Capítulo 38
CAPÍTULO
La Criatura
L a gente se agolpaba alrededor de las diferentes exposiciones del recinto.
Todos parecían hambrientos, ansiosos por absorber cada palabra, por analizar lo que se decían unos a otros.
Se mostraban pequeños modelos mecánicos de inventos o patentes en proceso, las cuales se promocionaban entre los muchos asistentes.
Eran en lugares como estos donde los negocios se encontraban con la ciencia.
Si bien todo resultaba fascinante, nada podía distraerme de estudiarla a ella.
Nunca la había visto tan animada. Era como si la vida hubiera vuelto a su semblante recientemente decaído.
Todos los pensamientos inútiles abandonaron su mente, renovándose con preguntas que bullían con más intensidad que una casa del té a las cuatro de la tarde.
Esos bonitos ojos azules parecían incapaces de asimilar la información que tenía ante sí con rapidez suficiente.
Me recordó a la forma en que me había mirado esa noche, exigiendo saber a dónde habían ido a parar mis colmillos.
Juraría que, de ser capaz, me habría diseccionado ahí mismo.
Y tal vez yo se lo habría permitido. Por eso nunca podría soñar con alejarme de ella.
—¡Alina! —Un acento ruso se abrió paso entre la multitud.
No él…
Ella giró la cabeza para ver quién la llamaba. Una amplia sonrisa se dibujó en sus labios y su brazo se deslizó lejos del mío.
Me giré para descubrir a Viktor . Sus ojos ámbar parecían suaves al acercarse hasta que se posaron en mí.
Un destello siniestro brilló en ellos antes de desaparecer tan rápido como había surgido, centrando su atención en mi querida sombra.
La rodeó con sus brazos en un abrazo, mirándome por encima del hombro de ella con una sonrisa burlona en el rostro.
Te arrancaré esa cara de satisfacción y me la pondré encima en tu funeral.
—Si hubiera sabido que vendrías, habría preparado un itinerario con todas las conferencias a las que deberíamos asistir —le dijo con dulzura, seduciéndola con un tono familiar—. ¿Has visto ya algunas de las nuevas patentes en la sección farmacéutica?
—¡Acabamos de llegar! —dijo Alina emocionada antes de volver a mirarme; al ver que mi actitud había cambiado, su expresión se tornó preocupada—. Silas ha tenido la amabilidad de traerme —me presentó con torpeza, antes de volver a mi lado.
Buena chica.
—¿Te gustaría unirte a nosotros, Viktor?
No.
—¡Por supuesto! —Sonrió Viktor, uniéndose a su lado.
—Cuantos más, mejor. —Esbocé una sonrisa forzada, sin despegar mi atención de él.
Mientras nos acercábamos a lo que parecía ser la sección de biología, descubrí algunas ilustraciones de plantas y unas botellas alineadas en una de las exhibiciones.
Había unos hombres poco elegantes, vestidos de forma cuestionable, conversando animadamente acerca de un diagrama mientras sostenían un par de tinturas.
—Alina, ve tú. Creo que me quedaré por aquí —le dije, tomando un folleto de la mesa situada a la entrada de la sala, antes de colocarlo en su mano y guiarla hacia el frente. Ella me miró con fastidio, pero pronto centró su atención en las numerosas y tentadoras distracciones.
Viktor se adelantó para seguirla, pero lo tomé del brazo y lo empujé hacia la pared, alejándolo de la multitud.
—Déjala en paz —le advertí.
—¿Qué pasa? ¿Temes que se marche conmigo si la pierdes de vista? —bromeó Viktor, recargándose contra la pared mientras la seguía con la mirada.
—Tengo plena confianza en su capacidad para abrirse paso entre la multitud sin que la secuestre su repugnante colega.
—¿Secuestrar? Estaba pensando en pedirle amablemente que viniera conmigo. Solo porque tu conciencia es un asco, no significa que la mía también lo sea —se burló—. Puedo ser bastante encantador cuando hace falta.
—Más bien desagradable.
—Entiendo que estés molesto, pero no hay necesidad de desquitarse con ella. Trabajamos juntos, te guste o no.
—A todo esto, ¿qué estudias? —murmuré—. Me cuesta creer que seas estudiante.
—Aunque me halaga que no te parezca del tipo escolar —se río—, estudio Ortopedia.
—Lo miré con las cejas arqueadas—. El estudio de los huesos.
Aunque mi vocación es la columna vertebral.
—Su mirada se hundió en la mía mientras hacía una pausa.
Una sonrisa diabólica le marcó un hoyuelo en la mejilla—.
El líquido cefalorraquídeo es casi tan valioso como la sangre para el cuerpo, ¿lo sabías?
Es él. Es Luka.
Me alejé abruptamente, abriéndome paso entre la multitud hasta que encontré a mi sombra de pie frente a unas plantas.
Aunque estaban en medio de una discusión, no podía permitir que ella pasara ni un minuto más ahí.
Ojalá hubiera sabido que el peligro la había seguido, a pesar de mis esfuerzos por alejarla de los que buscaban a la Envenenadora.
—Alina, nos vamos. —La tomé de la mano y la saqué de la multitud, lejos de la presentación.
—¿Qué fue eso? No hace falta que seas tan grosero. —Me miró con furia.
—Disculpa. No puedo evitarlo —murmuré distraídamente, guiándola hacia la salida.
Por encima de mi hombro, pude ver al tercer miembro de nuestro pequeño grupo. Esos ojos oscuros nos siguieron desde la esquina del salón, aunque no había desprecio en ellos. Levantó una ceja antes de mirar su reloj con sorna. Luka Novikov se dio vuelta, desapareciendo entre la multitud.
La empujé hacia el primer carruaje que encontré estacionado.
—Creí que podríamos pasar más tiempo ahí —se quejó.
Saqué una caja rectangular de madera del bolsillo de mi abrigo. Cuando se la ofrecí, perdió por completo el hilo de sus pensamientos.
—Ábrela —le dije.
Sus delicados dedos sostuvieron la caja con delicadeza. Vaciló, sin duda recordando todas las otras veces en que le había dejado «obsequios». Aunque todas esas veces el verdadero obsequio era su reacción.
La caja de madera oscura solo medía treinta centímetros de largo. Tuve que pedir un favor para conseguirla, pero sabía que genuinamente era lo único que le podría gustar.
Desenganchó la caja, abriendo con cuidado. Ocho pequeños frascos llenos de líquido descansaban sobre el terciopelo del interior.
—¿Qué es esto?
—Ocho de los venenos más mortíferos que se conocen en el mundo —le respondí—. Tengo amigos en lugares interesantes. Pensé que quizá te podrían servir para tu investigación. —Me incliné sobre ella, sentados uno al lado del otro, mirando el contenido de la caja.
Parecía como si me hubiera arrodillado frente a ella para darle un anillo. Sus delicados dedos acariciaron los frascos con admiración. Algo en su mirada me decía que estaba gozando del momento. Nada podía distraer su atención. Cerró la caja y tras ponerle llave, la apretó contra su pecho.
—Cambia la dirección. Quiero probar algo. —Una sonrisa maliciosa se posó en esos bonitos labios; su mente trabajaba a toda velocidad.
No importa que me llamaran un tonto enamorado, pero adoraba a esta mujer por completo.
—No hace falta que lo repitas —dije, golpeando la pared del carruaje para cambiar de rumbo.