ocultando sus secretos.
Ya no conocía a ninguna de ellas.
Aunque la situación estaba lejos de ser ideal, el colchón parecía caro, así que dormí como un tronco.
Estuve dormida desde el momento en que me dejaron sola hasta la mañana siguiente, abrazando el sueño mientras la depresión me envolvía las extremidades, drenando toda mi energía.
Era inútil ignorar la sensación de impotencia.
El pábilo se había extinguido al final de mi vela metafórica: no quedaba cera por quemar.
Más valía aprovechar la oportunidad para descansar.
Mientras yacía ahí, en silencio, las criadas entraban y salían, recogiendo las bandejas de comida sin consumir. No me moví de mi lugar en la cama y las criadas tampoco me molestaron.
De repente, sentí un agudo pinchazo en mi hombro herido. Me giré con brusquedad, atrapando esa pálida mano en el aire.
Ella gritó ante el movimiento repentino.
—Phoebe. —Mis ojos se abrieron por completo
—Alina…
—¿Qué has hecho? —Mi expresión se torció en agonía.
Ella evitó mi mirada.
La tomé del brazo para atraerla hacia mí.
—¿Me escuchaste? —grité.
Se veía patética. Como un perro al que han atrapado haciendo algo que no debía.
¿Cómo podía ser tan débil como para permitirles hacer algo así?
Después de todo lo que había hecho por ella, ¿no era capaz de confiar en mí?
¿De decirme la verdad? Aunque mis emociones se estaban apoderando de mí, no sentía ninguna empatía por ella. Le apreté la muñeca con más fuerza.
—M-me estás haciendo daño —dijo con voz tensa.
—Bien. Te lo mereces —respondí con desdén—. Ya que te crees tan capaz que ni siquiera te molestaste en advertirme del peligro, ahora vas a sacarme de aquí. —Mis palabras cortaron como una gélida navaja.
Podía sentir cómo se esforzaba por frenar sus propios razonamientos.
—No puedo —susurró, incapaz de mirarme.
—¿Cómo que no puedes? —la reprendí, incorporándome rápidamente.
—No sé qué hacer. Nos están observando. Escuchando —dijo en voz baja, mirándome con simpatía.
—Necesito que encuentres mi bolso. —Me incliné hacia ella para hablar en voz baja.
—¿Lo que te preocupa ahora mismo es tu bolso?
—No, dejé algo en su interior. Unos tubitos de cristal de un centímetro y medio —le expliqué, mostrándole el tamaño entre mis dedos.
—Está bien, de acuerdo. Lo intentaré. No sé dónde lo han puesto…
—Averígualo —espeté al tiempo que soltaba su muñeca.
—Alina —comenzó a decir—, no puedes fingir que yo era la única que guardaba secretos.
—No creas ni por un segundo que Silas no va a descubrir un cuchillo en su pecho tan pronto le ponga las manos encima. Puedes estar tranquila.
—No me refiero a él. —Ella frunció el ceño—. ¿Por qué no me dijiste que eras una envenenadora?
—Por la misma razón por la que tú no me dijiste que eras una de esas cosas. ¡O que Silas era tu hermano!
— Medio hermano —corrigió. Sus ojos encontraron la marca de la mordedura en mi hombro—. Podría haberte ayudado.
—Me vas a ayudar ahora. Es lo mínimo que puedes hacer después de todo esto. —Ella quiso protestar, pero se contuvo. La tensión entre nosotras era palpable, como manteca fría—. ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Tan poca confianza tienes en mí? —le pregunté.
—Alina, no lo sabía.
—Nos conocemos desde que tenemos uso de razón. ¿Cómo es posible que nunca haya salido el tema?
—Me dijeron que me ibas a abandonar si te enterabas. Mi padre dijo que todo era por tu seguridad. —Su labio tembló—. Dijo que si te lo contaba, saldrías lastimada y que sería culpa mía. Cuando nos hicimos mayores, ya era demasiado tarde para contártelo.
—Te habría escuchado.
—Sé que lo habrías hecho. —Suspiró—. Pero eras demasiado importante como para arriesgarme a perderte.
Pensé que no le hacía daño a nadie guardándomelo para mí.
—Me tomó las manos entre las suyas—. Debes comprender que por culpa de Silas, no se me permitía tener amigos fuera del nido.
Ni siquiera vivía en el nido de manera permanente.
Le rogué a mi padre que me dejara tener una sola amiga y él me permitió verte.
No te podía perder. Eres todo lo que tengo.
Podía verlo en sus ojos. Sin embargo, su vergüenza era tan grande que le impedía decirme todo lo que quería. La rodeé con los brazos, ella me abrazó de vuelta. Las lágrimas caían sobre mi hombro y la escuché sollozar.
—Lo siento mucho, Alina. No tenía que haber acabado así.
—Lo sé, te creo —le dije en voz baja, abrazándola con fuerza—. Saldremos juntas de aquí. Empezaremos de nuevo. Nos alejaremos de este lugar.
Era imposible seguir enojada con ella. No lo admitiría en voz alta, pero ambas habíamos guardado nuestros secretos por motivos similares. Todo lo que hacía era para proteger a las personas como ella, a los seres puros y bondadosos de este mundo.
Después de un rato, se levantó en silencio.
—Volveré en cuanto averigüe dónde están tus cosas. Solo… no llames la atención por ahora. —Se acercó a la puerta y me miró una última vez antes de cerrarla tras de sí.
Después de eso, no pude conciliar el sueño.
Volví a morderme las uñas, elaborando un plan en mi cabeza.
Mi única arma era el veneno, que podía o no ser eficaz.
¿Es que acaso tenía que envenenar a todo el mundo para salir de este problema?
¿Podría Phoebe organizar nuestra huida? Tenía que pensar, pero era imposible hacerlo con el estómago vacío.
Además, se me estaban terminando las últimas reservas de adrenalina.
Mi estado de ánimo se estaba volviendo irascible.
Comenzaba a resentir la abstinencia de mi nueva automedicación; quizá tomarla no había sido la decisión más acertada, aunque no podía haber previsto mi situación actual.
Otro error que no hubiera cometido de haber conocido el panorama general de las cosas.