Capítulo 41
CAPÍTULO
La Envenenadora
-¿ Q ué sentido tiene traer comida si no piensas comer? —murmuré, dándole un mordisco a uno de los bocadillos mientras hacía una anotación en mi cuaderno.
—No consigo que me sepa a nada —dijo Silas, mirando al parque mientras daba otra calada a su cigarro—. Podría comerlo, pero sería como probar polvo de arroz crudo.
—Entonces, ¿por qué fumas o bebes?
—Solo puedo saborear cosas quemadas o amargas. Como el café o el licor, por ejemplo. —Levantó el cigarro para enfatizar sus palabras—. Ah, y la carne. Cuanto más cruda, mejor.
Bajé la mirada hacia mi cuaderno, sopesando su respuesta. Aquel día habíamos decidido ir al parque. Como se había corrido la voz, no había necesidad de ocultar nuestra cercanía. Me encantaba mi laboratorio, pero a veces era demasiado sofocante.
Había miradas sobre nosotros en todo momento, incluso si intentaban no mirarnos.
Demasiados extraños nos saludaban al pasar.
Silas conocía a algunos de ellos, pero el resto eran un misterio para nosotros dos.
En ocasiones, olvidaba que Silas era una especie de celebridad, pues era el fundador de su propia empresa y utilizaba su fortuna para fines tanto filantrópicos como empresariales; eso sin contar que se le consideraba uno de los solteros más codiciados de nuestros círculos.
Aunque me había acostumbrado a visitar el parque con una contraparte vestida de rosa, al sentarme junto a Silas, caí en cuenta de que nuestras preferencias al vestir coincidían a la perfección.
Habíamos traído una manta y una cesta de picnic repleta de cosas para comer.
Él estiraba las piernas, cruzándolas al frente.
Iba vestido de negro con un cuello alto abotonado en el costado.
También llevaba un par de lentes de sol circulares con cristales tintados para proteger sus claros ojos del escaso sol londinense.
Habíamos colocado nuestra manta en la sombra, así que no nos hacían falta otros accesorios. Aquel día me había puesto un traje negro de paseo con el cuello alto, pero como no distaba demasiado de lo que habitualmente llevaba, las nuevas marcas en mi cuello no eran un problema.
Pensándolo bien, nos veíamos bastante a juego. Qué molestia.
—¿De verdad tenías que vestirte de negro? —refunfuñé, mirando su ropa.
—Por supuesto. De otro modo, ¿cómo le haremos saber a los niños que nosotros somos los espectros que acechan en este parque? —Puso los ojos en blanco, recargándose sobre los codos—. No me gustan las reglas sobre los colores.
—¿A qué te refieres?
—Creo que se le presta demasiada atención a la diferencia entre tonos. Todos me parecen iguales.
—¿Puedo preguntarte algo? —Lo miré entrecerrando los ojos.
—Por supuesto.
—¿Mis libros son del mismo color? —Levanté dos libros.
—Sí.
Un libro era magenta; el otro, naranja.
—¿Eres daltónico? —le pregunté con un tono divertido.
—No —murmuró, entrecerrando los ojos para mirar los libros—. Quizás. No lo sé.
Mientras entornaba los párpados, la sangre llenó el blanco de sus ojos. Estos se oscurecieron al mirar los libros.
—Ah… son de colores diferentes.
—¿La sangre que corre hasta tus ojos te ayuda a ver mejor?
—Sí, puedo ver con más claridad, distinguir más texturas y, obviamente, más colores.
—¿Cómo diferencias los colores normalmente?
—Con la práctica, con las diferencias sutiles o identificando los colores más habituales a partir de lo que otras personas dicen de ellos.
Por lo general, los sentidos más agudizados me abruman cuando no los estoy usando para cazar.
Demasiados colores y texturas a la vez. Al final, se convierten en un dolor de cabeza.
—Comprendo. —Asentí con la cabeza, anotando algo en los márgenes de un libro.
— Quid pro quo —dijo Silas.
Levanté una ceja con recelo antes de asentir con la cabeza en señal de aceptación.
—Tu padre —comenzó—. Evitas el tema cada vez que alguien lo saca a colación.
Me puse tensa. Los trazos de mi pluma en el libro se tornaron más agresivos.
—Eso es porque no hay nada que contar.
—¿Cómo murió?
—Por los riesgos del trabajo. Háblame de la estructura social de tu especie. ¿Son animales gregarios o individuales?
—Ambos. ¿Qué riesgos?
—Era químico. No sé; debió tocar algo que no debía —respondí—. ¿Cómo pueden ser ambas cosas a la vez?
—Tenemos nidos, guaridas y a veces simplemente nos quedamos en nuestro propio mundo. Es una cuestión de preferencias personales. —Dio otra calada al cigarro—. ¿Lo viste morir?
—¡Sí! —exclamé ahogándome. Le quité el cigarro de la boca, le di una larga calada y lo arrojé cuando me quemó los dedos al terminar—. Ya basta de hablar de él, por favor. —Suspiré.
Silas me miró fijamente durante un largo rato. Parecía que iba a decir algo, pero no lo hizo.
—¿Cuál es la diferencia entre una guarida y un nido? —pregunté sin despegar la vista de mi libro.
—La clase social y el dinero —respondió crípticamente.
—Eso no es una respuesta —espeté.
—Las guaridas son como tabernas. Comida, un lugar para dormir; todo lo que un hombre humilde podría necesitar.
—Me miró por encima de sus lentes de sol—.
Suelen estar destinadas a los corruptos o los purasangre de clases más bajas.
Mantener esos lugares en funcionamiento es un esfuerzo comunitario.
La gente recurre a ellos por necesidad. Es una caridad desorganizada, llena de las personas más impulsivas que te puedas imaginar.
—¿Corruptos?
—Sí, humanos que fueron corrompidos por el veneno. Sigue el hilo, cariño —refunfuñó—. Los nidos son semejantes, excepto que son más bien como las sociedades de exploradores: exclusivos y a menudo, limitados a las clases más altas. Hace falta ser invitado.
—¿Entonces la diferencia es si eres rico o pobre?
—No necesariamente. Pero así suele ser. —Se encogió de hombros—.
No, los nidos están dirigidos por familias que se conocen desde antes incluso de que yo naciera.
Reúnen sus recursos para compartirlos solo con un pequeño séquito.
Un nido es como una etiqueta general para referirse a familias vinculadas por las mismas propiedades.
—¿Tú tienes un nido?
—Sí.
—¿Dónde está? ¿Qué familias lo forman?
—No puedo decirte eso —se rio—. Si acaso, es por tu propio bien.
—¿Qué clase de cosas esconden ahí?
—Cosas bonitas como tú —bromeó.
—Lo digo en serio.
—Yo también. Esconden anfitriones. Es imprescindible tener una colección de calidad. —Sus ojos me recorrieron de arriba abajo—. De hecho, me sorprende que no te hayan atrapado antes que yo.
—Llévame a uno. —Cerré el libro de golpe—. Quiero verlo con mis propios ojos.
—¿Quieres ir a una guarida? —se burló al escucharme.
—Sí. Y a un nido también.
—No irás a ninguno de los dos. ¿Me escuchas? Ni se te ocurra ir a buscarlos —me advirtió.
—No me hables como si fuera una niña. Puedo valerme por mí misma. —Lo señalé con mi pluma mientras metía el libro bajo mi brazo.
—Alina. —Me tomó del brazo—. Promételo.
Murmuré algo a regañadientes, liberando mi brazo de su agarre.
Los callejones del puerto se encontraban tan lúgubres como de costumbre.
Casi todos los recortes de prensa daban noticia de algún incidente ocurrido en esos rumbos.
Tenía sentido que la guarida se hallara precisamente en este lugar.
Para mí, era un terreno de caza conocido.
Hacía tiempo que sospechaba que uno de esos callejones sin salida podría ser una guarida.
Reduje las posibilidades a algún punto cerca del puerto, no tan lejos del burdel.
Descanse en paz, señora de la casa.
De acuerdo con los periódicos, se sospechaba que los cadáveres habían sido abandonados en esta zona. Nadie se molestó por investigar, pues buena parte de las víctimas eran mujeres con vidas promiscuas: codiciadas en un principio y más tarde ignoradas por completo.
Me acerqué al callejón donde debería estar la puerta, pues también había una en la parte delantera del edificio.
Algunas figuras permanecían en la calle, tomando el aire nocturno o fumando con rapidez.
Llevaba mi mejor atuendo de clase trabajadora: una sencilla blusa de manga larga con una falda marrón.
Aunque se asentaba más arriba en la cintura, con ese largo, incluso las puntas de mis botas eran visibles. Qué vergonzosamente impropio.
La grasa para zapatos se aferraba tanto a mis pestañas como a mis cejas, ocultando los vellos blancos que podían delatarme como alguien en particular. También llevaba el cabello despeinado. Era como pasear en ropa de noche por la ciudad. Me sentía demasiado vulnerable.
Pasando junto a las siluetas que me miraban con lascivia desde la oscuridad, llamé a una puerta de madera, que se abrió con un crujido. Los ruidos del interior se escaparon hasta el callejón, mezclados con una tenue luz roja.
—¿Negocios? —preguntó una voz ronca.
—Soy una… ¿Anfitriona? Soy una anfitriona —dije sin mucha convicción.
—No pareces muy segura, cariño.
—Es… Es mi primera vez —bajé la voz—. Por favor, déjame entrar. —Mi voz temblaba mientras miraba a las figuras que estaban en el callejón.
La puerta se abrió un poco más.
—Gracias —susurré. La tensión aumentó a medida que me adentraba en la guarida.
A mi paso, el estrecho pasillo estaba abarrotado con numerosas habitaciones apenas separadas por delgadas cortinas.
Mi atención se vio capturada por el movimiento, así como por los pequeños fragmentos de imágenes que aparecían al avanzar.
En una habitación, vi cómo una mujer en una silla permitía que tres, cuatro, incluso tal vez cinco hombres se aferraran a ella para alimentarse.
Era difícil ver en la penumbra. En otras habitaciones, distinguí pipas siendo pasadas de mano en mano y cuerpos inertes amontonados unos sobre otros.
Era peor de lo que esperaría incluso de un burdel; tan insalubre, tan lleno de tabú.
Aunque tal vez así me lo parecía porque yo no necesitaba consumir carne humana para sobrevivir.