Capítulo 40
CAPÍTULO
La Envenenadora
L a cantidad de tiempo que pasaba en el laboratorio resultaba vergonzosa.
Decidí realizar algunas pruebas en mi trastienda.
Silas había estado pidiendo que nos reuniéramos en la tienda en lugar de hacerlo en la universidad.
Supuse que en ese momento, lo único que necesitaba en la universidad era al doctor Hayes o a Viktor.
Además, había algunas cosas que podía realizar en casa.
Silas insistió en que me quedara con él en su propiedad mientras el peligro siguiera presente. Aunque apenas salía de mi laboratorio, a veces me quedaba dormida en el escritorio para poder seguir trabajando durante días sin parar.
Había vuelto a mi condición de ermitaña; ni siquiera recordaba cuándo había abierto la botica por última vez.
Un efecto de compulsión me conducía por un sendero de pruebas y experimentos con las muestras que Silas me había entregado, manteniéndome ocupada durante días enteros.
Perdí la noción del tiempo en ese estado de manía.
A juzgar por mis notas, deduje que sus colmillos traseros contenían un analgésico, un relajante muscular y, también, un afrodisíaco.
Su sangre era similar al veneno de serpiente, que corroe la carne al tiempo que provoca hinchazón. Yo era dolorosamente consciente de ello.
Luego estaba el líquido dorado que brotaba de sus… otros colmillos: sus espinas. De acuerdo con el conocimiento de Silas, así como mis propios aprendizajes de aquella noche, este contenía algunas de las mismas propiedades que el veneno de su boca.
Cuando lo probé en sapos hembras, al día siguiente estas pusieron huevos.
Cada una de ellas, sin excepción. Lo probé en diez sapos diferentes.
Su efecto resultaba potente en algún tipo de hormona; mi teoría de que servía para estimular la reproducción era correcta.
Al principio, esto me hizo sentir nerviosa.
Sin embargo, más tarde recordé que él había dicho que aquello era imposible si no pertenecía a su especie. Hasta donde sabía, estaba a salvo.
Mis mejillas se pusieron rojas cuando los recuerdos aparecieron ante mí. Me recargué en el escritorio, encogida de vergüenza mientras me cubría el rostro, como si hubiera alguien ahí que pudiera juzgarme.
Su pareja .
¿Por qué me resultaba tan vergonzoso recordarlo de esa forma, teniendo en cuenta todo lo que sabía sobre su biología?
Me sentía nerviosa cada vez que descubría un nuevo uso para las sustancias químicas de su cuerpo.
Quería más. Quería repetirlo todo hasta olvidarme incluso de cómo hablar.
Sin embargo, ni siquiera me había recuperado de la última vez; el dolor me impedía sentarme con comodidad.
Tomé una respiración profunda y volví a mirar mi muestra de solución.
La había estado probando con la sangre para averiguar cómo funcionaba.
Al purificarla, neutralizó buena parte de la sangre, incluso la descompuso.
La reacción era inestable, por lo que los resultados variaban desde descomposiciones lentas hasta la explosión total de las células sanguíneas.
Esto restauró mi fe en mis habilidades, a pesar de los resultados decepcionantes de las pruebas del laboratorio de la universidad.
Mi corazón se sentía en conflicto respecto a mi veneno especial para los seres como él.
No me había molestado en preguntarle qué opinaba al respecto, pues yo misma no sabía qué opinar.
No lo usaría contra él. No; lo utilizaría para mis propios fines, si acaso.
Pero, al parecer, tenía otro admirador secreto del que preocuparme.
Un dolor fantasma latía en la parte baja de mi columna.
Era una trasgresión impensable. Alguien me estaba robando algo más preciado que el oro: mi autonomía. Por desgracia, no era la primera vez.
Esto era inaceptable. La próxima vez que esta sombra se colara en mi casa, estaría preparada.
Todos se arrepentirían de haberme puesto la mano encima, pues se las cortaría sin pensarlo dos veces.
Esta vez no iba a titubear. Silas tendría que perdonarme por las atrocidades que estaba a punto de cometer contra los miembros de su especie.
A fin de cuentas, era gracias a él que tenía la capacidad de hacerlo.
Me dolía el cuerpo entero, más allá de las perforaciones de sus colmillos.
Mezclé las muestras de las espinas con las de los colmillos.
Después, las destilé hasta obtener al menos un frasco de veneno puro.
Al ser atravesado por la luz, el líquido ámbar dejaba un reflejo dorado.
Me mordí el labio inferior a medida que mi mente se desviaba hacia preguntas menos convencionales acerca de su uso.
No había forma de saber si podía utilizarse con fines medicinales o recreativos sin alguien que lo probara.
Si tenía tanta confianza en mi trabajo, era necesario intentarlo yo misma.
Tomé una aguja limpia y un torniquete de uno de los cajones.
Me senté frente al pequeño tubo de cristal en mi mesa de trabajo.
Saqué el corcho con el pulgar, sumergí la jeringa en el veneno y lo hice subir lentamente hacia el cilindro de cristal.
Tras inspeccionar el líquido, me subí la manga para prepararme.
Solo había quince mililitros en la aguja: la cantidad precisa que calculaba me había inyectado Silas aquella noche.
Aunque esta vez la sustancia estaría más concentrada.
Tras agitar el frasco y expulsar unas gotas de la punta, presioné la aguja contra mi brazo, perforando la vena con lentitud.
Una adormecedora sensación de alivio me invadió la extremidad tan pronto el líquido se vació en mi interior.
Me recosté en la silla y, con hastío, dejé caer la jeringuilla sobre la barra.
Mi cuerpo y mi mente se sentían igual de ligeros que el polen en la brisa de verano.
Mis hilos de pensamiento se disipaban tan rápido como surgían, apenas un destello de sensaciones más que pensamientos concretos.
Era como estar recostada en un campo de flores altas en un día perfectamente soleado con una temperatura excepcional.
Como ver las nubes arrastrarse por el cielo mientras escuchaba el susurro de la hierba con una brisa apacible.
¿Era esto la paz? Me sentía tan feliz que, si hubiera muerto en ese momento, habría estado completamente satisfecha.
De hecho, si hubiera estado al borde de un acantilado, habría saltado solo para asegurarme de que eso fuera lo último que sintiera en mi vida.
El zumbido del teléfono de la tienda me devolvió violentamente a la realidad.
Me incorporé con lentitud. Los colores eran un poco más brillantes; el mundo se movía un poco más lento mientras caminaba hacia el teléfono. Cuando levanté la mano para tomar el auricular, noté que mi mano dejaba un ligero rastro detrás, con un tenue contorno de aberración cromática a su alrededor.
—Hola —dije en voz baja.
—¿Has llegado bien? ¿Dónde estás? Quiero verte esta noche —la melódica voz de Phoebe chirrió al teléfono.
—Estoy en la tienda. He tenido una inspiración repentina —dije—. No volveré a casa esta noche.
—¿Dónde te vas a quedar si no es en tu casa ni en la mía?
—Me quedaré con Silas —dije con lentitud.
—Con Silas. —No era una pregunta, sino más bien una declaración de su decepción.
En mi confusión, olvidé responder, dejando que la frase flotara en el aire.
Entonces ella colgó.