Capítulo 47
CAPÍTULO
La Envenenadora
L as sacudidas del carruaje sobre el accidentado camino me devolvieron lentamente la conciencia. Aunque abrí los ojos, seguía sin ver nada. Las fibras de lana ásperas me rozaban el rostro y se metían en mi boca. Llevaba una capucha en la cabeza, pero no notaba ninguna otra prenda sobre mi cuerpo.
Una cuerda me ataba las muñecas y los codos a la espalda, al igual que las rodillas y los tobillos. Ahora estaba segura de que me habían quitado la ropa. Yacía de lado y una pesada bota descansaba sobre mi cadera.
¿Me está utilizando como reposapiés?
El carruaje se detuvo, sacudiendo mi cuerpo y arrancándome un quejido debido al dolor en el hombro. A medida que recuperaba la lucidez, dicho dolor me hizo más consciente de mi cuerpo.
Tras un momento de silencio, el aire frío me golpeó al abrirse la puerta. La presión de la bota desapareció, solo para que unos brazos robustos jalaran con fuerza de las cuerdas que me sujetaban. No pude evitar una mueca de dolor cuando me levantaron, poniéndome en manos de alguien más.
—Ah, me alegra que hayas podido unirte a nosotros desde el reino de los sueños —dijo Luka con voz asordinada por la tela de lana.
Me hubiera gustado darle una réplica ingeniosa, pero no me quedaba energía para ello.
Era como si estuviera sumida en una especie de sueño febril; paralizada.
Tan pronto estuvimos en el interior, el olor dulzón y empalagoso de las flores abrumó mis sentidos. Di un traspié. Era demasiado dulce: como si tuviera el propósito de disimular otro aroma.
—Si vomitas encima de mí, te dejaré caer —me amenazó.
Me hizo subir unas escaleras. Conté treinta y cinco escalones, un rellano y, enseguida, veinticinco escalones más. Empujó una puerta con la cadera y luego la cerró de una patada tras de sí.
Giré la cabeza, desesperada por distinguir algo. Me soltó y mi espalda golpeó el suelo con un fuerte ruido sordo.
—¡Maldición! —grité con el cuerpo rígido. Me quedé sin aliento al caer sobre mis brazos inmovilizados.
—Que esto sea o no una maldición, depende enteramente de ti. —Me arrancó la capucha de lana de la cabeza.
Tardé un segundo en enfocar la vista sobre la figura oscura que se cernía encima de mí. Tan pronto me incorporé, me puso una bota en el pecho.
—Buenos días —dijo Luka con dulzura—. Bienvenida al nido.
Me negué a responder.
Se inclinó. Me tomó el rostro con la mano, obligándome a sumir las mejillas.
—He dicho buenos días. ¿Qué se responde?
Lo miré en silencio.
— Alina —aunque su tono era dulce, tenía un matiz venenoso—, no creo que quieras que sea tu entrenador. Eso nunca termina bien.
—No soy un perro, demonio.
—Respuesta incorrecta. —Acercó su bota a mi hombro lesionado y lo presionó.
Grité de dolor. Las lágrimas brotaron de mis ojos a la fuerza.
—Intentémoslo de nuevo. ¡Buenos días, Alina! —dijo con entusiasmo, esbozando un gesto de deleite carnal.
—Buenos… días —logré articular con dificultad.
—Buena chica. —Se quitó la bota e inclinó la cabeza hacia mí con inocencia fingida —. Oh, no te desanimes, pequeña. Pronto te acostumbrarás a cómo son las cosas por aquí —dijo antes de abrir la puerta de golpe.
Tres criadas entraron revoloteando con cuencos y sábanas limpias.
Él se agachó y tras sacar un cuchillo de su cintura, lo colocó debajo de una de las cuerdas.
—Te recompensaré quitándote estas ataduras. Pero si no te comportas, no tendré ningún problema en volver a atarte —advirtió.
Asentí con renuencia.
En cuanto cortó las cuerdas, estas se deslizaron por mis extremidades. Me levantó y se sentó en el borde de la cama conmigo entre sus piernas.
—Suéltame.
—Es por tu seguridad y la de los demás. Tengo que asegurarme de que no le hagas daño al personal, pequeña salvaje —tarareó, dándome golpecitos juguetones en la nariz
«Impasible» era la forma más educada en que podía describir mi expresión en esos momentos. Él se limitó a reír, colocándome de tal modo que mi espalda quedara contra su pecho y mi rostro hacia las criadas.
Empezaron a usar paños húmedos para limpiarme el cuerpo.
Dejaron un cuenco con un líquido lechoso a mi lado.
Olía a vainilla y se sentía suave sobre la piel.
Luego de frotarme el cuerpo, una de las criadas me untó un líquido encima.
Miré mi brazo, justo donde lo había puesto, examinando la sustancia aceitosa; olía como flores.
Al terminar, dos criadas se marcharon. Una sola se quedó; esta vez, removió un objeto que tintineaba dentro de la caja que tenía enfrente.
Metió la mano y sacó lo que parecía un collarín de oro.
Mis ojos se agrandaron. Me moví para levantarme, pero los brazos de Luka me rodearon la cintura, sentándome de nuevo con firmeza.
—¡Suéltame! —grité y, girándome, le di una bofetada en la cara.
Él tomó la muñeca con que lo había golpeado y apretó.
—¿Qué acabamos de decir acerca de tu comportamiento?
La presión de sus manos hizo que mi pánico se agravara. Mis ojos se dirigieron hacia la criada, que trajo consigo unas piezas de metal.
—¿Qué es esto, la Edad Media? —gruñí.
—Oh, no lo veas así. Piensa en ello como decoración.
La criada me colocó el collarín plano alrededor del cuello.
El metal era de un dorado llamativo y en la parte superior tenía unos afilados motivos de flores de lis que sobresalían hacia arriba.
Estaba diseñado de tal modo que era imposible bajar demasiado la cabeza sin que se me clavara en la piel.
Era más decorativo que práctico, como una forma de asegurar que pudiera ser fácilmente inmovilizada o manipulada.
Había un aro en la parte delantera del collarín, como para enganchar una correa.
Cuando la criada terminó, le entregó la llave a Luka antes de recoger sus cosas y dejarnos a solas.
Podía sentir la avidez de su mirada sobre mí, así que me negué a mirarlo de vuelta.
—No puedes estar enojada conmigo para siempre. Soy el único amigo que tienes aquí. —Sentí su aliento sobre las punciones de mi hombro.
—Me mentiste.
—¿Yo, mentir? No, debes estar pensando en otro hombre —replicó—. Yo creía cada palabra que te dije. ¿Podría él decir lo mismo?
Me mordí las uñas, insegura de si debía responder con sinceridad. Si Luka podía engañarme, estaba segura de que Silas también era capaz de hacerlo.
—Lo dije todo en serio —susurró, mientras sus dedos recorrían la parte delantera de mis caderas.
—Fingiste ser un estudiante para acercarte a mí. Aprendiste acerca de los temas que estaba estudiando solo para poder traicionarme al final. —Lo miré con ira—. ¿Cómo puede ser eso justo?
—Bueno, no mentí. Como te dije —explicó con sencillez—, fui estudiante.
Y he sido médico desde antes de que se estudiara medicina en las universidades.
—Me tomó la mano, observando mis dedos manchados de rojo—.
Así que podrás imaginar que no me costó demasiado averiguar quién eras.
Aunque admito que no esperaba que fueras una mujer.
Retiré la mano con disgusto.
—Nunca has estado en peligro. Nunca lo has estado en toda tu vida —dijo con tono seco—. El señor Astor, o supongo que tú lo conoces como el señor Aston, te mantuvo oculta. Imagínate su sorpresa cuando le informé que el infame envenenador al que había estado persiguiendo era su tesoro escondido.
—¿Qué estás diciendo? —pregunté con voz temblorosa.
—¿Tu amiguita no te lo ha dicho? —se burló—. ¡Ahora me siento afortunado de ser yo el que te lo diga!
—¿Decirme qué?
—El señor Aston te mantuvo cerca todos estos años porque sabía que eras una anfitriona.
¿Por qué crees que su hija tenía permitido tener una única amiga?
¿Crees que una chica tan sociable como ella estuvo sola toda su niñez por una preferencia personal?
Ella suplicó tener al menos una amiga. Y era la manera perfecta de vigilarte.
—Eso no puede ser cierto. Crecimos juntas. Tenemos la misma edad. Ella no es una de ustedes —dije casi entre dientes—. Estás mintiendo.
—Eso es porque, aunque tenemos que nacer y crecer, resulta que dejamos de hacerlo a los veinticinco. —Se rio—. Ella es su hija más reciente.
—¿Reciente?
—Sí, bueno, ya conoces a su hijo mayor. —Arqueé las cejas, esperando que continuara—. ¿El chico dorado tampoco te lo ha dicho? Hoy no es un buen día para ser Alina, ¿verdad? —Sacudió la cabeza.
A medida que las piezas encajaban en mi mente, me castigaba hacia mis adentros por haber sido tan ciega.
Lo que me había parecido rivalidad o desagrado, en realidad eran solo dos hermanos interactuando entre sí.
Su familiaridad mutua ahora tenía más sentido que nunca.
¿Cómo no me percaté de lo que había detrás de las bromas que se hacían?
Eso explicaría la vacilación de Phoebe respecto a que pasara tanto tiempo con él.
Ambos lo sabían. Y no me dijeron una sola palabra.
—Ella no tenía forma de saber que esto iba a pasar. —Intenté buscar por lo menos una excusa para Phoebe.
—Pero él sí lo sabía. —Trazó pequeños círculos en mi brazo—. Ha sabido quién soy desde ese día en la exhibición.
Sentí un vuelco en el estómago seguido de un pinchazo en las entrañas.
La ira crecía en mi interior con cada nueva revelación.
Todos mis recuerdos se veían mancillados por lo que ahora sabía, mostrándome las cosas bajo una luz completamente distinta.
¿Por qué todo el mundo me ocultaba cosas como si fuera una niña que necesitaba protección?
Si hubiera sabido antes esos detalles tan importantes, habría podido protegerme a mí misma. Ahora no me servían de nada.
Luka me dejó caer de su regazo.
—¡Bueno! Con eso se terminan mis obligaciones del día. Te quedarás aquí esta noche; te traerán la comida —explicó, mirándome desde la puerta—. Bienvenida a casa —dijo antes de cerrar la puerta y una vez que la encajó en su sitio, echó el cerrojo.