Capítulo 46
CAPÍTULO
La Envenenadora
-P arece que el destino hace que nos sigamos encontrando —murmuró Viktor—. Me alegran tanto estas coincidencias.
—Ah, no creo en las coincidencias de ese tipo.
—Agazapada en la esquina, le di un sorbo a mi copa.
Durante toda la noche, me bombardearon personas que no conocía, pero que claramente sí me conocían a mí.
Me hicieron más preguntas sobre mi vida «romántica» que sobre mi trabajo.
Me alegró hallar a alguien que, por lo menos, no buscaba hacerme un interrogatorio.
—Quizá deberías. Nunca se sabe. —Se encogió de hombros.
—¿Dónde están tus lentes?
—No creí que fueran a juego con mi atuendo de esta noche. —Me tomó del brazo—. Ven conmigo. Silas me pidió que te lleve con él.
—¿Llevarme con él? —Fruncí el ceño ante su forma de expresarse, pero lo seguí de todos modos—. ¿Por qué no vino él mismo a buscarme?
—Porque es un animal y no puede hacer las cosas él mismo, por supuesto. —Sonrió con aire burlón.
Viktor me llevó a un ala distinta, la cual albergaba ejemplos medievales de dormitorios pertenecientes a algunas figuras importantes, cuyos nombres aparecían en las fichas.
—Sabes, tienes suerte. —Viktor soltó mi brazo. Se volteó hacia mí, tomándome de las manos conforme me conducía a través del ala cerrada, caminando hacia atrás para no romper el contacto visual conmigo.
—¿Por qué lo dices?
—Vas a poder vivir cómodamente. Eso es más de lo que la mayoría puede decir. —Suspiró—. Muchos suplicarían por esa posición, incluso matarían por ella. Claro, siempre y cuando te sometas.
—¿A qué te refieres? —Lo miré con ira—. ¿Estás hablando de los rumores sobre mi vida amorosa?
Inclinó la cabeza hacia mí.
—Oh, no. Pero sin duda podrá ver lo buena anfitriona que eres si alguna vez decide visitar su hogar. —Una sonrisa de maldad apareció en su rostro. Sus ojos tenían un fuego tan intenso que el hombre frente a mí parecía irreconocible.
A medida que su sonrisa se ampliaba, alcancé a distinguir el destello de sus largos dientes.
En ese momento todo hizo sentido. Él nunca estuvo ahí por mi compañía. Solo me llevó a casa aquella primera noche para averiguar dónde vivía. Por eso, durante las semanas que siguieron, sentí tanto dolor.
Este monstruo se coló en mi casa. Y prácticamente le di las gracias por ello, invitándole a volver.
—Viktor —dije, con un atisbo de pánico en mi voz. Él me tomó con más fuerza.
—La verdad, suena mejor cuando lo dices así. —Se inclinó hacia mí, empujándome contra la pared—. Aunque no se siente del todo sincero. Soy Luka; prefiero que grites mi verdadero nombre.
Mis ojos se abrieron por completo cuando me cubrió la boca con la mano.
—Escucha con atención, dorogaya. —Se inclinó hacia mí—. Esto te va a doler. Si gritas, haré que te duela aún más —susurró, mostrando sus colmillos. Eran diferentes a los de Silas: más largos y más gruesos, como una pesadilla hecha realidad.
Antes de que pudiera reaccionar, dos pares de ávidas agujas se clavaron en mi hombro.
Grité contra la palma de su mano cuando un dolor ardiente recorrió mi cuerpo. No siguió ningún entumecimiento, tan solo la sensación de mis músculos y mi conciencia desvaneciéndose. Lo último que recuerdo fue la sensación de unos dientes hincándose en mi carne al tiempo que mi visión se oscurecía.