Capítulo 39
CAPÍTULO
La Envenenadora
-¡ P or favor! Solo pruébalas. Dijiste que no funcionarían. Solo quiero que me digas cómo se sienten o, si acaso, a qué saben —le pedí.
—No creí que quisieras usarlas conmigo. Pensé que habíamos superado eso —se quejó.
Varias cucharas de metal se encontraban alineadas sobre la mesa de té.
Nos habíamos sentado en el suelo, con una pila de cojines y viejas mantas de piel bajo nosotros.
Permanecíamos cerca de la chimenea que nos calentaba sin cesar.
Habíamos llegado a la casa de campo de mi familia.
Aunque no era especialmente pequeña, contaba con apenas unas diez habitaciones.
Representaba un pequeño retroceso, pero era el lugar más cercano al que podíamos acudir.
Buena parte de los muebles y espejos seguían cubiertos con sábanas.
Me llegaron viejas memorias de tiempos peores; sin embargo, ahora tenía compañía y todos los fantasmas del pasado parecían estar desapareciendo.
Le acerqué una cuchara.
—Dijiste que no te mataría, ¿por qué dudas, entonces?
—Sabes, estoy empezando a tomarme esto como algo personal. —Puso los ojos en blanco.
—No seas un niño. ¡Pruébala! —F runcí el ceño, empujando la punta de la cuchara contra su boca.
Él la abrió a regañadientes y enseguida, logré colocarla al interior.
Con mi pluma en la mano, esperé a ver qué ocurría.
Su rostro se retorció con el sabor. Chasqueó la lengua contra el paladar.
—Sabe a… clavos.
—¿Clavos?, ¿te refieres al dolor o al sabor metálico?
—Ambos. —Hizo una mueca—. Recuérdame que nunca te deje cocinar para mí. —Tomó un sorbo de mi whisky para pasarse el sabor.
—Sé cocinar perfectamente bien. Mientras no me hagas enojar, me abstendré de incluir cianuro en la receta. —Terminé de escribir mi nota antes de tomar la siguiente cuchara—. Ahora esta.
—Ya hemos probado cuatro —protestó.
—Sé un buen chico. —Lo miré con severidad—. Aceptaste ser mi sujeto de prueba —le dije con tono tajante. Me incliné, susurrando a su oído con voz seductora—: Ahora abre la boca.
Suspiró antes de inclinarse hacia el frente, cerrando los labios en torno a la cuchara para tragar de nuevo. Apretó los ojos con una mueca de disgusto.
—Si existe un Dios, no quiero saber por qué habría creado algo similar. —Se atragantó, bebiendo el resto de mi whisky para deshacerse del sabor.
—¡Era mío! —refunfuñé—. Ahora dime qué sabor tiene.
—Como carne podrida abandonada al exterior en una tarde de verano.
—¿Crees que podría…? —Me quedé callada un momento, pensando en cómo formular mi petición.
—¿Podrías qué? —Recargó los codos en las rodillas, descansando la cabeza entre ambas manos. Sus ojos siguieron los trazos de mi pluma.
—Quiero más muestras —dije sin rodeos.
—Puedes succionarme como una sanguijuela. A mí no me importa.
—No, sangre no —sugerí—. Otras muestras.
—¡Ah! Adelante, por favor. —Sonrió con aire burlón—. Se me ocurren un par de muestras que podría darte ahora mismo. —Se escuchó un ligero chasquido. Silas ronroneó, literalmente .
Le lancé una mirada de advertencia.
—No me refiero a eso —murmuré—. Pero necesito muestras de tus… otros colmillos.
—Ah, sí. Y si no mal recuerdo, me ofreciste una generosa recompensa a cambio de dejarte observarlos. —Jugueteó con la manga de mi camisón.
—Quizá podría volver a hacerlo, si confiara en tu palabra. —Dejé la pluma—. Quizá podríamos llegar a otro acuerdo.
—Tienes mi atención.
—Antes dijiste que no solo querías mi sangre, sino todo de mí. —Comencé, volteándome hacia él para evaluar sus reacciones—. No quiero darte nada de eso sin recibir lo mismo a cambio.
Eso solo hizo que su arrogante sonrisa se hiciera más amplia aún.
—¿Qué propones?
—Acceso a mi cuerpo a cambio de acceso al tuyo —afirmé—. Puedo extraer de ti cualquier muestra que desee. Carne, sangre, cualquier materia orgánica que solicite. Sin excepciones. De esa manera, no tendremos que seguir negociando.
Se inclinó hacia mí mientras hablaba.
—¿Y cuándo sugieres que dé inicio este trato?
Las palabras se agolparon en mi garganta, reacias a salir.
—Ahora mismo —susurré.
Busqué alguna reacción en su rostro; la sangre que llenaba el blanco de sus ojos indicaba que estaba dispuesto a aceptar.
En cuanto jaló mis piernas, caí de espaldas sobre la pila de pieles y cojines debajo de nosotros.
Solo llevaba puestos los pantalones. Bajo el cálido resplandor de las llamas, su esbelto torso dejaba al descubierto cada línea de su físico.
Tenía el cuerpo que debe tener cualquier depredador alfa: un poder absoluto que, sin embargo, nunca utilizaba conmigo a plenitud.
A veces me preguntaba qué tanto se estaba conteniendo.
Abrió mis piernas. Me subió la tela por los muslos, luego por el estómago, el pecho y, finalmente, por encima de la cabeza.
—¿Estás segura de que quieres esto? —Sus ojos se posaron en los míos.
Asentí.
—No. —Colocó el pulgar en la cintura de sus pantalones, los desabrochó y se los bajó. Sujetó su grueso pene con la mano mientras lo sacaba, acariciando su intimidante forma mientras me miraba como si esperara una protesta de mi parte—. Quiero oírte decirlo. ¿Me deseas?
—Sí. —Tragué saliva, sin saber dónde fijar la mirada.
Se inclinó entre mis piernas y me apoyé sobre mis codos para mirarlo. Aplastó la lengua entre mis muslos y me estremecí. Me lamía, me succionaba, moviendo la mano a lo largo de su miembro. Daba la impresión de gozar cada instante que podía.
—Pensé que ibas a alimentarte. —Me estremecí.
—Lo haré —murmuró, mirándome desde entre mis piernas—. Pero dijiste que podía tomarlo todo. Y eso es exactamente lo que pienso hacer.
Sus palabras me oprimieron el pecho. Subió para besarme el abdomen, el espacio entre los pechos y el cuello, succionando mi piel antes de llevar su boca a la mía. Sus manos tocaban todo lo que podían, sin dejar nada sin explorar, justo como me había prometido tantas veces antes que lo haría.
Coloqué mis manos sobre su torso, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo antes de percibir otro tipo de calor entre mis piernas.
Deslizó un solo dedo en mi interior, empujando con suavidad para tantear el terreno.
El beso fue tan tierno, tan cuidadoso, que solo pude corresponderlo con la misma suavidad.
Le di mordiscos juguetones en el labio y recorrí su lengua con la mía.
De vez en cuando acariciaba su paladar, rozando los colmillos ocultos.
Ya podía sentir la humedad que su ávido tacto causaba entre mis piernas.
Soltó un gemido al añadir un segundo dedo.
Curvándolo en mi interior, me hizo arquear la espalda hacia él.
Lentamente, los movió dentro de mí antes de aumentar el ritmo y la intensidad.
Me miró con los ojos entornados mientras hacía más profundo nuestro beso, utilizando la otra mano para acariciarse a sí mismo.
Poco a poco, introdujo un tercer dedo. Los separó con suavidad para asegurarse de que pudiera soportar algo un poco más grueso.
Aunque me estremecí con la nueva incorporación, rodeé su cuello con mis brazos y lo abracé con fuerza.
Cuando retiró sus dedos de súbito, no pude evitar un suspiro de decepción.
—No te adelantes. —Me besó el hombro—. A menos que quieras que te rompa.
—Deja de alardear —susurré, aunque casi deseaba que lo intentara.
Presionó la punta de su pene contra mí, alineándolo con mi vulva.
Bajé los ojos para mirar. Sin embargo, él me tomó el rostro y me obligó a mirarlo a él en su lugar.
—No mires. Te dolerá más si lo haces. —Se apuró a unir nuestros labios mientras empujaba lentamente hacia adentro.
Su boca asordinó mi grito. Me retorcí bajo su peso. Sus manos me tomaron de la cintura, clavando los dedos en mi piel.
— Silas … —no pude decir nada más. No se me ocurriría un solo pensamiento coherente.
Empujó hasta llegar al fondo y sentí un pinchazo agudo.
Se me llenaron los ojos de lágrimas e incliné la cabeza hacia atrás.
Nunca había sentido algo tan grande dentro de mí.
El calor no ayudaba a relajar mi tensión.
Mi cuerpo luchaba por adaptarse; tenía miedo de moverme.
Ignorando sus consejos, miré hacia abajo; ni siquiera había entrado por completo todavía.
Dios mío, ¿cómo es esto soportable?
No estaba segura de poder aguantar más, incluso si deseaba hacerlo. Aunque eso me tranquilizó cuando recordé las peligrosas espinas en la parte inferior de la base. Ahora entendía por qué no podía usarlas con nadie: aunque lo intentara, no creía que pudiera alcanzarme con ellas.
Tras una larga pausa en la que me dejó adaptarme un poco, se retiró y empujó con firmeza una vez más. Mi respiración se entrecortó en un gemido mientras escondía mi rostro en su cuello.
—Tranquila —su voz sonaba tensa mientras movía las caderas, sacándolo lentamente antes de volverlo a introducir.
—Me duele —me quejé suavemente, con las piernas temblorosas.
—Lo sé, lo sé. —Me tranquilizó—. Déjalo salir, llora por mí. —Aceleró el ritmo. La humedad resbalaba por su pene, permitiéndole moverse con más facilidad.
Mientras empujaba, sentí que poco a poco me iba acostumbrando al grosor, lo que le permitía penetrar más profundamente con cada movimiento, aunque el dolor no desaparecía. No me quejé. Descubrí que el dolor era parte de lo que lo hacía tan intenso.
Al dejarme caer, me aferré a la manta de piel que tenía debajo mientras él hacía descender sus caderas entre mis piernas. Me besó el cuello; lo succionó dejando dulces mordiscos en la piel. Una vez más, me pidió permiso, mirándome con expectación.
—Por favor… —le supliqué.
Al escuchar mis súplicas, dejó que sus colmillos se movieran hacia adelante, flotando justo encima de ese punto caliente en mi cuello. O bien dudó o tuvo problemas para hacer ambas cosas a la vez.
— Por favor , Silas. —Lo deseaba con todas mis fuerzas—. Muérdeme.
La sensación de agujas atravesando mi piel fue tan rápida como aguda. Dejé salir un grito.