Capítulo 39 #2
El dolor fue peor de lo que esperaba. Mis venas ardieron, acompañadas por la sensación de unos largos dientes penetrando profundamente en mi carne.
Dejó salir un gruñido grave mientras se alimentaba.
La sangre fluía rápidamente desde mi interior, dejándome con una sensación de vacío al escaparse.
Mi cuerpo se estremeció, conmocionado por el dolor que me atenazaba el cuello.
Apretó la mandíbula. Abrí la boca, sin saber si de ella saldría un grito de dolor o un gemido de placer.
Una oleada me embargó al sentirlo apretar la mandíbula con más fuerza.
No era tan distinto al entumecimiento que produce el alcohol sobre una herida reciente, seguido del fervor del delirio alcohólico.
El opio, la absenta, la cocaína…; nada se comparaba con la sensación que me producía la mordida.
Aunque el dolor se desvanecía de mi cuello con lentitud, todo lo demás podía sentirlo con más intensidad que nunca.
Sus embestidas se hicieron más fuertes, lanzando una punzada eléctrica a través de mi columna con cada penetración.
Las lágrimas se deslizaban por mi rostro con un éxtasis puro. Era como si toda la sangre que perdía hubiera sido reemplazada por morfina. Todo mi cuerpo era sacudido por temblores.
Soltó mi cuello; sangre goteaba por su barbilla mientras lamía la herida. Tras colocarse sobre sus talones, me sentó sobre su regazo. Empujó mis caderas con fuerza hacia su grueso pene.
Grité, inclinando la cabeza hacia atrás y clavando mis uñas en sus hombros para afianzarme mientras mis caderas se frotaban contra él.
Era como perseguir el efecto de una droga, buscando sumergirme en él por completo, sin importar el riesgo de ahogarme.
Anhelaba que llenara cada uno de mis rincones.
Quería más y más. Antes de percatarme de ello, toda su longitud se encontraba en mi interior.
—¿Qué se siente? —se burló de mi tono anterior—. Descríbelo.
—C-calor —tartamudeé—. Estoy ardiendo.
—¿Qué más? —murmuró en mi oído, empujando nuevamente mis caderas hacia abajo.
Dejé escapar un gemido lujurioso. Le arañé la piel con las uñas.
—No digas que te duele. Sé que no es lo que sientes —canturreó.
Mi boca estaba abierta, pero no era capaz de articular respuesta alguna. Me costaba mucho trabajo pensar. Era cruel pedirme que pensara en un momento como ese. Dejé caer mi frente contra la suya, renunciando a encontrar mi propia voz.
Se deslizó fuera y tras levantarme, me puso a cuatro patas. Alineó la punta de su pene con mi entrada una vez más; ahora, sin embargo, se quedó completamente quieto.
—Suplícamelo.
Lo miré por encima del hombro. Bajé el torso para que mi cara tocara el suelo, empujando mis caderas hacia él.
Él se apartó de nuevo.
—¡No! Tú mejor que nadie deberías saber cómo pedimos las cosas. —Sonrió con aire burlón—. Quiero oírte suplicar.
—Por favor —supliqué—. Por favor, lo… necesito dentro. Me siento tan vacía. —Gemí, mirando por encima del hombro desde el suelo—. Quiero gritar tu nombre hasta quedarme sin voz.
Sus ojos cargaban un brillo psicótico. Había estado esperando esto, verme como una gata en celo.
Esto era exactamente a lo que se refería cuando decía que quería poseerlo todo.
Lo último que le faltaba era mi maldita mente y ahora, me había empujado por el precipicio de la locura.
No me importaba, siempre y cuando me diera lo que ansiaba.
No pudo contenerse más y empujó con fuerza hasta penetrarme por completo. Esa posición le permitió llegar más profundo de lo que creía posible; mi estado de relajación lo acogió hasta el fondo.
Me estremecí, aferrándome a la manta de piel en el suelo frente a mí para evitar que la fuerza me empujara hacia delante.
Empujaba con tanto vigor que me hacía preguntarme si era posible que me causara moretones en el interior del cuerpo. Su cuerpo musculoso se alzaba sobre mí, convirtiéndome en un charco jadeante en el suelo.
Temí que su voracidad me hiciera derretirme en más de un sentido.
Mi cuerpo se entumecía de placer a medida que él seguía alcanzando ese sitio profundo y oculto.
Él era todo lo que podía sentir. Cada embestida, cada caricia, cada agarre.
Cada sensación me hacía perder aún más la cabeza.
Los sonidos que salían de mi boca me sorprendían; nunca en mi vida había oído ruidos tan obscenos.
Dándome la vuelta, colocó mis piernas en torno a su cintura. Su expresión parecía tan nerviosa como decidida. Uno podría suponer que todavía se estaba conteniendo.
No sé, si yo podía evitarlo.
Mis caderas se movieron hacia él. Gemí, abriendo la boca para decir algo, pero lo único que pude articular fue su nombre.
Sus movimientos se volvieron más bruscos, más hambrientos, más desesperados. Se estaba acercando.
Podía sentirlo.
Su miembro completo se clavó hasta el fondo, en lo más profundo de mí. Una sonrisa apareció en mis labios. Moví mis caderas contra él, siguiendo sus movimientos. Mis ojos se encontraron con los suyos por un instante, suplicando más.
—No me mires así —dijo sin aliento, la piel brillando por el calor—. No podré detenerme.
Le mostré una sonrisa ebria, dominada por el veneno y la lujuria.
—Entonces no te detengas. —Gemí, asegurándome de sostener su mirada mientras él tomaba uno de mis pechos y me tocaba por encima del lugar donde me estaba penetrando con la otra.
Su respiración se aceleró. Empujó con más fuerza, levantando mis caderas para penetrar más profundamente.
—¡Silas! —grité, rodeando su cintura con las piernas. Cerré los ojos con fuerza.
Él se inclinó sobre mí y me rodeó la cintura con los brazos.
Con un último empujón, se introdujo en mí todo lo que pudo, sujetándome el cuerpo para que no pudiera retorcerme.
Un dolor agudo me atravesó la pared vaginal.
—¡Para! —grité instintivamente, pero el dolor se desvaneció tan rápido como llegó. Lo único que podía sentir era el latido de su pene, su semen caliente goteando en mi interior.
Mi respiración se aceleró, inconsciente de cuánta energía había utilizado para este esfuerzo. Nuestros pechos se movían con pesadez uno contra el otro.
Su abrazo se hizo más fuerte mientras escondía su rostro en mi cuello.
—Tú…
—Lo siento —susurró, besándome la piel del hombro hasta el cuello, enredando los dedos en mi cabello para mantenerme en mi lugar, empujando sus caderas firmemente contra las mías.
—Dijiste que no lo harías —susurré.
— Mentí —dijo en voz baja.
—¿Por qué?
—Porque eres mía. —Los chasquidos surgieron de su garganta mientras su pene aún palpitaba dentro de mí. Inclinándose hacia atrás, me miró a los ojos. El aire que nos rodeaba era embriagador. Mi conciencia daba vueltas en un torbellino vertiginoso.
Me costaba mantener el contacto visual. Me tomó del rostro para obligarme a mirarlo.
—Dijiste que eran para tu…
—Pareja —completó él, recargando su frente contra la mía.
—Pero yo…
—Ahora lo eres —emitió un murmullo de satisfacción.
—¿Desde cuándo?
—Desde que dije que lo eras .
—¿Y cuándo fue eso?
—En el momento en que intentaste envenenarme. La primera vez. Creo que la elección es adecuada.
—¿Hablabas en serio cuando mencionaste la línea de sangre?
—¿Por qué iba a bromear con eso? —Se rio entre dientes—. Aunque, por mucho que me encantaría hacerte parte de mi linaje, ambos sabemos que eso no funcionaría, científicamente hablando .
—Entonces, ¿qué sentido tiene un gesto como ese?
—Es para que tu cuerpo sepa cuál es su lugar.
Cambió nuestras posiciones. Quedé encima de él, con mis caderas a horcajadas, esperando a que sus espinas se retrajeran dentro de mí. Al mirar hacia abajo, descubrí pequeñas gotas de sangre mezcladas con el semen que se acumulaba al exterior.
—¿Qué te dije sobre mirar? —Me tomó de la barbilla.
—¿Cuánto tiempo tardarán en soltarme?
—Treinta minutos. Quizás una hora.
—¿Una hora? No me extraña que nunca las uses. ¿Quién querría estar atrapado contigo durante una hora?
Un escalofrío me recorrió la espalda al pensar en el dolor; su recuerdo se desvanecía de mi mente con rapidez, siendo reemplazado por una vehemencia más intensa que la anterior.
Era como si hubiera bebido diez veces más láudano de lo recomendado.
La morfina palidecía en comparación con lo que fuera que había en esas espinas.
Nos cubrió con una de las mantas de piel y me abrazó con fuerza. El fuego crepitó, dando chisporroteos, reduciéndose al simple resplandor de las brasas.
¿Estaba loco? ¿Por esto necesitaba mi permiso?
Aunque me tomó por sorpresa, no dejaba de sentirme halagada.
Para una criatura que había pasado toda su vida sin interesarse por este tipo de cosas, resultaba humillante elegirme precisamente a mí, la mujer que había intentado matarlo en múltiples ocasiones.
Quizás por eso le gustaba. No podía estar segura.
Solo podía concentrarme en el calor de su cuerpo; en sus manos rodeando mi cintura mientras me sumergía en la dulzura de la noche.
Me senté en la salediza de mi antigua habitación, contemplando el jardín delantero a través del ventanal abierto.
Un largo sendero de tierra se extendía hacia la niebla, bordeado de árboles delgados a cada lado.
El aire olía a nieve. El invierno se acercaba con rapidez.
A estas alturas, todas las flores debían de haber muerto en mi invernadero, al igual que mis hortensias rosas.
—¿Qué te preocupa tanto a estas horas de la madrugada? —susurró Silas con voz grave, apenas despierto, mientras se deslizaba a mi espaldas en el rincón del ventanal para abrazarme por detrás.
—Todo.
—¿Te han estado molestando los fantasmas?
—Solo uno.
—Espero que te refieras a mí.
—Por desgracia, no.
—Cuéntame.
—Pasé un año entero aquí, a solas —le dije—. Me trae recuerdos desagradables.
—¿Es aquí donde ocurrió tu accidente?
Lo miré por encima del hombro con ojos cansados.
—¿A qué te refieres?
—Dijiste que cometiste un error. Uno que no deja de perseguirte. No hace falta ser demasiado brillante para deducir que ocurrió durante tu exilio.
—¿Por qué lo das por hecho?
—Porque te castigas a ti misma cuando haces algo malo o ves que alguien más lo hace. Te he visto. Tu exilio fue un castigo.
—No es así.
—Miénteme todo lo que quieras, pero, por favor, no te mientas a ti misma —murmuró, colocándome unos mechones sueltos de cabello detrás de la oreja.
Se recargó contra la salediza antes de rodearme la cintura con los brazos.
Al sentarme entre sus piernas, me besó la nuca con dulzura—. Ahora cuéntamelo.
—Fue un error. No era el momento apropiado. —Me mordisqueé las uñas.
—Habla con franqueza. —Colocó sus palmas sobre mis manos y entrelazó nuestros dedos para calmar mi nerviosismo.
—Envenené al asistente de mi padre —dudé.
—¿Por qué lo hiciste?
—Issac vivía con nosotros mientras mi padre realizaba sus investigaciones en esta casa.
Este lugar está más cerca de Oxford; ahí es donde trabajaba su asistente.
Estaban investigando algo nuevo. Mi padre no hablaba mucho al respecto —comencé.
Él me dejó tomarme mi tiempo—. Yo solía dormir arriba.
Él tomó una habitación libre y mi padre se quedó en la suya.
—Tragué saliva—. Era tarde. Sentí que actué demasiado despacio.
Estaba distraída; no me encontraba lo suficientemente alerta.
Debí haberme despertado antes. No sé por qué no lo hice.
Ojalá ni siquiera me hubiera despertado.
Casi siento que habría sido mejor, que me habría hecho menos daño no saberlo. —Mi voz temblaba.
—Alina. —La voz de Silas retumbó con gravedad—. ¿Qué te hizo?
—Me desperté. No se lo conté a mi padre, pero debería haberlo hecho. No sé si me hubiera creído. Me convencí a mí misma de que podría haber sido un sueño, que era una manifestación de mi propia mente, que tal vez yo lo quería…
Silas me dio la vuelta, tomándome del rostro con ambas manos para mirar mis ojos, que debían encontrarse enrojecidos y vidriosos.
—¿Te tocó?
—Me tomó esa noche mientras dormía, al igual que la noche anterior. Y la anterior a esa. Quién sabe durante cuánto tiempo. —Temblaba entre los brazos de Silas—. Puse arsénico en el vino —sollocé.
—Shh… No llores por él —susurró, besando cada lágrima que se deslizaba por mi mejilla.
Me abrazó con fuerza, levantando mis rodillas para sostenerme en su regazo. Me costaba mucho calmar mi respiración. Cada vez que intentaba tomar aire, sentía un nudo en el pecho. En esos momentos, mi único consuelo era ese: el cálido abrazo de la criatura más fría que hubiera conocido.
—Hiciste lo que tenías que hacer —dijo Silas con firmeza, dándome un beso en la cabeza—. No te engañes a ti misma pensando que lo que hiciste no fue lo necesario.
Asentí con la cabeza, rodeando su cuello con los brazos antes de enterrar el rostro en su pecho para ocultar mi vergüenza.
Aunque sus palabras eran alentadoras, no lograron sacudir la profunda depresión, el odio que sentía hacia mí misma por lo que había hecho, por las consecuencias de mis decisiones.