Capítulo 42
CAPÍTULO
La Envenenadora
N o recordaba cuándo había comido por última vez.
Al cabo de unos días de estar probando el veneno conmigo misma, noté que mi apetito había disminuido. Era como si la desilusión de volver a la realidad me hiciera sentir que todas mis acciones eran inútiles. Nada podía satisfacerme lo suficiente.
El lado bueno era que mi piel se sentía más suave, mi cuerpo más descansado y los dolores y molestias habían desaparecido.
El veneno podía utilizarse de muchas formas maravillosas, lo cual me motivó a seguir adelante.
Qué irónico que una criatura tan vil pudiera producir algo que aliviara el dolor de los demás.
Pronto podría reanudar los pedidos especiales para mis clientes. En general, parecía que mi vida regresaba a la normalidad.
Cuando se suponía que debía estar haciendo otra cosa, como descansar por las noches, hasta el empapelado de los muros terminaba por parecerme interesante.
Cada vez que intentaba dormir, me descubría tomando notas al interior de mis sueños, solo para despertarme a toda prisa, anotando esos pensamientos antes de que se evaporaran.
No podría decir cuántas noches había pasado en la casa de Silas.
La pérdida de la noción del tiempo era un desafortunado efecto secundario del veneno en su forma más concentrada.
A pesar de esta pequeña desventaja, era un alivio sentirme lejos de mi cuerpo; apacible como el agua que corre por un río.
Un paseo por el jardín de Silas era la mejor manera de calmar mi inquietud.
El aire frío me acariciaba la piel, dándome pellizcos en el rostro.
El rocío de medianoche empapaba el tejido de mi vestido y mis manos no encontraban nada que hacer, salvo mordisquearme las uñas.
Aunque el jardín se había quedado sin flores, la vegetación seguía brindando una sombra reconfortante bajo la que podía refugiarme.
Con la hora de las brujas aproximándose, acepté que el sueño no me visitaría en ningún futuro próximo.
El crepitar del fonógrafo atravesó el aire.
Desde la ventana del salón, se escuchó el suave zumbido de un vals.
Cuando me giré, descubrí la ventana iluminada, abierta para dejar que la música flotara tranquilamente hacia el patio trasero.
Desde el interior, un cálido resplandor iluminaba el césped y se extendía a lo largo del terreno.
La suave melodía del piano, combinada con el ritmo ascendente y descendente del vals, era el acompañamiento perfecto para esos momentos.
Un baile era la forma perfecta de describirlo.
Una mano me acarició la cintura. Mi Criatura me rodeó con los brazos.
La mano de Silas rozó mi mejilla, acariciando mi piel con el pulgar. Sus ojos eran suaves, con una calma que me recordaba al bosque antes de una lluvia intensa: una quietud serena, pero también una advertencia para aquellos que sabían mirar con cuidado.
Me incliné brevemente hacia su mano. Sin embargo, enseguida me aparté para rodearlo a mi vez. Negándose a darme la espalda, él siguió mis movimientos.
Se acercó, tocando la parte inferior de mi brazo para extenderlo.
Me tomó la mano con delicadeza, mientras su otra mano permanecía sobre mi cintura.
Su mano en la mía, nuestros dedos entrelazados con suavidad, encajaban como dos piezas talladas en la misma piedra. Si unos meses antes me hubieran dicho que estas manos se verían envueltas con tanta ternura, lo habría descalificado como patrañas.
Bailábamos al ritmo de un compás de tres por cuatro, entrando y saliendo de la luz que la ventana esparcía por el jardín.
Él bailaba con elegancia, aunque sin duda tenía muchos más años de práctica. Sus movimientos se acompasaban con los míos de una forma tan natural que parecía que podríamos seguir de así para siempre, atrapados en un mismo momento fluido que se fundía con el siguiente a la perfección.
Se inclinó hacia mí sin dejarse de mover, como si quisiera estar más cerca, aproximando mi cintura hasta que no quedó más espacio entre nosotros. Entonces nuestro baile no pudo continuar. Su ansia de cercanía superó el deseo de seguir danzando, como si fuera demasiado pedir ambas cosas a la vez.
Levanté la cabeza para mirarlo. Nuestros alientos helados se entremezclaron mientras nos quedábamos así, saboreando el momento.
En aquel momento no éramos nadie. Yo no era la hija de un químico, una boticaria o una asesina. Él no era una criatura, un caníbal o un hombre.
Me puse de puntillas para unir nuestros labios. Lo besé con dulzura. Él dejó escapar un suave gemido, un dulce suspiro de deseo. Yo hice lo mismo. Sus brazos rodearon mi cintura al tiempo que los míos se enroscaban en sus hombros, entrelazando mis dedos en su suave cabello dorado.
Si él fuera algo que se pudiera consumir, temía no estarlo saboreando lo suficiente, temía estarlo devorando con tal avidez que no me restaría nada para el final. Solo me quedaba la necesidad de poseerlo.
La Criatura
Esa fue la primera vez que ella me besó. Que realmente me besó.
Hasta ese momento, no me había dado cuenta de que yo siempre daba el primer paso. Era un instante que iba a saborear por siempre, con la esperanza de recordar cada detalle. El cosquilleo a lo largo de mi cuero cabelludo se extendió tan pronto ella entrelazó sus dedos en mi cabello.
Quería más que solo tenerla cerca. Quería que se metiera bajo mi piel, que hiciera un hogar en mi caja torácica, porque mi corazón solo podía latir por ella. No me permitiría siquiera un latido de mis aurículas si este no era por mi querida sombra, mi elegida, mi Alina .
Mis manos se deslizaron por su espalda, sobre los pulcros botones de su escote, desabrochándolos uno a uno, aunque me costaba no precipitarme. Si había algo que ella me había obligado a ejercitar, era la paciencia.
Se dejó caer hacia atrás, jalándome para que bajara con ella hasta el suelo.
El sabor de sus labios resultaba tan dulce, tan vivo entre los míos.
Era el sabor de las muchas otras cosas que aprendería a amar.
Antes, lo que más me gustaba era el aroma de las cerezas o el sabor amargo de las almendras —el cual pronto descubrí que pertenecía al cianuro—, o bien el polen de las maravillosas flores del día.
Ahora, era el sabor de su nombre en mi lengua o del mío en la suya.
Sus manos se desenredaron de mi cabello. Dejó salir un gemido grave conforme me deleitaba con sus labios, mordiendo suavemente su labio inferior cuando me separaba para respirar. Sus delicados dedos jalaron los botones de mi camisa.
Le deslicé el vestido por los hombros, bajándolo por su torso hasta dejar sus pechos al descubierto.
Pasé mis manos por ellos; me encantaba sentir cómo encajaban a la perfección, como si estuvieran hechos únicamente para mi tacto.
Su cuerpo estaba destinado a ser sostenido por mis manos, a ser tomado solo por mí.
Si la hubiera esculpido en arcilla con mis propias manos, tendría miedo de volver a tocarla, temeroso de la perfección que había creado.
Imaginaba que eso era lo que Dios —si es que existía— había sentido al crearla.
Estaba tan enamorado. Ella me había hecho comprender por qué la gente creía en esas cosas.
Me sentía demasiado impaciente como para que ella me desnudara. Solo le había desabrochado unos cuantos botones cuando me aparté y, enseguida, hice bajar el vestido por el resto de su cuerpo. Ella apretó las rodillas en un intento por esconderse de mí.
Tras desabrocharme los pantalones, me toqué a lo largo del miembro. Se estaba volviendo doloroso negarme el alivio a mí mismo mientras contemplaba el cuerpo que tenía frente a mí. Ella se cubrió el pecho con los brazos.
—No —le supliqué—. Quiero verte.
—Tengo frío —susurró, aunque sabía que no era esa la causa.
—Entonces déjame darte calor. —Separé sus muslos y me incliné para besarla de nuevo, colocando mi cuerpo entre sus largas piernas. Empujé la punta hacia dentro, sintiendo la tibieza que rodeaba mi pene.
Ella se estremeció antes de relajarse de nuevo, moviendo sus manos sobre la hierba.
Tomé sus dos manos y las sujeté por encima de ella con una mano y con la otra, levanté una de sus piernas sobre mi cadera mientras bajaba las mías, hundiéndome más en su interior.
—Silas —susurró temblorosa. Tan pronto empecé a moverme, su muslo tembló bajo mi tacto.
—Dilo otra vez —le susurré al oído, dejando un rastro de besos hasta su mandíbula que después seguí hasta el frente de su garganta, envolviendo la piel de esa zona con mis labios.
—¡Silas! —gritó ella. Al succionar su piel sensible, la vibración de mi nombre en su garganta se sentía como miel, como nata dulce entre mis labios.
Temblé al penetrarla, sintiendo cómo su calor me envolvía. Al tocar el fondo, alcancé el punto clave, lo que me hizo saber que la había llenado por completo. Solo sería para mí mientras siguiera con vida. Mi pene palpitaba, dedicado a la única tarea de complacerla.
—Alina —susurré—, dime qué quieres. —Aceleré el ritmo, hundiéndome en ella tan profundamente como me lo permitía.
—Te… quiero a ti —susurró, incapaz de concentrarse en sus palabras al tiempo que mis movimientos se volvían más bruscos. Levantó las caderas, intentando moverse conmigo.
—Me tienes. —Mi mano en su muslo se deslizó por debajo de ella, sujetándole las caderas mientras empujaba.
Su piel brillaba en la noche, como la luz de la luna. Las gotas de rocío se esparcían por su cabello negro azabache como estrellas en el cielo. El azul de sus ojos se suavizaba solo para mí: mi mundo entero, tal como lo conocía.
Solté sus manos, colocando las mías en sus caderas. Me senté sobre mis talones para disfrutar de la imagen de mi pene entrando y saliendo, de su cuerpo expuesto ante mí en el suelo.
Era mía . Toda ella.
Si tenía algún derecho sobre algo invaluable, era sobre ella.
—Alina. —Jadeé. El sonido de sus gemidos inundaba mis sentidos con un timbre embriagador que me hacía desear hasta la última dosis de ese opio mortal.
Ella entrelazó los dedos en la hierba. Su largo torso se arqueó cuando levanté sus caderas más alto, sentándome sobre mis rodillas y empujando tan profundo como podía. Esta vez, se relajó lo suficiente como para que llegara hasta el fondo, pero sabía que no duraría mucho más.
De pronto, se inclinó hacia el frente y con un beso, me empujó hacia atrás para tumbarme en el suelo.
Intercambió nuestras posiciones, sentándose a horcajadas sobre mis caderas.
Me mordió el labio con fuerza, haciéndome sangrar.
Mantuve nuestros labios unidos para evitar una situación semejante a la del jardín botánico.
Mi lengua se deslizó por el corte de mi labio y a lo largo de los suyos.
Ella movía sus caderas sobre mi pene, tratando desesperadamente sentirlo más adentro, de usarlo para obtener todo el placer que fuera posible.
Gimió contra mi boca y me aparté, deseoso de oírla.
Sus dulces gemidos hacían que contenerme fuera casi imposible.
Esperaría a que ella terminara; le dejaría usarme para lo que quisiera.
Le daría todo, mi cuerpo, mi mente y mi alma —si tuviera una—. Todo era suyo para que lo tomara.
Me recargué sobre mi codo y con una mano en su cadera, hipnotizado por sus movimientos.
Si ella me lo permitía, la adoraría de esta forma todos los días por la eternidad.
Su cuerpo se elevó con confianza sin dejar de mover las caderas, utilizándome con las manos sobre mi pecho.
Intenté permanecer quieto, sin interrumpirla.
Ella cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia un lado mientras se desplazaba hacia el frente encima de mí.
—Alina… no puedo aguantar mucho más. —Jadeé, moviendo sutilmente mis caderas al ritmo de las suyas.
—Entonces no te contengas —susurró, inclinándose hasta mi pecho. Me mordió el cuello con tono juguetón.
Si tenía su permiso…
La giré, colocando una de sus piernas sobre mi hombro y la otra entre las mías propias. Me incliné sobre ella de costado en la hierba y le tomé el rostro, girándolo hacia mí.
—Eres mía —le susurré al oído, esbozando una sonrisa mientras la penetraba con más fuerza—. Nunca te librarás de mí.
Esos ojos azules me miraron suplicantes. A ratos, se giraban hacia atrás.
Justo así. Así es como te gusta sentirte.
La miraba boquiabierto. La fuerza de mis embestidas me impedía sujetarle el rostro, así que la tomé del pelo y puse mis brazos contra el pasto a los lados, retorciendo su torso mientras la penetraba por completo con cada embestida, obligándola a recibir todo de mí.
Era inútil seguirme conteniendo. En cuanto alcancé el orgasmo, mis espinas se clavaron en su carne.
Ella se estremeció cuando las espinas la atravesaron.
No me alegraba que sintiera dolor, pero se sentía tan bien estar dentro de ella de este modo.
Incluso las partes involuntarias de mi cuerpo ansiaban hundirse en su interior.
Podía sentir no solo mi pene latiendo, sino también las espinas que se clavaban en ella, llenándola de veneno.
Alina emitió lo que pareció ser un gemido. Intenté consolarla besando su piel ardiente, mientras el aire fresco contrastaba con nuestros cuerpos que ardían. Su pierna se resbaló de mi hombro y tras engancharse a mi cintura, me atrajo hacia ella.
Nunca pensé que podría llegar al punto de desear a alguien más allá de la simple hambre. Morir de ansias por ella sería más doloroso que el hambre real. Preferiría perecer. Me había vuelto completa y patológicamente adicto a ella.