The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 44
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Capítulo 44

CAPÍTULO

La Envenenadora

E l veneno había consumido mi noche entera, prolongando mi trabajo hasta la mañana.

Estuve haciendo ajustes y pruebas hasta que salió el sol.

Convencí a Viktor para que me llevara en carruaje a mi tienda en lugar de a casa de Silas, para evitar un altercado.

Tenía demasiado trabajo que hacer; necesitaba tener mis herramientas a la mano mientras las ideas aún estaban frescas en mi mente.

Había llegado al punto en el que al añadir la solución a la sangre, gran parte de las células se incineraban por el calor químico.

No era perfecto en lo absoluto; resultaba increíblemente inestable, pero, para los fines a los que estaba destinado, era suficiente.

En ocasiones, provocaba que todas las células sanguíneas se quemaran y en otras, únicamente las hacía coagular.

Cualquier reacción era mejor que ninguna.

Tenía cinco pequeños frascos en mi bolso. Si mi segunda sombra hacía su aparición esa noche, podría ponerlos a prueba.

Sentí mariposas en el estómago al fantasear con sentirme un poco menos indefensa ante estas criaturas. Ahora tenía una ventaja.

—¡Alina! —Una voz aguda me arrancó de mis profundas reflexiones.

Sostuve la pluma sobre el papel, como dejando mi marca en el cuaderno, para después dirigir mi atención a la lunática pelirroja que tenía enfrente.

—¡No te encontré en la tienda y tenemos que acudir a nuestra cita con la costurera!

—Phoebe se detuvo frente a la mesa de la cafetería donde me había sentado—.

No conviertas esto en un hábito. ¡Ni siquiera llamaste esta mañana!

¡El hecho de que tengas un juguete nuevo con el que entretenerte no significa que puedas ignorar a tu mejor amiga!

—No me había percatado de la hora —le expliqué, estudiando a la díscola ninfa frente a mí. Miré el pequeño reloj que llevaba en mi muñeca—. Todavía nos quedan treinta minutos.

—¡Sí, pero no hemos podido dar nuestro paseo matutino!

—Vamos a dar un paseo juntas ahora.

—¡No es lo mismo! —Levantó las manos con frustración—. Vámonos. El tiempo corre. —Me sacó rápidamente de mi asiento, tomó mi libro y me arrastró fuera.

—¿Qué se te ha metido en la cabeza, Phoebe?

—La pregunta más importante es: ¿ quién se ha metido en la tuya?

—¡No es justo! —repuse—. No es asunto tuyo.

—¡Alina! —exclamó, deteniéndose a mitad del pasillo para mirarme—.

Estás permitiendo que un hombre, nada menos, te aleje de la vida que has construido para ti.

Hace cuatro meses, me habrías llamado loca si te dijera en qué te ibas a convertir.

—Me dio un golpecito en el pecho con la esquina de mi libro.

Nunca la había visto tan consumida por la ira.

—Phoebe…

—¡No! ¡No me trates con condescendencia! —Ella alzó la voz. Los peatones nos echaron un vistazo breve al oír la conmoción.

Nos miramos en silencio. El pecho de Phoebe se agitaba en un arranque de ansiedad.

La rodeé lentamente entre mis brazos, apretando con fuerza antes de recargar mi cabeza contra la suya.

Aunque su cuerpo estaba tenso, cedió ligeramente, dejando caer la cabeza sobre mi pecho.

—Lo siento —susurré con suavidad—. Nunca te abandonaría. No era mi intención que pareciera así.

Ella se quedó en silencio, lo que significaba que tenía que tranquilizarla de alguna manera.

—Mi ausencia no tiene que ver con Silas.

Ni siquiera le permito verme mientras trabajo —le dije—.

Estoy cerca de lograr algo grande. Algo nuevo.

Algo que ayudará a mucha gente. —Me aparté para sujetarle los hombros con los brazos extendidos—.

La culpa es mía por ensimismarme de esa forma. Prometo no volver a hacerlo.

Ella murmuró algo entre dientes antes de asentir con renuencia.

Lo tomaría como una aceptación de mi disculpa.

—¿Qué pensarías del color bermellón? —preguntó Phoebe mientras me miraba envuelta en la tela. Alrededor de mi cuerpo, la costurera pellizcaba y sujetaba con alfileres un vestido verde oscuro, señalando los lugares que debía entallar o ajustar con un dobladillo.

—¿No será demasiado llamativo?

—¡De eso se trata! Es una gala. ¡Es el mejor momento para lucir estampados y colores atrevidos!

—¿Vas a llevar algo que no sea rosa? —pregunté arqueando las cejas.

—¡Voy a llevar amarillo! —dijo con tono alegre.

Tras bajar del pequeño podio, me miré en el espejo.

Me gustaba la forma en que el verde oscuro iluminaba mis ojos.

Era el único color, además del negro, con el que me sentía cómoda, aunque un tono tan sombrío resultaría demasiado lúgubre para una gala.

Antes no me habría importado, pero ahora sabía que debía integrarme un poco más de lo habitual.

Nada llamaba tanto la atención como las prendas de luto.

—¿Qué te hizo enojar hace rato? ¿Por qué odias tanto a Silas? —le pregunté de súbito, dirigiéndome a su reflejo en el espejo.

—¿Por qué todo el mundo odia a los hombres presuntuosos? Estoy harta de que se meta en cosas que no le incumben —murmuró, mientras un rubor se extendía por sus pálidas mejillas.

A Phoebe no le permitieron tener muchos amigos durante su infancia; incluso en su edad adulta, mantuvo un círculo reducido Me tenía a mí: eso era todo en lo que respecta a relacionarse con personas que no fueran parientes de sangre.

Solo se nos permitía ser amigas debido a la relación comercial entre nuestros padres, así como a la frecuencia con la que el mío visitaba su propiedad.

Una oleada de culpa me apretó el pecho cuando comprendí que ella había pensado que la estaba abandonando. Pude entender el odio que sentía hacia cualquiera que intentara alejarme de ella. Cuanto más lo pensaba, más sentido tenía su pánico para mí.

—Esta noche será divertida. Podemos pasar a recoger los vestidos después del té, ¿qué te parece? —Ella me sonrió, asintiendo con la cabeza.

—Es un buen plan.

El resto de los preparativos lo hicimos en casa de Phoebe. Queríamos llegar juntas y además, ella me prestaría algunas de sus joyas para la ocasión.

Mi vestido sin mangas tenía un escote cuadrado.

La silueta se ajustaba a mi alta figura, ciñendo todas las curvas para resaltar cintura y caderas.

La tela verde oscuro había sido decorada con pequeños toques de negro y dorado a lo largo tanto de los dobladillos como de todo el diseño.

En la parte trasera, tenía una sutil cola con un elegante fruncido, el cual permitía que la tela se plisara antes de caer hasta el suelo.

Llevaba guantes negros que combinaban con el vestido y Phoebe me prestó un collar de esmeraldas con pendientes a juego.

Esta vez, me recogí el cabello, lo cual hacía ver más largo mi cuello y mi figura.

Estaba un poco indecisa respecto a las marcas de mordiscos en mi cuello, pero habían sanado lo suficiente como para que no se notaran demasiado, ocultas por una cinta de terciopelo atada con cuidado en la parte posterior.

El atuendo de Phoebe era mucho más llamativo que el mío, por decir lo menos.

Era un vestido amarillo cálido con un escote cuadrado similar al mío.

Las mangas eran largas, con una multitud de botones en la parte delantera.

La tela amarilla se fruncía antes de caer por los lados, dejando al descubierto una enagua lavanda que llegaba hasta el suelo.

El ribete de la cola amarilla detrás combinaba con el suave color púrpura.

Una bonita prenda a la última moda, sin duda adecuada para ella.

El amarillo complementaba su cabello color fresa.

Llevaba pendientes de oro con amatistas.

En ese momento, se estaba ajustando un par de guantes blancos.

—¿De qué catálogo es este? —La miré de pies a cabeza para asegurarme de que ni un cabello estuviera fuera de lugar.

—Elegí varios y le dije al sastre que los combinara. —Esbozó una sonrisa radiante—. ¿Te gusta?

—Es llamativo, muy acorde contigo. —Sonreí—. ¿Crees que estamos listas?

—¡Deberíamos estarlo! —Se encogió de hombros, echándose encima un abrigo antes de darme uno a mí.

Me puse el abrigo negro y la seguí hacia la puerta. Antes de salir, me detuve y tomé mi pequeño bolso del perchero que contenía mi navaja y mis tinturas: los artículos esenciales para toda salida nocturna.