The Poisoner. Una mordida mortal Capítulo 36
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Capítulo 36

CAPÍTULO

La Envenenadora

L os sinuosos senderos de la finca Caldor ofrecían algunos de los paisajes más hermosos que hubiera visto jamás.

Atravesaban campos infinitos en los que las flores silvestres se mudaban por una hierba dorada durante el otoño.

Los senderos que conducían al bosque pasaban por encima de riachuelos, espaciados por gruesos árboles ideales para despejar la mente.

Al finalizar el día, las puestas de sol encendían las hojas con un resplandor dorado.

El camino principal que conducía a la ciudad se hallaba al otro lado de la zona boscosa.

El antiguo pueblo inglés parecía congelado en el tiempo, al igual que sus tiendas, tabernas y mercados. Incluso en sus momentos más ajetreados, resultaba más apacible que mi mercado favorito de Londres.

Phoebe y yo llegamos a caballo. Más tarde habría una caza del zorro, pero aparte de eso, era un día perfectamente tranquilo.

Pensamos que nos vendría bien pasar un rato lejos de la muchedumbre.

Desde que encontramos a Boris, la relación entre nosotras se había vuelto incómoda.

Le hice prometer a Silas que no habría más sorpresas a menos que fuera absolutamente necesario.

Le advertí que, si seguía dejándome cosas muertas, iba a terminar por caer enferma.

Se mostró reacio, pero al final accedió.

Aunque Phoebe no lo sabía, Silas había decidido quedarse en la finca conmigo. Como se dice a menudo, era mejor pedir perdón que permiso. Phoebe no necesitaba saber por qué estaba él ahí en realidad .

Le dije que, si buscamos pasar desapercibidos, no debía dejar que lo vieran demasiado cerca de mí.

Era innecesario seguir llamando la atención mientras averiguábamos la identidad de mi segundo acosador.

Se resistía a dejarme sola, pero tenía que darme un poco de espacio para evitar que se extendieran más rumores.

Ya habían surgido suficientes desde aquellos días en casa en los que no se separaba de mi lado.

Hasta ahora, Phoebe me había informado que la gente pensaba que teníamos un matrimonio concertado, que me había embarazado de él o bien que yo era una bruja, porque un hombre como él no podía querer a una mujer con un estilo de vida tan poco tradicional y, además, sin pedigrí alguno.

Las historias se habían convertido en nuestra nueva forma de entretenimiento.

Phoebe parecía cada vez menos sensible al respecto, pues le aseguré que nuestra relación era estrictamente profesional.

Aunque mi relación con Silas era complicada, cada vez lo odiaba menos, sobre todo después de lo ocurrido la noche anterior.

Por desgracia, había sido testigo de todas sus facetas y, sin embargo, algunos sentimientos me eran imposibles de evitar.

Me hubiera gustado pensar que él estaba cambiando a causa de mi compañía, pero quizá era adelantarme demasiado.

Lo necesitaba, me gustara o no. Sabía que no me lo estaba contando todo. Si se sentía realmente preocupado, entonces algo iba mal. Recientemente, el acoso por diversión se había convertido en acoso por necesidad. ¿Por qué siempre terminaba atrayendo a hombres tan extraños?

—¿Sabes? Cuando volvamos a la ciudad, habrá una gala benéfica.

Mi padre va a prestar parte de su colección al museo para una nueva exposición —dijo Phoebe con entusiasmo—.

¡Me encantaría que vinieras! Estarán todas las personas del museo.

Estoy segura de que mi padre podría recomendarte, si haces algún contacto.

Asistirán muchos hombres del departamento de ciencias naturales. —Me guiñó el ojo de forma sugerente.

Puse los ojos en blanco mientras ajustaba las riendas de mi caballo.

—Iré, pero no para eso. —Di un golpecito a mi caballo con el talón para que apretara el paso.

—¿No te interesa encontrar a alguien? ¡Podrías cabalgar hacia la puesta de sol mientras hablas de insectos o de lo que sea que a ustedes los científicos les guste conversar! —Ella se rio, empujando a su caballo hacia el frente hasta alcanzarme.

—Hay cosas más importantes que perseguir que los hombres. Los hombres abundan. No es difícil encontrarlos. A veces, incluso ellos te encuentran a ti.

Ella negó con la cabeza al tiempo que cabalgábamos por el camino, acercándonos a la finca.

Los hombres estaban calentando con sus caballos, jugando un partido amistoso de polo en el patio trasero.

Alcancé a distinguir un destello de cabello dorado flotando sobre un semental castaño que se lanzaba hacia la pelota.

Su fuerte brazo usó el palo para golpearla con fuerza, prácticamente inclinando el cuerpo sobre el costado de su montura.

La pelota golpeó la red. Se escucharon algunos vítores y quejidos cuando Silas tiró de las riendas, dando la vuelta.

Me miró a lo lejos, dedicándome una sonrisa burlona antes de girar hacia el resto de los jugadores.

Ya podía sentir la mirada de Phoebe.

—¿Qué? —Sonreí tímidamente.

—¿Solo por negocios? —preguntó ella levantando una ceja.

—Sí, estrictamente negocios —le aseguré con una sonrisa poco convincente.

—No sabía que estuviera en nuestra lista de invitados —dijo, apretando los dientes—. Y yo misma hice la lista. A menos que haya pasado algo por alto.

—Dijo que venía con Jonathan, el que trabaja para una de las adquisiciones de tu padre —mentí.

Aunque parecía estar considerando esa posibilidad, al final no la convenció.

Me negaba a mirar el agua, temerosa de encontrar más ojos inesperados mirándome de vuelta.

Estaban sirviendo el té en la glorieta para las damas que asistían al evento. Era un buen día para tomar el aire fresco, para realizar actividades tranquilas. Miré el líquido color miel de mi taza, agitando la cucharilla al tiempo que removía los fragmentos de hojas en el fondo.

—¿Es cierto? —dijo una voz.

Mi mente salió de su trance. Al levantar la vista, descubrí muchos pares de ojos que me miraban, esperando ansiosos una respuesta.

—Disculpen. Estaba absorta en mis pensamientos. ¿Qué decían?

—Silas Forbes —dijo una muchacha de cabello negro—. ¿Es como dicen que es?

—¿Y cómo dicen que es? —Le di un sorbo de mi taza.

—Dicen que tiene mucho talento para… los asuntos carnales. —Ella sonrió con aire burlón. El resto se unió a ella en una fila de risitas descaradas.

Mi rostro cargaba una expresión tensa.

—No lo sé. El señor Forbes y yo no nos hemos involucrado más allá de nuestra relación profesional. —Dejé la taza sobre la mesa. Le arrojé un vistazo incómodo a Phoebe, quien se negaba a mirar en mi dirección.

—¿Para qué proyecto de ciencias te puede haber contratado? ¿Para hacerlo como los animales? —bromeó una mujer con descaro.

—¡Clarissa! —gritó Phoebe—. Esperaría más de ti, pero sin duda sabes de lo que hablas. ¿Cómo es ese dicho? «Si parece un pato y grazna como un pato…». Pero qué predecible —espetó. Juraría que su lengua podía destrozar a una mujer más rápido que el carnicero más reputado.

—Solo estamos bromeando, Phoebe. —Suspiró otra mujer.

—No finjas que lo preguntaste con buena intención —se burló Phoebe.

La mesa estaba en silencio; todas alternaban la mirada entre las dos.

—Si les gusta creer en los rumores, entonces adelante —dije al fin, levantándome de mi asiento para excusarme.

Puse mi mano sobre el hombro de Clarissa al pasar y acerqué mis labios a su oído.

—Ningún insulto te hará sentir mejor por el hecho de que un hombre como él prefiera a una mujer con un poco más de… sustancia. —Mis palabras estaban cargadas de malicia; las dejé caer con todo su peso antes de volver a casa.

Quizás no fue lo más inteligente alimentar los rumores sobre Silas y yo.

Sin embargo, tampoco era como si pudiera hacerlos desaparecer.

¿Qué importaba un rumor más? De todos modos, nadie sabía cuál creer.

Según otro de sus chismes, una fuente confiable había confirmado que él me estaba cortejando; aunque esa fuente no era yo, eso estaba claro.

La sala de estar era iluminada por una luz tibia.

Las altas ventanas habían sido pintadas por la lluvia que caía, haciendo trazos sobre el cristal.

El sonido me arrullaba, sentada a solas en una silla decorativa.

No había visto a Phoebe desde la discusión en el jardín.

Imaginaba que en ese momento estaría molesta conmigo.

Las personas se movían nerviosamente a mí alrededor, mirándome mientras se reunían para continuar con sus cuchicheos.

La energía de esas miradas inquietas cambió en cuanto una figura alta se abrió paso entre la multitud y se sentó a mi lado.

—¿Por qué una chica hermosa como tú está sentada sola? Me parece un desperdicio de tan buena compañía —susurró Silas con tono juguetón.

Las personas que nos rodeaban lanzaron miradas curiosas; sin embargo, yo solo podía mirarlo a él.

—Bueno, pensé que era la mejor manera de lograr que todos conservaran sus cabezas —dije con sarcasmo, haciendo chocar mi vaso con el suyo antes de permitir que el resto del whisky se deslizara por mi garganta—. La gente me rehúye como a la peste.

—Ah, eso es porque les dije que estabas embarazada de mi hijo demoníaco y que, además, te habías comprometido conmigo en secreto. —Sonrió con aire burlón.

—¿Así que tú también has oído los rumores?

—¡Por supuesto! Yo mismo inicié algunos. Sentía que me estaba perdiendo algo —bromeó—. La mitad de ellos no sonaban tan mal.

—Me gusta el que dice que soy una bruja; creo que es el más convincente. ¿La boticaria y un hombre diabólico que la sigue como si fuera su secuaz personal? Yo diría que es bastante plausible.

—Bueno, sin duda me has hechizado. —Se rio—. ¿Tienes más trucos bajo la manga? ¿Todavía te queda alguna de tus pociones especiales por probar?

—Sigue así y tal vez prepare una especialmente para ti. De nuevo .

—Me agradan tus venenos. Les he tomado el gusto. —Se inclinó hacia mi oído—. Y no es lo único a lo que he tomado el gusto.

—¿No deberíamos mantener la distancia?

—Sabes muy bien que eso me resulta tan imposible como ser vegetariano. —Deslizó el brazo detrás de mí, dejándolo caer en el respaldo del sofá—. ¿Qué tal si vamos a un lugar más privado?

—La gente se dará cuenta —susurré contra mi vaso—. Hablarán.

—Ya lo hacen, así que, ¿qué más da?

—¿Estás sugiriendo que nuestro cortejo sea público?

—¿Por qué no?

—¿No crees que sería malo para tu reputación?

—Eres inteligente, una asesina con habilidades únicas y más hermosa de lo que jamás hubiera podido imaginar. Creo que le harías bien a mi linaje.

—Muy gracioso —respondí con sarcasmo—. Ten cuidado. Casi se podría decir que suenas sincero.

Se recostó en el asiento, observando a la gente que daba vueltas a su alrededor.

—Sabes, nunca he sentido la necesidad de tener humanos cerca. Son tan frágiles, tan dependientes. —No apartó la mirada de la multitud—. Muchos de mi clase, incluido mi padre, prefieren tenerlos como mascotas. Especialmente a los humanos como tú.

Estudié su expresión imperturbable; sin embargo, él no me miró mientras hablaba. Luego me tomó de la mano y tras ponerse de pie, me llevó hacia el fondo de la sala.

—Siempre pensé que no tenía sentido poseer algo que, siendo tan delicado, podía romperse si se usaba de forma incorrecta.

No entendía cómo ese esfuerzo valía lo mismo que un almuerzo, el cual bien se podía encontrar al aire libre para más tarde ser desechado; siempre habría más.

—Me hizo salir por la puerta, en dirección al estanque, lejos de las miradas indiscretas—.

Ahora entiendo lo que es obsesionarse, dedicarse a poseer a alguien.

Lo suficiente como para luchar contra el impulso de encerrarte para que nadie pueda volver a posar sus ojos errantes sobre ti.

Un resplandor en su mirada me hizo creer que su última afirmación no era una broma. Desde el momento en que nos conocimos, había visto cómo la obsesión se apoderaba de él. Sabía hasta dónde sería capaz de llegar a causa mía, pero ¿hasta dónde llegaría por mí?

—¿Por qué me dices esto? —pregunté con rigidez en la voz.

La escarcha había comenzado a formarse en la hierba mientras caminábamos por la orilla del estanque. El invernadero brillaba con un intenso color naranja sobre el azul oscuro que rodeaba la noche.

—Lo digo en caso de que necesite convencerte.

—Me miró a través de esas pestañas rubias angelicales, deslizando el dedo por mi brazo antes de entrelazar nuestras manos—.

Te quiero toda, no solo tu sangre. Quiero cada pedazo de carne que se aferra a tus huesos y más.

Quiero poseer cada expresión que cruza ese bonito rostro.

Cada cabello de tu cabeza me pertenece. Ninguna parte de él puede quedar sin ser tocada por mis manos.

—No te pertenezco —le recordé.

Al escuchar esas palabras, una sonrisa burlona se dibujó en sus labios, como si aceptara el desafío. Una expresión carnal se instaló en ese rostro tan llamativo.

—Si eso es lo que crees, entonces tal vez seas una tonta después de todo, Alina —dijo con suavidad.

Tomó mi mano, levantándola para hacerme girar.

Luego de cruzarla sobre mi pecho, me abrazó contra él, mientras su otra mano rodeando mi cintura.

Llegaban hasta nosotros los sonidos amortiguados de la música en la distancia.

Su aliento acariciaba mi nuca mientras besaba mi piel con suavidad.

Se balanceó conmigo, acariciando mi cuerpo.

Su obsesión era peor de lo que pensaba. Había asumido que se debía a mi supuesta sangre especial de la cual tanto hablaba, pero ahora sabía que era mucho peor.

Nunca me dejaría en paz. No le importaba que el público lo supiera; eso significaba aislarme del resto.

Si la intimidación fallaba, si otro hombre intentaba quedarse con lo que él consideraba suyo, no dudaría en enviar partes de su cuerpo hasta mi puerta.

—Eres un tonto si crees que le puedo pertenecer a alguien. —Tan pronto me liberé de sus brazos, él me volvió a atrapar. Me sostuvo con fuerza al inclinarme hacia abajo.

—Dices eso, pero llegará un momento en que te lo pediré. Y entonces dirás que sí. —Me levantó hasta que nuestras narices se tocaron.

—Pero qué fantasías tienes. —Arqueé una ceja—. Me temo que es poco probable.

Él se rio entre dientes. Me acarició la mejilla con suavidad, incluso diría que con cariño.

—Ya lo veremos, mi querida sombra.