The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 37
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Capítulo 37

CAPÍTULO

La Envenenadora

- V eo que te han gustado los pasteles —murmuró Phoebe.

—Sabes que no puedo resistirme a nada que tenga cítricos. —Mordí mi cuarta tartaleta de la mañana.

Disfrutábamos del desayuno al aire libre con el resto de los huéspedes.

Mientras miraba el pastel fijamente, mi fachada se derrumbó, apagando mi sonrisa como una llama en una mecha mojada.

Había dedicado tanta energía a verme feliz en lugar de serlo realmente.

El peso de mi situación me arrebataba el apetito y cada vez que lo recordaba, me deprimía todavía más.

La sensación siempre se manifestaba de forma repentina.

—¿Melancólica? —preguntó Phoebe al notar mi actitud.

—Melancólica —respondí.

Tenía suerte de que Phoebe entendiera mis estados de ánimo: podía leerme más rápido que sus folletines románticos. En la alta sociedad, había que ser inusitadamente buena leyendo a las personas.

Clarissa, la muchacha de cabello negro del otro día, nos miró furiosa, susurrando con malicia entre el resto de las debutantes.

Tan jóvenes y tan volubles. Era difícil culparlas; yo había sido idéntica no muchos años atrás.

Se habían sentado en una manta de picnic junto al estanque, con sus sombrillas.

Aunque no era necesario ser la mejor leyendo a las personas para saber que ella no era mi más grande admiradora, sabía los suficiente para esperar un sinfín de rumores desagradables en los próximos días.

No había visto a Silas en toda la mañana; lo cual era extraño, pues normalmente se hacía notar tan a menudo como podía. Toda esa plática sobre la posesión la noche anterior; en aquel momento, su actitud arrogante me era insufrible. ¿Tan difícil le resultaba ser agradable por una vez?

Mis pensamientos se vieron interrumpidos por el ruido sordo de los cascos de los caballos tirando de un carruaje hasta la entrada de la finca. Miré a Phoebe, pero ella se limitó a posar los ojos sobre el carruaje, como si no esperara a nadie en particular.

Fue entonces cuando apareció ese familiar destello rubio. Salió del carruaje, observando a los madrugadores. Esos ojos grises finalmente se posaron sobre mí, causando que una hermosa sonrisa surgiera en su rostro al acercarse.

—Aston. —Silas le dio un saludo a Phoebe, pero no apartó la mirada de mí—. Alina, tenemos una cita.

Miré a Phoebe, confundida. Ella me devolvió la mirada igualmente perpleja, sumando un toque de preocupación en el rostro.

—¿Qué cita? —Volví a mirarlo al tiempo que su sombra bloqueaba el sol matutino.

—Una que no querrás perderte. —Me tendió su mano enguantada.

—¿Por qué tienes que robarme a mis amigas cada vez que te aburres? —Phoebe refunfuñó y tomando un sorbo de té, miró a Silas por encima del borde de la taza.

—¿Robar? Me das demasiado crédito. —Él puso los ojos en blanco—. Te la devolveré más tarde… quizás.

Tomé su mano y me levanté.

—¿Y mis cosas?

—No las necesitarás. Haré que las envíen de vuelta a Londres —respondió, comenzando a guiarme lejos de ahí.

Intercambié una mirada de incertidumbre con Phoebe. Enseguida, noté que el resto de los invitados nos observaban. Supe que la voz se correría hasta todos los tabloides de Londres antes de que estuviera de vuelta en la ciudad.

Me indicó cortésmente que entrara en el carruaje, antes de hacer lo mismo. El cochero cerró bien la puerta y el vehículo se puso en marcha.

Nos sentamos uno frente al otro en silencio.

El coche estaba tapizado en piel oscura con ribetes rojos.

Las partes exteriores habían sido pintadas de un elegante negro con detalles dorados.

Aunque nunca antes había viajado en algo tan caro, prefería recorrer kilómetros en un sillín lateral antes que quedarme atrapada con él, aunque era un poco tarde para eso.

—¿Adónde vamos?

—Tantas preguntas. —Se recostó en el asiento—. Actúas como si te estuviera secuestrando. Solo intento ser amable.

—¿Tú? ¿Amable? —Me reí—. No creo que hagas nada sin segundas intenciones.

—Tienes razón. —Tamborileo el suelo del carruaje con el zapato—. Es evidente que intento engañarte para que dejes esas fiestas pretenciosas y esas conversaciones inútiles sobre dietas que tanto te gustan para así tenerte egoístamente para mí solo —dijo con dulzura.

—Bueno, las aves de carroña se darán un festín con tu numerito. Sabes bien que esas chicas van a hablar. —Lo miré con ira, mordiéndome las uñas nerviosamente.

—Todo es parte del plan. —Sonrió—. Te lo dije, quiero que todo el mundo lo sepa, te guste o no. Desempeñarás tu papel, si sabes lo que te conviene.

—¿Por qué todas tus confesiones suenan como amenazas? —Fijé la mirada en el paisaje que se deslizaba por la ventana.

Hizo una pausa, como si estuviera reflexionando mi pregunta. El silencio se prolongó durante un rato; quizá incluso renunció a dar una respuesta adecuada. Pasamos el camino entero mirando por la ventana, lanzándonos miradas cautelosas.

Al cabo de un largo viaje, llegamos a otra finca. Mientras más nos acercábamos, esta se parecía más a un castillo. Había muchos carruajes aparcados en la explanada lateral, donde los caballos estaba siendo cuidados. Llegamos a la entrada. Nos detuvimos y la puerta se abrió para nosotros al llegar.

Silas salió primero y me tendió la mano.

La tomé a regañadientes y miré hacia arriba, estudiando la estructura que tenía ante mí. Parecía más una fortaleza que una casa.

Silas intentó en vano ocultar cualquier atisbo de satisfacción en su rostro.

¿Qué diablos estaba tramando?

Cuando nos acercamos al inmenso arco de entrada, alguien comprobó nuestros nombres antes de dejarnos pasar.

Había sobre todo hombres que iban de un lado al otro hablando, hojeando documentos y señalando las numerosas exposiciones repartidas por los pasillos.

En algunas salas se daban presentaciones con espectadores.

Aunque había algunas mujeres, todas parecían estar acompañadas por un hombre que no se alejaba demasiado de ellas.

La emoción disipó cualquier aversión previa.

Me había llevado a una exposición privada .

—¿Por qué? —le pregunté.

Sus ojos se habían fijado en mí desde antes de que lo mirara, prestando atención a cada uno de mis movimientos.

—Hay una luz que aparece en tus ojos cuando miras algo que te interesa. Quería verla un poco más. —Se encogió de hombros—. Tu lugar está aquí, no en una casa aburrida rodeada de gente que no te entiende.

La sangre me subió a las mejillas. No había ni rastro de burla o sarcasmo en su voz. Quizá podía confiar en que estaba siendo sincero.