The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 41 #2
82%

Capítulo 41 #2

En el centro del edificio había una gran sala con un salón más pequeño hundido en el medio.

La plataforma estaba rodeada por una zona de asientos que encajaba a la perfección, ocupada por un grupo de personas.

A los lados había unas escaleras que conducían a una zona de observación alrededor de los bordes.

El lugar parecía haber sido un teatro en ruinas, reacondicionado en algo formidable.

Entre las mesas, las mujeres caminaban semidesnudas con sangre fresca goteando desde el cuello hasta los senos, como si de esa forma buscaran atraer nuevos clientes.

Sus largas piernas se movían con lentitud.

Sus cuerpos estaban decorados tan solo con medias y un corsé; sin embargo, estas prendas parecían ser utilizadas más como adorno que por su funcionalidad.

La privacidad era opcional a la hora de alimentarse: había parejas por todas partes, enredando sus cuerpos entre sí.

Todos los asientos se encontraban ocupados, repletos de víperas y anfitrionas.

El aire estaba lleno con los sonidos de risas, hombres borrachos y succionamiento de la sangre, serpenteando entre la muchedumbre.

Me sentía como una mosca en la pared, aferrada al borde de la guarida, limitándome a observar.

Al frotarme la nuca, me sorprendió la sensación de mi propia piel.

La blusa que había elegido no tenía cuello alto, así que mi pecho estaba al descubierto.

Me di cuenta de lo mucho que extrañaba mi armadura; esas prendas que me mantenían a salvo, escondida.

Las vestimentas que hacían que la gente apartara la mirada al verme.

Aunque las actividades eran caóticas, el ambiente era en su mayoría positivo.

No había necesidad de ocultar nada; todos los participantes actuaban como si se encontraran en un club.

Era extraño que estuvieran tan relajados, aunque estaba segura de que las sustancias de aquellas pipas tenían algo que ver.

Ese pensamiento parecía haber hechizado todo cuanto me rodeaba. Algo estaba sucediendo en la zona del salón, justo en el centro.

Con silbidos, los hombres le ordenaron acercarse a una de las mujeres que los alimentaba.

Intercambiaron algunas palabras entre dientes antes de que ella se pusiera de rodillas.

Tenía un mal aspecto: estaba pálida y delgada, con una mirada muerta que me hizo sentir un escalofrío en lo más profundo.

Tres hombres se agolparon a su alrededor, cercándola como perros.

La situación poco a poco acaparó la atención de los demás. Los presentes se quedaron en silencio, observando, como si supieran lo que estaba a punto de suceder. Nadie parecía molesto; era, más bien, como el silencio que se produce antes de que comience un espectáculo.

Los tres hombres se abalanzaron sobre ella. Sin embargo, quedaron ocultos tan pronto una mano me cubrió los ojos y un cuerpo fuerte tiró de mí.

Un grito fue sofocado abruptamente. Después vino un golpe sordo. Entonces, comenzaron los sonidos de desgarros.

Entré en pánico en medio de los brazos que me sostenían. Arañé la mano que cubría mis ojos, temblando tan solo a causa de los ruidos.

—No mires —me susurró Silas al oído, abrazándome con fuerza contra su pecho—. Por eso no puedes aventurarte en lugares tan peligrosos sin mí. —Recargó la cabeza en mi hombro—. La gente que vive en estos sitios me haría parecer un santo.

—Déjame verlo —susurré—. Necesito saber.

Aunque los ruidos húmedos de desgarramiento continuaban, nadie parecía estar haciendo nada al respecto.

Después de que los ruidos cesaron, el clamor de la multitud volvió a ser el de antes. La mano se apartó, permitiéndome observar el resultado.

Nada podría haberme preparado para lo que vi. Me recordó a las disecciones que se realizaban en las universidades, aunque tan solo había visto ilustraciones de estas en los libros.

El cuerpo de la mujer había sido desollado por completo, con la cavidad torácica desgarrada y la carne arrancada de su cuerpo como una flor. Su caja torácica se encontraba abierta, apuntando hacia el techo al igual que un par de mandíbulas abiertas. No había nada dentro. Estaba vacía.

Su cabeza se encontraba inerte. Hubiera querido imaginar que no había sufrido dolor, pero la expresión de su mandíbula rota indicaba todo lo contrario. A juzgar por el extraño ángulo de su cuello, estaba claro que no se trataba de una fractura limpia.

—Alina, mírame —me susurró Silas al oído, pero mis ojos seguían fijos en aquel punto del suelo. La gravedad de la situación me abrumaba. Tenía el estómago revuelto. Apenas lograba pensar con claridad.

Si esto era lo que hacían los corruptos, entonces no podía evitar la imagen mental de lo que haría el nido de Silas cuando me encontrara.

¿Y si se daban cuenta de que estaba aquí?

¿Y si todos se enteraban de quién era? Silas había dicho que mi veneno se estaba volviendo infame dentro de estos círculos.

¿Qué pasaría cuando lo descubrieran? Mi cuerpo temblaba con fuerza, los dedos de mis manos y pies estaban gélidos por el pánico.

Unos dientes afilados se hundieron en mi cuello. Me estremecí, clavando mis uñas en el brazo de Silas, que rodeaba mi cintura.

—Auch, Sil… —Me mordió con más fuerza y grité.

Me succionó con más agresividad, enredando posesivamente su otra mano en mi cabello.

Tiró de mi cabeza hacia un lado para acceder mejor, arrancándome un gemido.

Mi cuerpo dejó de temblar a medida que su veneno calmaba la electricidad en mis nervios.

Al percibir mi pánico, debió haber temido que montara una escena.

Me soltó el cuello, luego lamió el lugar de la herida.

—Dime cuando hayas tenido suficiente.

La Criatura

Tal vez algún día entendería por qué se hacía eso a sí misma.

Parecía estar a punto de desfallecer o de vomitar, y por una vez, no era porque estuviera jugando con ella, sino a pesar de eso.

Mi brazo la sostenía mientras su respiración se estabilizaba. Se había forzado a mirar esa abominación en el suelo debajo de nosotros solo para demostrarse algo a sí misma. No había duda de que más adelante, utilizaría esto para alimentar su venganza contra lo que fuera que considerara injusto.

Cuanto más aprendía sobre ella, más comprendía que Alina pensaba que era capaz de salvar el mundo. Tanto su rígida rutina como sus piadosas creencias eran un tormento para ella misma: un castigo por no haber hecho más, por no saber más.

Algún día aprendería que sin importar lo que hiciera, no podía salvar a todos los cervatillos ni podía castigar al lobo solo por alimentarse. Le gustara o no, esta era la otra cara del orden natural que tanto admiraba.

Me pasé la lengua por los labios, limpiando el sabor que aún me quedaba de ella. Aunque parecía más calmada, podía ver en su mirada distante que aquello no sería suficiente para sacarla de ese círculo vicioso.

—Dime cuando hayas tenido suficiente —le dije con cautela.

—Nunca será suficiente —sus palabras eran apenas un susurro—. Nada de lo que haga será suficiente.

Eché un vistazo a la escena que estaba en proceso de ser limpiada, al cuerpo que estaba siendo raspado del suelo de madera. La sangre añadía un brillo resbaladizo a la mancha oscura de este.

—Entonces ahí tienes tu respuesta. —Suspiré y tomándola entre brazos, caminé hacia la puerta trasera.

Ella dejó caer la cabeza en mi pecho, sin emitir un sonido.

Había esperado que permitirle escaparse para ver este lugar la disuadiera de emprender sola esta clase de excursiones, pero quizá había conseguido todo lo contrario.