Capítulo 43
CAPÍTULO
La Envenenadora
E staba tan cerca. Tan increíblemente cerca.
Nuestra visita a la guarida me había dado una nueva perspectiva sobre los seres con los que estaba lidiando: una plaga impulsiva, abusiva, desordenada, sin control sobre sí misma y sin lugar en la sociedad.
Eran antinaturales, por lo que el título de «corruptos» me parecía apropiado.
Aunque Silas insistía en que había una diferencia entre los corruptos y los purasangre , yo no estaba tan segura de ello.
A mi parecer, unos simplemente habían tenido más tiempo para perfeccionar sus técnicas que los otros.
Mi hipótesis de trabajo era que en el fondo, todos eran iguales.
Imaginaba que tanto los jóvenes vípera como los humanos corruptos compartían un nivel semejante de control de sus impulsos.
Era lógico, teniendo en cuenta que ambos experimentaban las mismas sensaciones al principio, pero a medida que envejecían, los jóvenes vípera al menos tenían el privilegio de recibir orientación en esos «nidos» de los que había hablado Silas.
Casi sentí alivio al recordar lo difícil que era concebir de acuerdo con Silas.
Esa debía ser la única razón por la que su especie no era aún más prevalente.
Elaboré muchas listas de apellidos relacionados entre sí, agrupándolos por región y limitándome a los apellidos de clase B y C con riqueza generacional, pero sin infamia.
Esa era la única forma en que se me ocurría que pudieran pasar desapercibidos, sin que al menos una persona se percatara de su existencia.
Si se mantenían confinados en estos nidos, no sería tan difícil sobrevivir sin llamar la atención.
Lo que me llevaba a los anfitriones melifluos. Eran una parte fundamental de lo que hacían para alimentarse de forma más o menos civilizada, salvo que fueras Silas y dejaras cadáveres a tu paso, al parecer por mera diversión.
Y luego estaba esa otra sombra que observaba cada uno de mis movimientos; el oscuro espectro que se ocultaba en mi cocina, alimentándose de mí sin que me diera cuenta.
La parálisis del sueño había sido mi única molestia durante ese período, apenas un efecto secundario del veneno, mientras el hombre se alimentaba de mí.
No debía de ser un corrupto, sino alguien como Silas, que sabía cómo pasar desapercibido sin levantar sospechas.
Se me erizaron los pelos de la nuca; me froté con la mano, intentando quitarme de encima la sensación.
Hojeando las páginas del libro, tomé notas y redacté reacciones hipotéticas para mi nueva iteración del veneno.
Me aseguraría de que esta vez funcionara, por mi propio bien y por el bien de todos los que pudieran tropezarse con estos enfermizos insultos a la naturaleza.
—Siempre que te veo tienes la nariz metida en un libro o en una lupa.
—Una risa encantadora resonó en mi oído.
Viktor se dejó caer en la silla frente a mí, en el escritorio de la biblioteca—.
Te dañarás los ojos si sigues así. —Encendió la lámpara de escritorio que había junto a nosotros en la larga mesa.
La biblioteca había instalado una docena de estas lámparas hacía poco.
No se me había ocurrido encenderla, pues aún había luz de día cuando llegué.
—Gracias. —Lo miré de reojo.
—¿En qué está trabajando esa brillante mente tuya? ¿Química?
—Recargó los codos en la mesa y se inclinó hacia el frente, apoyando la barbilla en la mano.
—Sí, es algo pequeño. —Tamborileé sobre el papel con mi pluma—. ¿Eres bueno con las reacciones, por casualidad?
—Lo puedo intentar. —Levantó un hombro con indecisión, tomó mi cuaderno y me quitó la pluma de la mano. La estudió durante un minuto antes de mirarme por encima de sus lentes—. ¿Sigues trabajando en la toxina y el antídoto?
—Sí.
—La estructura es inestable —señaló—. Con esto, el antídoto provocaría una reacción mayor que una simple descomposición. Destruiría el veneno y posiblemente la materia circundante. ¿Qué intentas hacer con ello?
—Precisamente eso —respondí con claridad.
—¿Así que estás convirtiendo el antídoto en un arma?
—Quiero considerar todas las posibilidades —le expliqué. Él asintió con una sonrisa, como si le resultara divertido.
—¿Qué?
—Nada, solo admiro tu mente. —Se encogió de hombros—. ¿Ya has probado esto?
—Un poco, pero todavía no está listo. —Tomé mi cuaderno de vuelta y recuperé mi pluma.
—¿Qué pasará cuando lo esté? —Su voz había perdido el tono de curiosidad. Sonaba más como un desafío.
—No lo sé —respondí con sinceridad, cerrando mi libro y guardando mis notas antes de ponerme de pie.
—¿No te estás quedando en tu casa? —preguntó de repente—. Fui a llevarte unos artículos, pero noté que el correo se había acumulado.
—No, hacía falta un poco de mantenimiento —mentí—. Me estoy quedando en casa de un amigo.
—Un amigo —repitió, dejando que las palabras flotaran en el aire. Sabía que quería hacer más preguntas, pero era demasiado educado para ello.
No insistió más.
—Sí, quizá una semana o dos. No estoy segura de cuánto tiempo puedan durar las reparaciones.
—Entiendo. —Hizo una pausa—. Entonces, ¿en dónde te puedo dejar los documentos?
—No estoy segura… Lo mejor es que los guardes, a menos de que puedas traerlos a la tienda esta semana.
—¿Irás a la gala dentro de unos días?
—Si ningún imprevisto me lo impide, sí. —Puse los ojos en blanco—. Phoebe prefiere que vaya. Cree que me está ayudando a socializar, como si fuera un cachorro recién nacido.
Él se río ante mi comentario.
—Es una buena amiga, aunque sus métodos sean tediosos. Por lo que he visto, solo quiere lo mejor para ti.
—Tiene una forma poco habitual de demostrar su amor.
—Ese tipo de amor es siempre el más puro.
—Yo no iría tan lejos.
—Bueno, déjame acompañarte a casa. —Se levantó, tendiéndome la mano.
—No creo que sea una buena idea.
—¿Por qué no?
—Es solo que…
—¿Es por él? —Había un matiz de rencor en su tono.
Dudé en responder; sin embargo, él había sacado sus propias conclusiones.
—No te preocupes, comprendo. —Asintió con la cabeza—. Es solo un gesto, nada más. Déjame acompañarte a casa. No me lo perdonaría si desaparecieras a mitad de la noche, como les ocurre a tantas otras.
Sus palabras me inquietaron: sonaban vagamente amenazadoras. Quizá era celos lo que estaba percibiendo o resentimiento por el hecho de que ahora estuviera con Silas. Fuera lo que fuera, se desvaneció más rápido de lo que tardó en aparecer.